SEGUNDA MANO
El paraíso de las sillas de diseño en Madrid se esconde en un callejón de Arganzuela: "Somos una evolución natural del anticuario"
Hace casi tres años que Lola Feijóo abrió Trovo, un lugar con el que siempre soñó y en el que cada asiento cuenta una historia diferente

El paraíso de las sillas de diseño en Madrid se esconde en un callejón de Arganzuela. / Alba Vigaray

Llueve. Son las 11:00 de la mañana, aunque por la poca luz que hay en la calle podrían estar anocheciendo. En el número cuatro de la calle Aguilón, en pleno barrio de Arganzuela, Lola pliega su paraguas y da la vuelta al cartel de la puerta que ahora dice abierto. Dentro, decenas de sillas dan la bienvenida a todo aquel que entre tras ella, su rescatista. Las hay de todos los tipos. Algunas son metálicas, otras de rejilla. También hay sillones, aunque menos. Incluso las hay para niños, de madera. “Me gustan todas las antigüedades, todo el mundo vintage, los objetos usados y las artes decorativas. Pero a la hora de montar algo me decanté por las sillas. Hay tantas, tan distintas y tienen tantos usos, que no he parado de aprender. No conozco todo lo que compro, pero disfruto mucho tirando del hilo para averiguar quién la hizo o para qué se empleaba”, explica. Gallega de nacimiento, estudió Historia del Arte en la Universidad de Santiago de Compostela y, posteriormente, comenzó a trabajar como tasadora de obras de arte y antigüedades en Madrid. Hasta hoy.
“Desde ese momento he estado relacionada con este mundo, en anticuarios, ferias y galerías. Siempre soñé con tener mi propio negocio. Así que, cuando pude, me lancé sin pensarlo y en marzo Trovo cumple tres años”, añade. Es más que una tienda. Por su apariencia parece un museo, una sala de espera cool llena de asientos. Sin embargo es un lugar donde estos muebles, a menudo encontrados en malas condiciones, cambian su apariencia y comienzan su nueva vida: “Se trata de recuperarlas y darles una segunda oportunidad. Siempre necesitan una limpieza, es raro que vengan impolutas. Después se evalúan los daños. Algunas necesitan que les quites el óxido, otras que las retapice, si son de madera las tengo que decapar, otras se encolan. No me importa que tengan marcas de guerra porque indican que han vivido, siempre y cuando esté estable. Ahora mismo, por ejemplo, tengo una sin tornillo y me está costando encontrarlo”. De tantos materiales que ha tenido que tratar, Lola reconoce que se ha convertido en una experta de la restauración. Sin embargo, cuando la tarea es muy minuciosa, se apoya en profesionales especializados.

Trovo es un lugar donde estos muebles, a menudo encontrados en malas condiciones, cambian su apariencia y comienzan su nueva vida. / Alba Vigaray
Conoce todas y cada una de las sillas que habitan este almacén. Ella es la única al frente del negocio y por quien pasa cada compra. “Al igual que ocurre con las lámparas, son objetos que se han diseñado muchísimo y de formas muy distintas. Me gusta encontrar conjuntos de sillas pero no me importa nada encontrarlas sueltas. Me dan un poco de pena y las rescato. Es como si se hubieran quedado solas, perdidas”, bromea. El nombre de Trovo transporta a Lola hasta Perugia, donde hizo el Erasmus en el año 2000: “Allí pasé un año. Llegué con mi amiga pensando que sería fácil alquilar un piso, pero nada. Un terremoto había afectado a las residencias estudiantiles en la parte medieval de la ciudad. Pasamos un mes en un albergue mientras buscábamos piso. Comprábamos un periódico que se llamaba Cerco e trovo, donde se anunciaban habitaciones. Y un día me acordé de él. Me sonó bien. Es corto y significa encontrar”. Antes de que Trovo se materializase, ella ya lo había diseñado todo y no había dejado ni un solo detalle a la imaginación: “Tenía libretas y libretas llenas de apuntes con todo lo que necesitaba para abrir un espacio así”.
Prueba y error
A base de prueba y error. Así define la gallega el proceso de emprendimiento que ella misma vivió hace ya tres años: “Lo más difícil en Madrid era encontrar un local. Fue algo estresante y más haciéndolo yo sola. Si tienes un socio o lo haces con amigos, siempre resulta más fácil distribuir las tareas. No podía permitirme estar en una zona comercial o en El Rastro. En este tiempo, la situación con los alquileres ha empeorado aún más. Muchos de los bajos que antes eran tiendas se han convertido en viviendas ". Al no estar en un sitio de paso, asegura que es imprescindible dedicar tiempo a las redes sociales para hacerse notar. Además, días antes de abrir, se obsesionó con comprar el máximo número de piezas posible para no tener el local vacío: “De ahí aprendí que nunca es bueno comprar con prisas, que hay que tener paciencia y que hay que comprar cosas que a uno le gusten”. Al preguntarle por el estilo que define a Trovo, Lola utiliza el término “ecléctico”. Como fanática del diseño italiano, confiesa que no siempre puede comprarlo debido a los altos precios y bajas existencias: “Tengo un poco de todo. Son cosas diferentes pero siento que se quieren, se conjuntan y se elevan las unas a las otras”.

Ella es la única al frente del negocio y por quien pasa cada compra, así que conoce todas las sillas que habitan este almacén. / Alba Vigaray
Ojeando a su alrededor, llega a la conclusión de que el asiento más antiguo de su catálogo actual es una silla Liberty de 1919. “Tengo cosas de los 60, 70 y 80. A veces he tenido cosas de los 50, pero todo del siglo XX. Lo más difícil de encontrar son sillerías completas en buen estado. Como soy tasadora, trato que el precio encaje en el mercado. Intento no pasarme, pero tampoco quedarme corta”, sostiene. La historiadora compra sus sillas de diseño tanto en España como en el extranjero. Algunas en persona, otras en ferias, subastas o catálogos y el resto a través de aplicaciones como Wallapop: “Siempre intento verlas en persona. Incluso aprovecho viajes o escapadas de ocio para ello. Estoy siempre pendiente. En Wallapop hay un mercado muy interesante pero hay que dedicar muchísimo tiempo de búsqueda. Dependo mucho del espacio que tengo. En cuanto algo voluminoso sale de aquí, significa que puedo volver a comprar”. Si bien alquila más de lo que vende, cree que ambas vías están igualadas: “La mayoría de alquileres están relacionados con anuncios, catálogos de ropa o vídeos musicales. Muchas veces tampoco sé dónde van a salir”.
De 125 a 1.200 euros
La afluencia de jóvenes en Trovo es cada vez mayor. Y, eso, a Lola le hace feliz. “Creo que tienen más conciencia a la hora de comprar cosas usadas o de segunda mano. Recibo a muchas parejas que se casan o se compran una casa por primera vez. También viene mucha gente del barrio, pero también vendo bastantes sillas y sillones a Francia o Estados Unidos”, suma. En su catálogo hay piezas que van desde los 125 a los 1.200 euros. Algunas son “más baratas que en IKEA” y otras “rozan la categoría de coleccionista". “Entran clientes diciendo que no quieren comprar las que tiene todo el mundo y se llevan de aquí cuatro sillas sesenteras por 300 euros. Con piezas así personalizas un poco tu espacio. Puedes mezclarlas entre ellas. El diseño es tan chulo que parecen esculturas y tienen un valor decorativo bastante alto. La presencia de una silla realza el espacio. Puedes tener una en la habitación y que simplemente la uses para dejar ropa o libros, pero que sea bonita y te guste verla”, relata. Entre sus favoritas se encuentran la silla Cricket, diseñada por Andries van Onck y Kazuma Yamaguchi en 1983: “Es plegable y no tiene nada, pero su estructura sencilla me fascina. La he comprado tres veces”.

En su catálogo hay piezas que van desde los 125 a los 1.200 euros. / Alba Vigaray
Los diseñadores Luigi Saccardo y Gigi Sabadin también pasan por su mente cuando habla de sus preferidas: “Son la bomba”. Su trayectoria le ha permitido darse cuenta de que España tiene menos tradición en este tipo de muebles que sus países vecinos. “En Francia siempre ha habido muchísima más tradición. En el siglo XVIII estampillaban los muebles, había gremios de ebanistas. En Italia también. Hubo una época en la que fue el país que más sillas exportaba. Tiendas como Trovo somos una evolución natural del anticuario más estricto o clásico dedicado a los siglos XVII o XIX. Ellos también están sabiendo reinventarse. Algunos tienen cosas preciosas y la mezcla de todos nosotros resulta muy interesante”, añade. No todo el que entra a la tienda lo hace para comprar. Algunos, dice, se cuelan por curiosidad, como en los museos: “Agradezco mucho que vengan a ver. Yo también soy así. A lo mejor voy a un sitio sabiendo que no me voy a comprar nada”. Lola podrá estar escondida, pero es por una buena razón: encontrar un tesoro nunca fue fácil.