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ENTREVISTA

Alfredo Sanzol: "Las ideas totalmente opuestas no tienen por qué establecer vínculos de odio. ¿Existe la posibilidad? Sí. ¿Es inevitable? No"

El director del CDN estrena 'La última noche con mi hermano', una obra sobre la democracia y la fraternidad en tiempos de odio y confrontación

Alfredo Sanzol dirige 'La última noche con mi hermano' en el CDN.

Alfredo Sanzol dirige 'La última noche con mi hermano' en el CDN. / ALBA VIGARAY

Madrid

Lo primero que ella le dijo fue: quiero hablar contigo porque la última noche con mi hermano fue muy fuerte y muy extraña y tuvo algo como de sueño y de aventura y me ha cambiado la manera de ver la vida. Recuerda que su relato le tocó y, tras escucharla, le dijo: Ruth, me está viniendo un título que es La última noche con mi hermano y creo que quiero hacer algo que tenga que ver con esto, ¿qué te parece?

Después de esa conversación con Ruth Alonso, Alfredo Sanzol, director del Centro Dramático Nacional, comenzó un proceso de documentación y entrevistas, todas a partir de una misma premisa: cómo fue, antes de morir, esa última noche con un hermano o hermana y cómo fue ese proceso de acompañamiento y ese duelo por una pérdida que, sostiene el dramaturgo y director de escena, es la menos acompañada socialmente. Sanzol habló de ello con la directora del Teatro Nacional de Catalunya (TNC), Carme Portaceli, con el director Andrés Lima, con la exdirectora general del INAEM, Amaya de Miguel, o con su prima Resu Sanzol, pero también con personas anónimas, oncólogos, psicólogos y abogados, una inmersión de meses en ese universo de la enfermedad, los cuidados y el duelo que sostiene la arquitectura de esta obra, La última noche con mi hermano, que Alfredo Sanzol (Pamplona, 1972) estrena este viernes en el Teatro María Guerrero del CDN y que estará en cartel hasta el 5 de abril.

09.02.2026. MADRID. Alfredo Sanzol, Director Centro Dramático Nacional. Foto: Alba Vigaray

Alfredo Sanzol, director Centro Dramático Nacional. / ALBA VIGARAY

En escena, Nuria Mencía, en la piel de una mujer llamada Nagore, que acaba de contarle a su familia que le han diagnosticado un cáncer y que abre esta historia dirigiéndose al público: “Lo más importante es que yo escribo esta historia para despedirme de mi hermano. Por eso se llama La última noche con mi hermano, porque la cuento yo, aunque sea yo la que se muere. Esta historia es teatro hecho por una muerta que soy yo. Teatro de difuntos. Teatro hecho por los muertos para dar fuerza a los vivos”. Tras ella, el salón-cocina-comedor de una casa y una grieta enorme, abierta en la pared del fondo del escenario, por la que se verá un bosque. En el suelo, algunas cajas de mudanza apiladas y un cartel de la exposición Arte Vasco Actual de los Encuentros de Pamplona de 1972 que reunieron a más de trescientos artistas nacionales e internacionales referentes de la vanguardia. En ese cartel, los nombres de Néstor Basterrechea, Eduardo Chillida, Agustín Ibarrola, Remigio Mendiburu o Isabel Baquedano y la ausencia (otra grieta) de artistas como Jorge Oteyza, que se negó a participar tras ver frustrada su reivindicación de una infraestructura que diera apoyo a la escena local. ETA quiso suspender con dos atentados unos Encuentros que tampoco contaron con el apoyo del Partido Comunista, opuesto a esa imagen de supuesta normalidad que parecían ofrecer en un país que vivía aún en dictadura.

Y es en ese cartel comprado en el Rastro de Madrid, colocado en el suelo contra esa pared que muestra una grieta enorme, donde reside la clave de La última noche con mi hermano, una obra en la que Sanzol habla de la enfermedad y la muerte, de esos vínculos familiares que se rompen o que, pudiendo romperse, no lo hacen; de la naturaleza de los cuidados, su lenguaje y sus límites; del ecosistema sanitario y la relación de enfermos y familiares con los profesionales de la salud; de esa pelea entre la tristeza y la esperanza o del humor que también habita en el dolor. Pero más allá de eso, que es importante, Sanzol construye en su obra una defensa de la democracia, una reivindicación de ese diálogo que construye puentes y una apuesta por la fraternidad frente al odio y sus discursos.

09.02.2026. MADRID. Alfredo Sanzol, Director Centro Dramático Nacional. Foto: Alba Vigaray

Alfredo Sanzol, en el Teatro María Guerrero de Madrid. / ALBA VIGARAY

Junto a Nuria Mencía, en escena, Jesús Noguero, Elisabet Gelabert, Cristóbal Suárez, Ariadna Llobet y Biel Montoro, seis intérpretes que darán vida a una familia de tres parejas de hermanos con visiones y vivencias muy distintas en torno a sus vínculos. Con escenografía de Blanca Añón, iluminación de Pedro Yagüe, vestuario de Vanessa Actif y música de Fernando Velázquez, tras su estreno en el CDN, La última noche con mi hermano viajará la próxima temporada al Teatre Nacional de Catalunya, coproductor de la obra.

Tras una trayectoria como autor y director marcada por la comedia, con obras como Fundamentalmente fantasías para la resistencia, El bar que se tragó a todos los españoles, La respiración o La ternura, Sanzol se instala, por primera vez, en el drama puro y duro (con momentos de humor suave) y admite que La última noche con mi hermano quizá sea la obra con más carga dramática de toda su carrera. “Sí, puede ser. Ya había tratado el tema de la muerte en obras como La calma mágica, pero no de esta manera tan frontal”, explica el director en una conversación con este diario, el pasado sábado, tras asistir a un ensayo general de la obra.

P. La temporada pasada, Miguel del Arco estrenó en el CDN La Patética, una obra, como la suya, sobre la enfermedad y la muerte. ¿Uno fija la mirada en ese lugar cuando ya tiene cierta edad?

R. Sí, hay algo totalmente generacional en esto. Cuando entras en los 50, a tu alrededor hay ya seres queridos y familiares y amigos de seres queridos que fallecen y, al mismo tiempo, yo miro mi propia vida después de haber dado ya la vuelta a la tortilla. Y, claro, eso te pone delante el tema de la muerte.

P. En esta obra, pero también en otras suyas anteriores como La Respiración o En la luna, la protagonista se llama Nagore. ¿Qué hay detrás de ese nombre?

R. Yo me iba a llamar Nagore si era una chica, es como mi segundo nombre, mi nombre de chica, mi alter ego. Ahora ya no es tan frecuente porque están las ecografías, pero en los años 70 era muy normal que se pensara un nombre para chico y otro para chica. Es un nombre querido y cuando tengo que elegir uno para una prota, pienso, venga, vamos a continuar con Nagore, a ver dónde me lleva.

P. Otro nombre importante en esta obra es el de Nuria Mencía. Ha dicho que La última noche con mi hermano nace de su deseo de trabajar con ella de nuevo

R. Nuria también ha tenido duelos importantes en su biografía y cuando la llamé le dije, Nuria, he hablado con Ruth y creo que tengo una idea… Y ella me contestó: joder, que fuerte, espérate, ahora meterme aquí… me lo voy a pensar. Creo que tardó tres horas en llamarme y decirme sí.

P. ¿Por qué le interesa la idea de fraternidad?

R. Cómo la política influye en la vida privada y cómo la vida privada influye en la política es uno de mis temas. Yo he visto y vivido mucho lo que tiene que ver con las familias que están muy divididas por la política y, al mismo tiempo, veo en la vida pública una manera de vivir la política en la que parece que los puentes se rompen, se dinamitan, hay una intención de romper el vínculo cuando estamos todos metidos en el mismo barco. Existe ese principio republicano que sitúa la fraternidad junto a la igualdad y la libertad y que nosotros hemos sustituido en nuestra Constitución por la palabra “social”. De hecho, vivimos en un estado social y democrático de derecho que se podría sustituir por “fraternal”. La fraternidad se ha usado por ideologías y religiones de todo tipo a lo largo de los siglos y significa que el otro no es ajeno, que lo del otro no nos es ajeno. Yo intento continuamente crear puentes para vincular las ideas más separadas y peregrinas del mundo. Creo que el sistema mejor que tenemos es la democracia y es muy importante intentar crear vínculos y conexiones para no salir de ese marco. Me preocupa mucho esta idea ultra neoliberal del individualismo según la cual los problemas de uno parece que son solo de uno, algo que no es cierto.

P. A la fraternidad contrapone el odio, gran protagonista del hoy, y habla de la enfermedad, los cuidados y la muerte, pero creo que lo usa, en el fondo, para hablar de una sociedad enferma

R. Es una obra sobre el amor y sobre el odio. Hay ahí una contradicción muy grande porque el odio es una vivencia real que está en la pareja de hermanos de Ainhoa y Claudio que interpretan Elisabet Gelabert y Cristóbal Suárez. Es una vivencia social que también es generacional y a mí me tocó, como a muchísima gente del norte, todo el conflicto de los años 70, 80 y 90 en mi juventud. Eso ha marcado a una sociedad, ha creado una herida que sigue estando ahí y de la que seguiremos hablando mucho tiempo. Y, claro, los que hemos vivido el odio, el odio posfranquista y el de después, somos especialmente sensibles a los peligros de los discursos de odio de ahora. Yo creo que el odio no se puede banalizar.

P. ¿Dónde observa esa banalización?

R. Yo creo que a veces se usan palabras, expresiones y comportamientos de una manera un poco indiscriminada y hay que tener siempre muchísimo cuidado. Yo creo que lo que está contando la obra es que las ideas totalmente opuestas no tienen por qué establecer vínculos de odio. ¿Existe esa posibilidad? Sí. ¿Pero es inevitable? No. Es una decisión social. No es individual. Por supuesto que es una elección de cada uno, pero también hay algo grupal, colectivo y he querido contarlo a través de las diferentes visiones y relaciones que crean cada uno de estos personajes con visiones políticas muy diferentes.

P. ¿Esa herida provocada por el conflicto vasco estuvo presente en su familia?

R. Ha estado en mi familia como ha estado en muchísimas otras. En el norte es algo muy común y estoy seguro de que se va a escribir muchísimo más, con mucha más profundidad. Sé que es un tema que seguirá estando durante muchos años porque va a necesitar más desarrollo, es algo de lo que hay que ocuparse, pero con buenas intenciones.

09.02.2026. MADRID. Alfredo Sanzol, Director Centro Dramático Nacional. Foto: Alba Vigaray

Alfredo Sanzol, a la puertas del Teatro María Guerrero. / ALBA VIGARAY

P. Su sobrino adolescente le pregunta a Nagore, que vota a Bildu, si ha sido de ETA y ella le explica que apoya a ese partido por sus políticas sociales. No deja de ser audaz que esas palabras, en boca de un personaje, suenen en el Centro Dramático Nacional

R. Es una reivindicación de un personaje, igual que hay otro que defiende ideas que son más de derecha o ultraderecha. Yo no me siento audaz, lo que intento es contar la realidad que veo. Y esa realidad que veo, que experimento y que tengo cerca, la coloco en escena con el objetivo de buscar puentes. Cuento cómo hay unos puentes que se rompen o están rotos, pero que no tienen por qué estarlo, y cómo los prejuicios determinan muchas veces una visión que no es real. Hay también una señal de alerta, que está en la obra, de decir cuidado, la realidad hay que conocerla, hay que hacer un esfuerzo para conocerla. La realidad no se conoce a través de los prejuicios, de ideas previas o a través de lo que nos cuenta otro. Conocer la realidad supone el esfuerzo de conocer a los demás, de escuchar a los demás, de saber lo que piensan, por qué y de dónde viene todo eso. Eso es algo que hago buscando el bienestar ideológico, social y artístico personal.

P. Aborda también la relación entre la ultraderecha y los más jóvenes a través de una conversación sobre esa pulsera con la bandera de España que lleva en su muñeca uno de los adolescentes de la obra. Y en ese diálogo entre distintas generaciones decide, como autor, que no habrá ni odio ni confrontación

R. Tenemos la memoria de una bandera que está totalmente asociada con el franquismo, una bandera que se aprueba en la Constitución y que sigue siendo problemática, pero no para las nuevas generaciones porque es la que han conocido. No hago más que contar en la función lo que veo en la realidad, son paradojas. Yo he conocido a personas que han sido ejemplos de búsqueda continua de puentes. Aunque haya personajes que las rompen, hay otros que continuamente buscan las uniones. Y eso me interesa mucho.

P. ¿Cuáles son sus referentes en ese terreno?

R. (El filósofo) Daniel Innerarity, por ejemplo, me parece una persona fundamental en la actualidad. Es un pensador y un defensor de la democracia que está haciendo un trabajo intelectual alucinante. Uno de los temas de la obra es el de cómo se construye la democracia y, claro, una familia no es una estructura democrática, pero dentro de la familia es esencial la educación en la democracia. Daniel Innerarity, con todo su trabajo filosófico y de pensamiento, es un gran creador de puentes, un gran defensor de un sistema que nos ha permitido tener la paz en la que vivimos y que es tan importante. Por eso, el planeta entero se echa a temblar cuando la democracia se cuestiona o cuando Trump dice que es un buen sistema pero en Estados Unidos no funciona.

P. Además de la fraternidad y el odio, otra de las protagonistas de la obra es la codicia. ¿Dónde la ve?

R.La veo en todos lados. Nagore dice algo en la obra que me parece que compartimos muchos: “Como no entiendo el beneficio a costa de los demás, creo que no entiendo nada”. La codicia está en las grandes brechas sociales que tenemos y sobre ella llevan muchos años avisando y dando la voz de alarma los economistas.

P. También asoma en su obra la codicia empresarial: su protagonista es abogada en un sindicato y lo primero que pone sobre la mesa es que se está ocupando de un despido improcedente

R. Yo estudié Derecho porque siempre me interesaron los temas sociales, políticos y laborales. Y sí, podría haber sido chica, podría haberme llamado Nagore y podría haber sido una abogada interesada, probablemente, por temas laborales. Siempre he tenido esa preocupación por la protección jurídica de los más frágiles.

P. ¿Qué significa para usted esa grieta enorme que ocupa la pared del fondo del escenario por la que se ve un bosque?

R. Cada día y cada minuto de los ensayos veo algo distinto y va desde la pena a la libertad, al deseo, a la violencia… Es el agujero de la enfermedad. Es la muerte. Es la naturaleza. A mí me parece que (esa grieta) va potenciando continuamente la lectura que se tiene sobre la obra y lo que va ocurriendo. Y hay también una parte de la casa que tiene que ver con la ausencia, con la mudanza, con el cambio, la mutación... La aceptación de la muerte como un cambio, para algunos definitivo y para otros no, también es esencial. Hay un momento en que Nagore, con mucha valentía, le dice a su sobrina que para que nazca lo nuevo tiene que morir lo viejo. Y es la verdad.

P. Su contrato como director del CDN termina en enero de 2028 y, aunque aún tiene por delante otras dos temporadas, está ya cerca de un fin de etapa. ¿Es consciente de eso?

R. Sí. Este es un trabajo temporal y creo que es muy importante ser consciente de ello. Y sí, claro que pienso de vez en cuando en enero del 28, pero tenemos mucho que hacer, hay que presentar dos temporadas, tranquilidad.