RAPEA, BAILA, EVOCA
Musgö, la 'sacerdotisa' que cura el dolor con un arpa electrónica: "La sociedad no está hecha para personas sensibles como yo"
Mar Gabarre encontró en este instrumento su particular Santo Grial y, desde entonces, tras años de aprendizaje autodidacta, ofrece 'misas' en las que fusiona electrónica y espiritualidad: la próxima será el 10 de enero en Madrid

Musgö es el 'alter ego' de la arpista electro-castiza Mar Gabarre. / ALBA VIGARAY

El flechazo fue inmediato. Casi milagroso. Aquella tarde, Mar Gabarre estaba realizando un trabajo universitario sobre materiales de construcción cuando, de repente, mientras buscaba hormigoneras y ladrillos en Google, un arpa se le cruzó por delante. Entonces, se alejó del ordenador. Y, al instante, corriendo, llamó a sus padres para contarles lo que había descubierto. Jamás había visto un instrumento así. No sabía qué significaba ni cómo sonaba. Sin embargo, la atracción que sintió la dejó noqueada durante días. “La primera que tuve era muy rudimentaria, pero me encantaba. Había encontrado mi particular Santo Grial y, por tanto, al ser algo tan íntimo, no quería que nadie me enseñara a tocarlo. Aprendí por mi cuenta, escuchando las cuerdas”, recuerda. De aquel empeño surgieron las canciones que, hoy, años después, canta en sus catárticas misas. En ellas rapea, baila, evoca. Un ritual que, aprovechando el lanzamiento de La grieta, su tercer álbum, repetirá el 10 de enero en el Centro Cultural Pilar Miró de Madrid.
“El día que fui a clase por primera vez, la profesora se quedó impresionada. Me dijo que me había inventado mi propia técnica. Fuerte, ¿verdad? Toco con las uñas e, incluso, a veces, acabo haciendo los solos típicos de la guitarra eléctrica. Le dediqué muchos años. Nunca deja de sorprenderme. Al ser un instrumento ancestral ha dado pie a muchos tipos de arte”, cuenta Mar, cuyo nombre artístico es Musgö. Un alter ego que, según explicó al arrancar el proyecto, en 2019, aún sigue viviendo en ella: “Somos parte de una malla infinita donde todo entra, nada es excluido. Lo bueno, lo malo, la noche y el día”. Seis años después sigue respirando con la misma energía, manteniendo intacto el mantra sobre el que cimentó su proyecto.

'La grieta' es el tercer álbum de Musgö. / ALBA VIGARAY
La columna que lo vertebra es, precisamente, esta ternura tan íntima que la ha convertido en una auténtica sacerdotisa musical. “Siempre he sido muy sensible, algo que he puesto al servicio de mis melodías. También me han herido en muchas ocasiones por mostrarme tal y como yo. La sociedad no está preparada para personas como yo. Hay días en Madrid, por ejemplo, en los que no puedo soportar el ruido de las ambulancias. Y, fíjate, qué cosa tan pequeña. Pero está fuera de mi control. Por lo que, aunque sigo reivindicando la sensibilidad, ojo, ahora lo hago desde la protección. En este disco he creado un concepto que me parece muy oportuno: la justa furia. Se refiere a la necesidad de encontrar el poder desde el enfado. Es muy productiva”, continúa. Tras Open The Gate (2019) y Un sendero (2023), en La grieta ha enfrentado la espiritualidad de la que bebe con lo social. Un choque de emociones que desvela el delicado año en el que todo se gestó. Nada es casualidad en Musgö.
“Es un álbum de luto. El año pasado falleció mi mejor amiga, un revés que ha supuesto un antes y un después en mi vida. Mi forma de entender el planeta cambió abruptamente. He tenido una crisis de fe muy grande. Me enfadé con Dios. Y, desde esta sensación, compuse las canciones. Si él me había fallado con él, ¿quién no iba a hacerlo? Es cierto que, conforme ha avanzado el duelo, poco a poco, he ido reconciliándome”, apunta. Este cancionero le ha permitido expulsar el dolor que le despertó aquella pérdida, pero también reconstruirse desde la serenidad. En un proceso así hay tanta soledad que el hecho de verbalizar aquello que habitualmente callamos la ha conectado con personas muy distintas entre sí. El poder de la energía.
Una dulce despedida
La bulería de la santa muerte fue el último corte que compuso para este elepé. Y llegó justo tras despedirse de su abuela, a modo de abrazo: “Soñé su muerte. Y, a los pocos días, a mi madre también se lo avisaron las cartas. Entonces, cogí un tren y me fui con ella. Pasamos sus últimos días juntas. La despedida ha sido súper dulce dentro del dolor. Saberlo con antelación me dio la oportunidad de decirle todo lo que quería, no dejé nada pendiente. Me sentí muy agradecida por ello. Este tema es una carta a los dioses para que nos avisen cuando vayan a llevarse a un ser querido”. Para llegar a las conclusiones que plantea en este cancionero, ha entablado conversaciones con entidades y ancestros que la han guiado durante el proceso. Nunca ha tenido miedo a las almas que, desde el otro lado, con su mejor intención, se le han aparecido. “Me cuentan salseos espirituales”, asegura risueña. De vez en cuando se mantiene en silencio uno segundos. Quizá, para honrar a quienes ya no están.
“Desde pequeña he visto espíritus, ha sido algo normal para mí. Sin embargo, ya no quiero ver más. El fallecimiento de mi amiga fue muy duro. Estaba tan cabreada que no quería meditar ni ir a misa. Esta rabia me ha permitido desenmascarar a todos los gurús que abusan de su poder en este mundo. Iluminados que utilizan el lenguaje para engañarte. Yo misma he caído varias veces, lo que me ha vuelto bastante crítica. El último año lo he dedicado más a estudiar que a rezar. Necesitaba respuestas”, sostiene. En su imaginario, todo está bien hilvanado: vestuarios, iconografía, olores, videoclips… Todo lo que hay en torno a Musgö es tan auténtico como Mar. Un aviso: “Que nadie se piense que hago música clásica. Mis actuaciones son bien eléctricas”.
P. Una sacerdotisa musical en toda regla.
R. Soy consciente de que el arte tiene un gran poder sanador. Y puede cambiar la vibración de la gente. En los conciertos intento cuidar las energías para que todos salgan beneficiados. De hecho, hago mis correspondientes rituales de apertura y cierres para invocarlas.