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CULTURA EN MADRID

Cuando el tacón marca el ritmo del plato: así es una noche de flamenco y alta cocina en el Corral de la Morería

Setenta años de historia, una estrella Michelin y el reconocimiento de Soles Guía Repsol: el Corral reúne flamenco en directo, alta cocina y una bodega de Jerez de culto en el corazón de Madrid

Florencia Oz, coreógrafa y bailaora de flamenco junto a David Coria,  uno de los artistas más relevantes de la vanguardia flamenca del siglo XXI en el Corral de la Morería.

Andrea San Martín

Andrea San Martín

Andrea San Martín

Madrid

Madrid tiene puertas que no se abren, se revelan. Y una de ellas está en la calle de la Morería, 17, donde el Corral de la Morería late a media luz como un secreto bien guardado. Afuera, la ciudad sigue con su prisa; dentro, el tiempo se vuelve más lento, más cercano, como si la noche pidiera respeto antes de empezar.

En la antesala, las paredes no están para decorar: aquí hablan. Las fotos de figuras ilustres funcionan como una cronología emocional. Una sucesión de noches que se quedan prendidas en la sala y, sin embargo, el primer golpe de verdad no lo dan los retratos, sino el gesto humano del recibimiento. Nada más cruzar el umbral, Armando del Rey, codirector, orienta y coordina con la familiaridad serena de quien lleva el tablao por dentro: "Acomódate. Aquí se está mejor sentado que de pie". "Pasa y disfruta".

David Coria, uno de los artistas más relevantes de la vanguardia flamenca del siglo XXI en el Corral de la Morería.

David Coria, uno de los artistas más relevantes de la vanguardia flamenca del siglo XXI en el Corral de la Morería. / EPE

En esa frase cotidiana se entiende algo esencial del Corral: el prestigio mundial no se sostiene solo en la historia ni en los nombres, sino en la atención minuciosa, en una forma de estar que viene de familia y se nota en cada detalle. Cuando se le pregunta por el secreto de aguantar y crecer en una ciudad que no perdona, Armando lo desarma con honestidad y oficio: "Secreto ninguno. Trabajar, trabajar, trabajar. Y luego pues hacer las cosas con cariño, ¿no? Cuando uno hace las cosas con cariño pues se ve luego reflejado".

Juan Manuel, Blanca y Armando del Rey, propietarios del Corral de la Morería.

Juan Manuel, Blanca y Armando del Rey, propietarios del Corral de la Morería. / Cortesía del Corral de la Morería.

El alma que no se negocia

El Corral celebra 70 años de historia y, aun así, la palabra que mejor lo define no es aniversario, sino "alma". El equilibrio entre tradición y evolución no se explica con un truco: se construye sosteniendo lo esencial mientras el resto se ajusta a los tiempos. Esa idea guía la casa cuando habla de lo que permanece y de lo que cambia, de "lo que se conserva y de lo que se moderniza" sin hacer ruido, expresa el codirector junto a su hermano Juan Manuel del Rey de este templo del flamenco y de la gastronomía, con una estrella Michelin y tres soles Repsol.

Para él, el equilibrio entre tradición y evolución no tenía misterio: consistía en sostener lo esencial mientras todo lo demás se ponía al día. "Básicamente es porque todo en la vida evoluciona, ¿no? El flamenco ha evolucionado, la restauración ha evolucionado. Entonces nosotros, con el legado de nuestros padres, al final lo que hemos hecho ha sido mantener el alma del sitio, evolucionando las partes que son importantes para seguir acoplándonos a los tiempos en los que vivimos".

Archivo. Corral de la Morería.

Archivo. La banda Kiss en el Corral de la Morería. / Cedida

"El salón nos recuerda aquellos años, tiene ese espíritu, ese pozo, ese alma. Nos lo dicen los clientes cuando entran por primera vez o el que vino hace 60 años". Lo que sí ha cambiado es lo que no se ve: la infraestructura, los horarios, la manera de ordenar la experiencia para que el arte no compitiera con el plato y, sobre todo, la cocina.

1956, y la excelencia como costumbre

La casa abrió en 1956 sin vocación de parque temático. Armando insistía en una idea que iba contra el tópico: el Corral no nació "para extranjeros", sino para trasladar la cultura a los madrileños y a los alrededores. Continuando con el arduo trabajo dedicado a la hostelería, cuando su familia tenía un restaurante "muy famoso" en Madrid llamado Riscal, ya entonces quiso juntar dos lujos de su época: alta cocina y flamenco en presente. Aquel gesto de origen explicaba por qué, décadas después, la mezcla seguía teniendo sentido. "¿Cómo un tablao flamenco podía tener una estrella Michelin?", reflexiona del Rey. "Somos el único restaurante del mundo con una estrella Michelin y un espectáculo".

David Coria y Florencia Oz, bailaores en el Corral de la Morería.

David Coria y Florencia Oz, bailaores en el Corral de la Morería. / EPE

En estas casi siete décadas, el escenario del Corral de la Morería firma algunas de las páginas más memorables del arte flamenco: desde la presentación de Entre dos aguas, de Paco de Lucía, hasta el debut y despegue profesional de Isabel Pantoja; pasando por esas noches casi hipnóticas de Sabicas cuando regresaba a España o la creación de la ya mítica 'soleá' del mantón, concebida por la propia Blanca del Rey, actual propietaria y directora artística, medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes. No son anécdotas sueltas: son hitos que explican una forma de entender el flamenco como algo que ocurre: aquí y ahora, en la capital. Detrás de esa renovación constante está la madre de este proyecto, y nunca mejor dicho, quien trabaja con un criterio tan sencillo como exigente: "no perseguir tendencias, sino detectar quién está al máximo nivel". Esa mirada se alimenta de oficio e intuición, pero también de un trabajo continuo: ver, comparar, escoger. Por eso el Corral no se repite: se afila.

La historia se sostiene en la continuidad. Por este pequeño gran escenario pasaron artistas fundamentales: Antonio Gades, La Chunga, Fosforito, María Albaicín, Lucero Tena, Serranito, Fernanda y Bernarda de Utrera, Manuela Vargas, El Güito, Mario Maya, La Paquera de Jerez, Lola Greco, Javier Barón, Diego el Cigala, José Mercé y Antonio Canales, "entre muchos otros", recuerda Armando del Rey a este medio.

La singularidad, al final, no está solo en los nombres, sino en el ritmo. Cambiar la programación cada ocho días es una manera de obligarse a estar vivo, de evitar el piloto automático y de pedirle al escenario —y a los artistas— una entrega total. El resultado es un flamenco cercano al público, sin distancia, con una intensidad que no necesita explicación: basta estar ahí para entender cuándo la experiencia deja de ser "experiencia" y se convierte en emoción.

David Coria, uno de los artistas más relevantes de la vanguardia flamenca del siglo XXI en el Corral de la Morería.

David Coria, uno de los artistas más relevantes de la vanguardia flamenca del siglo XXI en el Corral de la Morería. / EPE

En una ciudad con oferta infinita, el Corral no se define por la exclusividad, sino por la emoción. "Aquí se desangran en el escenario y los tienes a un palmo de ti", expresa de Rey. No propone una suma de estímulos, sino una secuencia pensada para que cada lenguaje tenga su espacio: primero el cuerpo, la voz, el compás; después el plato —o al revés—, según el turno y la lógica de la noche.

David García: cocinar después del asombro

Cuando aparece David García, chef de la propuesta gastronómica con estrella Michelin, la conversación baja al terreno donde se decide lo difícil: el ritmo, el peso real de un menú y el margen de error cuando el listón artístico acaba de romper la noche.

Si le preguntas por lo complicado que es diseñar un menú "a esta altura", después del espectáculo, no adorna: "Si te digo que es fácil, te mentiría". Pero enseguida explica su método con una precisión que suena casi musical: él no pensaba en platos como una lista, sino como un cuerpo entero que debía salir ligero. "A mí no me gustan los menúes muy largos. No funciona por número, también funciona por peso, cuánto puede comer una persona para cenar, 750-800 gramos, y eso lo divido en nueve cosas, que creo que es la medida perfecta para que cuando uno sale de cenar salga bien, no empachado".

Cigala a la brasa, uno de los platos del menú Compás, en el Corral de la Morería.

Cigala a la brasa, uno de los platos del menú Compás, en el Corral de la Morería. / Sara Castaño

La idea final es sencilla y, a la vez, muy concreta: "Llegar a los postres y decir, qué bien estoy". Ese "qué bien" era parte del lujo. No la pesadez, no el exceso: el equilibrio.

Una cocina limpia, con memoria y sin impostura

El chef al mando de los fogones del Corral define su cocina desde el oficio y desde una especie de pudor: después de treinta años cocinando, sabe "cuál es mi sitio".

Menú 'Compás', alta cocina en el Corral de la Morería.

Menú 'Compás', alta cocina en el Corral de la Morería. / Sara Castaño

Habla de pureza y de pocos elementos: "En lo puro, en lo limpio, en los pocos elementos, en lo natural, en el divertimento. O sea, el producto es el protagonista". Y, al mismo tiempo, reconoce lo que separa un gran producto de un gran plato: "Luego tienes que poner tu magia… hay que poner un poco la alegría, lo diferente".

Pintxo de kokotxa elaborado por el chef David García en el menú 'Compás', en el Corral de la Morería.

Pintxo de kokotxa elaborado por el chef David García en el menú 'Compás', en el Corral de la Morería. / Cedida

En su discurso aparece también el otro hilo conductor del Corral: la música. David no llegaba al flamenco como una pose cultural; lo hacía como músico. "Yo estoy aquí por la música, no por cocinar", confiesa, sin exagerar. Y cuerda el vértigo de la primera noche: no esperaba encontrarse un trabajo de flamenco, lo vio, y algo cambió. "Dije, wow, estuve 47 días dándole vueltas a la cabeza". Lo que entendió, al final, era una definición de lujo que no dependía del tamaño de las mesas: "El lujo entendí que va por otro lado. El lujo va por la autenticidad".

MENÚ COMPÁS
  • Pintxo de kokotxa crujiente
  • Cigala brasa, salsa verde
  • Tallarines de calamar, consomé de chipirón
  • Mejillones, vizcaína, encurtidos
  • Lubina, pil pil limón
  • Puchero flamenco
  • Pichon, almendra, palo cortado
  • Tocino de cielo, vinagres viejos
  • Intxaursalsa
Precio: 105,00 euros

Opcional:
  • Maridaje Premium 9 vinos: 155,00 euros
  • Maridaje Súper Premium 9 vinos: 255,00 euros

Vino y maridaje: afinar sin tapar

En un lugar donde el silencio antes de que estalle el primer compás es sagrado, el maridaje no puede ser un gesto ruidoso. Tiene que acompañar sin distraer: afinar. Esa idea, la de ajustar, define el vino en el Corral: no como exhibición, sino como un hilo fino que sostiene el relato. Y todo cobra sentido al mirar su bodega: una de las mayores cartas de vinos de Jerez del mundo, con más de 500 referencias, considerada entre las grandes vinotecas especializadas, donde incluso se pueden probar etiquetas que no se comercializan y que el Corral conserva en exclusiva. Aparecen blancos con nervio para abrir boca y sostener bocados marinos; generosos secos —finos o manzanillas— que funcionan como puente cuando la salinidad y el compás se entienden; tintos de trago ágil cuando llega la profundidad; y, para el cierre, un punto de dulzor bien medido o un generoso que arrope sin pesar. No es una receta fija: es una coreografía líquida que se adapta al orden de la noche y a la cadencia del menú.

Ahí florecen las curiosidades que convierten la copa en relato. Cristian Sallenave, uno de los sumilleres, sirve, durante el menú 'Compás', un oloroso de Manuel Aragón y lo presenta como una rareza delicada: "Tiene más de 60 años". Explica que, a diferencia de lo habitual, "mosto de segunda prensada", aquí se elabora con "mosto de primera prensada" y envejece solo por crianza oxidativa: "No hay velo de flor, empieza esa larga crianza en un rincón casi abandonado de la bodega". En boca, pese a rondar los 20º, lo define como un vino "muy amable, para meditar".

Cristian Sallenave, sumiller del Corral de la Morería, guía el maridaje copa a copa con finos, manzanillas y joyas de crianza histórica.

Cristian Sallenave, sumiller del Corral de la Morería, guía el maridaje copa a copa con finos, manzanillas y joyas de crianza histórica. / EPE

Y para acompañar el pichón llega uno de esos gestos que solo encajan en una casa con bodega de coleccionista: Bota 0, de La Inglesa. El sumiller argentino, afincado en Madrid desde hace ya varias décadas, lo anuncia como un regalo literal: "Es un vino que ha permanecido que no se ha comercializado y que es un regalo para el Corral de la Morería". Hay tan poco que se sirve en pipeta: "Se toma directamente de ahí". La historia detrás es casi novelesca: una bodega fundada en 1830 en honor a una inglesa —una doncella de la reina— de la que se enamora un cartógrafo español prisionero en Inglaterra. Y la ubicación suena a secreto bien guardado: "No sale ni siquiera en Google Maps para ocultar su ubicación".

Pichón con salsa de almendra y palo cortado en Restaurante Gastronómico Corral de la Morería.

Pichón con salsa de almendra y palo cortado en Restaurante Gastronómico Corral de la Morería. / EPE

El viaje continúa con botellas que se acaban y no vuelven. Como el amontillado Bota 69 de Equipo Navazos, que el propio experto en vinos, define como algo "único" y lo remata con una certeza de coleccionista: "Cuando se termine, se terminó". Y abre otra ventana al tiempo con un fino La Ina embotellado en los años 70, de una bodega ya extinta: una de esas botellas pensadas para beber jóvenes que, por azar y cuidado, llegan vivas medio siglo después.

Para el final, el maridaje se permite el asombro dulce con precisión de archivo: un PX de añada 1946 (Toro Albalá), del que Sallenave subraya lo extraordinario: "Es un vino amontillado que ha reposado desde el año 1946 y tiene 100 puntos Parker". Da cifras que impresionan sin necesidad de adornos, "260 gramos de azúcar por litro", y describe el proceso de pasificación sobre esteras de esparto, hasta el punto de que "hay que coger en torno a 8 kilos de uva para hacer una botella". Luego llegan los aromas: piel de naranja confitada, cacao, miel. Y el ritual se completa con lo artesanal: etiqueta hecha a mano, lacrado a mano, vitola pegada a mano.

El broche lo pone un Moscatel Toneles (Valdespino) que presenta con una alegría contenida, como si también el vino tuviera su propio compás: "Nos gusta llamarle el vino del triple 100: 100 puntos Parker, 100 botellas y más de 100 años de vejez". Y entonces, como el flamenco cuando está bien programado, ya no hace falta explicar: basta probar. Este menú 'Compás', con opción de maridaje incluida, está disponible desde mediados de septiembre al 31 de mayo, de jueves a sábado.

Más allá del gastronómico, el Corral ofrece otras formas de entrar en la noche con el estómago contento, siempre con el espectáculo como brújula. Está el Menú Soleá (49,95 euros), pensado como puerta de entrada al restaurante-tablao —al que se suma el precio de la entrada—, y el Menú Degustación (79,95 euros más la entrada), que despliega un recorrido más amplio: de la quisquilla de Motril con tomate, queso y piparras al carpaccio de vieiras con tartar de tomate, dátiles y ajoblanco de coco; de la lubina y gilda a un segundo a elegir entre carré de cordero asado y reposado con verduras de invierno o pichón asado y guisado; y un final que invita a elegir entre el suflé de manzana verde, la torrija caramelizada en leche fresca con helado de plátano o la intxaursalsa, esa crema vasca reinventada que, tras quitarle el oxígeno y pasar por una congelación extrema, queda crujiente, se esfuma en la boca y, sin embargo, lo deja todo: "desaparece en la boca pero te deja todo el sabor", en unidades limitadas.

Intxaursalsa: la crema vasca de nueces reinventada en el Corral, crujiente y etérea.

Intxaursalsa: la crema vasca de nueces reinventada en el Corral, crujiente y etérea. / Sara Castaño

Y para que nadie se quede fuera, la casa contempla también un Menú Taranto vegano (59,95 euros más la entrada) y un Menú Bulerías sin gluten (65,95 euros más la entrada), dos alternativas que mantienen el pulso de la experiencia sin renunciar a la comodidad del comensal. Estos menús están disponibles todos el año, de lunes a domingo.

Cuando la puerta se abre de nuevo a la calle, Madrid recupera su ritmo. Pero queda la impresión de haber estado en un lugar que no se apoya solo en la fama: funciona por la suma de oficio, cuidado y coordinación. En el Corral de la Morería, la tradición no se muestra como un decorado, se trabaja cada día; y ese equilibrio entre escenario y mesa, entre historia y presente, es lo que explica que la experiencia siga siendo única.