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TALLER DE ENMARCACIONES

Su madre enfermó y tuvo que hacerse cargo del negocio familiar con 22 años: "La universidad no me daba de comer y este es nuestro sustento"

Alba estaba a punto de terminar el doble grado en Derecho y Criminología cuando, de repente, la vida la puso al frente de uno de los pocos comercios artesanales que sobreviven en el distrito de Chamartín

Con 22 años y a punto de terminar sus estudios en Derecho y Criminología se vio obligada a abandonar la universidad para tomar el relevo de su madre.

Con 22 años y a punto de terminar sus estudios en Derecho y Criminología se vio obligada a abandonar la universidad para tomar el relevo de su madre. / Alba Vigaray

Pablo Tello

Pablo Tello

Madrid

Con la cortadora en marcha, Alba rebana un cristal como si de un folio se tratase. Por su destreza, parece que lleve toda su vida haciéndolo. Nada más lejos de la realidad. La mayoría de cosas las aprendió este verano, cuando a su madre le diagnosticaron una enfermedad. “No me he parado a pensarlo, lo que he hecho ha sido por inercia. Es eso o no comer, no vivir. Este negocio es nuestro sustento, así que asumí el mando, aunque la situación era complicada. Que ella esté así lo ha dificultado todo un poco más, ya que al principio no podía ni siquiera hablar con ella. Estaba muy aturdida y no se enteraba”, relata. Con 22 años y a punto de terminar sus estudios en Derecho y Criminología se vio obligada a abandonar la universidad para tomar el relevo de quien, hasta ese momento, le había enseñado todo lo que sabía. “Antes la llamaba para cualquier cosa y eso ya no puedo hacerlo. Me enseñó a ser trabajadora y disciplinada como ella y como mi abuelo. Siempre me dice que no puedo esperar a que venga alguien a ayudarme, que debo ser capaz de salir adelante yo sola”, añade. Alba se dio de alta como autónoma y, desde entonces, no ha parado de aprender.

Margharetta, el negocio de enmarcación que su abuelo fundó en 1976, fue antes una tienda de porcelana.

Margharetta, el negocio de enmarcación que su abuelo fundó en 1976, fue antes una tienda de porcelana. / Alba Vigaray

En el taller cuenta con más de 1.000 molduras, algunas artesanales y otras industriales.

En el taller cuenta con más de 1.000 molduras, algunas artesanales y otras industriales. / Alba Vigaray

Margharetta fue fundada en 1976 por el abuelo de la protagonista. “En esa época, un comercio así no tuvo éxito y mi abuelo se decantó por la artesanía. Sus siete hijos pasaron por aquí, algunos como administrativos y otros en el taller. Cuando él murió, en 2005, mi madre y dos de sus hermanos se pusieron al frente, pero en un local dos calles más abajo. Con el paso de los años, se fueron desprendiendo y en 2012 ella fue quien se quedó con el negocio. Nos mudamos al 19 de la calle Infanta María Teresa que, realmente, es un garaje”, cuenta. Alba nació y se crió en el barrio madrileño de Colombia, donde vivió con su abuela y estudió hasta los 18 años, hasta que su familia compró una casa en El Casar, Guadalajara. Desde entonces, va y viene todos los días para trabajar: “Siempre fui una buena estudiante, por eso me decanté por un doble grado. Sólo me quedaba un cuatrimestre y los dos TFGs, pero no ha podido ser. Traté de compaginarlo, pero es imposible. Esto da mucho trabajo, pero me está gustando más de lo que me imaginaba. Yo no estoy hecha para estar todo el día sentada frente a un ordenador”. 

"Enmarcamos de todo"

En realidad, ella nunca imaginó que acabaría trabajando aquí. “Siempre he pensado que era un negocio que ya estaba montado y no haría falta que yo lo cogiese. Me había imaginado que el día que mi madre faltase o se retirara, yo tendría un trabajo de lo mío y la vida más o menos resuelta. Pero la vida nos ha dado un susto y me gusta mucho trabajar aquí. Lo más complicado es no poder preguntarle a ella todo lo que me gustaría. Estoy aprendiendo a llevar las cuentas, usar todas las máquinas, pagar el IVA y el IRPF, conocer a los proveedores, gestionar los pedidos, hablar con el gestor, pagar hipotecas, hacer facturas… Al final no dejo de ser una cría de 22 años. He pasado de estudiante a autónoma sin darme cuenta, pero lo llevo bien. Tampoco me queda otra. Dejar la carrera me ha dado pena, pero la terminaré en algún momento. La vida viene así, no puedo pararme a pensar en cómo hubiera sido de otra forma”, añade. Su predecesora estaba sola en el taller, pero Alba se apoya en Ana y Sofía, quienes se encargan del taller y las facturas respectivamente. 

Alba se apoya en Ana y Sofía, quienes se encargan del taller y las facturas respectivamente.

Alba se apoya en Ana y Sofía, quienes se encargan del taller y las facturas respectivamente. / Alba Vigaray

En Margharetta se enmarcan fotografías, cuadros, puzzles, camisetas de fútbol, plantas, espejos o ramos de novia.

En Margharetta se enmarcan fotografías, cuadros, puzzles, camisetas de fútbol, plantas, espejos o ramos de novia. / Alba Vigaray

En Margharetta se enmarca “de todo”, dice. Habla de fotografías, cuadros, puzzles, camisetas de fútbol, plantas, espejos, ramos de novia… “Incluso pulseras, collares de perro, chaquetas, cerámica, plumas de aves, medallas o caretas. Los clientes vienen con recuerdos de todo tipo. Si lo piensas, no hay nada que no se pueda enmarcar”, bromea. A la semana, la joven atiende una media de 30 clientes, cada uno con una idea distinta en la mente y un presupuesto más o menos ajustado: “Algunos son fijos, del barrio, y otros vienen por primera vez. En Navidad siempre hay más afluencia”. Los pasos detrás de cada enmarcación son similares, pero nunca los mismos. Todo depende de las medidas, materiales y diseños: “Lo primero es cortar la moldura, es decir, los cuatro palos. Los encolamos, cortamos el cristal, decoramos, cortamos el paspartú, ponemos la caja en caso de que así lo quieran, se hace el sándwich con las tres partes, lo grabamos, precintamos y ya está listo para entregar”. Un proceso que dista mucho de quien opta por acudir a una gran superficie y hacerse con un marco cualquiera. “Entiendo que, para una foto, la gente vaya a IKEA, pero si tienes un Chillida no creo que quieras ponerle algo que ni siquiera es madera de verdad”, critica. 

De 10 a 2.000 euros

Alba ha dado con algo que le gusta. Parece como si su madre, además de transmitirle conocimientos, la hubiera dotado con su misma pasión: “Creo que incluso se me da bien. He dado con algo que me gusta, me encanta estar en el taller”. Cuando comenzó 2025, decidió alejarse de Margharetta para encontrarse a sí misma: “Me fui, pero la vida me ha traído de vuelta y sé que ahora todo será diferente. Mi madre, que volverá cuando se recupere, me echará una mano. Sé que vamos a estar bien. Las enfermedades hacen que nos replanteemos todo un poco y ponen las cosas en su lugar. Han sido meses de pura locura, por eso dejé la universidad. No me daba de comer, esto sí”. Desde hace unas semanas, la joven trata de hacerse un hueco en redes sociales con el fin de que más gente conozca su trabajo. “Lo hacemos todo a mano y con cariño. Quiero poner en valor un negocio familiar de toda la vida. En este barrio, la mayoría de comercios que había cuando yo era pequeña, ya no están. Cada vez somos menos”, lamenta. 

A la semana, la joven atiende una media de 30 clientes, cada uno con una idea distinta en la mente.

A la semana, la joven atiende una media de 30 clientes, cada uno con una idea distinta en la mente. / Alba Vigaray

Los pasos detrás de cada enmarcación son similares, pero nunca los mismos.

Los pasos detrás de cada enmarcación son similares, pero nunca los mismos. / Alba Vigaray

El abanico de precios abarca desde los 10 euros hasta los 2.000, dice. Todo depende del diseño y los materiales escogidos: “Me vienen dos clientes con la misma fotografía. Igual uno termina pagando 20 euros y otro 200 porque ha escogido algo más caro”. Ha trabajado con museos y enmarcado obras de artistas como Pablo Picasso o Eduardo Chillida. En el taller cuenta con más de 1.000 molduras, algunas artesanales y otras industriales. Opciones para todo el mundo. Y, eso, dice, la diferencia de las grandes superficies. “Aquí cada cliente es un reto con el que pasamos horas hablando hasta que queda perfecto. Ese proceso de dar forma a las ideas que la persona tiene en su mente no se encuentra en otro sitio. Seremos más caros que IKEA, pero la experiencia es completamente distinta”, concluye. Madrid se habrá perdido una criminóloga, eso seguro, pero ha ganado algo mucho mejor. A la vista está.