EXILIADOS EN ESPAÑA
Huir a Madrid con el duelo a cuestas: "Decidimos dejar a nuestro hijo en su tumba, quedarnos en Venezuela era poner en riesgo al otro"
Armando protestó por un país "normal" hasta que lo mataron en 2017; hoy, sus padres Israel y Mónica, reclaman justicia y memoria desde España

Israel Cañizales y Mónica Carrillo, padres de Armando Cañizales Carrillo, durante la rueda de prensa que familiares de jóvenes asesinados en las manifestaciones contra el régimen de Nicolás Maduro en Madrid. / Borja Sánchez-Trillo / EFE

Tras la muerte de Armando, el más pequeño de sus dos hijos, Israel Cañizales y Mónica Carrillo describen un dolor que no les ha dado tregua. "Somos unos supervivientes", repite el padre, y lo dice sin metáforas: la rabia, la frustración y la decepción los acompañan desde aquel mediodía de 2017. Una desgracia que no les ha dejado a salvo "un solo minuto". Armando, insisten, "no es un dato ni una estadística": era un hijo, un joven músico de 18 años que tocaba la viola en la Orquesta Sinfónica José Francisco del Castillo y que estaba inscrito en la Universidad Central de Venezuela para cursar medicina, y cuya ausencia sigue ocupándolo todo.
Armando es uno de las decenas de jóvenes venezolanos asesinados en alguna de las protestas contra el régimen de Nicolás Maduro. Murió en Caracas cuando, durante una manifestación en Las Mercedes, en la avenida Río de Janeiro, en medio de una detonación del contingente armado, un disparo le perforó el cuello. Cayó prácticamente sin signos vitales y, aunque lo trasladaron de inmediato a un punto de asistencia médica, "ya era demasiado tarde".
En el testimonio, contado en un encuentro en Madrid, asoma también el borde más oscuro del duelo: la idea de no continuar. Israel admite que, tras la tragedia, hubo horas en las que él y su esposa consideraron "la posibilidad de no seguir adelante". No lo hicieron por el hijo que les quedaba, Alejandro, entonces de 21 años. "Nosotros de no haber tenido a Alejandro, no estuviéramos aquí", relata, dejando claro que sobrevivir no fue un acto de voluntad heroica, sino una decisión sostenida por la responsabilidad de no abandonarlo a él también.
Intento de secuestro en el velatorio
Pero el miedo no terminó con el entierro. El mismo día del velatorio de Armando, cuentan, hubo un intento de secuestro contra Alejandro: aparecieron dos vehículos típicos de las descripciones policiacas, "sin placas ni identificación", y unos hombres intentaron convencerlo de que su madre lo esperaba en un sitio cercano a donde estaban velando el cuerpo de su hermano. Fueron otras personas las que advirtieron que era una trampa. "De no haber sido por ellos… se lo hubiesen llevado y nosotros no hubiésemos sabido qué pasó", cuenta Israel.
Después vinieron las llamadas, las fotos y los mensajes que les hacían llegar a ellos mismos, pero también a conocidos en el país: "Estaban buscando a Alejandro". Con ese cerco, la familia entendió que quedarse en Venezuela era exponerse a otra pérdida. Tomaron entonces la decisión que define a muchos exilios: irse para salvar al vivo, aun a costa del muerto. "Decidimos que teníamos que salir del país, con el dolor de dejar a mi hijo donde está", explica el padre. Permanecer -concluye- era "poner en riesgo la vida" del otro hijo; marcharse significó cargar para siempre con la tumba lejos, y con la certeza de que el crimen seguía persiguiéndolos incluso después de la muerte.
Protestas por una Venezuela "normal"
Armando salió a la calle, donde perdió la vida, porque quería una Venezuela "normal", donde se pudiera estudiar y vivir sin miedo. Donde sus amigos y compañeros no pasasen días sin comer, a pesar de que "él compartía el almuerzo que su mamá le daba cada mediodía". Y llegó a la conclusión simple y devastadora de que el país que vivía no se parecía al que le habían contado sus padres. Aquella Venezuela que no solo era su historia, sino también su gente, con sus raíces andinas, mirandinas, zulianas, orientales... Y por eso protestaba, "siempre pidiendo permiso en casa", a veces acompañado por sus padres, otras por su hermano, con la idea de defender algo básico: poder estudiar, moverse, vivir y hacer su música en libertad, sin que el futuro se cerrara.
Hoy, sus padres, ya desde España, sostienen esa misma aspiración, pero con una certeza distinta: la esperanza mínima ya no es "volver a la normalidad", sino que haya justicia. "No venganza", piden que se rompa la impunidad -dentro y fuera de Venezuela- y que la responsabilidad no se reduzca a un solo nombre, "no solo al que está en Nueva York", sino que alcance a toda la cadena de mando. Solo así el país por el que Armando salió a la calle no se construye sobre el olvido ni sobre la repetición del horror. Y aunque Mónica no ha podido articular palabra, su sola presencia habla por ella: es el testimonio silencioso de una familia que exige justicia y se aferra a la memoria.
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