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CÓMIC

Un Galdós detective desentraña los misterios madrileños viñeta a viñeta

'Galdós y la Ceguera' es el segundo volumen dedicado al escritor grancanario que firma el guionista El Torres, en este caso ilustrado por Antonio Hernández

Viñetas de 'Galdós y la Ceguera', el cómic de El Torres y Alberto Hernández sobre las aventuras del escritor en Madrid.

Viñetas de 'Galdós y la Ceguera', el cómic de El Torres y Alberto Hernández sobre las aventuras del escritor en Madrid. / Cedida

Madrid

Hay ciudades que pesan. Madrid es una de ellas. Lo sabía Benito Pérez Galdós cuando escribía sobre la capital a finales del siglo XIX, y lo sabe El Torres, uno de los pocos guionistas profesionales de cómic de este país, cuando camina por las mismas calles más de cien años después. "Madrid me pesa mucho, porque es como si sintiera la carga de la historia cada vez que voy ahí", confiesa el guionista malagueño. "Subo por Atocha y, ostras, aquí ocurría esto de [la novela de Galdós] Misericordia. Luego, una placa de un escritor, el Museo del Prado con todo su peso, y al lado la Biblioteca Nacional, que es un mundo...". Galdós y la ceguera (Nuevo Nueve) es el segundo volumen de su ambicioso proyecto sobre el escritor grancanario, una obra que mezcla biografía, folletín decimonónico y género negro para acercarse a uno de los grandes nombres de la literatura española. Y lo hace desde una premisa arriesgada: convertir a Galdós en detective de su propia ciudad.

"No soy galdosista", advierte El Torres desde el principio, y quizá esa sea su mejor credencial. "Como de adolescente te lo recomiendan los profesores, de entrada lo rechazas: esto es de señores viejos y bigotudos, no me entra", dice. Pero cuando uno vuelve a Galdós siendo adulto, explica, descubre algo inesperado: "Lo terriblemente fresco que es, más de 100 años después, y no solo lo fresco, sino lo ágil, lo divertido, y sobre todo ese ojo crítico con el que miraba a Madrid y a toda la sociedad española del momento, con esa sorna con la que retrataba ciertas cosas... No ha perdido validez, todo lo contrario: parece que se refuerza, incluso".

Con este segundo tomo, El Torres cierra lo que él mismo llama "la trilogía de las tres G": Gaudí, Goya y Galdós. Arquitectura, pintura y escritura. Tres miradas sobre España y sus ciudades. Pero Madrid ocupa aquí un lugar especial. Frente a la Barcelona modernista de Gaudí, con su identidad arquitectónica marcada, Madrid es otra cosa. "Mientras que en Barcelona tú puedes imbuirte de la ciudad con esa ruta, con esa arquitectura que refleja a su gente, creo que en Madrid es al revés. Es la gente la que refleja lo que le rodea", reflexiona el autor.

Para El Torres, que reconoce ser "de Málaga, que es una ciudad pequeñita", la capital se convierte en un desafío narrativo. "Yo creo que acabaré en un pueblecito", bromea, antes de explicar cómo ha abordado la reconstrucción de ese Madrid galdosiano en viñetas. "Lo bueno es que todavía está ahí. Ha quedado un poco detrás de las tiendas y de los turistas, pero si rebuscas un poco encuentras los sitios. Y el espíritu está ahí".

El proceso de documentación ha sido exhaustivo. "Hay mucha documentación, afortunadamente, hay un montón de gente apasionada de Madrid. Y ponen a disposición toneladas de documentación valiosísima", explica. Pero no se trata solo de hacer arqueología urbana, sino de captar algo más intangible: el carácter, la atmósfera. En sus viñetas intente que "más que el que se vea el edificio, que se perciba lo que sentimos nosotros cuando vamos por la calle". El Madrid de brumas y tertulias, de cafés y corralas, de señoritos y miseria conviviendo en las mismas aceras.

Una página interior de 'Galdós y la ceguera'.

Una página interior de 'Galdós y la ceguera'. / Cedida

Esa ciudad de contrastes era el territorio natural de Galdós, que escribió en Fortunata y Jacinta sobre ese Madrid donde "cuando llega la canícula la gente que tiene dinero y los ricos se van de Madrid, se van a Santander o se van al norte a disfrutar el fresco, y los que no, se quedan en Madrid congratulándose los unos a los otros de lo buena que está el agua". El Torres recupera esa cita, escrita en 1888, y no puede evitar reírse.

Cruce de géneros

El proyecto no consiste en adaptar una novela concreta de Galdós. Eso ya se ha hecho, y bien: desde la versión de Marianela en cómic hasta las adaptaciones televisivas. "Entonces, ¿cómo lo acerco a esto?", se preguntaba El Torres. "Yo quise contar una historia de Galdós, con Galdós como personaje y rodearlo de arquetipos galdosianos. Por eso está el banquero malvado, la joven deshidratada... hay una mezcla de arquetipos galdosianos que rodea al personaje y que se mezclan también con los personajes reales".

El resultado es un híbrido entre la biografía, el folletín y el la trama de misterio. Galdós como detective en su propio Madrid, rodeado de los tipos que él mismo creó y de las figuras reales con las que convivió. "Ese pacto entre la ficción y la realidad es el que hace que podamos saltar al folletín y luego volver un poco a la biografía. Pero, sobre todo, más que contar un momento preciso, se trata de captar ese espíritu galdosiano que rodea toda su obra, que es inabarcable".

La gran novedad de este segundo volumen es la aparición de Emilia Pardo Bazán, la otra gran figura de la literatura española del XIX. Y su entrada no es casual ni tímida. "Tenía que tener cuidado, porque se comía el tebeo", reconoce El Torres. De hecho, Galdós "prácticamente es un personaje secundario en su propia historia. Porque claro, llega Emilia y lo hace como creo que era ella, arrambla con todo. Aparece y la historia empieza a rotar en torno a ella".

Juan Antonio Torres, más conocido como El Torres, es el guionista de 'Galdós y la ceguera'.

Juan Antonio Torres, más conocido como El Torres, es el guionista de 'Galdós y la ceguera'. / Cedida

La relación entre Galdós y Pardo Bazán ha alimentado chismes literarios durante décadas. La famosa anécdota del supuesto encuentro fortuito en el que ella le habría espetado "adiós viejo chocho" y él respondido "adiós chocha vieja" es, para El Torres, una invención. "Dudo muchísimo que los dos, tal y como eran, cayeran en esa vulgaridad, a pesar de que se hubieran distanciado. Galdós por callado y ella por respeto, los dos eran gente decente".

En el cómic, El Torres propone otro encuentro, más cercano a lo que él imagina que podría haber sido la realidad. "Voy a contar cómo yo lo imagino, cómo me gustaría que se hubieran encontrado, que realmente es como cuando te tropiezas con una ex con la que no te llevas mal. Hay una cierta cosa de 'pudo ser y no fue' y mucho silencio, y eso es lo que he querido retratar". Pardo Bazán, además, se convierte en el motor del cambio para uno de los personajes principales, Rosa. La escena del Ateneo, con Pardo Bazán allí presente, fue uno de los momentos que el autor disfrutó especialmente: "Me lo he pasado pipa", dice del proceso de escritura.

Dos Albertos, dos miradas

Este segundo volumen presenta una particularidad: cambia de dibujante. Alberto Belmonte, responsable del primer tomo, deja paso a Alberto Hernández. No es lo habitual en una saga, pero la necesidad aguzó el ingenio. "Nuestra idea cuando empezamos la historia era que Alberto Belmonte continuara pero nos surgieron complicaciones y al final no podíamos hacer nada", explica El Torres. Hernández, canario como Galdós, asumió el proyecto con entusiasmo. El desafío era mantener la coherencia visual sin forzar a Hernández a copiar el estilo de Belmonte. La solución fue narrativa: sacrificar algo de historia para incluir un retelling de la primera parte narrado por dos personajes muy galdosianos, un periodista y un funcionario. "Al leerlo el lector ya identifica: este es Galdós, esta es Elena Miserias… y entonces la lectura resulta más entretenida".

Las diferencias entre ambos dibujantes son notables, pero complementarias. "Alberto Belmonte es muy teatral. Alberto Hernández juega con la mancha de color, juega mucho con las luces para meterte en la ambientación. Y los personajes son más... sus expresiones son más caricaturescas, sorprenden más". El autor adapta su método de trabajo a cada artista: escribe guiones muy detallados pero se reserva el rotulado para el final. "Me pasan la página y me doy cuenta de que la mayor parte de los diálogos que he escrito son para tirarlos a la basura. Uno se da cuenta de que lo dice todo la mirada del personaje, o que un texto es muy explicativo y no es necesario".

Página interior de 'Galdós y la ceguera'.

El Ateneo madrileño, en una página interior de 'Galdós y la ceguera'. / Madrid

Hay cierta urgencia en este proyecto. No solo narrativa, sino documental. Aunque todavía sigan ahí muchas cosas, El Torres es consciente de que el Madrid que retrata, ese Madrid donde aún se pueden seguir los pasos de Galdós, está desapareciendo. "Todavía se pueden buscar sus pasos, todavía puedo retratar el Ateneo y que lo dibuje Alberto y que la gente pase por ahí y diga, mira, la escalera del cómic. Hay cosas que la gente puede reconocer", reflexiona. "Pero dentro de poco viviremos todos en una ciudad cyberpunk".

No se trata de nostalgia barata. Es una constatación: "Al Madrid que retratamos y que recordamos le pasa un poco como al centro de Málaga, sales y te da la sensación de que ya no es tu ciudad. Vamos a echar la tarde, a ver tiendas, y en la calle donde había cinco o seis zapaterías, ya no existen. No hay cine, no hay barrios, se ha perdido todo". La ciudad como espacio de vida frente a la ciudad como parque temático. Galdós escribió sobre la primera; El Torres la imagina antes de que desaparezca del todo. "La ciudad se está convirtiendo en un sitio donde trabajas o visitas", lamenta. Y añade, con sorna galdosiana: "Supongo que en alguna parte a alguien se le ocurrirá la brillante idea de hacer ciudades para vivir, y todo el mundo dirá: 'Dios mío, ¿cómo se le ocurrió esta idea brillante?'".

Mientras tanto, Galdós vuelve a las calles de Madrid. Esta vez en viñetas, con el peso de la historia a sus espaldas y la mirada crítica que le caracterizó. Como escribió el propio novelista canario, y como recupera El Torres en su primer tomo: "Madrid me oprime el pecho como si fuera un espanto". Ese espanto, esa opresión, ese peso histórico y emocional de una ciudad que devora y fascina a partes iguales, es lo que el lector encontrará en sus páginas. Y quizá todavía pueda salir después a caminar por esas mismas calles y encontrarse con el autor y su mundo, antes de que sea demasiado tarde.