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ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEL 'VIEJO PROFESOR'

El Madrid cultural de Tierno Galván, cuatro décadas después: de la ciudad que inventaba un mundo nuevo a la metrópolis de la rentabilidad y el éxito

Cuarenta años después de la muerte del añorado alcalde socialista, varias figuras destacadas de la cultura del momento recuerdan lo que supuso aquella explosión de vida y de cultura y la comparan con el Madrid actual

El alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, inaugura en la Plaza Mayor la Semana de la Juventud, un ciclo de actividades culturales por toda la ciudad, en 1985.

El alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, inaugura en la Plaza Mayor la Semana de la Juventud, un ciclo de actividades culturales por toda la ciudad, en 1985. / Ramón Castro - EFE

Jacobo de Arce

Jacobo de Arce

Madrid

La escena tiene algo de mito moderno. De símbolo de una época, de un país y de una ciudad, pero sobre todo de retrato de un personaje político irrepetible para muchos. Transcurre en el Palacio de los Deportes de la calle Goya, en 1984. Sobre el escenario, Enrique Tierno Galván, por entonces alcalde socialista de Madrid, se dispone a dar un brevísimo pregón en el arranque de la Tercera Fiesta del Estudiante y la Radio que organiza el programa Tiempo de Universidad, de Radio 3. "Rockeros", grita un viejo profesor que en realidad no es tan viejo, 66 años, "el que no esté colocao, que se coloque y al loro". A esa consigna, moderna y enrollada, le responde el alarido exultante de miles de gargantas juveniles.

Repetidos hasta la saciedad en los últimos 40 años, esos pocos segundos de metraje son una de las imágenes más icónicas de los primeros años de la democracia española, cuando todavía hacía muy poco que el país había empezado a derribar el capote gris del franquismo y Madrid se estaba convirtiendo, gracias a la Movida pero también a quienes mandaban en la Plaza de la Villa y sus políticas, en una ciudad que llevaba por bandera la libertad, la cultura y un hedonismo sin complejos. Y lo hacía no solo en los barrios y los locales que haría famosos aquel movimiento juvenil, sino también en los distritos más alejados del centro.

"Cuando llegamos al Ayuntamiento la política cultural se centraba básicamente en las festividades anuales típicas: la Navidad, con la Cabalgata de Reyes como colofón, y sobre todo San Isidro, aunque esta era fundamentalmente una fiesta taurina. Lo que nosotros hicimos fue potenciar y canalizar las propuestas de gran cantidad de asociaciones, entidades de barrio, grupos de teatro, etc, que habían ido surgiendo y tenían muchas ganas de hacer cosas", recuerda en conversación con EL PERIÓDICO DE ESPAÑA Enrique Moral Sandoval, concejal de Cultura y más tarde también teniente de alcalde a lo largo de los mandatos de Tierno Galván, con el que entró en el consistorio después de que el PSOE se hiciera con la alcadía en las primeras elecciones municipales de la democracia, en 1979. Aunque entonces quedó por detrás de UCD, una coalición con el PCE le dio el gobierno de la ciudad. Aupados por la enorme popularidad de Tierno, en las de 1983 los socialistas ya se impondrían con mayoría absoluta.

Tierno Galvan inaugura el paseo de John Lennon en el Barrio de la Estrella en 1981, un año después del asesinato del catante.

Tierno Galvan inaugura el paseo de John Lennon en el Barrio de la Estrella en 1981, un año después del asesinato del catante. / EFE

Fiesta vs. terror

De esa filosofía nacieron algunos eventos de enorme carga simbólica: la recuperación de los carnavales, prohibidos durante el franquismo, fue una manera de decir que la alegría también era política. Lo de la alegría no era una cuestión menor: al miedo heredado de la larga noche de la dictadura, con rescoldos como el golpe del 23-F, se añadía que en aquellos años Madrid convivía con otro. "La calle la tenía tomada el terrorismo", explica Moral Sandoval en referencia a los frecuentes atentados de ETA en la ciudad. Sacar a los madrileños a la calle, dice, también era una forma de devolverla a los ciudadanos. Otra de las apuestas de su gobierno iba en esa línea de potenciar la vida exterior: la creación de los Veranos de la Villa en 1985. La ciudad mortecina en los tórridos meses de verano, cuando medio Madrid se exiliaba en las playas, de repente podía disfrutar de un programa sólido de música, teatro, danza o cine al aire libre en las noches de julio o agosto.

Pero en paralelo a aquellas fiestas y ciclos culturales de relumbrón estaba en marcha un trabajo más silencioso: la creación y el refuerzo de numerosas bibliotecas y centros culturales de barrio, la puesta en marcha de infraestructuras municipales que permanecían casi dormidas o la rehabilitación de espacios que ahora se dedicaban a la cultura. En aquellos años, el Museo Municipal de la calle Fuencarral (hoy en día Museo de Historia de Madrid) se transforma en un centro de exposiciones; el Centro Cultural de la Villa (actualmente, Teatro Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa) se termina casi en su totalidad, y el Cuartel del Conde Duque comienza sus reformas con el objetivo de convertirse en el gran centro cultural que es hoy en día. "En aquel triángulo que formaban Colón, el Conde Duque y el Museo Municipal, en el Ayuntamiento llegamos a competir con el Ministerio de Cultura en programación expositiva", reivindica Moral Sandoval, que recuerda por ejemplo cómo se promovió la pitura española de la época con importantes monográficas como las dedicadas a Genovés, a Arroyo, a Canogar o a Sicilia.

Inauguración de una placa en homenaje a León Felipe en la calle Huertas, 1985. Enrique Moral Sandoval (dcha.) acompaña en el acto a Enrique Tierno Galván y María Zambrano. Detrás, el concejal Ramón Herrero.

Inauguración de una placa en homenaje a León Felipe en la calle Huertas, 1985. Enrique Moral Sandoval (dcha.) acompaña en el acto a Enrique Tierno Galván y María Zambrano. Detrás, el concejal Ramón Herrero. / Cedida

La calle y los jóvenes

La cultura institucional, sin embargo, no explica por sí sola la energía que recorría la ciudad en aquellos años. Buena parte de la ebullición se daba en la calle, en los bares y salas de conciertos, en las fiestas en casas particulares, en tiendas o en redacciones improvisadas. El artista Javier de Juan recuerda el Madrid de Tierno como una urbe de nuevo cuño que se puso en marcha porque el alcalde, sencillamente, "dejó hacer". "Tratamos de inventarnos un mundo nuevo", dice para describir su actitud y la de sus coetáneos. En su opinión, "aquella época fue muy bien definida por el concepto de postmodernidad: se rompían las barreras entre la alta cultura y la cultura popular, la de la calle. Los artistas exponíamos en galerías pero al mismo tiempo estábamos también haciendo cómics".

Muchos de esos artistas, dibujantes, fotógrafos o periodistas coincidieron en la revista Madriz, un emblema de la época junto a otras publicaciones como La Luna de Madrid o Madrid me mata. Madriz la pagaba la concejalía de la Juventud del Ayuntamiento y su redacción, recuerda un De Juan que fue quien la bautizó ("querían llamarla Guay y me negué", dice entre risas), estaba en el propio consistorio, en la Plaza de la Villa. "Alguna vez, cuando alguien escribía algo con lenguaje malsonante, Tierno bajaba y nos decía que le parecía infumable ese lenguaje cuartelario. Pero salvo esos pequeños detalles, el apoyo fue perfecto. Nos dejaba hacer lo que queríamos". El ambiente cultural de la época lo resume el artista, que sigue organizando sonadas exposiciones de su trabajo, con un palabra: lúdico. "Había un espíritu muy de juego, de disfrutar", asegura.

El artista Javier de Juan, en una foto reciente.

El artista Javier de Juan, en una foto reciente. / Carlos Díaz - EFE

La diseñadora Elisa Bracci, uno de los nombres importantes de la moda de la época, también subraya ese hedonismo que se respiraba en todas partes. Militante y defensora acérrima de la Movida y su legado (su hija Carlota Casado es la principal impulsora de la asociación para que Madrid le dedique un museo a aquella explosión cultural), desmonta sin embargo una caricatura muy arraigada de la época: "no todo era sexo, drogas y rock and roll. Nosotros salíamos y nos divertíamos mucho, pero al día siguiente cada uno estaba en su puesto de trabajo", apunta. Para referirse a la Movida habla de una comunidad que funcionaba casi por contagio, con un espíritu común difícil de explicar. "Los de la Movida sabemos que somos de la Movida", dice, casi como quien reconoce a los suyos por olfato.

Bracci tenía su tienda en ese reducto de la moda de vanguardia que se situaba entre la calle Almirante y Conde de Xiquena, junto a otros diseñadores como Joaquin Berao o Jesús Del Pozo. En su negocio uno se podía encontrar con locales y foráneos. Menciona nombres como Victoria Abril, Carmen Maura, Chrissie Hynde (The Pretenders) o Bruce Springsteen, prueba del perfil internacional que Madrid, su cultura y su fiesta empezaban a adquirir. "Todos acabábamos en la terraza del Teide. Era una eclosión de juventud: salíamos de trabajar y quedábamos para irnos a lo que había por Madrid ese día: una expo, un concierto en RockOla...".

La diseñadora Elisa Bracci (dcha.), en el Rastro con una amiga en 1982.

La diseñadora Elisa Bracci (dcha.), en el Rastro con una amiga en 1982. / Cedida

Música en las calles

El RockOla fue uno de los epicentros de la Movida y de aquel Madrid de los primeros años 80, pero la música estaba por todas partes. El periodista Jesús Ordovás, legendario presentador del Diario Pop de Radio 3, sitúa el origen de aquella explosión sonora en un dispositivo muy concreto: los concursos Villa de Madrid, que se habían creado en 1978 bajo el mandato de Jose Luis Álvarez, uno de los predecesores de Tierno en la alcaldía nombrados por el gobierno central de UCD cuando todavía no se habían celebrado elecciones municipales, y funcionaron como semillero y altavoz para una generación que venía "de todos los barrios, de todos los estilos". Reducidos en un principio a unas pocas categorías, sobre todo musicales, el ejecutivo socialista los ampliaría y popularizaría a lo largo de los años. En Madrid, recuerda, había mucha gente joven haciendo revistas, abriendo locales, creando grupos. Como apunta Moral Sandoval, "son los años del baby boom de los años 60, que empieza a fructificar en los 80": esa generación se está iniciando en la edad adulta. Había muchos artistas, pero también había un público casi infinito para seguirlos. Solo hay que recordar el célebre concierto de The Smiths en el Parque del Oeste durante las fiestas de San Isidro de 1985. Se calcula que unas 300.000 personas acudieron aquella noche al Paseo de Camoens.

Olvido Gara, Alaska, lee el pregón de las fiestas de Navidad de 1985 junto al alcalde Enrique Tierno Galván.

Olvido Gara, Alaska, lee el pregón de las fiestas de Navidad de 1985 junto al alcalde Enrique Tierno Galván. / Ramón Castro

"Todas las noches había un montón de gente que venía de los barrios al centro de Madrid, pero incluso en los mismos barrios se abrían también salas y muchos bares, además de todos esos locales musicales que aparecieron en Malasaña", continúa Ordovás, que coincidió con el concejal de cultura estudiando en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Al locutor le llegaban cada día a la radio nuevas grabaciones de grupos madrileños de toda condición. Los que no tenían mucho dinero, cuenta, grababan sus maquetas o sus discos en DoubleWtronics, un estudio del barrio de Prosperidad por donde pasaron Aviador Dro, Glutamato Ye-Yé, Gabinete Caligari, Parálisis Permanente o Loquillo.

En ese paisaje, el alcalde jugó un papel claro: no fue el director artístico de aquellos años, pero sí su legitimador. "Tierno fue una figura importantísima para la Movida. Desde un lugar institucional nos dio el valor cultural. Y de paso se contagió con nuestra energía", afirma Elisa Bracci. Morales Sandoval lo formula con una imagen: los concejales "hacían el pastel, pero la guinda la ponía Tierno" con su presencia y sus palabras. Esa relación, la de una institución que ampara y no da órdenes, explica parte de la mitología: el alcalde mayor que no necesitaba fingir juventud para entender a una ciudad que se quería moderna. Tanta conexión había entre el regidor y la juventud madrileña que, cuando falleció el 19 de enero de 1986 y tras un funeral que reunió en las calles a cientos de miles de ciudadanos, un comité estudiantil organizó un concierto de homenaje en el que participaron grupos y artistas como Barricada, Burning, Joaquín Sabina o Medina Azahara e hicieron de presentadores, entre otros, Alaska, José Sacristán, El Pirata o Iñaki Gabilondo.

Mucha actividad todavía, más dinero

¿Y hoy? Madrid sigue siendo, como dice Javier de Juan, una ciudad de calle, "con una vibración permanente". A veces incluso más: a él le gusta ver las colas en el Prado, los teatros llenos y una oferta cultural desbordante. Celebra que barrios que hace décadas estaban fuera del mapa creativo, como Carabanchel, ahora concentren talleres, galerías y nuevos movimientos. Pero el mecanismo ha cambiado. Ordovás lo percibe en la música: donde antes había un circuito de salas pequeñas dispuesto a acoger a quien empezaba, hoy muchas funcionan con la lógica de la rentabilidad. "Te dicen: o traes a cien personas o pagas. Antes, en cambio, las salas estaban encantadas de recibir a los grupos y no les cobraban nada por actuar". Hay mucho que hacer y disfrutar en el Madrid de hoy, pero el acceso no siempre es para todos los públicos.

A esa transformación se suma otra: la del turismo que ha desembarcado masivamente en la capital en los últimos años. Ordovás dice sin ambages que ve Madrid convertida en una ciudad "hecha para el turista", con un centro que corre el riesgo de convertirse en parque temático y bares "de catálogo". Javier de Juan, que vive en el barrio de las Letras, lo sufre en lo cotidiano —se queja por ejemplo del precio del café—, pero también reconoce el reverso: una ciudad que explota creativamente con tanta actividad. Morales Sandoval señala en cambio un matiz más institucional: ve hoy al Ayuntamiento "receloso" hacia la cultura en la calle, como si la diversión libre fuera un problema antes que una política pública.

De izda. a dcha., Fabio McNamara y Pedro Almodóvar con los locutores de Radio 3 José María Rey y Jesús Ordovás, en Rock-Ola.

De izda. a dcha., Fabio McNamara y Pedro Almodóvar con los locutores de Radio 3 José María Rey y Jesús Ordovás, en Rock-Ola. / ARCHIVO

Para Elisa Bracci, los propios actores culturales han cambiado. "Hoy todo es completamente diferente", dice. "La generación joven actual es genial y tiene mucha fuerza. Pero no tienen nada que ver con nosotros: son mucho más racionales. Nosotros éramos más casuales, ¿sabes? Yo estaba en la tienda y de pronto pasaba Carlos Berlanga, ligaba con el chico que yo tenía trabajando en la tienda y de paso me ponía el toldo. Era todo muy así". No tenían ningún interés personal, no estaban pensando en una posible carrera, añade. Todo lo recuerda mucho más espontáneo y despreocupado.

La lección de aquel Madrid no es reproducible. "Veníamos de una grisura cósmica", recuerda De Juan. Por eso conviene leerla sin nostalgia. Más adaptable sería el gesto del alcalde: ese de facilitar y dar cauce, confiar en la gente. El Madrid cultural de Tierno fue una especie de pacto entre una energía social, sobre todo juvenil, desbordante, y una estructura pública que la amparaba, tanto en el centro como en los barrios. Con un pasado como el franquista a las espaldas, lo que hizo grande a aquella ebullición fue probablemente la sensación colectiva de estar viviendo por fin en presente, incluso con un pie en ese futuro que prometían tantas noches interminables. Como si ese futuro cada uno pudiera construirlo como quisiera, con el beneplácito de un alcalde en sintonía.