OCIO EN LA CAPITAL
'¿Estás ahí?', la comedia donde el tercero en discordia… ni siquiera se ve, renueva en Teatros Luchana
La comedia de Javier Daulte, dirigida por Denise Despeyroux, renueva en Teatros Luchana hasta el 28 de marzo tras su estreno en Madrid

'¿Estás ahí?', la obra de teatro donde el amor convive con sus fantasmas invisibles. / Cedida

"Creo que hoy estoy ahí". La frase llega antes que el argumento, como un aviso: en ¿Estás ahí? no se puede estar a medias. Tras el estreno del 22 de noviembre en Teatros Luchana, la comedia argentina de Javier Daulte —con versión y dirección de Denise Despeyroux— renueva en Madrid hasta el 28 de marzo y lo hace con una propuesta que mezcla carcajada y vértigo: una pareja decide dar el paso y mudarse a un piso aparentemente acogedor, donde descubren que no están solos. Ya vive alguien más, solo que no se ve. Humor, magia, pareja y un fantasma invisible que lo descoloca todo.
Claudio, el invisible más presente del escenario
Hay mudanzas que te cambian la vida. Y luego están las mudanzas que, además, te traen un compañero de piso invisible con mala leche. Eso es lo que les pasa a Fran (aprendiz de mago) y Ana (casi oftalmóloga) cuando deciden irse a vivir juntos en ¿Estás ahí?, la comedia dramática producida por Teatros Luchana y Compañía PRESENTE, con Bárbara Merlo y Samuel Vázquez al frente de un juego teatral donde lo cotidiano y lo fantástico se dan la mano sin pedir permiso. El tercer vértice del triángulo se llama Claudio. No se ve. No se toca. Pero está. Y vaya si está.

'¿Estás ahí?', la obra de teatro donde el amor convive con sus fantasmas invisibles. / Cedida
"Creo que hoy estoy ahí", responde uno de los protagonistas cuando se le lanza la pregunta que da título a la obra. Y no lo dice como frase promocional: lo dice como quien ha atravesado un proceso y llega a un punto en el que entiende lo que hace, por qué lo hace y qué exige: "tenemos que estar muy presentes durante toda la interpretación para que la obra llegue al espectador y conmueva". En ¿Estás ahí? no hay lugar para ir en piloto automático. Porque el invisible no te deja.
La gracia —y el golpe— de la obra es que empieza con una premisa disparatada y termina tocando algo muy reconocible: ese "otro" que se mete en la pareja. A veces es una persona. A veces es el trabajo. A veces son los miedos, las proyecciones, lo que no se dijo a tiempo. Aquí, directamente, es un ser invisible. Más claro, imposible.
Y quizá por eso ha funcionado en tantos sitios. La obra ha pasado por Sydney, México D.F., Río de Janeiro, Santiago de Chile, Caracas, Montevideo, Buenos Aires, Barcelona, Londres y ahora Madrid la mantiene en cartel. Porque, como ellos mismos explican, aunque lo sobrenatural sea el motor, lo que engancha está en otra parte: "habla desde un lugar muy cotidiano, sobre una circunstancia cero cotidiana". Mudanza. Convivencia. Dos personas intentando construir una vida común sin desintegrarse en el intento. "Parejas hay en todas las ciudades. Mudanzas también. Convivencias también", resumen. Y sí, añaden con una sonrisa: "no hay seres invisibles… pero fantasmas, de esos hay en todas partes".

Bárbara Merlo (Ana) en ¿Estás ahí?, la comedia de Javier Daulte en Teatros Luchana. / Cedida
Lo mejor es que la obra juega limpio: no intenta apabullarte con efectos. Te pide algo más difícil: imaginar. Y ahí aparece el verdadero truco. Porque Claudio, por definición, es un problema escénico. ¿Cómo haces que el público "vea" a alguien que no está? La respuesta es teatro en estado puro: cuerpo, mirada, precisión y un pacto con el patio de butacas.
"Que la gente salga y diga 'he visto a Claudio' sería el gran logro", explican a este medio. Y esa presencia se fabrica a base de detalles: "construir al otro mediante acciones concretas". Cómo le miras. Cómo reaccionas. Cómo un objeto parece moverse porque tú lo conviertes en prueba. "La acción y reacción… en este caso, una reacción imaginada todo el rato por nosotros", describen. Si el actor cree, el espectador compra. Si el actor duda, el invisible se evapora.

¿Estás ahí? La comedia donde el tercero en discordia… ni siquiera se ve. / Cedida
La dirección de Despeyroux empuja justo en esa línea: hiperrealismo en la base para que lo fantástico destaque sin esfuerzo. La escenografía lo deja claro desde el principio: un piso modesto de clase media, "pequeñísimo, lo único que han podido conseguir". Tres bastidores, dos puertas, lo mínimo para que el público reconozca el lugar al instante. Y luego, por detrás, el engranaje. "Se ve sencillo por delante, pero por detrás hay un trabajo enorme", expresan. Hay funciones que se sostienen en el humo. Esta se sostiene en la precisión.
Fantasmas de pareja e identidad
Pero si ¿Estás ahí? solo fuese un mecanismo bien afinado, se quedaría en ingenio. Lo que la empuja es lo que propone sobre la pareja. Claudio, dicen, es metáfora: "los fantasmas que cada uno genera y proyecta en el otro". Y ahí se abre la herida interesante: no va tanto de infidelidades como de fidelidades. "Lo que mueve una pareja es lo fiel que uno es a su propia identidad y lo que cuesta abrirse a la identidad del otro". En ese choque, la pareja puede ser motor o jaula. "Puede crecer o morir", lanzan. Y el público, inevitablemente, se reconoce en alguna esquina de esa frase.
También hay un cruce bonito en los universos creativos: Daulte, con su sello de situaciones paranormales incrustadas en lo cotidiano; Despeyroux, con una mirada que aterriza el texto y lo afina para esta plaza. Han adaptado expresiones muy argentinas para que el humor funcione aquí, y el resultado no suena a traducción, sino a versión viva.
Merlo y Vázquez, además, llegan desde caminos distintos —teatro, audiovisual, improvisación, docencia—, pero coinciden en el efecto bumerán: "no es tanto lo que aportamos nosotros a Ana y Fran, sino lo que Ana y Fran nos han aportado a nosotros". Porque la obra no parece difícil… hasta que te metes. Y entonces exige lo que predica: estar.

Samuel Vázquez (Fran), en la obra ¿Estás ahí?, en Teatros Luchana. / Cedida
Al final, quizá esa es la clave de su éxito. En escena, un invisible obliga a una pareja a mirarse de frente. En la butaca, la pregunta rebota sin pedir permiso: ¿estás ahí… de verdad? ¿Con el otro? ¿Contigo? Y si sales pensando en eso, Claudio ya hizo lo suyo. Aunque nadie lo haya visto.