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DENTRO DEL CAMERINO

Una hora para ser Elphaba: así se transforma Cristina Picos en la bruja verde del musical 'Wicked'

Desde la calma frente al espejo hasta el "clic" de la peluca, un recorrido por los minutos previos en los que la voz también se prepara

Así es la transformación de Cristina Picos a Elphaba, la bruja verde de 'Wicked' el musical

Sara Fernández

Marina Armas

Marina Armas

Madrid

El Nuevo Teatro Alcalá todavía no ha abierto al público, pero por dentro ya se siente la magia. En Madrid, el musical Wicked, Cristina Picos es cada noche Elphaba: esa bruja verde a la que el mundo llama "malvada" antes incluso de escuchar su versión de la historia. Y en este teatro nada empieza cuando se apagan las luces, sino una hora antes, frente a un espejo, entre capas de verde, sombras milimétricas y una nube de polvos que lo sella todo.

Pasillos con prisa silenciosa, puertas que se abren y se cierran, calentamientos vocales, gente que se cruza con una precisión que solo existe cuando algo grande está a punto de ocurrir. Llegamos a media tarde y, sin necesidad de subrayar la espera, EL PERIÓDICO DE ESPAÑA se cuela donde empieza el hechizo: el camerino. La actriz y cantante de A Coruña nos recibe una hora y pico antes del inicio de la función, frente a un espejo, con bata, sin el maquillaje, sin la peluca, sin esa aura de personaje que luego parece inevitable. Sonríe, habla, se mueve con calma. Parece solo Cris. Y justamente por eso impresiona, porque su transformación no es un detalle previo, es un ritual medido al minuto.

"Desde que entro por la puerta hasta que salgo a pisar ya las tablas, la transformación dura aproximadamente una hora", nos dice, como quien enumera una verdad práctica. No es solo maquillaje: es caracterización, peluca, vestuario y ese gesto íntimo de colocarse por dentro antes de salir a contar una historia que llega torcida desde fuera. Pero el primer paso no tiene brillo ni color. Es piel. Limpieza, hidratante, retinol algunas noches, vitamina C por la mañana y protector solar. "Al final te estás pintando todos los días… cuanto más te cuides, más te hidrates… más cuidado podrás tener". La frase cae con lógica: el proceso no funciona si la piel no lo soporta.

Entre producto y producto, Cristina se define "un poco tardía" en esta profesión y lo resume con una escena: "Yo estudié magisterio bilingüe y en tercero tuve un intercambio en Londres… allí, una amiga me llevó a ver musicales y me recomendó Los miserables. Fui con mis padres y me quedé tres horas llorando sin parar, sin entender nada. Y pensé: ‘esto es una profesión, esto existe como profesión’". El camerino vuelve al presente. Hoy esa revelación no es nostalgia, es la razón por la que, dentro de una hora, alguien saldrá a cantar y Elphaba tendrá que nacer.

Una escena del musical 'Wicked'.

Una escena del musical 'Wicked'. / WICKED

No es "verde", son muchos verdes

Empieza el color y, visto de cerca, el verde deja de ser una idea única. El camerino está lleno de botes y Cristina se ríe al ver el arsenal: “Mínimo van como cuatro o cinco. Y ese solo es de las manos”. Eso desmonta cualquier idea simple de caracterización: "No es solo verde. No es ‘te pinto la cara de verde y ya está’". Hoy, Kantia la ayuda en la caracterización. "Si te fijas, hay sombras…", dice Cristina, señalándose el rostro, "intentan dar forma a la nariz, el pómulo tiene pequeños tonos diferentes de verde". Desde la butaca se ve el conjunto, pero dentro del backstage se aprecian los brillos, las luces y las sombras, los verdes más claros y más oscuros "para que tenga volumen".

Y mientras el color sube por el cuello y se asienta en el rostro, Cristina habla de Elphaba como si la pintura ya llevara el personaje dentro. Le atrae "la parte reivindicativa", esa forma de “confiar en sí misma y en sus principios", incluso cuando toca "ir contra todo el mundo". Pero insiste en la otra cara: la vulnerabilidad. Rechazada desde pequeña, Elphaba arrastra "ese deseo profundo de conectar y de sentirse aceptada y querida", algo que, remata Cristina, "es un deseo superhumano que tenemos todos". Porque Wicked no va solo de fantasía: es una historia de identidad y presión social, de justicia y pertenencia, de familia, amor y amistad; de lo que nos mueve por dentro.

La brocha mientras sigue por brazos y manos, porque Elphaba no puede ser un rostro y luego un corte en la muñeca que la delate.

El momento polvos: la magia se sella

Hay un punto del proceso que cambia el aire del camerino. Literalmente. Llega el sellado, llega un momento complicado, llega eso que Cristina anuncia con humor: "Vamos al momento polvos". Aquí el maquillaje se vuelve técnico: hay que fijar para que el verde aguante focos, sudor, roce y función. Cristina se espolvorea cara y cuello, y Kantia explica por qué lo hace ella misma: "Este polvo lo que hace es sellar… como se echa mucho, dejamos que lo haga ella porque es volátil y puede que le entre en los ojos o en la boca". Luego remata: "Lleva primer, lleva fijador… para no manchar el vestuario y para no manchar a Fiyero (el protagonista masculino)".

Con la cara ya sellada, la conversación se va al origen: "Cuando escuché y leí la historia de Wicked, me quedé absolutamente fascinada". El gran fenómeno de Broadway, bajo la dirección en España de David Serrano, revisita los orígenes de Elphaba y de Glinda (interpretada por Cristina LLorente), la bruja "buena", antes de la llegada de Dorothy. Parte de El mago de Oz y se queda con la vuelta: "Me gustó la propuesta de darle una vuelta y escuchar la versión no contada". "Es un reto…", remata, "pero yo lo estoy viviendo como un absoluto sueño cumplido".

Cristina Llorente, como Glinda, y Cristina Picos, como Elphaba, en 'Wicked'.

Cristina Llorente, como Glinda, y Cristina Picos, como Elphaba, en 'Wicked'. / WICKED

"Compañía, compañía…", el primer aviso

La megafonía entra sin pedir permiso y convierte la preparación en cuenta atrás: "Compañía, compañía… 30 minutos para comenzar la función…". El aviso marca un cambio en el ritmo. Se retoca, se revisa, se insiste en bordes. Acaban de cumplir 100 funciones en Madrid, pero el ritual no se abarata: se afina.

Con el aviso llegan también los elementos que te recuerdan que el personaje no solo se ve: se oye. Entra la microfonía, el ajuste del micro, esa sensación de "ya estamos en función aunque el telón no haya subido". Y entonces aparece la otra cara del espectáculo: unas 60 personas entre elenco artístico y equipo técnico sosteniendo la maquinaria de una noche que, además, no se detiene: 33 cambios de escenografía a lo largo de la función, y en el caso de Cristina, seis cambios de vestuario para llegar a cada escena a tiempo y en su sitio.

Cristina aprovecha ese momento para nombrar lo que sostiene la magia. "Yo no podría ser nada ni contar mi historia sin todo el equipo que hay detrás", suelta, sin postureo. Enumera departamentos entre sonido, vestuario, caracterización, maquinaria, banda de música, dirección. "Tú eres la cara visible, pero detrás hay un mundo". Y remata con una idea simple y enorme: "Al final con uno que falle cae todo el equipo".

La peluca, ese clic visible

Entre retoques y ajustes llega su momento favorito. Cristina lo dice sin pensarlo demasiado: "Yo creo que el poner la peluca, como el momento final… es el que más me gusta". En realidad son dos pelucas y, en total, tres peinados a lo largo de la función, pero este es el instante en que todo encaja. Se la colocan y cambia la energía: una señal física de que el proceso se ha cerrado. Antes era Cris con verde. Ahora es Elphaba empezando a ocupar su sitio.

Le preguntamos por el clic mental definitivo. Cristina no cree en el interruptor total y lo explica con una frase que atraviesa el camerino: "No es que dejes de ser una cosa y pases a ser la otra… creo que hay parte de Cris en Elphaba y parte de Elphaba en Cris". Aun así, reconoce que este tramo es suyo porque toma "este momento como un momento un poco más zen… para prepararme y mentalizarme, y calentar la voz".

Cristina Picos como Elphaba, en Wicked.

Cristina Picos como Elphaba, en Wicked. / WICKED

"Faltan 15 minutos" y al escenario

"Compañía… faltan 15 minutos para que comience la función". Vuelve la megafonía con el aviso final, ese que ya no admite más conversación. La transformación está prácticamente cerrada: queda el cambio de vestuario, detalles, comprobaciones, últimos ajustes. Y el trabajo que no se ve, pero se escucha. "Normalmente, uso este momento para calentar la voz", había dicho desde el principio. "Es un show muy demandante vocalmente… necesito calentar la voz todos los días". El camerino entra en esa calma precisa de los minutos previos: agua, respiración, una última revisión.

Aquí ya estorbamos. Nos despedimos y, antes de irnos, ella deja una frase que pesa como una consigna: "Las personas que vienen hoy a ver función tienen que verlo como si fuese la primera vez que lo hago". Salimos. La puerta se cierra. Y cuando el público cree que empieza la magia, en realidad lleva una hora trabajándose en silencio. Porque en este camerino Cristina Picos no se disfraza: se transforma. Cuando pisa el escenario, el ritual queda atrás; delante Elphaba, la bruja verde del Oeste que el público cree conocer. Una historia que pide mirar dos veces.