HISTORIA
Heinrich Schliemann, el arqueólogo aficionado que descubrió Troya y que inspiró la nueva novela del madrileño Alfonso Goizueta
El millonario alemán, con una controvertida trayectoria en el mundo de la arqueología, consiguió demostrar que los escenarios descritos por Homero en sus obras eran reales

Las excavaciones de Troya dirigidas por Heinrich Schliemann, en una ilustración del siglo XIX de autor desconocido. / ARCHIVO
La de Heinrich Schliemann, uno de los protagonistas de El sueño de Troya, la nueva novela del finalista del Planeta Alfonso Goizueta, es una de esas biografías apasionantes que nos dejó el siglo XIX. Un hombre hecho a sí mismo que, tras amasar una fortuna en los negocios, decidió empeñar su dinero y su prestigio en perseguir un sueño infantil: demostrar que aquella ciudad descrita por Homero había existido en realidad. La culpa la había tenido su padre, que cuando el futuro arqueólogo aficionado era todavía un niño le había regalado La Ilíada y desatado con ello una obsesión que le perseguiría toda la vida. Se dice que a los siete años ya había prometido que algún día desenterraría el mítico enclave situado a orillas del Egeo, en lo que sería la actual Turquía.
Hijo de un pastor protestante arruinado, Schliemann nació en 1822 en Neubukow, en el norte de Alemania. Tuvo una infancia corta y dura marcada por la muerte prematura de su madre cuando y los problemas económicos de la familia, que le obligaron a dejar la escuela y convertirse en aprendiz de comerciante. Fue su prodigioso talento para los idiomas, de los que llegó a dominar más de una decena, lo que le permitió desenvolverse con soltura desde muy pronto en el comercio internacional. Primero en Ámsterdam, y más tarde en San Petersburgo y en California, donde acudió en plena fiebre del oro, hizo fortuna como agente y empresario. Antes de cumplir los 40 años ya contaba con una fortuna millonaria.
Aunque siempre había cultivado la arqueología como afición, en la madurez decidió cambiar de vida y entregarse a esta de manera plena. Estudió lenguas clásicas y antigüedad en París, obtuvo un doctorado en la Universidad de Rostock y se divorció de su primera esposa rusa. En 1869 se casó con la joven griega Sophia Engastromenos, con la que tuvo varios hijos a los que pondría nombres homéricos. Convencido de que los poemas del autor clásico ocultaban un núcleo de verdad histórica, empezó a recorrer el Mediterráneo oriental con la Ilíada y la Odisea en la mano. En 1868 visitó Grecia y Asia Menor; allí conoció al diplomático y aficionado a la arqueología Frank Calvert, que le señaló la colina de Hisarlik, en los Dardanelos, como posible emplazamiento de Troya.

El empresario y arqueólogo aficionado Heinrich Schliemann. / Universitätsbibliothek Heidelberg - Wikipedia
En 1870 Schliemann empezó a excavar en Hisarlik. Sin formación académica, pero con unos enormes recursos económicos y una voluntad empujada por su obsesión, abrió una gigantesca zanja que atravesó las distintas capas del asentamiento. Ignoró que en la colina se superponían varias ciudades construidas a lo largo de más de tres milenios y concentró su búsqueda en los niveles más antiguos. Allí, en 1873, localizó un espectacular conjunto de joyas y objetos de oro, plata y bronce. Lo bautizó como 'tesoro de Príamo' y aseguró que pertenecía al legendario rey de Troya, aunque hoy se sabe que procede de una ciudad mucho más antigua, la llamada Troya II. Parte de ese tesoro fue sacado de contrabando del Imperio otomano y acabaría primero en Berlín y, tras la Segunda Guerra Mundial, en Moscú.
Su éxito en Troya animó a Schliemann a buscar a los otros héroes homéricos. En 1874 obtuvo permiso para excavar en Micenas, en el Peloponeso, donde en 1876 destapó un círculo de tumbas de foso repletas de armas, vasos y máscaras de oro. Una de ellas fue presentada al mundo como la 'máscara de Agamenón', aunque, de nuevo, la cronología desmintió el entusiasmo del excavador. Más tarde trabajó en Tirinto y otros enclaves que hoy forman parte del mapa básico de la Grecia micénica. Con sus hallazgos, Schliemann adelantó en décadas el descubrimiento de las civilizaciones prehistóricas del Egeo y convirtió nombres que parecían pura leyenda —Troya, Micenas— en realidades arqueológicas.
La otra cara de la historia es menos heroica. Sus métodos, basados en el uso masivo del pico, la dinamita y el trabajo a destajo, destruyeron estratos que habrían permitido entender mejor la evolución de los yacimientos. Manipuló diarios y fechas, exageró descubrimientos y construyó un relato épico de sí mismo que la historiografía ha ido desmontando con el tiempo. Muchos colegas le han acusado de ser, a la vez, descubridor y saqueador. Pero incluso sus críticos admiten que sin su olfato, su dinero y su obstinación la arqueología del Mediterráneo oriental habría tardado mucho más en nacer.
Schliemann murió en Nápoles en 1890, tras una operación de oído, y está enterrado en Atenas, en un mausoleo decorado con escenas de la Ilíada. Su figura resume las luces y sombras de una época en la que la ciencia, el nacionalismo y la búsqueda de gloria personal, todos ellos envueltos en el manto del colonialismo, excavaban juntos en la tierra del pasado. El hombre que quiso demostrar que Homero decía la verdad no lo consiguió del todo, pero cambió de forma irreversible la manera en que el mundo mira a las ruinas del Egeo.
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