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MENORES

Ana, auxiliar de enfermería tras tres años en un centro de reinserción de menores: "Lo que ha pasado es mi pasado. Ahora estoy muy orgullosa de mí misma"

Desde 2005 más de 11.000 jóvenes han pasado por algún centro de la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor de la Comunidad de Madrid. El 90% no vuelve a delinquir y más de 4.600 han salido con contrato de trabajo

Ana, 23 años, en el centro El Laurel de la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor de la Comunidad de Madrid, en el que estuvo tres años.

Ana, 23 años, en el centro El Laurel de la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor de la Comunidad de Madrid, en el que estuvo tres años. / ALBA VIGARAY

Víctor Rodríguez

Víctor Rodríguez

Madrid

Ana, nombre que ha elegido para este reportaje, acaba de cumplir 23 años. Tras haber cursado un grado medio de auxiliar de enfermería tiene un trabajo administrativo en el entorno sanitario, una manicura de fantasía y un utilitario que cruza los dedos para que no le dé problemas con la correa de distribución. También, aunque a veces habla un poco rápido, una voz firme, con cierto aplomo, cuando dice que de la vida espera "cosas bonitas". "Confío en seguir avanzando en lo que quiero hacer, estudiar Trabajo Social [este año se ha matriculado en el primer curso], especializarme en algo que me guste y que tenga que ver con el ámbito social, opositar algún día...".

No siempre ha sido así. Lo cuenta en las instalaciones de uno de los seis centros de ejecución de medidas judiciales de internamiento de la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor (ARRMI) de la Comunidad de Madrid. Sabe bien lo que es. Ella pasó tres años en uno de ellos, El Laurel, después de una adolescencia y una preadolescencia de violencia, desarraigo, consumo de drogas, contacto con bandas, peleas con la policía...

"Mi vida ha sido tan triste que tengo recuerdos más bonitos estando en El Laurel que fuera de él", comenta sin acritud. "El cariño que me daban, por ejemplo, que creo que no lo tuve nunca fuera, el que una persona se preocupase realmente por mí. Al final la vida me ha enseñado que todo lo que ha pasado es mi pasado, que me ha ayudado a ser la persona que soy hoy, a crecer, y estoy muy orgullosa de mí misma. Creo en el cambio de las personas y que la base de una sociedad es la educación. Si tú dotas a las personas de herramientas, les das educación, vas a cambiar muchísimas cosas, que es lo que hicieron conmigo".

Ana es una de los más de 11.200 menores atendidos por la ARRMI desde sus inicios, en 2005, hace más de 20 años. Solo en 2024 fueron 3.043 jóvenes los que cumplieron medidas judiciales en sus centros, el 81% chicos y el 19% chicas. El 90% de ellos, aseguran desde la Comunidad de Madrid, no vuelve a delinquir. En estos 20 años, además, se han formalizado un total de 4.612 contratos de trabajo de menores infractores, 460 de ellos el año pasado, en sectores como logística, hostelería, algunos oficios, comercio y alimentación...

Yo no tenía un referente, no tenía un vínculo con nadie, no hacía caso a nadie. Empecé a salir a la calle de mala manera muy pronto, a juntarme con malas personas, a consumir. Muy pronto

En su caso, Ana entró en El Laurel por lo que en terminología administrativa llaman un delito de "maltrato familiar ascendente". Agredió a su madre, con la que mantenía una relación complicada. Pero había más causas contra ella: robos, temas de drogas, agresión a agentes de la autoridad. La refundición de todas las penas resultó en 34 meses de internamiento en régimen semiabierto, 21 más de libertad vigilada y 25 horas de prestación de servicios en beneficio de la comunidad. Cuando entró aún le faltaban unos días para cumplir 15 años.

"Yo vengo de un entorno muy desestructurado, de padres que no han sabido ser del todo buenos padres", relata. "Ellos tenían muchos problemas también, sobre todo judiciales. Y empecé a salir a la calle de mala manera muy pronto, a juntarme con malas personas, a consumir. Muy pronto".

Ana pasó 34 meses en El Laurel en régimen semiabierto y otros 21 de libertad vigilada.

Ana pasó 34 meses en El Laurel en régimen semiabierto y otros 21 de libertad vigilada. / ALBA VIGARAY

Su padre entró en prisión. A ella la enviaban de ida y vuelta entre España y el país de origen de su familia según los vaivenes económicos de su madre. "No tenía un referente concreto, no me crie con mi madre como tal. Puedo decir que con mi madre no he vivido dos años seguidos", prosigue. "Me salí un poco de su control, también es verdad que ella trabajaba mucho, no estaba muy pendiente. Y siempre ha tenido muchas parejas, y muchos problemas de pareja. Muchos problemas de pareja que me salpicaban. Yo no tenía un referente, no tenía un vínculo con nadie, no hacía caso a nadie. Y empecé a juntarme con mala gente, a tener muy malos hábitos, muy malas amistades".

Todos los factores de riesgo del manual

"Si tú coges cualquier manual que hable de factores de riesgo dentro de adolescentes, ella los tenía absolutamente todos", tercia Benita Moya, la psicóloga que trabajó con Ana durante sus tres años en El Laurel. "Todos, tanto de víctima como de agresora". Había sido objeto de bullying, luego se convirtió en agresora de sus agresoras. Era proclive a tener relaciones de pareja donde había bastante violencia, había mostrado conductas autolesivas, pasado por situaciones bastante traumáticas. Y tenía con su madre lo que Moya define como "una vinculación muy disfuncional".

Su madre estableció con ella normas y afectos de forma muy incoherente, una relación casi igualitaria y muy ambivalente, muy polarizada, en la que lo mismo se ponía violenta que, de repente, eran amigas y en las que a veces era Ana quien la contenía. "Con lo cual, cuando la madre empieza a querer ponerle límites porque ve que se ha desadaptado en todas las áreas, es cuando empieza la violencia familiar", explica la psicóloga. "Cuando llegó era una niña muy violenta y estaba muy dañada. No sé qué hubiera sido de ella si no hubiera tenido el internamiento, porque no solo estaba el riesgo psicosocial, corría riesgo su integridad física".

La psicóloga, la trabajadora social, la educadora hicieron un trabajo impresionante. Yo tenía voluntad, pero si ellas no hubiesen sido tan constantes y tan insistentes, yo creo que ese cambio no se habría dado

Los principios en El Laurel no fueron fáciles. "La verdad es que no me portaba nada bien al principio y creo que para mi equipo técnico [psicóloga, trabajadora social y educadora de referencia] fue muy complicado trabajar conmigo porque no quería nada ni me dejaba mandar por nadie", recuerda Ana. Un día, al poco de entrar, no quería hacer una de las actividades deportivas obligatorias y según salía por la puerta le tiró una silla a un educador. "Cambiar me costó muchísimo, pero me ayudó mucho estar en el centro. La psicóloga, la trabajadora social, la educadora hicieron un trabajo impresionante. Yo tenía voluntad, pero si ellas no hubiesen sido tan constantes y tan insistentes, yo creo que ese cambio no se habría dado".

El hecho de que fuese chica no ayudaba. "Es más difícil trabajar con ellas que con ellos. Son más rebeldes, les cuesta más vincular, tienen más problemas a la hora de relacionarse entre ellas. Los chicos suelen pasar por el aro antes. Y el histórico, su vida previa al internamiento, no es ni parecido. Las chicas tienen una vida previa muy complicada", afirma Moya.

Aun así, desde el principio la vieron lo que la psicóloga refiere como "rescatable". "Siempre creímos mucho en ella porque vimos mucha capacidad", explica. "Era una líder nata, y tenía mucha capacidad cognitiva. Ha habido que tener mucha paciencia, pero mostraba mucha predisposición a que los adultos vinculasen con ella".

Estudios de ESO y un grado medio

La propia estructura de funcionamiento del centro, con normas claras y consecuencias coherentes y consistentes cuando se incumplen y una dinámica muy pautada: desayuno, dos actividades por la mañana, almuerzo, dos actividades por la tarde, le vino muy bien. "Entró siendo muy violenta y empezó siendo muy resistente a cualquier intervención y terminó pidiendo ayuda y orientación. La teníamos que atar corto, pero tenía ganas de mejorar, tenía muchísima adherencia a las intervenciones y era muy permeable a la intervención psicológica. Y era muy agradecida a la intervención con el adulto. Al principio, ¿qué adolescente va a querer que le pongas normas? Obviamente, ninguno. Pero luego veía que poner normas era una forma de preocuparte por ella".

Durante el internamiento, Ana concluyó los estudios de Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) y, posteriormente, continuó con el grado medio de auxiliar de enfermería en el Instituto San Fernando, muy cerca de El Laurel. En principio su internamiento iba a ser cerrado, pero sus responsables se comprometieron a acompañarla en las salidas porque consideraban fundamental que acudiese al instituto y a otras intervenciones fuera del centro. "Durante meses estuve yéndome con ella, porque tenía mucho riesgo de quebrantar la medida judicial", rememora Beni. La propia Ana admite que llegó a intentar fugarse, que en alguna ocasión lo pensó, pero que siempre la convencían de que no. No hubo pocos enfados entre las dos en esas salidas.

La joven abandonó el centro de reinserción hace cinco años. Hoy trabaja y estudia la carrera de Trabajo Social.

La joven abandonó el centro de reinserción hace cinco años. Hoy trabaja y estudia la carrera de Trabajo Social. / ALBA VIGARAY

"Durante un año o un año y medio fui muy conflictiva", añade Ana. "La cosa fue progresiva. Pero si hubo un momento en que algo hizo clic fue cuando veía que se acercaba mi salida y seguía con las mismas amistades o con algunas actitudes y dije: 'No puede ser, no puedo salir y volver a lo mismo'. Me decían: 'Estudia, fórmate'. Porque, al final, aquí no tenía unos padres como tal, pero sí un equipo técnico que me ayudaba muchísimo".

En total transcurrieron casi tres años. Un tiempo largo pero que tanto ella como los profesionales que trabajaron con ella consideran que ha sido la clave. "El problema con que nos encontramos a veces es que la medida judicial no se corresponde en el tiempo con lo que se requeriría a nivel terapéutico", profundiza Moya. "En esos casos lo que hacemos es derivarlos. Pero yo creo que en algunos casos no hay éxito por eso, porque la medida judicial es muy corta. Evidentemente, unos hechos delictivos tienen la pena que tienen. Pero es difícil cambiar en seis o en ocho meses cosas que llevan años produciéndose. Sacamos al chico o a la chica de su entorno y la distancia física ya impide que siga habiendo violencia, pero ¿se va a arreglar un sistema familiar en seis meses?".

Ansiedad ante el desinternamiento

El tiempo de la intervención con Ana permitió no solo el cambio, sino también consolidar actitudes, prevenir recaídas. Pero al cabo de esos tres años en El Laurel quedaba para ella un paso aún difícil: salir. "El último año estaba mejor, era una persona diferente, estaba estudiando... Veía esto como mi casa, porque es verdad que estuve mucho tiempo y a lo mejor no conocía otra cosa tan estable ni tan segura. Y cuando se acercaba el momento del desinternamiento, de la salida, me dio mucha ansiedad, porque dije: '¿Qué voy a hacer ahora con mi vida?'".

Fue hace cinco años. Y lo que hizo fue... vivir. Al principio en libertad vigilada y con una pequeña ayuda económica. "Unos 400 o 500 euros. Con eso ayudaba a mi madre cuando salí, pero vivimos muy poco tiempo juntas, porque la relación nunca llegó a consolidarse del todo, así que decidí alejarme, me fui a vivir sola, a una habitación. Luego conocí a un chico, estuvimos juntos y nos fuimos a vivir a un piso juntos y desde entonces seguimos, la verdad es que muy bien".

Desde que salí he intentado borrar esa vida anterior y relacionarme con otro tipo de personas. Apenas conservo amigos de aquella época, la mayoría siguen en lo mismo, en bandas, y no quiero volver a eso

Entretanto, empezó a trabajar, quiere optar a un puesto superior, ha empezado este año a estudiar Trabajo Social. "Desde que salí he intentado borrar esa vida anterior y relacionarme con otro tipo de personas", apunta. "Apenas conservo amigos de aquella época y solo un trato cordial, una relación profunda no porque la mayoría siguen en lo mismo, en bandas, y no quiero volver a esa vida".

Preguntada qué diría a otros chavales sobre su paso por el centro contesta que lo vean como una oportunidad: "Que aprovechen para estudiar o para formarse en algo: jardinería, mantenimiento..., que lo aprovechen al máximo. Y que les sirva para alejarse de ciertas personas que puedan crear conflictos en su vida, que a mí me ayudó muchísimo. Que lo miren con otros ojos. Aquí no te tratan como si fueses un preso".

"Estos chicos que nosotros tenemos han tenido una vida muy traumática y con muchos factores de riesgo, pero son trabajables", concluye Moya. "Analizando bien el caso, estudiando bien de dónde vienen esos factores de riesgo, qué ha pasado previamente, y trabajándolo, todos los chicos son rescatables. Cuando voy a un curso me dicen: 'Eres muy osada diciendo esto'. Pero de verdad lo creo. A lo mejor no conseguimos todo lo que nosotros queremos, pero siempre va habar un avance. Siempre, siempre".