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EN EL TEATRO DE LA ZARZUELA

La 'Edad de Plata': un homenaje al esplendor cultural del primer tercio del siglo XX español, con música de Falla y Granados

El Teatro de la Zarzuela reúne en un programa doble El retablo de Maese Pedro y Goyescas, dos obras de esos grandes compositores españoles fueron víctimas de la guerra y el exilio

Un momento de 'El retablo de Maese Pedro' dentro del programa doble 'La Edad de Plata', cuando se reprensentó en el Teatro Cervantes de Málaga el año pasado.

Un momento de 'El retablo de Maese Pedro' dentro del programa doble 'La Edad de Plata', cuando se reprensentó en el Teatro Cervantes de Málaga el año pasado. / Daniel Perez

Jacobo de Arce

Jacobo de Arce

Madrid

Como Edad de Plata conocemos a aquel momento de esplendor artístico que vivió España durante el primer tercio del siglo XX, hasta el estallido de la Guerra Civil. Un tiempo de extraordinaria creatividad en la literatura, la música, las artes escénicas y las artes plásticas. A él se adscriben generaciones como la del 98, el 14 y el 27, y creadores que van de Valle Inclán a María Zambrano, Lorca, Maruja Mallo, Buñuel o Dalí. Aquel período se vio abruptamente truncado por la contienda y por una posguerra que empujó a muchos de sus protagonistas al exilio o al silencio. Ese corte traumático es el punto de partida del montaje concebido por Paco López que, precisamente bajo ese nombre, La Edad de Plata, se podrá ver en el Teatro de la Zarzuela del 24 de enero al 1 de febrero.

El programa reúne dos obras musicales con montaje escénico muy conocidas, Goyescas, de Enrique Granados, y El retablo de Maese Pedro, de Manuel de Falla, y lo hace bajo una misma dramaturgia y una misma idea: la cultura como refugio frente a una realidad marcada por las consecuencias de guerras y exilios. Producida por la Ópera de Oviedo y el Teatro Cervantes de Málaga, y estrenada en 2023, recala por fin en Madrid lo que Isamay Benavente, directora de La Zarzuela, dice que "no es un programa doble" al uso, sino "un espectáculo que contiene estas dos óperas" con un importante nexo dramatúrgico.

López articula la propuesta como una evocación de lo perdido. "Ambas obras responden a la búsqueda de la España soñada", señala el director, que defiende que "ni musicalmente ni teatralmente tienen nada que ver" la una con la otra y define el conjunto de la propuesta como un homenaje a la lengua, la música, la danza y la plástica españolas. En Goyescas, esa España ideal se construye a partir de la visión romántica y risueña inspirada en Goya; en El retablo de Maese Pedro, Falla se sirve del episodio cervantino del Quijote para plantear un ideal que solo parece posible desde la ficción y el distanciamiento de la realidad.

La acción se sitúa en un marco inventado pero verosímil: una velada artística en la casa del pintor Ignacio Zuloaga en el París de los felices años veinte. En ese espacio de encuentro, frecuentado por los artistas e intelectuales españoles que llegaban a la capital francesa y por una burguesía cosmopolita, se presentan las dos óperas, convertidas en símbolos de un tiempo de efervescencia cultural que ya entonces se intuía amenazado. Desde ese recuerdo se despliega el espectáculo, marcado por la nostalgia y por la conciencia de la ruptura histórica que supusieron las guerras europeas y, en el caso español, la Guerra Civil. "Es curioso que este periodo de efervescencia, que en buena medida tiene que ver con los llamados felices años 20, sea como una cuña que se introduce en un siglo realmente convulso, cuando la destrucción y la muerte se apodera de todo", dice Paco López, al que sigue fascinando que justo entonces se produjera ese momento de apuesta por la vida y por el arte.

El montaje adquiere así un carácter metateatral. "Es teatro dentro del teatro", subraya López. La ficción no aparece como una vía de escape que anule la realidad, sino como "una dimensión paralela que dialoga con ella". En ese diálogo se inscriben los destinos personales de sus autores: Granados, muerto en 1916 al ahogarse en el Canal de la Mancha cuando el barco en el que viajaba fue torpedeado, y Falla, que acabaría autoexiliándose en Argentina, lejos de muchos amigos y de los sueños que habían marcado su trayectoria.

En el foso, el director musical Álvaro Albiach se pone al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, titular del Teatro de la Zarzuela. Para él, uno de los grandes atractivos del proyecto es la posibilidad de escuchar de forma consecutiva dos lenguajes musicales muy distintos. "Granados y Falla abordan la esencia de la cultura española desde perspectivas claramente diferenciadas; su convivencia resalta los contrastes y, al mismo tiempo, los puntos de contacto que los unen en su homenaje a esa cultura”, explica. Del Retablo... destaca que fue una obra concebida para marionetas, con orquesta pequeña y solo tres cantantes que no salían a escena, pero que aquí sí se verán. De Falla subraya su pasión por el detalle: "Está escrito prácticamente todo, era absolutamente detallista en lo que quería: los ritmos, el tipo de voz...".

El reparto de Goyescas reúne a Raquel Lojendio y Mónica Conesa como Rosario; Alejandro Roy y Enrique Ferrer en el papel de Fernando; César San Martín como Paquiro y Mónica Redondo como Pepa. En El retablo de Maese Pedro intervienen Gerardo Bullón como Don Quijote, Pablo García-López como Maese Pedro y Lidia Vinyes-Curtis como Trujamán, con la participación del Coro Titular del Teatro de la Zarzuela dirigido por Antonio Fauró. El vestuario es de Jesús Ruiz, la coreografía corre a cargo de Olga Pericet —Premio Nacional de Danza 2018— y los audiovisuales son de José Carlos Nievas.

Para Isamay Benavente es importante subrayar el hecho de que esta no sea una producción propia y reivindica traer trabajos "hechos por otros teatros españoles", como ya ocurrió con La corte de Faraón. Cree además que, en un "año especial" en que se conmemora el 150 aniversario del nacimiento de Manuel de Falla (y 110 de la muerte de Granados), "el Teatro de la Zarzuela tenía que tener una mirada hacia estos grandísimos genios”. Poniendo el foco sobre ellos, La Edad de Plata se presenta como un ejercicio de memoria cultural y de reflexión escénica sobre el poder del arte para resistir, recordar y, al menos por un rato, reconstruir un mundo que la historia se encargó de quebrar.