PIONERAS MADRILEÑAS (V)
Cristina Sánchez: "Mi gran aliado siempre ha sido el toro: no tenía prejuicios, no decía 'uy, es una mujer'"
La primera mujer en salir por la Puerta Grande de Las Ventas recuerda su paso por un mundo de hombres y cómo logró abrirse camino demostrando su valía en el ruedo

Cristina Sánchez, extorera, en el Club Financiero Genova. / Alba Vigaray

Cristina Sánchez fue una pionera que se abrió paso en los años noventa en uno de los ámbitos más masculinizados de la cultura española: el toreo. Su irrupción tuvo algo de gesta y de desafío. El 8 de julio de 1995 se convirtió en la primera mujer en salir por la Puerta Grande de Las Ventas en su presentación como novillera, y a partir de ahí fue encadenando hitos: tomó la alternativa en Nîmes en 1996, fue la primera torera en hacer el paseíllo en La Maestranza de Sevilla y, en 1998, la primera en confirmar la alternativa en Las Ventas, en plena Feria de San Isidro. Toreó en España y en América, de tú a tú con figuras de primer nivel, pero también pagó el coste de abrir camino en un mundo hostil. Retirada del toreo activo a finales de los noventa, madre de dos jóvenes, en los últimos años se ha formado en Psicología Positiva, Mindfulness y Programación Neurolingüística. En 2025 revisitó aquella etapa y sus heridas en su "historia de vida", Mujer y torero, y hoy además es apoderada de un joven novillero.
¿Recuerdas el momento exacto en que supiste que tu vida estaría dedicada al toro?
No hubo un momento exacto. Creo que estas cosas no se deciden de un día para otro: son un cúmulo de circunstancias y, sobre todo, una vocación muy profunda. Esto hay que sentirlo desde dentro. Y a mí me gustó el toro desde muy pequeña. Iba con mi padre a los toros, me fascinaba todo lo que hacía, y poco a poco empecé a entrenar, a coger un capote y una muleta, a ver lo que pasaba en el ruedo. Y pensé: "Yo puedo hacerlo". Siempre digo que nací torera y he vivido con esa dualidad entre la mujer y el torero. Pero hubo una etapa de mi vida en la que prioricé al torero por convicción, por afición y por fe en lo que estaba haciendo.
¿Y en casa cómo reaccionaron?
Al principio, muy mal. Mis padres lo vivieron como una afición, casi como una actividad extraescolar. Mi padre era profesor de la escuela taurina de Parla y yo iba con él, como podía haber ido a cualquier otra cosa. Pero cuando vieron que aquello iba en serio, que no era un juego, la reacción fue dura, me dejaron de hablar. Les pasó también años después, cuando les dije que iba a reaparecer por un día. Todo el mundo pensaba que estaba loca.
¿A qué edad empezó a torear de verdad?
Con 13 o 14 años ya empecé a coger un capote y una muleta de verdad. Además, yo siempre había hecho mucho deporte, atletismo, preparación física… y eso está muy unido al toreo. No solo por el físico, también por la disciplina mental que exige.
¿En algún momento pensó que estaba entrando en un mundo de hombres?
No al principio. Nunca me lo planteé así. Como era algo que me gustaba de verdad, no pensaba si era mujer o hombre, simplemente quería hacerlo. Luego sí ves la realidad. El mundo del toro es un mundo muy masculino. Yo entiendo que haya sectores que históricamente han sido masculinos, porque durante mucho tiempo al hombre se le dio un rol y a la mujer otro. Pero además el toreo es un mundo muy complicado para cualquiera: para un hombre y para una mujer. Llegar, mantenerse, ganar dinero… es dificilísimo.
¿Cómo era esa realidad cuando empezó a verla de frente?
Al principio empiezas con ilusión, sin juicios ni prejuicios, sin pensar en límites. Pero luego entiendes que hay muchísima competencia y que, además, sobre ti hay una etiqueta añadida por ser mujer. Yo era la única mujer y entendí muy pronto que, para competir de verdad, tenía que exigirme más. La mujer, para adquirir cierta fuerza física o cierta destreza, muchas veces tiene que entrenar más. Y yo lo asumí así: entrené más, más duro, con más disciplina. Aun así, lo más difícil no era solo el toro, también era el entorno social. A mucha gente le costaba entender que a mí pudiera gustarme esa profesión.
En el toro está el toro y te pones tú, igual que cualquiera. Mi gran aliado siempre ha sido el toro, porque no tiene prejuicios, no decía: "Uy, es una mujer, la voy a coger más" o "la voy a tratar distinto". Al final, es en el ruedo donde lo tienes que demostrar. Ahí se acaban los discursos. Ahí solo cuenta la verdad.
¿Quiénes han sido sus referentes?
Mis referentes no siempre tienen nombre famoso. Para mí han sido las personas que me han ayudado a caminar, a crecer, a sostenerme. Mi padre, por ejemplo, ha sido fundamental porque me enseñó valores y me acompañó mucho. También, profesionales del toro que me marcaron, personas que me enseñaron el oficio desde dentro. Y, dentro del toreo, Julián López El Juli ha sido un referente por lo que ha conseguido como niño prodigio y por cómo lo ha conseguido, tanto a nivel profesional como personal.
Y luego ha habido mujeres importantes como Juanita Cruz o Conchita Cintrón, que abrieron camino en un contexto muchísimo más duro que el mío. Ellas me hicieron pensar que, si habían podido luchar en aquel tiempo, yo también tenía que intentarlo.
Fue la primera mujer en salir a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas y tomó la alternativa en Nimes con Curro Romero y José María Manzanares. ¿Qué supuso para usted?
Un sueño. El de cualquier torero cuando empieza, porque de niña lo imaginaba, pero me parecía casi imposible. Pero llegar hasta ahí después de todo lo vivido, después de momentos duros, de sacrificio, de trabajo, fue algo enorme. Y que además quisieran acompañarme los maestros Curro Romero y José María Manzanares era también una muestra de respeto y de valor hacia lo que estaba haciendo.
Recuerdo que todo el mundo me decía: "Disfruta del día". Y luego Curro Romero, en la confirmación, me dijo algo muy bonito: "Que torear es acariciar la embestida del toro, y que las mujeres, con nuestra sensibilidad, acariciamos muy bien". Fue una frase muy especial.
¿Cuándo sintió que la veían como torera y no como una mujer haciendo algo excepcional?
Bastante pronto, sobre todo entre los compañeros, porque desde el principio fui muy seria con una cosa: yo no quería ningún trato de favor. Me encargué de pasar por las mismas metas y por las mismas exigencias que cualquier torero. Nunca quise entrar desde una posición distinta ni pedir privilegios por ser mujer. Para mí, eso habría sido un error.
Luego, de cara al gran público, seguramente algunos hitos ayudaron mucho: la Puerta Grande de Madrid, la alternativa en Nimes, la confirmación en Las Ventas… Ahí ya no quedaban muchas dudas. Pero para mí no eran gestas "como mujer", eran los pasos que tenía que dar un torero.
¿Sintió una presión especial en Las Ventas por ser mujer?
Yo sentía la misma presión que cualquier compañero en una tarde así. Era una cita importantísima, con mucha responsabilidad, y eso ya tiene un peso enorme por sí solo. Pero es verdad que desde fuera se le daba un valor añadido por ser mujer, pero yo no lo vivía así. Lo vivía como una obligación conmigo misma y con todo lo que había trabajado para llegar hasta ahí. He vivido muchos años con una enorme exigencia, con muchísima presión, pero también con una felicidad inmensa por todo lo que fui consiguiendo.

Cristina Sánchez, extorera, en el Club Financiero Génova. / Alba Vigaray
A partir de ahí, ¿qué fue más difícil: matar toros o conseguir que la programaran en las ferias como a cualquier matador?
La diferencia por ser mujer existía, claro, era inevitable. Pero yo siempre pongo en valor una cosa: si llegué hasta ahí fue porque antes tuvieron que pasar muchas cosas buenas y tuve que demostrar mucho. Si no, no llegas. Yo toreé mucho, muchísimo. Estuve en ferias, tomé la alternativa, hice temporada en España y en América. Lo que se me empezó a atascar fue matar los toros con regularidad, y cuando estás en la élite, cualquier mínimo resquicio se paga. Pero toreé durante cuatro años y toreé mucho.
Era un mundo lleno de hombres. ¿Entendió que hubiera compañeros que no quisieran torear con usted?
Se decía mucho eso de "este no es un trabajo para una mujer". Era una idea muy instalada, como si la fuerza, la habilidad o el poder fueran atributos solo masculinos. Pero cuando tú lo demuestras, esas barreras empiezan a romperse. Yo llegué hasta ahí, toreé mucho y toreé con casi todos. Hubo muy pocos que no quisieron. Creo que tres. De todos modos, nunca he querido poner el foco en eso. Entre los hombres también existen rivalidades y vetos. A mí me interesaba demostrar delante del toro que tenía sitio, porque ahí es donde de verdad convences al público y a los compañeros. Los logros tienen que sostenerse en hechos. Ahí es donde rompes barreras reales.
¿Por qué dejó de torear?
Por perder la ilusión. Y cuando pierdes la ilusión en una profesión como esta, las cosas dejan de salir y los contratos empiezan a bajar. Antes que engañarme a mí misma, engañar al público o faltar al respeto a mi profesión, preferí apartarme. Con el tiempo lo veo con mucha claridad: aceptar la realidad es mucho mejor que resignarse o inventarse excusas. Cuando llega un momento en que te pones el traje de luces y no quieres ponértelo, es que algo muy duro.
¿Le costó 'reinsertarse' en la vida fuera del toreo?
Muchísimo. Y todavía hay cosas que me cuestan, porque mis patrones mentales están muy marcados por los valores del toro. Yo no tuve amigas hasta que me retiré y mis hijos fueron al colegio. Mi entorno había sido siempre el del toreo, y casi todo eran hombres. Recuerdo pensar, ya con 30 años: "Creo que tengo una amiga. Voy a tomarme un café con una amiga". Era algo completamente nuevo para mí. Cuando me retiré del todo me sentí bastante desubicada. Perdí un poco la identidad. Y entonces hice un clic: decidí empezar a vivir para mí y buscarme de verdad.
¿Cómo fue esa búsqueda?
Me puse a estudiar mucho: programación neurolingüística, psicología positiva, mindfulness, gestión emocional, coaching transpersonal… Necesitaba quitarme una mochila muy pesada y entender quién era yo más allá del personaje que los demás veían. Durante muchos años había vivido bajo una presión enorme, con muchas expectativas encima, y llegó un punto en que sentí que la gente creía que yo era una cosa que no coincidía del todo con lo que yo sentía por dentro. Así que decidí buscarme.

Cristina Sánchez, extorera, en el Club Financiero Génova. / Alba Vigaray / t
Y, sin embargo, reaparece quince años después para torear un día. ¿Cómo nace esa decisión?
Fue una propuesta inesperada de un empresario de la feria de Cuenca. Mi primera reacción fue decir que no, que estaba loco. Pero la idea se me quedó dentro y empezó a despertarse algo en mí. Pensé: "¿Y por qué no?". Sabía lo que suponía volver: sacar otra vez al torero, prepararme mental y físicamente, y enfrentarme de nuevo a todo lo que iban a decir. Mi marido se enfadó muchísimo y no quería saber nada, pero me propuso hablarlo con mis hijos, que ya tenían edad para entenderlo. Y ahí pasó algo muy bonito. Me dijeron: "¿De verdad, mamá, harías eso? ¿Con traje de luces? ¿Lo podemos decir en el colegio?". Nunca me habían visto torear y quise hacerlo también por ellos. No fue una vuelta por dinero ni por volver a tener contratos.
Hablaba antes de la ilusión. ¿Qué mueve hoy a Cristina Sánchez?
Hablar con la gente, escuchar, acompañar, poder dejar aunque sea una semilla pequeña en cada persona con la que me cruzo. Para mí, el valor no negociable en la vida es la libertad. Y ahora tengo una libertad todavía mayor que antes. Lo más bonito para mí hoy es transmitir valores, ayudar a otras personas a encontrar su centro y a liderar su vida. No todo el mundo tiene que ser un líder en el sentido clásico, pero sí creo que cada persona debería conquistar su propio liderazgo.
¿Qué tendría que cambiar hoy para que una joven torera no sea 'la excepción'?
No creo que nadie se lo impida desde fuera como antes. La profesión sigue siendo durísima, muy exigente, muy abrupta, pero los derechos son los mismos. El problema es que para dedicarte al toro de verdad tienes que estar dispuesta a asumir una vida muy extrema: viajes, golpes, cornadas, riesgo, renuncias. Y esa es una decisión muy profunda.
En mi época, si alguien decía que no quería torear contigo por ser mujer, no pasaba nada. Hoy nadie se atrevería a decir eso abiertamente. Por eso creo que ahora la cuestión está más en el coraje personal y en que de verdad sea una vocación. Porque sin vocación, aquí no se puede estar.
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