A GOLPE DE GUITARRA
Dentro de La Clandestina, una comparsa en Fuenlabrada que se prepara para el Carnaval: "No nos pueden limitar las temáticas porque censura ya hubo"
Se trata de una de las pocas agrupaciones nacidas en la capital que cuenta con 17 integrantes de toda España y competirá el próximo 10 de febrero en el Carnaval de Getafe

XAVIER AMADO

Son las ocho de la tarde en el Café Don Yeyo y el bullicio en su interior resulta inconfundible. “Estamos calentando la garganta”, bromea Francisco cerveza en mano. Junto a él, otros diez tipos que ya son familia, no fallan a su cita de cada jueves en el Centro Cívico Arco Iris de Fuenlabrada. Conforman La Clandestina, una comparsa que nació hace ya 13 años en Madrid y competirá el próximo 10 de febrero en el Carnaval de Getafe. “Esperamos llegar a la final del día 15, pero nunca se sabe. La Asociación del Carnaval de Madrid lo organiza desde hace años allí porque es el teatro que nos ceden para la ocasión. Además, a lo largo de la temporada actuamos en un montón de municipios, como Aranjuez, Alcalá de Henares, Torrejón de Ardoz o Alcorcón. Sacamos el máximo partido a los cinco meses de preparación”, añade Francisco García, autor y director musical. Malagueño de nacimiento, llegó a la capital hace ya 15 años y, desde entonces, no ha dejado de escribir coplas, pasodobles y popurrís: “Me uní a Los Infieles, que se disolvió poco después, dando lugar a La Jarana, donde estuve cuatro años dirigiendo”.
Un parón de varios años sirvió a García para dar forma a su propio musical, tomarse un respiro de esta afición que “quita mucho tiempo” y sumarse a La Clandestina, una de las comparsas más antiguas de Madrid. Como autor de sus letras y responsable de que las voces empasten correctamente, el andaluz se somete a una especie de ritual cada año para dar vida a su alter ego. “Todo empieza con una idea. Normalmente me invento los personajes que interpretamos, ya que me cuesta menos trabajo escribir sobre algo que haya salido de mi cabeza y no sobre algo ya creado. A partir de ahí, doy millones de vueltas a todo. No es sólo vestirse. El personaje ha de ser redondo. Se trata de construir todo un mundo a su alrededor”, relata mientras sus compañeros se enfundan los tipos, nombre de estas vestimentas. Contra todo pronóstico, nada tienen que ver unas creaciones con otras: “En 2023 nos vestimos de artistas malditos, poetas franceses de La Bohème. Al año siguiente fuimos de vikingos, inspirándonos en la mitología nórdica. En 2025 me fui al otro extremo con duendes flamencos y este año volvemos a cambiar”.

La Clandestina da vida a un grupo de arlequines postapocalípticos que alzan la voz contra el sistema. / XAVIER AMADO
Un giro radical, dice. La Clandestina da vida a un grupo de arlequines postapocalípticos que alzan la voz contra el sistema y plantan cara a aquellos que están al mando. “Me imaginé un mundo distópico, donde los de arriba se ríen. No hace falta irse a este extremo para ver que en la vida real ocurre algo similar con la clase obrera. Más que un personaje es un sentimiento. Cómo la clase baja, en ocasiones, se siente como un payaso, un bufón. Somos la imagen del pueblo rebelándose”, señala. Los problemas sociales son, para Francisco, una fuente de inspiración. El acoso escolar, el cáncer y Palestina están entre las temáticas a las que ha querido dar voz en los últimos meses: “Que toquen la fibra, que sean directas y contengan un mensaje claro. Que quien las oiga, reflexione”. El repertorio, común para todas las comparsas, se compone de la presentación, en la que dan a conocer el personaje, dos pasodobles, dos cuplés y un popurrí que hable también del arlequín, en este caso: “Como autor, lo más difícil es innovar para no repetir temáticas trilladas. Como director, la complejidad llega al empastar todas nuestras voces”.
De Ceuta a Zaragoza
Al ritmo de bombo y guitarras, estos tenores, altos, contraltos y octavillas cantan sobre política y religión en clave de humor. “Es el único momento del año en los que puedes decir lo que te dé la gana y nadie puede molestarse porque es carnaval. Hay temas con los que, quizás, debemos tener más tacto, pero no pueden limitarnos las temáticas porque censura ya hubo”, zanja García. A su lado, uno de los guitarristas asiente. “Habrá a quien le pique, pero si nos cortamos, el carnaval pierde su autenticidad. Debemos estar preparados para las críticas”, dice. Él es Javier Santiago, director de La Clandestina y uno de los madrileños dentro de la agrupación: “Estoy aquí desde el principio, cuando sólo éramos ocho. Todos veníamos de otra, en Getafe, y poco a poco fuimos creciendo. Mi padre fue quien sacó adelante la primera comparsa de todo Madrid, así que todo lo he aprendido de él”, confiesa. Han pasado 12 años desde entonces y, en este tiempo, los amigos se han convertido en familia: “Es lo mejor de todo esto. Somos como hermanos. Vamos de vacaciones juntos, con nuestras mujeres e hijos. Es una unión de por vida que no es fácil de conseguir”.

Al ritmo de bombo y guitarras, estos tenores, altos, contraltos y octavillas cantan sobre política y religión en clave de humor. / XAVIER AMADO
Al Café Don Yeyo llega gente de Ceuta, Cádiz, Málaga, Zaragoza, Guadalajara y, como él, también de la capital. Los hay oficinistas, economistas, ingenieros, torneros y electricistas. El más jóven ronda la treintena y el veterano del grupo acaba de cumplir 54 años. “Cada temporada entran una o dos personas nuevas”, sostiene. Como mano derecha del compositor, Javier propone temas a Francisco al inicio de la temporada: “A veces desechamos alguno por falta de tiempo, pero casi todos los que pensamos salen adelante. Lo que sí hacemos siempre, justo antes de salir a actuar, es juntar las manos y gritar ‘¡Un, dos, tres, La Clandestina!’". El camino no ha sido fácil. Sin embargo, desde hace unos meses consiguieron figurar como asociación, las cosas parecen haber tomado un nuevo rumbo. “Hemos estado un año y medio mandando papeles a la Comunidad de Madrid para así poder facturar a los ayuntamientos donde actuamos, ya que muchas veces nos hemos quedado sin cobrar. También intentaremos conseguir un local propio a lo largo de este año. Aquí, en Fuenlabrada, nos han acogido muy bien, pero nuestro objetivo es poder usar el espacio más horas, hacer eventos y, en definitiva, enseñar a la gente lo que más nos gusta”, apunta.
Una chispa de esperanza
Con el Carnaval de Cádiz a la vuelta de la esquina, Javier y Francisco lamentan no poder competir este año: “Se ha puesto todo muy caro como para bajar para un fin de semana. Además, siempre nos desplazamos con nuestras familias y este año no todo el mundo podía permitírselo. Y si no vamos todos no es lo mismo”. Sea como sea, en Cádiz o en Madrid, la ilusión es la misma. Para quienes, como Francisco, viven lejos de su tierra, mantener esta costumbre en la distancia es importante. “Cuando un andaluz nos descubre, se emociona. Para los que no lo somos, esto también se ha convertido en una tradición. El jolgorio es para todo el mundo, sin importar de donde vengas. Y esta comparsa lo demuestra”, zanja. En estos cinco meses no han estado solos. A los ensayos también ha acudido Diana Muñoz, un hada madrina que ha dado forma a las ideas de García y Santiago. “No quería que parecieran bufones. Son tíos que se presentan con peso artístico y confianza, dispuestos a decir verdades. Así que pasé varias semanas tomando apuntes y medidas hasta llegar al diseño final. Me dijeron que el tipo era un sentimiento en sí mismo, así que nada más verles practicar empecé a visualizarlo”, cuenta la diseñadora de vestuario.

Los hay oficinistas, economistas, ingenieros, torneros y electricistas. El más tiene 30 y el veterano acaba de cumplir 54. / XAVIER AMADO
Este año, Francisco y compañía vestirán un frac “poco sencillo”. Ha sido un trabajo de sastrería, dice. “Lo bueno es que habían creado las letras pensando en la indumentaria, así que no partí de cero. Lo que hice fue plasmar y potenciar esa idea de hombre apocalíptico, en desacuerdo con la sociedad, un poco sucio… Tomé como referencia personajes de Tim Burton e incluí reminiscencias del sombrerero loco: un personaje soñador que viene de otro mundo, pero al que nadie hace caso”, expresa. Diana, que comenzó jugando con los recortables de ropa que su abuela le compraba, terminó especializándose en historia de la indumentaria para cine y televisión: “Nuestra labor en este mundo es complementar y acentuar el talento de quien se sube al escenario. Se trata de ayudar al actor o actriz a adentrarse en el personaje”. Con las medidas tomadas y los patrones confeccionados, empezó a desgastar y ambientar los materiales para obtener el aspecto deseado: “No quería envejecerlos sin más, sino hacer que contasen la historia que ellos tenían en la cabeza. Los destellos dorados representan, precisamente, esa chispa de esperanza a la que hacen referencia en la chirigota”.
Con ayuda de Gladys, una modista con un pequeño taller de barrio, dieron forma a los 17 tipos que La Clandestina lucirá en el Carnaval de Getafe dentro de unos días. “Usé colores contrapuestos en la paleta cromática. Por un lado, amarillos, mostazas y dorados; y por otros violetas, lilas y morados, con el fin de crear transgresión y apocalipsis. Gladys ha trabajado muy duro, rectificado muchas cosas y el trabajo de sastrería es impecable”, confiesa. El tipo de este año se compone de 12 piezas y está valorado en algo más de 200 euros: “Llevan botas, polainas de polipiel, pantalón, camisa, chaleco, el frac triangulado y roto, una chalina o pañuelo, broche, cuello elevado, que aporta dramatismo, hombreras, puñetas de color violeta tornasolado para resaltar en el escenario, y una chistera con plumas”. Y mientras ultiman puntadas y afinan guitarras, La Clandestina se prepara para subirse al escenario un año más. Porque, más allá de premios, lo que ellos mantienen vivo cada año es algo mucho más difícil de conseguir: un grupo de amigos unido por la música que canta lo que muchos piensan en silencio.