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Josealfredo cumple 20 años como institución de la noche madrileña: "No somos un bar de guiris, somos un bar de parroquianos"

La coctelería de la calle Silva, refugio imprescindible de noctámbulos a pocos pasos de la Gran Vía, celebra estos días dos décadas en manos de sus actuales propietarios

'Pato' Almada, uno de los fundadores y rostro visible de Joselafredo, en los sillones del bar de la calle Silva.

'Pato' Almada, uno de los fundadores y rostro visible de Joselafredo, en los sillones del bar de la calle Silva. / ALBA VIGARAY

Jacobo de Arce

Jacobo de Arce

Madrid

Hace 20 años que un pequeño destacamento argentino se hizo con un pedazo de la noche madrileña. Invirtiendo las lógicas de la conquista, cuatro amigos emigrados desde el Cono Sur plantaron una bandera en el extremo meridional de Malasaña, una divisa figurada que no sería exactamente la albiceleste (que también), sino que más bien combinaría el verde de sus paredes enteladas con el amarillo tenue que desprenden sus lámparas. El distintivo de una filosofía con la que promueven el encuentro, el disfrute y una buena dosis de golferío. Desde entonces Josealfredo, el archiconocido bar de la calle Silva, o la coctelería si se quiere hablar en términos más sofisticados, es el destino elegido por quienes buscan un rincón de la noche en el que sentirse a refugio, como en casa, pero con la posibilidad siempre abierta de que suceda lo inesperado. Porque aquí se sabe más o menos cómo se entra, pero no cómo y con quién se sale. Aunque casi siempre será más feliz que como se llegó.

"Nosotros vivimos del tipo que no se levanta temprano", dice con una sonrisa 'Pato' Almada, rostro visible y fundador en 2006 del Josealfredo que ahora mismo conocemos y que estos días celebra por todo lo alto su 20º aniversario. La entrevista es a las 11:30h de la mañana y ya se está tomando una cerveza, lo mismo que hará minutos después con el Macallan que se sirve para las fotos. Que anoche saliese del bar a las 4:30h de la madrugada no parece un problema. "Ya sabés cómo están siendo estos días de celebraciones, che...". Lo dice más como explicación que como excusa, porque Almada jamás entonará una disculpa por su afición a la noche, de la que ha acabado haciendo también su oficio. "Toda la gente se mete con la noche... ¿viste? '¿Trabajás en la noche?', me preguntan preocupados. Vos te levantás a las 8 de la mañana, tomás el metro y todo el mundo te empuja y te pone una música de mierda. Y en la noche, en cambio, siempre te dan un beso, un abrazo, te fumas un porro y terminás escuchando Kind of Blue [legendario disco de jazz de Miles Davis]". Quitando lo del porro, porque ya sabemos que está prohibido fumar en interiores, esa noche cálida y hedonista, sin las florituras absurdas de tanto local de diseño de nuevo cuño, es lo que ofrece este bar que es también su casa.

Ambiente en Josealfredo, en una foto tomada desde el fondo del local.

Ambiente en Josealfredo, en una foto tomada desde el fondo del local. / Cedida

Pato Almada es ya una leyenda. Aunque también es propiedad suya el Café Berlín, en el que además de otras cosas se encarga de hacer una programación musical que abarca dos conciertos cada día, todo el mundo le conoce como Pato de Josealfredo. Es habitual encontrarle en el local, un relaciones públicas incansable aunque en su tarjeta de visita no ponga eso. Menciona tal número de nombres que han pasado por aquí, muchos de ellos ya buenos amigos, que se diría que su bar es una especie de Aleph de Borges, un contenedor de todo lo existente, de todas las personas posibles.

Los actuales Reyes (estos no son sus amigos) tomaron algo aquí siendo novios, a David Byrne le sirvió un vino blanco una vez y todo aquel que ha sido alguien en el periodismo, el cine o la música española, incluso en ciertos sectores de la política, ha puesto un codo en su barra y charlado con él hasta quedarse afónico. Sin embargo, aunque Josealfredo y Pato sean hoy en día casi la misma entidad, el bar no lo fundó él. De hecho, los que cumple ahora no son 20 años, sino 22, pero los dos iniciales fue de otros. Las dos décadas que toca celebrar son las de Pato y sus socios al mando (siguen siendo cuatro, pero solo dos de los del principio) y las de Joselfredo tal y como lo conocemos.

Pato y el Macallan de buena mañana.

Pato y el Macallan de buena mañana. / ALBA VIGARAY

Un bar escocés

Pato tiene mucho que contar ("soy argentino, che"), así que empieza por el principio una historia que se remonta a los años 60, cuando un escocés construyó el edificio que alberga Josealfredo. "Era un borracho y como buen borracho hizo un bar en el bajo", bromea. Se llamaba el Rover, dice, y había camareros que servían vestidos con las faldas típicas. Más tarde sería otro bar, pero nunca un puticlub como llegó a contar una leyenda urbana que el empresario argentino desmiente.

En 2004 se hicieron con él los hermanos Mastretta, Marcos y Nacho, este último fundador del grupo musical Mastretta, que ya tenían otro local, El Pez Gordo, en Malasaña. Este lo bautizaron como Josealfredo en honor al cantante mexicano de rancheras, lo convirtieron en coctelería y le dieron el aire que sigue teniendo hoy en día, aunque se hayan ido haciendo algunos pequeños cambios en la decoración y la configuración del local: el más llamativo, cuando hace unos años transformaron la entrada para poner una puerta automática que nadie entendió. Su dueño dice que les obligó una normativa municipal.

La parte con sillones de Joselafredo.

La parte con sillones de Joselafredo. / ALBA VIGARAY

Pato había llegado poco antes a Madrid con su mujer y el único hijo que tenía entonces (hoy en día tiene otro). En Argentina era trabajador social, su labor se centraba en reclusos y drogodependientes, y un dramático revés con un paciente le empujó a cambiar de aires. A Madrid llegó "como Hemingway", dice en referencia a su novela París era una fiesta y a esas ganas de beberse, literalmente, la vida. Comenzó trabajando "como vendedor de enciclopedias a puerta fría. Luego vino internet y me cagó la vida" [risas], y también lo hizo un tiempo en una inmobiliaria, algo que no se le daba mal, recuerda.

Pero la noche le había gustado siempre y, a pesar de la situación familiar y del trabajo, salía bastante. Se convirtió en un fijo del Josealfredo original y se hizo amigo de los dueños. El bar no acababa de ir bien, y un día le ofrecieron comprarlo. Para negociar el traspaso se fueron a jugar al futbolín que había en un local cercano, donde después estuvo El Fabuloso y hoy en día La Estrella. Le dijeron una cantidad que no podían pagar entre los cuatro socios que serían, todos amigos y argentinos. Pero poco después, inesperadamente, les rebajaron el precio, más de un tercio. Entonces sí. Ahí lo invirtió todo. "El día que abrimos, en aquella época que casi no se pagaba con tarjeta, no teníamos ni 200 euros en la caja para dar cambio".

Otra perspectiva de Josealfredo, con sus características luces bajas.

Otra perspectiva de Josealfredo, con sus características luces bajas. / ALBA VIGARAY

La última bohemia

En cuanto Pato, Ezequiel, Leandro y Pablo se hicieron con el negocio (hoy en día siguen Pato y Leandro con otros dos socios, Gato e Iván), la cosa empezó a ir bien. Afinaron todos los ingredientes: la decoración, el componente líquido, la música… Y empezaron a abrir todos los días, de lunes a domingo. "Pensá que somos inmigrantes, nos da miedo quedarnos sin gas para la estufa..." [risas]. El bar se empezó a llenar de esos profesionales que, como él decía, madrugan poco: los periodistas, los publicistas, los actores o los músicos. Aunque la vecina Plaza de la Luna era por entonces un entorno bastante degradado, tenían alrededor medios como la Cadena Ser y parte del Grupo Prisa, Público, Eldiario.es, editoriales, agencias de comunicación y publicidad y los estrenos de la Gran Vía. Salir de trabajar y pasar por Joselafredo se convirtió en costumbre para muchos. Agolparse a lo largo de ese pasillo estrecho que discurre junto a la barra garantizaba encontrarse con conocidos, y en los sillones del fondo se sentaban (se sientan) quienes buscaban algo más de privacidad.

Los socios actuales de Josealfredo: de izda. a dcha., Gato, Iván, Pato y Leandro.

Los socios actuales de Josealfredo: de izda. a dcha., Gato, Iván, Pato y Leandro. / Cedida

"Aquí prácticamente vivían Álex de la Iglesia, Mateo Gil, Eduardo Noriega...", recuerda Pato. Durante un tiempo, hace años, se rumoreó que el bar era propiedad de Leonor Watling, pero no era cierto: simplemente, el trompetista de su grupo Marlango era el coctelero. Cuando Eldiario.es salió a la calle e hiceron sus primeras campañas de captación de socios, era Pato quien salía en la foto. Los lunes era el día que acababan en el bar todos los camareros y los artistas que habían trabajado el fin de semana en otros garitos de los alrededores. "Venían todos los delincuentes, los músicos amigos nuestros, con la guitarra. Cerrábamos y nos quedábamos hasta las 7 o las 8 de la mañana, yo cantando tango... Mi mujer [ya exmujer] estaba recontenta". Si en su día tuvieron problemas con los vecinos, desde que insonorizaron totalmente el local, que ya es propiedad suya, y empezaron a controlar la puerta, la paz reina en la comunidad. O al menos eso dice él.

Entre quienes pasaban por Joselafredo entonces estaban también los flamencos: El Cigala, Ramón el Portugués, Pepe Habichuela... Fue por su amistad con ellos, por el apoyo que les brindaron, por lo que Pato y Leandro se animaron a coger un local cercano en el que podrían hacer conciertos: el primer Café Berlín, el de la calle Jacometrezo. Allí aguantaron seis años y allí aprendió a gestionar la programación de una sala. "Me tuvieron que enseñar hasta a hacer un calendario", recuerda. Organizaban dos conciertos por día, flamenco y jazz sobre todo, y al terminar había DJs hasta las 6 de la mañana. Era un formato que no existía en aquel Madrid pero que ahora se extiende: el del club de jazz que se transforma en discoteca. El mismo que replicaron, a mayor tamaño, en el Berlín actual, que antes había sido una sala de conciertos de rock. El éxito de ese club en la escena madrileña ha sido enorme, aunque sacarlo adelante no es tarea fácil. "La competencia es cada vez mayor y programar dos conciertos de diferentes géneros cada día es una locura", dice con gesto de cansancio.

La barra de Josealfredo. Colgadas de la pared, las bandejas que en su día hicieron para el bar artistas como Nacho Mastretta o Víctor Coyote.

La barra de Josealfredo. Colgadas de la pared, las bandejas que en su día hicieron para el bar artistas como Nacho Mastretta o Víctor Coyote. / ALBA VIGARAY

Un local 100% madrileño

Quien entre hoy en día en Joselafredo se dará cuenta enseguida de las claves de su éxito. La música, casi siempre sonidos negros como jazz, soul o música brasileña, a veces con un punto electrónico, está al volumen perfecto para poder hablar. "Aquí somos muy melónamos, pero este es un lugar para conversar, no para escuchar música", defiende Pato, que ya tiene otro local para eso. La luz baja crea ese ambiente algo misterioso y noctámbulo que anima a entrar y perderse en él, y los tragos son más que correctos. "Lo que más hemos mejorado desde que entramos es la coctelería", dice, y recuerda que cuando ellos cogieron Josealfredo, en el centro de Madrid apenas existían el Cock y Del Diego. Hoy, en cambio, hay superávit de coctelerías. Dry Martinis, Moscow Mules y Bloody Maries están entre los clásicos más solicitados, aunque Raúl, el responsable de las mezclas, tiene sus propias creaciones y de la barra también salen infinitas copas de toda la vida, cervezas y vinos. Porque en Josealfredo se bebe, y mucho. En eso se nota que su público es más bien maduro y con posibles.

Los cócteles son una de las señas de identidad del local.

Los cócteles son una de las señas de identidad del local. / ALBA VIGARAY

Aunque Madrid se ha llenado de turistas y su puerta está a 50 metros de la Gran Vía, no es fácil verlos en Josealfredo. "No somos un bar de guiris, somos un bar de acá, de parroquianos", asegura su propietario. "Aquí lleva viniendo la misma gente desde hace 20 años. Y los nuevos son los amigos o compañeros más jóvenes de los que vienen desde siempre", cuenta Pato, que añade que sostener la bohemia, o lo que quiera que sea eso hoy en día, "es nuestra intención desde que abrimos este bar".

Para él, Josealfredo solo podría estar en Madrid, la ciudad que él escogió, la que le adoptó y a la que adora. "Las ciudades las hacen las personas, y Madrid para mí está lleno de gente buena", sostiene, aunque últimamente vea, cada vez más, "que hay gente que mantenemos lo que es Madrid y gente estúpida que se cree que es Miami. Pero sí, creo que Madrid tiene todavía una identidad maravillosa que no tienen otras ciudades".

Esa cuestión, la de la identidad y la personalidad, es la clave para que un bar de noche sea sostenible. Sobre todo en una ciudad inundada de bares como esta. Unos bares que, en sus hornadas más recientes, con decenas de aperturas cada mes, parecen a menudo réplicas sacadas del infinito y uniforme catálogo que es Instagram. Por eso suena razonable lo que responde Pato cuando se le pregunta cuál es el secreto del suyo: "Que somos genuinos". Cualquiera que le conozca, cualquiera que atraviese la puerta corredera de la calle Silva y cruce dos palabras con él en el pasillo, siempre apostado en ese pasillo junto a la barra, entenderá que no lo dice por decir. En el salvaje mercado hostelero actual, mantener un local como este a pleno rendimiento durante dos décadas no es un éxito menor. Y menos lo es la casi total certeza de que, alguna vez, celebrará el doble.

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