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Alimentación, arte e inmersión en el barrio: nace Infinito Delicias, el último polo cultural en llegar a Arganzuela
El proyecto de la Fundación Daniel y Nina Carasso, un espacio abierto a la ciudadanía con una importante apuesta por la sostenibilidad, se inaugura con una jornada de puertas abiertas este sábado

Infinito Delicias, el nuevo enclave cultural del distrito de Arganzuela. / Cedida

Arte ciudadano y alimentación sostenible. Sobre ese binomio, quizá difícil de entender a la primera, se sostiene Infinito Delicias, el nuevo centro cultural que abre estos días sus puertas en ese barrio castizo del sur de la capital. Su contenedor llama la atención: un edificio con una singular fachada de madera que convierte en pura organicidad lo que en el pasado fue una construcción industrial dedicada a la siderurgia. Este nuevo polo de actividad creativa es el último proyecto de la Fundación Daniel y Nina Carasso, instituación de origen francés que ya lleva unos años operando en España, pero que ahora se acerca al público con un espacio abierto a la experimentación y "donde todo fluya", el mensaje que abre su página web y que condensa lo primordial de su filosofía.
Presentado este jueves, Infinito Delicias pretende jugar, en palabras del director del proyecto, Francesco Cingolani, con lo que sus promotores han dado en llamar un 'vacío fértil'. "Un espacio que no esté lleno ya, que no esté definido de antemano. Que permita que vengan la gente y los proyectos, donde todo se mezcle. Porque la mezcla permite la innovación, crear, inventar cosas nuevas", explica Cingolani.
El complejo, de 2.700 metros cuadrados, se divide en dos partes: en la torre exterior se sitúan las zonas privadas del centro, que incluyen las oficinas en España de la fundación que lo ampara, unos espacios de coworking que ya se están alquilando a diferentes profesionales y colectivos, y una parte de residencia artística. En la posterior, formada por un patio y una nave de gran tamaño abiertos al público, atravesar el portón que le da acceso es introducirse en una especie de plaza en la que abunda la vegetación y donde en breve estará funcionando el restaurante Unmar. Cualquiera podrá acceder a él para tomar algo, al mediodía ofrecerá menús saludables y accesibles y por la noche una propuesta algo más sofisticada.

La fachada en madera de Infinito Delicias. / Cedida
La cocina, protagonista
Quien visite el centro se encontrará con charlas, proyecciones, talleres o exposiciones, entre otras actividades. Pero el protagonismo lo va a tener la gastronomía. Infinito Delicias dispone de cinco cocinas que tendrán diferentes usos, desde la del restaurante a otras repartidas por todo el edificio que se usarán para eventos y talleres. La alimentación sostenible es uno de los pilares de la Fundación Daniel y Nina Carasso, una iniciativa creada en homenaje a quienes fueron en su día los propietarios de la compañía Danone, y también lo será en el espacio que ahora abre en Delicias. El otro pilar es la cultura, y en esta sede madrileña se buscarán sobre todo las sinergias entre ambos: que cocineros, agricultores, científicos y artistas, por ejemplo, puedan trabajar en proyectos que a menudo serán híbridos.
"Hace ya siete años empezamos a imaginar un espacio donde esos dos mundos pudieran reconocerse y dialogar. Siete años de ideas, de cambios, de dudas, de experiencias y de aprendizajes", decía este jueves Marina Nahmias, presidenta de la Fundación, hija de Daniel y nieta de Isaac Carasso, el catalán de origen griego-sefardí que fundó Danone en Barcelona en 1919. Posteriormente, la empresa tendría su sede principal en Francia.
El proyecto ahora presentado fue mutando a lo largo de esos siete años. Lo que al principio debía ser solo la sede de la Fundación en Madrid acabó adquiriendo otra identidad, esa de centro cultural y vivero creativo con que se presenta ahora. Se valoraron diferentes ubicaciones y los estudios de arquitectura implicados, Husos y Elii, trabajaron con propuestas diversas, mientras la consultora Ultrazul iba diseñando su propuesta programática. "La pregunta era ¿cómo crear un lugar donde pudieran nacer proyectos que aún no sabíamos formular?", añadía Nahmias en la presentación. "Llegaron las conversaciones, los bocetos, la búsqueda del barrio adecuado. Y encontramos Delicias, que incluso nos prestó su nombre".
Parte del barrio
Ser parte del barrio y estar abierto a este es una de las señas de identidad de Infinito Delicias, que defiende la cultura como herramienta de transformación social y por eso habla de un arte ciudadano que implique a todos, empezando por el entorno más inmediato. Desde el momento en que se decidió la ubicación, sus promotores tuvieron especial cuidado de contar con la participación de los vecinos, como van a seguir haciendo una vez en marcha. Toda la primera planta de la nave está rodeada por terrazas donde hay mesas a las que puede acceder cualquier y huertos urbanos donde se cultivarán, entre otras cosas, alimentos que puedan proveer a sus cocinas. Los balcones y ventanas de los edificios de alrededor están a muy pocos metros, y la buena convivencia es esencial. Como también lo es evitar convertirse en un elemento gentrificador del barrio.

Las terrazas con huertos urbanos de Infinito Delicias. / Cedida
Para fomentar esa buena vecindad, este sábado habrá una jornada de puertas abiertas en la que se espera a quien quiera pasarse, pero de manera especial a quienes viven en la zona. Será la inauguración consagrada al barrio. Además de encuentros con artistas que ya están haciendo residencias en el centro, habrá actividades vinculadas con la cocina, charlas, cuentacuentos, aperitivo gratuito, tapeo popular y un concierto de Candeleros, una banda de psicodelia caribeña. Pero lo más destacado de ese día será la performance que va a llevar a cabo Antoni Miralda, veterano artista multidisciplinar que ha dedicado buena parte de su trabajo a la comida. Su Romería de las Delicias, que propone "una celebración del propio barrio, uniendo arte, música y vida cotidiana", será un cortejo abierto a todo el mundo que partirá a las 11h del Museo Reina Sofía para llegar a Infinito Delicias, solo unas calles más abajo, a tiempo para el vermú.
La sostenibilidad ambiental es otro de los valores esenciales que defienden desde la Fundación Carasso, y en Infinito Delicias la han llevado al extremo. El uso de biomateriales se refleja en la omnipresencia de la madera tanto en el exterior como en el interior del edificio. A través de doce pozos escavados junto a los cimientos, la geotermia ayudará a calentarlo en invierno y refrescarlo en verano. Sobre la superficie vegetalizada de la azotea hay además depósitos que recogen el agua de lluvia, equipos de aerotermia y placas solares produciendo electricidad. "A nivel energético, somos prácticamente autónomos", dicen sus responsables. El proyecto se hizo en 2023, cuando todavía estaba en ciernes, con el Premio de Oro en los Holcim Awards, que reconocen a los mejores ejemplos de arquitectura sostenible.

El llamado 'patio ciudadano' de Infinito Delicias. / Cedida
De la ambición del proyecto da idea lo que ha costado: la inversión en Inifinito Delicias ha sido de 25 millones de euros. Un desembolso brutal para lo que pretende ser lo que la sociología define como un 'tercer espacio'. Esos que, como explica Francesco Cingolani durante su presentación, "no son ni casa ni espacio de trabajo, pero son los más importantes para la creación de lo que llamamos ciudadanía. Los espacios donde conectamos, donde nos mezclamos, donde nos cruzamos".
Cingolani, que ha comandado la creación de este espacio y que cederá el testigo a quien será su nuevo director en pocas semanas, Javier Martín, insiste en un concepto, todavía poco usado en español, que pretenden fomentar: el de 'convivialidad'. Él lo define como "disfrutar conjuntamente de algo, lo que consigue que todo sea más fluido, que sea más fácil conversar y haya más espontaneidad". El ejemplo sería una sobremesa, y por eso propone que haya muchas en su restaurante, pero también encuentros frecuentes en otros rincones del centro. Un lugar destinado a convertirse en un nuevo vivero creativo en ese distrito inquieto que es Arganzuela, donde junto a La Casa Encendida, Matadero y el vértice norte que sería el Reina Sofía, está conformando un nuevo triángulo (en este caso cuadrilátero) del arte madrileño.
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