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FOTOGRAFÍA

El Madrid inundado de cines de Javier Campano

Un libro monográfico recoge el trabajo, centrado en estos establecimientos, que el fotógrafo disparó entre los años 70 y los 90, cuando cientos de salas se repartían por toda la ciudad

El Palacio de la Música de Gran Vía, en 1984

El Palacio de la Música de Gran Vía, en 1984 / Javier Campano - This Side Up

Jacobo de Arce

Jacobo de Arce

Madrid

Hubo un Madrid democráticamente cinéfilo anterior a Netflix, a los canales temáticos vía satélite y a los Blockbuster, aquella cadena de videoclubes gigantes que los más jóvenes no recordarán. Era un Madrid algo más renegrido, con la pátina de la polución impresa en sus fachadas y mucho ruido de cartelería y pintadas en unos edificios que todavía no se habían pulido hasta conformar el lustroso decorado para instagrammers en el que se han convertido muchos rincones de la ciudad. El cine, el de las salas a oscuras y acomodadores esperando propina, era entonces la hemoglobina de la sangre que corría por las venas de la ciudad. Una parte consustancial, primordial, de su vida. El lugar donde encerrarse tardes enteras refugiado del calor o del frío (a veces también se sufrían dentro, pero casi nunca tanto como fuera), donde olvidarse de los problemas y encontrarse con un universo casi mágico al que, ya antes de la proyección, se accedía con los programas de mano, aquellas hojas de papel con datos de las películas y del personal que las hacía. Adaptados a estos tiempos, hoy esos folletos apenas resisten en tres o cuatro cines muy militantes.

Aquel Madrid plagado de cines ha desaparecido. No lo han hecho todas las salas: son unas cuantas las que todavía aguantan y las que lo seguirán haciendo, porque el rito de sumergirse en un espacio con la sola luz del proyector para abrir los ojos juntos y vivir historias ajenas sigue teniendo su público. Pero viendo las imágenes de este tipo de establecimientos que el fotógrafo Javier Campano disparó entre los años 70 y los 90, y que ahora ha reunido en el libro Última sesión (This Side Up), a uno le asalta una sensación que combina nostalgia y extrañeza: la morriña de un tiempo y su cine que nunca volverá, pero también esa desubicación que lleva a dudar de si esa ciudad que aparece en ellas es la misma en la que todavía vivimos ahora. La mutación operada en sus calles queda clara desde la portada: una fotografía del Cine Benlliure, situado a pocos pasos de El Corte Inglés de Goya, en la que podemos ver un cartel de la versión de Popeye que Robert Altman estrenó en 1981 con un joven Robin Williams como protagonista. En ese local se venden ahora móviles, televisiones y lavadoras. Cerrado en 2007, fue uno de los últimos resistentes de un distrito lleno de cines, el Barrio de Salamanca, donde ya no queda ni uno.

327R. El cine Salamanca, con ‘Tiburón 3’ en cartelera

327R. El cine Salamanca, con ‘Tiburón 3’ en cartelera / Javier Campano - This Side Up

Una afición muy popular

Precisamente enfrente de ese cine pasó Javier Campano (Madrid, 1950) sus años de infancia y juventud. A pocos metros de su casa estaba también el Salamanca, en el número 8 de Conde de Peñalver, y en esa misma calle, en el 59, el Cine Peñalver. Algo difícil de imaginar hoy en día. “En aquella época, el cine era el entretenimiento por excelencia”, recuerda el fotógrafo en conversación con este diario. “Ir al cine era una afición compartida muy popular, toda una ceremonia: ver los anuncios y las carteleras, entrar en aquellas salas tan imponentes con la oscuridad, el murmullo, las cortinas abriéndose, la música, los descansos con aquel ‘visite nuestro bar’… Hasta los anuncios nos hacían gracia: había una cantinela que era la de ‘Movierecord’… [la entona]. Recuerdo las enormes colas que se formaban en la entrada, y las citas en las cafeterías de alrededor”.

C-16. El cine San Remo estaba en en 200 de la calle de Alcalá, muy cerca de Ventas

C-16. El cine San Remo estaba en en 200 de la calle de Alcalá, muy cerca de Ventas / Javier Campano - This Side Up

El goteo de cierre de cines a partir de la irrupción de los videoclubes en los años 80 fue incesante, y también hubo muchos que se dividieron en varias salas para diversificar oferta en los mismos metros cuadrados. Como tantas grandes capitales, Madrid contó durante décadas con cientos de establecimientos de este tipo no solo en sus principales arterias cinéfilas, sino también en barrios que no eran los centrales. Y no hablamos de los de los multicines de los centros comerciales que llegarían poco más tarde, sino de cines de los de siempre en sus arterias principales. Aunque ahora cueste creerlo, establecimientos como el Excelsior, en Vallecas, o el Cinema España, en Carabanchel, sobrevivieron hasta los primeros dosmiles.

“Pertenezco a una generación, quizá la última, que descubrió el cine en el cine. La televisión ya era un electrodoméstico común en mi infancia, pero, al menos en mi caso, dosificado con cuentagotas”, cuenta en la introducción al libro de Campano la periodista Elsa Fernández-Santos, que recuerda cómo frecuentaba aquellos patios de butacas con su padre, el célebre crítico cinematográfico y guionista Ángel Fernández-Santos. Fue precisamente ella quien propuso al fotógrafo hacer este libro. “El proyecto surgió cuando Elsa comisarió una exposición de mi trabajo en el Museo Lázaro Galdiano en 2022 que se llamaba El ojo errante, con fotos mías que había adquirido el Archivo Lafuente, copias originales de los años 70 y 80. Al revisar aquellas fotos, descubrió que había muchas fotos de cines y tuvo la idea de reunirlas en un libro. Lo habló con los editores Bruno Lara y Cecilia Gandarias y decidieron hacerlo juntos”, cuenta Campano, que fue reconocido con el Premio Cultura 2013 en la categoría de Fotografía concedido por la Comunidad de Madrid y cuyo trabajo ha disfrutado de otras exposiciones individuales en el Reina Sofía o en la Sala Canal de Isabel II.

La ciudad gráfica

Las fotos reunidas en el libro no son solamente de Madrid, aunque es la capital española la que tiene, con mucha diferencia, mayor presencia. Hay también otras tomadas en diferentes momentos en ciudades como Tánger, Lisboa, Los Ángeles, El Cairo o Bremen. Pero Campano es madrileño y el libro refleja, sobre todo, el que fue su mundo más inmediato. Las mismas calles de la capital española que han sido protagonistas en otras partes de su trabajo, casi siempre muy centrado en la arquitectura y el paisaje urbano. Dentro de ese paisaje, los cines siempre tuvieron para él un valor especial. Para empezar, muchos estaban situados “en edificios emblemáticos y con valor arquitectónico”. Pero además, explica, “la ciudad gráfica siempre ha sido muy importante para mí. Las letras, los números, los letreros me llamaban mucho la atención y me la siguen llamando. Y en el caso de los cines, mucho más, con aquellas carteleras que en algunos casos eran auténticas obras de arte: expresivas, dramáticas, violentas, con aquellas estrellas de cine de tamaño gigante que te miraban cuando pasabas por la Gran Vía o la calle Fuencarral”.

Un King Kong en relieve en el Palacio de la Música en 1977

Un King Kong en relieve en el Palacio de la Música en 1977 / Javier Campano - This Side Up

Un vistazo al gigantesco King Kong en tres dimensiones que sobresale de la fachada del Palacio de la Música de Gran Vía da idea del impacto que podían tener aquellos carteles promocionales. Recuerda Campano que hubo cartelistas célebres como Juan Antonio García, el padre del director Juan Antonio Bayona, que en otro de los textos del libro relata cómo este quedó subyugado por el cine tras ver su primera película, Rebeca de Hitchcock, y acabó siendo un nombre fundamental de la cartelera (y la cartelería) barcelonesa. “Esas pinturas”, recuerda en su texto el cineasta, “prometían una experiencia más grande que la vida misma. Eran obras monumentales, ambientadas en paisajes exóticos, llenas de criaturas mitológicas y cuerpos que despertaban el deseo. Pero también eran efímeras: admiradas durante unos días, y condenadas a desaparecer con el siguiente estreno. Condenadas al olvido, sin firma. Anónimas”.

Supervivientes y desaparecidos

En el libro de Campano nos encontramos con un puñado de cines que todavía existen, o al menos sus carcasas. En algunos casos, conservando los letreros con su nombre y dedicados a actividades cercanas al entretenimiento: el Palafox, el Capitol, el Callao, el Palacio de la Presa o el Palacio de la Música. De otros, se conserven o no los edificios, apenas queda rastro: el Salamanca, el Real Cinema de Ópera, el Carretas, el Olimpia, el Consulado, el Rialto... Todos formaron parte de la educación sentimental y cultural de muchos madrileños como el fotógrafo, que entregaron un pedazo importante de sus vidas a aquellos espacios. “Yo me pasaba toda la semana pendiente de las películas que ponían para ir a verlas en cuanto podía, si mis ahorros me lo permitían. A veces conseguía pases gratis y quedaba con amigos. Cuantas más películas veías, mejor. Recuerdo ir los jueves y los domingos, o el cinefórum en el colegio, una vez a la semana. Recuerdo los programas dobles y la sesión continua”.

Lo de fotografiarlos vino más tarde: cuando tuvo una cámara empezó a hacer fotos por la calle, y casi lo difícil era no toparse con uno de aquellos edificios imponentes en los que pasaban las cosas más divertidas. Dentro, el artista aprendió también una parte de su oficio: “El cine me enseñó a mirar; disfrutaba mucho y me fijaba cuando veía películas de Godard, de Antonioni, de Hitchcock, de Bogdanovich y muchos otros: la composición, la atmósfera… todo.”. Hoy poco queda de aquella ciudad donde las grandes tiendas han ocupado los espacios que en su día iluminaron los proyectores. Son ahora espacios “sin ninguna poesía ni emoción”, dice el fotógrafo. Flashdance, La guerra de las galaxias, En el estanque dorado, Tiburón, Reds… Las películas que vemos anunciadas en sus fachadas también llevan impreso el sello de una época y de un cierto cine que todavía sigue vivo, pero que, alejado de las tecnologías y las narrativas actuales, casi tiene el sabor de lo exótico.

Una manifestación delante del cine Benlliure en 1976

Una manifestación delante del cine Benlliure en 1976 / Javier Campano - This Side Up

Hay una escena vinculada con las fotos del libro que Javier Campano recuerda de una forma muy viva. Un día de 1976, cuando apenas acababa de estrenarse seriamente en la fotografía, una gran manifestación de opositores a un régimen franquista ya residual recorría la calle de Alcalá a la altura de su casa, justo delante del cine Benlliure. “Rápidamente bajé con la cámara para intentar hacer fotos. Solo pude hacer dos o tres porque, en aquella época, estaba todo lleno de policías secretos que vigilaban cualquier movimiento sospechoso. Cuando noté que me miraban, me refugié en la entrada del Benlliure, pero no me sirvió de nada: me detuvieron y me hicieron ir a una comisaría cerca de la calle Ayala, donde me hicieron muchas preguntas por si pertenecía a algún grupo contra el régimen. Afortunadamente, no me quitaron el rollo y no pasó nada: me dejaron libre. De ese momento de miedo -dice con cierta emoción y también algo de humor- quedó esa foto de recuerdo.” La imagen de aquellos manifestantes que alumbraban un país nuevo, delante de uno de los edificios que habían sido una ventana al mundo y un balón de oxígeno en los tiempos más oscuros, aparece hacia el final del libro, y es sin duda una de sus obras más emocionantes.