A 8.000 KM DE CASA
La madrileña que se mudó a Texas por su marido y hoy expone la cara B del país en redes: "He pagado 10.000 euros por una visita al médico"
Han pasado casi tres años desde que Cristina García se fue a vivir con su familia a la otra punta del mundo y todavía se sorprende cada vez que sale de casa

Hace casi tres años que Cristina García se fue a vivir con su familia a la otra punta del mundo. / CEDIDA

“Echo de menos salir a tomar el aperitivo. Tengo ganas de comerme un buen plato de jamón”, dice nada más descolgar el teléfono. De Pozuelo de Alarcón a Dallas hay casi 8.000 kilómetros de distancia y Cristina (41) cuenta los días para volver a casa por Navidad. Ha vivido toda su vida en Aravaca y hace unos años se compró una casa en Pozuelo de Alarcón sin saber que, poco después, estaría solicitando una visa americana. “Me mudé por consecuencia, como mujer de mi marido. Un poco porque tocaba. Él trabaja en el sector de las telecomunicaciones y su empresa le propuso venir a Estados Unidos en junio de 2023. Nos ofrecieron Dallas y Seattle. Si nos decantamos por la primera es porque tiene vuelo directo con Madrid y no llueve tanto como en Washington. Lo teníamos claro”, añade. Desde que tomaron la decisión hasta que se instalaron en uno de los barrios residenciales de la ciudad pasó algo más de un año: “Estuvimos meses tratando de obtener el visado, hablando con abogados de la empresa, recopilando todos los papeles necesarios, esperando la cita en la embajada americana, haciendo entrevistas, etcétera”.
Como en todo, los comienzos no fueron fáciles. “No es Nueva York o San Francisco. Me daba miedo porque no conocía nada. De hecho, para mí Dallas era un rancho de cowboys. Cuando llegamos, intenté convencerme de que esa estética era únicamente para fiestas u ocasiones especiales. Mi sorpresa ha sido ver que todos visten así en el día a día. Yo misma he caído”, bromea. Dos años después de hacer el traslado, la madrileña asegura que se vive “súper bien” y hay una calma “especial”. “Vinimos con dos niños de nueve y cuatro años, que hoy tienen ya 11 y seis. Para ellos está siendo una experiencia increíble”. Cerca de su casa se encuentra un restaurante llamado Café Madrid, regentado por una vecina de Wisconsin: “Ella estudió lenguas hispanas y se enamoró de España. Va tres veces cada año y hace un tiempo montó este sitio con platos típicos. A los americanos les encanta”. En España, Cristina se dedicaba a la organización de eventos. Sin embargo, desde que puso un pie en América, sus empleos han cambiado. Además de contar curiosidades del país en redes sociales, crea contenido para empresas de cosmética y da clases de español a varias americanas.

En España, Cristina se dedicaba a la organización de eventos. Ahora crea contenido para marcas americanas. / CEDIDA
“Una agencia me contactó para hacer colaboraciones. No para mi propio perfil, donde no tengo tantos seguidores, sino para promocionar productos de otras marcas. Ellos me dan un briefing, creo el vídeo y me lo corrigen. Lo usan para anuncios, redes sociales, convenciones… Varias veces me han pedido hacerlos en castellano, cuando están pensados para un público hispano, pero la mayoría son en inglés”. Según cuenta, recibe preguntas a diario de personas que, como ella, están pensando en cruzar el charco e instalarse en Estados Unidos. “Muchos están equivocados y creen que basta con encontrar un trabajo y un vuelo, cuando la realidad es que pocas empresas están dispuestas a pagar por tu visado". Han pasado varios años desde que deshicieron las maletas. No obstante, todavía se sorprende con algunas costumbres en el día a día de los estadounidenses: “La gente va al supermercado en pijama. De repente estoy en Walmart comprando fruta y me doy cuenta de que soy la única que va bien vestida. También es llamativo el tamaño de la comida. Los paquetes de queso rallado pesan tres kilos, los cereales vienen en cajas de cinco kilos y la Coca Cola en botellas de tres litros”.
"Vivo muy tranquila"
En Texas todo es más grande, dice. Hasta las tormentas, que a menudo desembocan en tornados. “Suenan alarmas en los altavoces de la ciudad y tienes que buscar refugio. Aquí no tenemos basements subterráneos, como en Oklahoma, sino que tenemos que quedarnos en la habitación más céntrica de la casa sin ventanas. Incluso, cuando llueve mucho, tenemos que ir a recoger a los niños al colegio en coche. Te dan un número, como en la carnicería, para que vayas pasando por la puerta”, suma. El clima es tan extremo allí que se llegan a alcanzar 45 grados durante los meses de verano: “Cuando se acaba el curso, huimos al fresquito de Madrid, que siguen siendo 38 grados. La humedad aquí hace que no podamos salir de casa hasta la noche”. Otras de las cosas que García echa en falta es el metro, inexistente en la ciudad. Viven a las afueras y se ven obligados a ir en coche a todos lados. “Las distancias son enormes. Sin coche no eres nadie. La zona en la que vivo en Dallas es equivalente a Boadilla del Monte en Madrid”, sostiene. Creó Cristinadas en Dallas, cuenta desde que comparte su día a día, a los pocos días de instalarse y, con el tiempo, ha conseguido miles de visualizaciones.
Si bien al principio sus hijos aparecían en algunos de sus vídeos, una desagradable experiencia hizo que la madrileña decidiese proteger su privacidad: “Aquí está muy normalizado exponerlos, pero lo que viví me dio miedo. Subí un vídeo hablando de la seguridad en el país y una mujer que ni siquiera me seguía, escribió mi dirección completa en uno de los comentarios. Contacté con ella y le dije que eso era denunciable. Ella me dijo que había metido mi cara en Meta, había averiguado mi nombre y apellidos y los había introducido en el registro de propiedades de Dallas, que es público. Así averiguó mi dirección”. En la lista de cosas que han impresionado a la madrileña también se encuentran los conciertos o eventos deportivos. No por la majestuosidad de los mismos, sino por el momento en que suena el himno nacional: “Todo el mundo se calla y el silencio que se crea es indescriptible. En pocos países del mundo se ve algo así. Yo soy feliz aquí, me apasiona América. La gente me critica por decir que vivo tranquila”.
“Es cierto que las cosas que pasan son intolerables y que deberían erradicarse, pero hay que tener en cuenta que estamos comparando un estado de 300 millones de personas con el tamaño de los países de Europa. Todo lo que pasa aquí es demencial, sí, pero en mi día a día me siento muy tranquila. No vivo insegura ni tengo miedo. Quizás porque vivo en un barrio residencial y es una especie de burbuja”, asegura. En los estadios, por ejemplo, es obligatorio llevar una mochila transparente o bolsos de ciertas medidas, dice, para evitar armas y “cosas que no tendrían que pasar”. “Aún así, me siento segura. Puede ser un mecanismo de autodefensa, pues cuando llegué me invadió la incertidumbre, pero ahora ya voy en modo automático. No puedo vivir con miedo todos los días de mi vida”, insiste. En estos dos años, considera que lo más aterrador que le ha tocado vivir es un robo en el colegio de sus hijos: “Pensábamos que era un tiroteo, pero se quedó en un susto. Al llegar, vi que había cuatro coches de policía armados y me puse muy nerviosa. Al final era sólo un ladrón, pero me puse muy tensa por no saber en qué desembocaba”.
Simulacros de tiroteo
La vulnerabilidad de los centros educativos hace que se llevan a cabo decenas de simulacros al año y Cristina confiesa que sus hijos ya se han acostumbrado a ellos: “Hay tres tipos: de tornado, de incendios y de intruso, que son los más peligrosos. Son diferentes procedimientos y se hacen cada mes. Mi hijo pequeño los llama ‘de persona mala’. Les enseñan que tienen que cerrar las ventanas, colocarse en una esquina y no hacer ruido. En caso de tornado, en cambio, deben encerrarse en el baño. Ellos lo han interiorizado de una manera que asombra, nunca lo han cuestionado”. No todo se entiende tan rápido. A la madrileña, por ejemplo, le siguen asombrando los precios de la comida cada vez que va al supermercado. Asegura que, cada mes, el desembolso mínimo supera los 1.000 dólares para cuatro personas. “Estamos todos igual, aunque en España la situación tampoco es mucho mejor. Existe una asociación llamada Casa de España en la que estamos cientos de familias españolas y cada día recibo mensajes de gente preguntándome cómo venir aquí a vivir. Quizás sea por la situación laboral en España, donde los sueldos son tres veces menos que aquí”, sostiene.
Hace unos meses, Nuria Calvo, influencer y madrileña asentada en Miami junto a su familia, ocupó los focos y la atención de los medios al anunciar que padecía cáncer de mama. Fue entonces cuando ella tomó la decisión de regresar a España para tratar su enfermedad: “La conozco personalmente y sé que lo está haciendo por la sanidad privada. La gente no quiso entender que, cuando te viene una enfermedad así, ya no es sólo la pública, sino estar lejos de su familia y disponer de alguien que cuide a tus hijos los días de tratamiento. Se pensó que volvía para beneficiarse de la sanidad, pero ella realmente ha tributado en España con sus campañas”. Ella misma califica el sistema americano de “curioso” y confiesa que, aunque hay un servicio para personas sin recursos, para el resto de la población, ir al médico se ha convertido en un “capricho”. “A nosotros nos paga el seguro la empresa de mi marido, pero tenemos que abonar parte de los costes. Mi hija tuvo una laringitis y nos cobraron 10.000 dólares por una visita al médico. Del total, tuvimos que pagar 2.000 nosotros y 8.000 el seguro. Desde entonces pensamos más si ir al doctor. Soy hipocondriaca y para mí es una tortura”, lamenta.

Dos años después, la madrileña asegura que se vive “súper bien” y hay una calma “especial”. / CEDIDA
La bandera es de todos, “no como en España”, sostiene. “Da igual que seas demócrata o republicano, todo el mundo lo entiende como un motivo de orgullo nacional. En otros países se asocia a una ideología determinada. Y esa es la clave, no hacerlo. Todos aman su país. Durante las elecciones, había cientos de entrevistadores por la calle, preguntando a todo el mundo por el voto. Aquí da igual decirlo, nadie esconde su ideología. Esos días se vivieron de forma muy intensa, ya que Texas es un estado altamente pro-Trump y todo el mundo sacó las banderas de casa”, recuerda. Con la mirada puesta en el futuro, García no tiene claro cuándo regresará a España. No depende de ella, sino de sus padres: “Soy hija única y eso me condiciona. Mientras estén bien, seguiremos aquí, pero el día que tenga que ayudarles, nos volveremos”. En apenas unos días volverá a poner un pie en Madrid, a donde regresa una vez al año. Tiene claro que, a pesar de las bajas temperaturas, lo primero que hará será salir a tomar el aperitivo.