EXPOSICIÓN
Ana Juan y su cámara de maravillas en CentroCentro: "El espectador tiene que irse con más preguntas que respuestas"
La ilustradora valenciana presenta en CentroCentro 'Wunderkammer', su primera gran exposición institucional en Madrid, con más de cien obras que cuestionan nuestra capacidad para discernir lo real de lo falso

Una imagen de la exposición de Ana Juan en CentroCentro. / FELIPE NOMBELA
"Llegué a la conclusión de que nada era lo que parecía en el mundo de hoy". Ana Juan (Valencia, 1961) no necesita rodeos para explicar el detonante de Wunderkammer, la exposición que se puede ver hasta el 3 de mayo en la quinta planta de CentroCentro y que supone su primera gran muestra institucional en Madrid, ciudad donde reside y trabaja desde hace décadas. La artista, conocida internacionalmente por sus portadas para The New Yorker y galardonada con el Premio Nacional de Ilustración en 2011, ha reunido más de un centenar de piezas creadas mayoritariamente durante el último año, un trabajo intenso que la ha llevado a saltar del papel al volumen, de la ilustración a la escultura y la animación.
El título de la muestra no es casual. Las wunderkammer -cámaras de maravillas o gabinetes de curiosidades- fueron durante los siglos XVI y XVII espacios donde los coleccionistas acumulaban objetos extraordinarios, procedentes de la naturaleza o creados por el ser humano, con el objetivo de compilar conocimiento y ordenar el mundo. Eran, en esencia, enciclopedias físicas y personales que reflejaban tanto los intereses de su creador como su capacidad económica y cultural para reunir semejantes colecciones. "En el pasado, las wunderkammer eran colecciones con las que se intentaba explicar el mundo", dice Juan. "Eran un reflejo del coleccionista, de sus gustos e intereses, y además era un espacio físico, tangible".
Pero algo ha cambiado radicalmente en nuestra relación con el conocimiento y la verdad. "Hoy en día, los gabinetes de maravillas no son un espacio físico. Somos nosotros quienes confeccionamos estas colecciones", continúa la artista. "El problema es que estas colecciones ya no están en un lugar concreto. Están en las nubes, en nuestros tableros de Pinterest, en aquellos lugares donde nos puede interesar. Pero ya no existen realmente. Y además no podemos discernir si son verdad o mentira. Ya no sirven como explicación del mundo porque no puedes confiar en ellos".

Ana Juan, en el centro, flanqueada por la Delegada del área de Cultura, Turismo y Deporte Marta Rivera de la Cruz (dcha.) y la directora de CentroCentro, Julieta de Haro, durante la presentación de su exposición. / FELIPE NOMBELA
Esta desconfianza estructural atraviesa toda la exposición. Frente a las wunderkammer clásicas, que eran espacios privados y había que ser invitado a la casa de alguien para contemplarlas, las actuales son públicas, expuestas a la mirada y el comentario de miles de personas. "Si las haces públicas, se convierten en un mundo paralelo en el que uno no sabe si realmente...", deja la frase sin terminar, como dejará sin terminar muchas de las historias que propone en sus obras. Ese vacío, ese silencio, también forma parte del mensaje.
Más de cien piezas en busca del caos
El volumen de producción llama la atención: más de cien obras en aproximadamente un año. "Se ha disfrutado también", matiza Juan con una sonrisa, restando dramatismo al esfuerzo. Para quien la conoce principalmente por su trabajo editorial -esas portadas en The New Yorker, los libros ilustrados como Frida o The Night Eater-, la muestra puede resultar sorprendente por su carácter multidisciplinar. Junto al dibujo clásico, grafito sobre papel, aparecen esculturas y animaciones que expanden el universo iconográfico de la artista hacia territorios menos conocidos por el gran público.
Sin embargo, Juan no percibe esta diversidad como una ruptura o un cambio de rumbo. "Para mí no es extraño porque siempre he tenido mi actividad, mi trabajo personal, que han ido en paralelo al trabajo editorial. Uno se nutría del otro, el trabajo editorial se nutría del personal y viceversa", aclara. "No ha supuesto nada especial, simplemente el poder desarrollarlo un poco más y mostrarlo. No es nada nuevo ni he dejado al margen la ilustración para dedicarme ahora a obras grandes. Simplemente las he realizado de siempre".

'Wunderkammer', de Ana Juan. / Cedida
El volumen, la tridimensionalidad, surge como "una especie de extensión íntima de mi trabajo en dos dimensiones", explica. También las animaciones responden a "la necesidad de animar mis dibujos para darles otra perspectiva y otra vida". Todo ello sin renunciar al dibujo como lenguaje fundamental. "El dibujo es mi lenguaje, la forma que tengo yo de conectar con el mundo. Esto siempre ha sido así, no ha ido cambiando. Simplemente he continuado dibujando, he ido buscando nuevos soportes, he ido investigando".
Los seis enunciados del caos
La exposición se estructura en seis enunciados que funcionan como coordenadas conceptuales más que como recorrido lineal. El primero es el Caos, "una fábula visual" sobre la confusión que genera no saber discernir entre verdad y mentira. Le sigue La huella del caos: "La huella que deja en nosotros esta confusión", explica Juan. "Estamos hechos de historias, todos somos historias. Las historias nos dejan una huella".
El tercer enunciado, Historias, establece una conexión con los cuentos populares tradicionales: "Hemos hecho una especie de alegoría a lo que son los cuentos populares, a lo que era el bosque y un proceso de iniciación". Todo y parte, el cuarto, funciona como síntesis: "Es el proyecto final. Todos somos todo y parte de una misma historia. Es un proceso que va de lo individual a lo colectivo y de lo colectivo a lo individual".
Los dos últimos enunciados están dedicados al lenguaje plástico. Dibujar el mundo recupera su trayectoria editorial, "mi trabajo de encargo", al que da "una forma bastante original y curiosa". Y finalmente El dibujo, como eje vertebrador de toda su obra, el elemento sobre el que pivota toda la wunderkammer.
El espectador como cocreador
En un momento cultural marcado por la sobreexplicación, por ese frenesí contemporáneo por aclarar, contextualizar y cerrar cualquier atisbo de ambigüedad, Juan propone lo contrario: historias incompletas que el espectador debe terminar. "Todo es política al fin y al cabo", reconoce cuando se le plantea si esto no es casi un acto político. "No quiero dirigir la mirada o la comprensión de la obra por mí misma. Tiene que haber un poco de esfuerzo para que el espectador complete la obra, para que se vaya a casa con más preguntas que respuestas".
Esta confianza en la inteligencia del público conecta con una idea clásica del arte como experiencia activa, no como consumo pasivo. Las obras de Wunderkammer se relacionan entre sí, se enfrentan, conviven y se transforman, pero no imponen un significado unívoco. Cada pieza puede contemplarse de manera individual a la vez que conectarse con las demás, generando constelaciones de sentido que varían según quien mire.
Es una apuesta arriesgada en tiempos de inmediatez y contenidos predigeridos, pero también es coherente con la tesis de la exposición: si vivimos en un mundo donde no podemos discernir entre verdad y mentira, donde nuestras wunderkammer digitales son simultáneamente nuestras y de todos, privadas y públicas, reales e ilusorias, ¿por qué el arte debería ofrecer certezas? Quizá su función sea precisamente la contraria: generar preguntas, abrir grietas, mostrar que nada es exactamente lo que parece.

La muestra también incluye piezas escultóricas. / FELIPE NOMBELA
Madrid como destino
La inauguración de Wunderkammer tuvo lugar el miércoles en CentroCentro, ese antiguo Palacio de Comunicaciones reconvertido en espacio cultural que domina la plaza de Cibeles. Para Ana Juan, que lleva décadas viviendo y trabajando en Madrid, la muestra tiene un significado especial. "Estoy agradecida a CentroCentro, que me ha abierto las puertas de una sala enorme, de un volumen grande, y que me ha permitido llevar a cabo este desarrollo de mi obra", reconoce. "La respuesta del público [en la inauguración] fue realmente, sinceramente, emocionante. Fue muy bonito".
Que su primera gran exposición institucional en la capital llegue ahora, después de décadas de trayectoria internacional y de reconocimientos como el Premio Nacional de Ilustración, la Medalla de San Carlos o las múltiples distinciones de la Society of Newspaper Design de Estados Unidos, dice algo sobre los tiempos de las instituciones culturales, pero también sobre los tiempos de la propia artista. Juan no ha esperado el reconocimiento oficial para desarrollar su obra personal; la ha ido gestando en paralelo a sus encargos editoriales, nutriéndose mutuamente, hasta alcanzar la madurez necesaria para este despliegue.
Wunderkammer no es una retrospectiva al uso, sino una declaración de intenciones sobre el presente. Es, en esencia, el gabinete de maravillas personal de Ana Juan, un espacio donde ha reunido un muestrario de imágenes fantásticas fruto de su imaginación, obras nacidas de sus preocupaciones y dudas, pero también de sus pasiones y deseos: la verdad, la mentira, el amor, la muerte, la guerra, el arte, el poder, la vida.
En un mundo donde lo extraordinario navega por las redes y todos somos curadores de nuestras propias colecciones digitales, Ana Juan propone recuperar algo que las wunderkammer originales sí tenían: la posibilidad de detenerse, de mirar con atención, de permitir que las cosas mantengan su misterio. Sus criaturas imaginarias, sus seres fantásticos, sus metáforas visuales no aspiran a explicar el caos, sino a habitarlo con dignidad, a transformarlo en belleza sin negarle su dimensión inquietante.
Nada es lo que parece en el mundo de hoy, advertía la artista al comienzo de la conversación. Y quizá esa sea, precisamente, la única certeza posible en estos tiempos de nubes intangibles y verdades escurridizas. Lo que Ana Juan ofrece no son respuestas sino un espacio de pensamiento, una invitación a perderse en su gabinete de maravillas para encontrar, tal vez, algunas de las preguntas correctas.
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