A GOLPE DE VIÑETA
La jubilada que retrata cómo ha cambiado Vallecas del franquismo hasta hoy: "Donde antes había una mercería, hoy hay un locutorio"
Pilar Montero es la autora de ‘La hija del escrutador’, una novela gráfica que recorre el madrileño barrio y rememora algunos de sus enclaves más emblemáticos en la década de los 60

La escritora Pilar Montero publica su libro 'La hija del escrutador', ambientado en Vallecas. / ALBA VIGARAY

Ya no quedan escrutadores. Al menos humanos, con brazos y piernas. Lo que antes se hacía de memoria, boleto por boleto, ahora es mecanizado por una máquina en cuestión de segundos. Aquella profesión de antaño, próxima a caer en el olvido, se aferra a quienes como Pilar, tratan de darle voz aún teniendo todo en contra. “Los domingos por la tarde, cuando ya habían acabado todos los partidos de fútbol, mi padre se iba de casa a escrutar miles de quinielas. Llevaba memorizada la combinación ganadora para ir más rápido y siempre volvía caminando, aunque estuviera lejos, ya que si cogía un taxi, perdía todo lo ganado”, recuerda Pilar Montero (67), autora de La hija del escrutador y vecina de Vallecas. A modo de homenaje a un hombre que lo dio todo por sacar a sus hijos adelante, la jubilada retrata la vida en el barrio de Felipe Montero y su familia durante el franquismo. “A mi padre lo sacaron de la aldea segoviana donde había nacido con 12 años para trabajar en la capital. Le tocó luchar en la Guerra Civil con 18 años, en el bando republicano. Acabó en un campo de concentración y lo pasó fatal. No tenía estudios, pero era muy listo. Su primer trabajo era de ordenanza en el Ministerio de Hacienda, por las mañanas. Por las tardes se convertía en tesorero de una mutualidad. Era muy bueno con las matemáticas”, dice.
Dado que en la posguerra no existían las pensiones, esta era la forma de pagar las jubilaciones. En su caso, al gremio de porteros, quienes acudían regularmente para recibir “cantidades ridículas”. “Algunos se iban a casa con 23 pesetas, otros con 100… Me llevaba de secretaría. Él echaba las cuentas y yo les hacía firmar un papel. Muchos de ellos lo hacían con una cruz porque eran analfabetos. El cuarto empleo de mi padre era acomodador en el Palacio de los Deportes de Madrid. Nos llevaba a todos con él, para que pudiéramos ver los espectáculos. Pese a ser municipal, nunca cotizó, así que mi madre, tras su muerte, terminó cobrando tres pensiones de viudedad insignificantes”, añade. Pilar y sus hermanos nacieron en el barrio de Vallecas, en la Colonia del Perpetuo Socorro, donde Felipe consiguió un piso del Instituto Municipal de la Vivienda. Lo que antes eran patios verdes, con grava y árboles, son hoy suelos asfaltados, donde apenas unos hierbajos luchan por ver la luz: “Todas estas casas se crearon en los años 50 por orden de Franco, como si fueran parte de una pequeña ciudad, la de los 15 minutos. Teníamos nuestra propia comisaría, mercado de abastos, cine, iglesia y la parada de metro Portazgo, indispensable para todos aquellos que trabajaban en la otra punta de la ciudad”.

La escritora y vallecana Pilar Montero en la Iglesia de San Francisco de la Colonia del Perpetuo Socorro. / ALBA VIGARAY

Dos bloques de viviendas en la Colonia del Perpetuo Socorro, donde Pilar vivió en su infancia. / ALBA VIGARAY
Es aquí, precisamente, donde comienza el recorrido que Pilar hace a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA en un intento de esquivar la lluvia. La primera parada es el extinto colegio Ave María, derruido hace unos años. “Era lo más parecido a una catedral y, aunque era de monjas, el alumnado lo conformábamos familias humildes. Era femenino y lo recuerdo como una canción constante. Siempre estábamos tarareando y saltando a la comba. Algunas amigas me preguntan por canciones que no he incluido… Lo cierto es que con los años me he dado cuenta de que eran súper machistas”, asegura. De la escuela, puramente femenina, Montero pasaba a estar rodeada de niños en el patio de su barrio: “Ellos eran mayoría. Recuerdo a mi amigo íntimo, Paquito, a quien he llamado Pepito en la novela y falleció de leucemia hace unos años. Éramos inseparables y jugábamos a la pídola, las canicas, las chapas o la lima, que era un instrumento de carpintería con un mango de madera y un hierro puntiagudo. Dibujábamos círculos en el suelo para ir clavándola y avanzar sobre ellos. Me gustaba más que lo que hacíamos en clase”.
"Un poco deprimente"
En el Perpetuo Socorro, donde la mayoría de empleados públicos, los niños sólo podían jugar en aquel estrecho terreno que quedaba entre los bloques. “De ahí no salíamos, pero no pasaba nada porque no había ni coches en las calles. Lo único que queda es la ropa tendida”, bromea señalando el cemento. Aún recuerda aquel día de 1966 en el que inauguraron el Parque Azorín, por donde continúa la ruta vallecana. “Pusieron de todo, hasta tipis, un lago y columpios. Sin embargo, como niña, mi curiosidad me hizo fijarme en los desmontes que había enfrente, al otro lado de la Avenida de la Albufera. Había agujeros negros, cuevas donde vivían familias gitanas. Le pregunté a mi madre dónde hacían esas personas sus necesidades. Qué inocencia. Me daban entre miedo y curiosidad. Hoy hay un Alcampo”, suma. No es el único enclave que ha sufrido este tipo de modificaciones con respecto a la década de los 60. En los bajos comerciales próximos a la colonia donde vivían los Montero, no queda rastro de la carnicería o la pescadería: “Aquí había de todo. En esta esquina estaba la droguería, seguida de la mercería, la panadería y la tienda de hielo. A esta última iba yo a comprar barras heladas, ya que no había frigorífico, sino nevera. Todo estaba pensado para no tener que salir del barrio”.

Pilar Montero fue directora del IES Puente de Vallecas durante nueve años. / ALBA VIGARAY

La fachada del extinto cine Excelsior, ahora convertido en gimnasio. / ALBA VIGARAY
De aquel Vallecas que hoy Pilar trata de reconstruir a base de viñetas, apenas queda nada. El mercado ya no es lo que era, la Iglesia de San Francisco está vallada para evitar vandalismos y los locales han perdido su esencia: “Todo ha sido sustituido por bazares, locutorios, tiendas de telefonía y restaurantes kebab. Es un poco deprimente ver en lo que ha quedado el barrio”. Su infancia cambió a los ocho años, cuando sus padres consiguieron ahorrar lo suficiente como para comprar una vivienda pública en la Avenida del Manzanares, frente al estadio del Atlético de Madrid. “Había calefacción, dos cuartos de baño, gas natural, bañera y una habitación para cada uno. Era infinitamente superior al de Vallecas, donde dormía con mis hermanas mayores en una misma habitación con muy poco espacio”, sostiene. A los 23 años, la madrileña aprobó la oposición para ser profesora de secundaria y puso rumbo a Sevilla. Mientras, sus padres vendieron la casa y regresaron al barrio original: “Tenía claro que no quería ser funcionaria toda mi vida, no hubiera sobrevivido. Pasé un tiempo trabajando para el Ministerio, como asesora de educación a distancia, pudiendo viajar a Nicaragua o Bolivia”.
Directora de instituto
Allí, una joven Pilar evaluaba tanto los sistemas educativos como la formación de “profesores empíricos”: “Eran los que más sabían en el pueblo. Fue toda una experiencia”. Al tiempo llegó su hija y, con ella, las ganas de retomar su vida en el barrio. Comenzó a trabajar en el IES Villa de Vallecas, primero como Jefa de Estudios y más tarde como directora durante casi una década. “Mi experiencia allí, con 800 alumnos de 25 nacionalidades, fue espectacular. Recibimos al primer alumno chino y a la primera alumna marroquí del barrio. Fue allí donde conocí la realidad trans, gracias a una madre que vino a pedirme que llamáramos a su hijo en masculino, hace más de 20 años. Siempre intenté que todo el mundo fuera lo más libre posible en aquel centro, donde la vida diaria era una locura. Apuntaba en mi cuaderno todas las experiencias y anécdotas que me atravesaban y de todo eso nació ¡Está ardiendo una papelera! Diario de una directora de instituto, mi anterior publicación. La ruta finaliza atravesando el estadio del Rayo Vallecano, el extinto cine Excelsior ahora convertido en gimnasio o el Mercado de Puente de Vallecas. De su última etapa como docente, la cual pasó en Roma, también recopiló infinidad de relatos, anécdotas y vivencias. Todas ellas permanecen en el cajón de su mesilla, esperando ser leídas.

Pilar posa frente al estadio del Rayo Vallecano. / ALBA VIGARAY

Pilar Montero escribió 'La hija del escrutador' en honor a su padre, que trabajó como escrutador de quinielas durante décadas. / ALBA VIGARAY
“Iba a comprar el pan y, de vuelta a casa, pasaba a ver la escultura del Moisés de Miguel Ángel”. Su jubilación llegó hace ya cuatro años, nada más aterrizar y, desde entonces, compagina la escritura con otros hobbies como el yoga o la lectura. Entre sus hazañas como investigadora también se encuentra 1290 locuciones de una nonagenaria, la tesis que realizó en torno al habla y los refranes de su madre: “Empecé a registrarlo todo en 1980. Siempre he vivido de ella desde el punto de vista filológico, todos mis trabajos han girado en torno a ella. Lamentablemente, este último no lo pudo leer. El Instituto Cervantes lo publicó de forma póstuma. Mi refrán favorito siempre fue 'El que tiene un vicio, si no se mea en la puerta, se mea en el quicio'. Sólo se lo escuché a ella. Nunca fue consciente de su manera de hablar tan peculiar”. Ahora, con La hija del escrutador, Pilar se siente en paz con su padre. “Sentía que le debía algo. Además, nadie conoce lo que es un escrutador. Pasé un año entero documentándome y viendo que, todo lo que decía mi padre, era verdad. Creo que he hecho felices a los lectores de mi edad. Les he hecho recordar una época muy bonita de sus vidas que muchos habían olvidado. Las canciones, las costumbres…”, zanja.