EDUCACIÓN
Profesores que luchan contra la homofobia y la transfobia desde las aulas: "Gritan 'maricón' por el pasillo y nadie se inmuta"
Rubén, Leo y Mercedes son algunos de los profesores que conforman Docentes LGTBIAQ+ Comunidad de Madrid, una red que promueve la diversidad en los centros educativos

Rubén (izquierda) y Leo (derecha) forman parte de la agrupación Docentes LGTBIAQ+ Comunidad de Madrid. / ALBA VIGARAY

A Rubén le obligaron a vestir con una ropa determinada para dar clase. Prendas femeninas, aquellas con las que él jamás se sintió cómodo. “Recuerdo cuando mi madre me obligaba a llevar faldas o vestidos. Me sentía ridículo al salir de casa y pensaba que todo el mundo me miraba por lo que llevaba puesto. Cuando empecé a trabajar como maestro, me pasó algo parecido. Siempre tuve el armario del colegio y mi armario propio. En ese mismo centro fui entrenador de fútbol sala y el primer día un alumno me preguntó por qué iba así vestido. Fue uno de los gestos de validación más grande que he sentido jamás”, relata Rubén, profesor de primaria en un colegio público de la Comunidad de Madrid. Junto a otros 150 maestros conforma Docentes LGTBIAQ+, una asociación madrileña que promueve la diversidad en las aulas y sus contenidos: “Los alumnos me abrieron los ojos y entendí que era un chico trans. Con 25 años decidí parar y encontrarme. Da vértigo cuando parece que tu vida está ya encaminada. Lo conté en el colegio y fue más dura la incertidumbre previa que la respuesta por parte de niños y profesores. Algún alumno me decía que parecía una chica, pero sé que no lo decían con maldad”.
Uno de los estudiantes dijo “¿Cómo vas a ser un chico? Es imposible”, a lo que otro compañero respondió “¿Acaso alguna vez nos ha mentido? ¿Por qué iba a hacerlo ahora?”. “El poder de la infancia se resume en esta pequeña anécdota”, asegura el madrileño. Nacido en el seno de una familia “algo tradicional”, describe su infancia como “bastante normal”. Y aunque siempre prefirió jugar con niños, jamás se sintió diferente: “Nunca sufrí rechazo en el entorno escolar”. Si se decantó por la carrera de Magisterio fue para acompañar a personas vulnerables en su día a día. “Mi vocación no es enseñar a sumar o leer, es hacer fuerte a la infancia, demostrando que se puede vivir de forma libre y autónoma. Si el alumnado se siente en un espacio seguro cuando va a mi clase, yo ya he conseguido mi objetivo”, explica. Si bien hoy todo su alumnado le lee como hombre, algunos adultos han asumido que es gay, dice, por ser un hombre deconstruido: “Creo que las personas queer lo tenemos más difícil de cara a las familias y cierta parte del profesorado. Muchas veces estamos en el punto de mira y tenemos que aguantar comentarios sobre adoctrinamiento”.

Alrededor de 150 docentes, desde Educación Infantil hasta Universidad, conforman la agrupación. / ALBA VIGARAY
Pese a todo, todavía vive algunas situaciones desagradables. “Al entregarle su hijo a una madre, él se despidió de mí y me llamó Rubén. Ella le dijo que no me llamara así y le mencionó mi antiguo nombre como único correcto. El niño fue lección para su madre y le corrigió. Estas historias me dan fuerza”, suma. El joven considera que, profesores como él, viven mucha discriminación: “En mi caso noto como hablan sobre mí a las espaldas y cuestionan mi orientación. He vivido conversaciones tránsfugas en desayunos o comidas. Hay un día al año en el que cada profesor tiene que llevar una foto de cuando era pequeño. El año pasado me vi obligado a participar y tuve que llevar una de mi hermano. Fue la peor semana de mi vida laboral”. En su caso, aún no ha conseguido un cambio de usuario en las plataformas educativas, donde a día de hoy sigue apareciendo su antigua inicial. Nunca se ha sentido reprimido en lo que a su forma de enseñar respecta. Sin embargo, enfrenta dificultades cada vez que quiere visibilizar a la comunidad arcoíris en el centro: “Siempre se celebra San Isidro pero nadie apoya una celebración del Orgullo o se oponen por no tener problemas con las familias”.
"En tela de juicio"
Leo reconoce que de pequeña siempre fue muy empollona y sacó muy buenas notas. “Quería ser profesora de instituto, pero todo el mundo me decía que tenía que aprovechar mi talento. Me dejé influenciar y estudié Ingeniería de Telecomunicaciones”, señala. Vivió de ello durante años mientras estudiaba el máster de profesorado de secundaria y, en cuanto pudo, comenzó su andadura como profesora de tecnología y matemáticas: “He dado muchas vueltas, la mayoría del tiempo en institutos de difícil desempeño en Vallecas. Aprobé la oposición y ahora soy funcionaria, pero sigo en el barrio”. La malagueña también forma parte de Docentes LGTBIAQ+ y, al igual que Rubén, sus clases en secundaria van más allá de la explicación del mínimo común múltiplo: “Me implico en el bienestar de mi alumnado, el queer y el que no lo es. Nuestra asociación nació cuando, en Murcia, se presentó un recurso al PIN Parental para controlar los contenidos en centros educativos. Recibimos denuncias constantes porque familias piensan que hemos hecho lesbiana a su hija. No hablar de ello sí es adoctrinar. Se cuestiona nuestro trabajo y se pasa miedo siendo investigado. Hay padres que dicen que repartimos hormonas al alumnado, como si eso fuera algo factible”.

Mercedes, doctora en educación y licenciada en pedagogía, lleva 26 años dando clase en la Universidad Complutense de Madrid. / CEDIDA
Según la ley estatal, dice, su obligación como docente es incluir el feminismo y la diversidad afectivosexual en el siglo XX dentro del temario. “Llegar al instituto siendo adulto fue algo raro. No sabía cómo me iban a tratar y he descubierto que los bullies que me machacaban ya no lo hacen. Siguen estando ahí, eso sí. No son muchos, pero hacen mucho ruido. En mi adolescencia, la homofobia y el racismo existían, pero no se atrevían a decirlo en voz alta delante de adultos. Ahora sueltan ‘negro de mierda’ o ‘maricón’ y nadie se inmuta. Eso es por los discursos que escuchan en redes sociales, en el Congreso y en la calle”. Cuando una situación de acoso sucede, Leo toma cartas en el asunto: “Llamo a las familias para decirles lo que sus hijos hacen en el aula y se sorprenden. Me dicen que ellos son progresistas”. El bullying que sufrió de pequeña, dice, le aporta sensibilidad a la hora de detectar determinados comportamientos: “Hay compañeros que escuchan un insulto por el pasillo y, de repente, les parece bien. Dicen que es uso del lenguaje, que no podemos cambiarlo”. La ingeniera trata de poner el foco en el acosador para entender qué le pasa o por qué necesita herir a otros para sentirse bien.
Su centro ha impulsado espacios como las Aulas +, donde el alumnado se reúne para chequear cómo está la violencia en su centro y diseñar actividades. “Creamos espacios para hablar de lo que les pasa. Nos llegan muchas quejas de alumnos trans cuyos profesores no respetan sus nombres. Entiendo que haya familias con diversas ideologías, pero el respeto es la base de todo”, suma. Por lo general, cuenta, cuando un alumno le dice que es trans a un profesor cishetero normativo, este solicita ayuda y consejos a profesores queer: “Somos un referente, pero estamos cansadas de tener que gestionar algo que es una labor de todas. Si yo tengo un alumno autista no voy a otro docente a preguntar. Busco lo que es, me informo y lo estudio”. De la misma forma, la asociación lucha por que en los contenidos didácticos se incluyan ejemplos que representen un amplio abanico de realidades: “Nos hemos comido todas las amantes de Lope de Vega, pero en cuanto hablo de los amantes de Lorca, se me pone en tela de juicio. Debemos dar a conocer este tipo de historias. Nosotros colgamos carteles en clase con personas LGTBI científicas y literarias. Puede parecer una tontería, pero ya es visible para los adolescentes”.

Rubén es profesor de Educación Primaria y Leo da clases en Secundaria, ambos en un centro público. / ALBA VIGARAY
Realidades diversas
Su presencia en clase puede cambiar la vida de alumnos que, como ella, no encajen en la norma. “Tener una persona cerca que intenta ser feliz desde otro modelo de vida ayuda a no tener miedo, a plantearte cosas y probar”, apunta. El barrio en el que esté situado el colegio tiene mucho que ver con la ideología de sus alumnos, cree: “Hemos recibido quejas en algunas zonas porque, cuando se hacen actividades con temática LGTB, toda una clase de cuarto de la ESO se salía del aula. Yo también tengo saboteadores. Chicos, sobre todo, que la lían mucho. Dicen que tenemos el demonio dentro porque su líder espiritual se lo dice”. A diferencia de Rubén y ella, cree que los profesores de centros privados o concertados son quienes peor lo pasan. “Sus condiciones se ven mermadas porque no pueden vivir su identidad libremente sin arriesgar su puesto de trabajo. Hemos abierto protocolos y los padres quieren cerrarlos por no llevar al niño al psicólogo. Mi deber es llamar a servicios sociales y ellos se vengan denunciándonos. Igual que le dedico una parte de mi clase a lo queer, también lo hago al feminismo, al antirracismo o a la gordofobia, pero nadie nos denuncia por ello”, zanja.
Para Mercedes, doctora en educación y licenciada en pedagogía, lleva 26 años dando clase en la Universidad Complutense de Madrid. Se define como “medio gorda, bollera y con pelo de oveja, activista transfeminista y luchadora contra todos los sistemas de opresión” y es pionera en trabajar la atención a las diversidades sexo-genéricas desde las primeras etapas educativas. También madrileña, asegura que nunca ha sentido discriminación en el aula: “Las situaciones desagradables vienen de personas a las que no doy clase, cuando, por ejemplo, quitan la bandera del orgullo de mi puerta. Con ella no pretendo decir que pertenezco al colectivo, sino que mi despacho es un lugar seguro si alguien lo necesita”. Cuando ha propuesto cambios en los planes de estudios, se ha topado con diversas barreras que, de haberse dado hace 15 años, dice, habrían sido entendibles: “En la actualidad son una realidad que hay que atender. Precisamente porque se viven situaciones de acoso en todos los niveles, no me replanteo mi vocación. La educación es la única llave para cambiar el mundo. Ocultar realidades no hace que desaparezcan. Hay adolescencias que no son cishetero y familias que tampoco lo son. Igual que no todas son occidentales, blancas o de clase media”.
En su opinión, pertenecer a la comunidad arcoíris no es sinónimo de socorro para aquellos jóvenes que luchan por ser quienes son. “Cuando algo te atraviesa en primera persona es más fácil detectar signos de alarma, pero no te hace saber intervenir adecuadamente sin una formación detrás. Es fundamental para detectar casos de acoso”, dice. Cada asamblea de Docentes LGTBIAQ+ aporta una dosis de esperanza a Mercedes, que redescubre que no está sola. Juntos, estos docentes luchan por mejorar el clima en las aulas, así como sus condiciones en los centros educativos de la Comunidad de Madrid: “Estoy indignada con la falta de recursos destinados al sistema educativo público y las implicaciones que esto tiene de cara a la equidad educativa. Necesitamos fondos para una enseñanza de calidad”. Tanto Leo como Rubén coinciden en ello. “Hay orientadores que sólo visitan los centros un día a la semana en un colegio público de Madrid. Esto explotará debido a la carga de trabajo que tenemos”, concluyen.