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LA VIDA DEL OPOSITOR

Estudiar 12 horas al día para llegar a ser un alto cargo del Estado: "Mucha gente se salta el descanso porque se siente mal"

En las residencias universitarias León XIII, Pío XI y Alberto Magno, de la Fundación Pablo VI, decenas de jóvenes se preparan algunas de las oposiciones más estrictas

En las residencias universitarias León XIII, Pío XI y Alberto Magno, de la Fundación Pablo VI, decenas de jóvenes se preparan algunas de las oposiciones más estrictas.

En las residencias universitarias León XIII, Pío XI y Alberto Magno, de la Fundación Pablo VI, decenas de jóvenes se preparan algunas de las oposiciones más estrictas. / ALBA VIGARAY

Pablo Tello

Pablo Tello

Madrid

A veces, el silencio acompaña. Otras también destruye, cuestiona o agobia. La, nombre ficticio, pasa cerca de 10 horas al día en su habitación, sin mediar palabra, memorizando una oposición para ser ingeniera agrónoma del Estado. “Pasar tanto tiempo a solas con mi cabeza es duro y este proceso revive emociones que llevaban tiempo escondidas y no sabes cómo gestionar. Sacar fuerzas el día que estás mal para no pensar en tus problemas y sentarte a estudiar no es fácil, por eso el apoyo psicológico es clave”, explica. Se mudó a Madrid con 15 años, cuando sus padres cambiaron Málaga por la capital. Estudió Ingeniería Alimentaria en la Universidad Politécnica de Madrid, donde más tarde también cursó el máster en Ingeniería Agrónoma y Economía Agraria. Y a sus 24 años, lleva cuatro meses durmiendo en la residencia de estudiantes León XIII donde conviven las futuras funcionarias de tipo A1. Junto a la Pío XI y la Alberto Magno, masculina y mixta respectivamente, todas pertenecen a la Fundación Pablo VI y acogen a cerca de 250 jóvenes provenientes de toda España

Una de las opositoras se cronometra en una sala de cante de la residencia León XIII.

Una de las opositoras se cronometra en una sala de cante de la residencia León XIII. / ALBA VIGARAY

“Aunque haya bastante trabajo en el sector privado, a mí me llamaba mucho esta oposición. He trabajado en una bodega, en investigaciones y en cooperativas y, aunque me gustó la experiencia, decidí opositar. Me llama mucho la atención el trabajo que hace el Ministerio de Agricultura, especialmente todo aquello relacionado con la toma de decisiones con respecto a la Política Agraria Común, es decir, cómo se reparte el dinero de la Unión Europea entre los agricultores y ganaderos. Es una labor mediadora entre el sector primario, al que normalmente no se le escucha, y los altos cargos de la UE”, explica. Parte de su pasión por el medio rural, dice, viene de sus abuelos, agricultores de profesión. Además, Irene viene de familia de opositores: “Todos de letras, eso sí. Mi padre hizo dos oposiciones, mi hermana otra y todos mis primos también. En casa la función pública está muy de moda. Yo siempre fui de ciencias, desde los 15 años lo tuve claro. Me topé con esta oposición y decidí probar, a pesar de venir de una carrera muy práctica”. Confiesa que se ha adaptado mejor de lo que imaginaba a las rutinas de la residencia. 

La disciplina es clave. Y ella lo sabe. “Eres tú contra tu cabeza todo el rato. Si decides dormir más o alargar el desayuno, el precio que pagas por no hacerlo es algo que sólo tú puedes afrontar. Cuanto más tardes en ponerte a estudiar, más vas a sacarte la oposición”, añade. Y el entorno no lo es menos: “Vivimos en una burbuja. Todo el mundo está en la misma situación, encerrados todo el día y saliendo sólo para desayunar, comer y cenar. Hay gente que viene después de haber intentado estudiar en casa y luego estamos los que preferimos memorizar aquí desde el principio”. La preparación para la oposición a la que aspira la malagueña dura de media entre dos y tres años. Sin embargo, hay otras que pueden demorarse hasta siete. “Al no tener hábito de estudio, necesitaba un entorno que me ayudase a acomodarme en la rutina lo antes posible. Ahora me levanto a las 07:20 y a las 08:30 empiezo a estudiar. Así hasta las 14:00, que bajo a comer. Lo retomo a las 15:30 y ya no paro hasta las 21:00, momento en el que voy al gimnasio con mis amigas. Cenamos a las 22:00, hablamos un rato y nos vamos a dormir. Así, seis días a la semana”, relata. 

En los pasillos la gente susurra y no se escucha nada que no sea el sonar del cronómetro o las hojas.

En los pasillos la gente susurra y no se escucha nada que no sea el sonar del cronómetro o las hojas. / ALBA VIGARAY

Máximo silencio

El sábado es su único día libre, aunque ya la noche anterior, Irene y sus amigas, dan comienzo a las 24 horas más frenéticas de la semana: “Nos ponemos de acuerdo para descansar el mismo día y poder estar juntas. Nos pasamos el resto de días planeando ese momento porque queremos salir de la rutina y desconectar, así que salimos de fiesta o a cenar los viernes por la noche. Y el sábado hacemos planes durante todo el día”. Si bien el descanso es parte del entrenamiento, como ella misma reconoce, hay quien prefiere saltárselo o incluso se culpa por parar unas horas. “No es fácil de gestionar. Debido a la presión, mucha gente se lo salta. Se sienten mal por salir a tomar algo o hacer cualquier plan en el exterior si la semana no ha sido tan productiva como esperaban”, asegura. En su caso, los cantos son el ejercicio que más tiempo requiere y también los más difíciles de cara al examen: “El día del examen sacas tres de los 130 temas al azar y tienes que cantar o recitar cada uno de ellos en 15 minutos sin parar. No pueden ser 14 ni tampoco 16”. Si bien hay compañeros que prefieren terminar de preparar la oposición fuera, ella cree que vivirá aquí hasta el día que apruebe. 

Es jugarse todo a una oportunidad cada varios años. En casa me cuesta concentrarme porque estoy viendo a mi familia entrar y salir de casa constantemente y eso me recuerda que estoy encerrada en esto, que me estoy perdiendo cosas. Aquí eso no lo siento”, insiste. El silencio es crucial en la León XIII. En los pasillos la gente susurra y no se escucha nada que no sea el sonar del cronómetro o las hojas. “Hay que tener máximo cuidado. Es muy fácil molestar a otra persona, sobre todo a quienes prefieren estudiar en su habitación. Hay quien usa cascos de obrero, que cancelan el ruido, otros una caja fuerte para no poder utilizar el móvil”, dice. A veces le resulta complicado sentirse comprendida por quienes no viven el día a día con ella y “no son conscientes del nivel de presión y disciplina”, pero es normal, cree. “No hay que olvidar que fuera de aquí también hay vida. Lo importante es estar cómodo en la rutina y disfrutarla dentro de lo que cabe. Aquí nos hacen la comida, nos limpian las habitaciones y nos cambian las sábanas y toallas”, concluye. La joven dice estar preparándose para cualquier resultado, sea bueno o malo: “No es un fracaso. Hay vida fuera y debemos saber cuándo parar”.

Estas tres residencias fueron, originalmente, hogar de sacerdotes, destinadas al estudio de la sociología.

Estas tres residencias fueron, originalmente, hogar de sacerdotes, destinadas al estudio de la sociología. / ALBA VIGARAY

Desde Sabiñánigo, en Huesca, Gonzalo (27) levanta el teléfono. Hace un año se convertía en el Registrador de la Propiedad más joven de España tras preparar su oposición en la Pío XI. “Tomé posesión en Cangas de Onís, Asturias. Si he podido hacerlo yo, lo puede hacer todo el mundo, ya que no he basado mi oposición tanto en la inteligencia sino en el esfuerzo y la perseverancia”, expresa. Vasco de nacimiento, estudió Derecho en la Universidad de Deusto, en Bilbao, aunque se desplazó a Madrid para hacer un año de SICUE en la Universidad Pontificia Comillas: “Decidí que haría la oposición de Notarías o Registro de la Propiedad. Los exámenes orales los preparé en casa, pero para el tercero, un caso práctico, me desplacé a la residencia. Necesitaba tiempo y que me ayudaran con las comidas y la lavandería”. Su vocación siempre fue la medicina. Sin embargo, al ver la dificultad que supondría acceder al grado, optó por el plan B: “Di con mi preparador, que para mí fue un ángel caído del cielo y, después de acabar la carrera empecé. Suspendí una vez Notarías, pero luego aprobé como Registrador”. 

66% de éxito

Durante su estancia en una de estas habitaciones, por las que los estudiantes pagan entre 1.170 y 1.424 euros mensuales, Gonzalo creó una rutina que pocas veces modificó. “El día anterior al caso práctico me levantaba temprano, desayunaba y me metía en mi cuarto durante seis horas para redactarlo. Con el cronómetro en la mano y sin teléfono ni distracciones. Después bajaba a comer y, con la cabeza ya cansada, estudiaba los temas de ese mismo caso durante toda la tarde. El día del examen, lo primero que hacía era ir al gimnasio para relajarme. Esto en casa no hubiera sido posible, me costaba más concentrarme”, recuerda. Como él, otras 12 personas preparaban su misma oposición: “Me hice amigo de cuatro de ellos, pero con el resto se notaba una cierta competitividad, aunque no lo suficiente como para ser tóxica. Todos sabíamos que el puesto de uno podía ser el no puesto de otro. Sin embargo, para mí la competitividad es un estímulo para dar lo mejor de mí”. 

Estas tres residencias fueron, originalmente, hogar de sacerdotes, destinadas al estudio de la sociología. Hasta principios de la década de los 60, cuando comenzaron a derivar en el estudio de oposiciones de altos cuerpos de la administración. “Comenzaron a entrar aspirantes a abogacía del estado, notaría, diplomáticos, registros, inspección de hacienda, judicatura, fiscales, letrados del estado, letrados de cortes… De aquí sale un número considerable de nuestros altos funcionarios del estado. Yo mismo fui opositor aquí a finales de los años 90”, cuenta Jesús Avezuela, Director General de la Fundación Pablo VI, quien asegura que el éxito de una oposición es mayor si esta se estudia en una residencia (66%) y no en casa (33%): “Estos centros no son un mero alojamiento donde pasan con tranquilidad esas 12 horas de estudio, sino que hay un acompañamiento y cuidado permanente en ámbitos como la alimentación, el deporte o la espiritualidad. También contamos con un fisioterapeuta y un coach que vienen a demanda”. 

El perfil del opositor, en el 95% de los casos dice, es alguien de entre 22 y 25 años que ha terminado la carrera e incluso un máster. Desde que, hace más de 30 años, Avezuela estuvo aquí, las cosas han cambiado, dice. “Se dice que los opositores de hoy en día tienen un grado de madurez menor al que tenían antes, pero creo que se trata de un pensamiento generacional. En lo que sí se ha notado es en la dinámica de estudio, por ejemplo. Antes se estudiaba más en la habitación y ahora veo que prefieren hacerlo en salas comunes. Incluso para ensayar los cantos se desplazan hasta las salas específicas. También se ha notado la implantación de la tecnología y la inteligencia artificial en muchos aspectos del estudio. Ahora, para buscar una sentencia, recurren a una base de datos y antes teníamos que hacerlo en los libros de Aranzadi”, zanja.