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CONTRA EL 'FAST FASHION'

Heredó de su abuelo un puesto en El Rastro y ahora vende chaquetas que otros tiran a la basura: "La mayoría tienen hongos cuando las compro"

María de las Heras, la cara visible de Milucandco, transforma americanas y abrigos 'vintage' desde un taller improvisado en el trastero de la casa de sus padres

María de las Heras, la cara visible de Milucandco, transforma americanas y abrigos desde un taller improvisado en el trastero de la casa de sus padres.

María de las Heras, la cara visible de Milucandco, transforma americanas y abrigos desde un taller improvisado en el trastero de la casa de sus padres. / Alba Vigaray

Pablo Tello

Pablo Tello

Madrid

Todo comenzó con un despido tras la pandemia. Uno que, a día de hoy, le ha traído más cosas buenas que malas. “Estuve en ERTE mucho tiempo y como no me daba el dinero para pagar mi casa y sobrevivir, empecé a vender mi ropa por Vinted. Iba subiendo mis prendas, la mayoría vintage, y las vendía bastante rápido. Me di cuenta de que esto podía tener un filón”, recuerda María (33). Poco después, la joven profesionalizó su perfil bajo el nombre de Milucandco y actualmente vende sus creaciones en un puesto de El Rastro de Madrid. Que haya elegido esa ubicación no es casualidad, pues, prácticamente, todo su árbol genealógico, cuenta con negocios en el mismo mercadillo. “Mi abuelo perteneció a la primera generación de vendedores que, antiguamente, buscaban un hueco en la calle y se respetaban entre ellos. Allí se ponía con mi padre y mis tíos. A la hora de montar el rastrillo como hoy lo conocemos, los huecos que ocupó su abuelo se repartieron entre todos sus hijos y ahora toda mi familia tiene sus puestos”, señala. Su madre vende ropa de mujer, su tía sombreros y su primo camisetas de fútbol: “Para mí no es extraño. Con 14 años ya bajaba a trabajar con ellos y ganarme un pequeño sueldo”. 

De su abuelo, pionero y castizo, heredó la importancia de ser constante en un oficio como este.

De su abuelo, pionero y castizo, heredó la importancia de ser constante en un oficio como este. / Alba Vigaray

De las Heras nació en Madrid, aunque es mitad murciana, por parte de madre. Estudió un grado en visual merchandising y, durante años, trabajó como dependienta en tiendas de ropa. “Desde bien pequeña me di cuenta de que la moda y el estilismo me apasionaban. Pasaron los años y pude dedicarme a lo que había estudiado en varias firmas de moda. Además, mi padre fue director de diseño en una marca muy conocida, así que creo que mi vocación viene de él. Siempre nos traía ropa de sus viajes empresariales y, tanto mi hermana como yo, somos unas fanáticas de la moda, el cuero y lo vintage”, explica. Cuando la despidieron, empezó a recorrer todas las tiendas de segunda mano en la capital, con intención de comprar prendas especiales y venderlas posteriormente a un precio superior: “Así me sacaba un dinero”. La titularidad de un puesto en El Rastro, dice, sólo puede traspasarse entre familiares: “Es algo hereditario y muy difícil de comprar”. De su abuelo, pionero y castizo, heredó la importancia de ser constante en un oficio como este: “Al final, tenemos todos los fines de semana del año ocupados y no siempre se vende igual de bien. Es aleatorio y va por semanas”. 

200 piezas semanales

En su caso, al tratarse de abrigos, los meses de verano se vuelven algo más áridos y desfavorables para la madrileña. “Sin embargo, como las customizo y restauro yo misma, aunque haya muchos puestos de chaquetas y ropa vintage, me distingo bastante bien y no tengo competencia”, añade. María corta, transforma, tiñe y arregla cada una de las prendas que pasan por sus manos, dándoles así una segunda vida. “Empecé a ciegas, sin saber si iba a funcionar y, cuando vi que tenía mi clientela y las chaquetas un público interesado, es cuando decidí hacerme con un puesto en El Rastro. Y, aunque hay puestos similares, quiero que, quien entre en mi puesto, se adentre en un mundo retro y alternativo. Las chaquetas están colocadas por colores, gamas cromáticas y materiales”, sostiene. Cada lunes, María sale de Madrid para comprar la mercancía: “Son prendas que la gente tira a la basura y algunas están en mejor estado que otras. No sé de dónde vienen, pero cuando voy están metidas en grandes bolsas, preparadas para ser analizadas una a una. Hay incluso algunas que las encuentro sin estrenar. Muchas están para tirar, sobre todo las de ante. Con el cuero me atrevo en la mayoría de casos. No hay roto que no tenga arreglo”. 

Cada lunes, María sale de Madrid para comprar la mercancía.

Cada lunes, María sale de Madrid para comprar la mercancía. / Alba Vigaray

Cada inicio de semana, la madrileña regresa a casa con entre 150 y 200 piezas bajo el brazo. La mayoría, por no decir todas, terminan expuestas seis días después en Ribera de Curtidores. “Los martes empiezo a seleccionarlas, hago una criba y veo si hay alguna que reservo para Vinted. También si customizarlas, cortarlas o teñirlas. Todo sale de mi cabeza. Y, aunque los abrigos y americanas podrían venderse largos, prefiero transformarlos para que sean únicos. Ahora, por ejemplo, estoy probando a hacer una bomber a base de una americana”, expresa. De su abuelo heredó también un sinfín de botones que él mismo rescató de una mercería al borde de la quiebra décadas atrás: “A algunas chaquetas se los cambio para que no encuentres nada igual en el mercado. Les quito las hombreras y cambio los botones. Utilizo tintes hidratantes y siempre recomiendo ir untándoles crema de vez en cuando para que el material no se cuartee y dure toda la vida. La mayoría vienen con hongos, por la humedad. Frotamos mucho hasta que quedan perfectas. Tanto, que la gente pregunta si son nuevas. Dedico dos o tres horas a cada chaqueta, así que me las conozco todas”. 

Reutilizar el cuero

Aunque María es la cara visible del proyecto, sin su padre nada sería posible. “Me ayuda muchísimo. Arregla muchas prendas y cose mucho mejor que yo. Nos vamos repartiendo, ya que de lo contrario no podría sacar todas las chaquetas adelante. Él es muy minucioso. También me ayuda una modista a cortar las cazadoras y americanas. Esta semana he comprado 150 y, si tuviera que restaurarlas yo sola, no llegaría”, asegura. No hay otra tienda como la suya, dice: “Nadie te arregla una chaqueta por 39 euros, que es el precio al que las vendo. Por limpiar un abrigo en la tintorería te cobran 200 euros. Y aún así, en El Rastro la gente pide descuentos, sin pararse a pensar en todo el trabajo que hay detrás”. Su popularidad aumentó hace unas semanas y, desde entonces, ha ganado miles de seguidores en Instagram y TikTok. “Todo me ha pillado de sopetón. No me gusta hablar en público, pero me estoy esforzando para aprovechar el tirón. A la gente le llama la atención mi trabajo porque todo el mundo tiene chaquetas vintage de sus padres o abuelos en casa”. Su clientela es mayoritariamente femenina, aunque, según dice, cada vez más hombres preguntan por las americanas cropped que ella misma rasga. “A nosotras nos da igual vestirnos con ropa masculina“.

De su abuelo heredó también un sinfín de botones que ahora decoran las cazadoras vintage de María.

De su abuelo heredó también un sinfín de botones que ahora decoran las cazadoras vintage de María. / Alba Vigaray

Su devoción por el cuero choca con sus principios animalistas. Sin embargo, tiene claro que lo está haciendo bien. “En España hay una cantidad de piel en desuso que se puede reutilizar. Es una pena que no se cuide. Si la guardas y cuidas con cariño, te puede durar de por vida. Vienen muchas chicas veganas al puesto y lo que no saben es que, en realidad, es mucho más consciente comprarla vintage que tirarla a la basura. El fast fashion no es más que gasto y contaminación”, apunta María, que trabaja desde un pequeño taller casero, ubicado en la casa de sus padres. “Realmente es el trastero. Son 15 metros cuadrados. Tengo burras por las paredes, es un desorden ordenado”. Aunque ha intentado hacerse con un local de trabajo en varias ocasiones, los precios del alquiler en Madrid no se lo han puesto fácil. “Los gastos son inasumibles incluso en barrios como La Elipa o Moratalaz. Sé que si abriera una tienda en el centro me iría mejor, pero no puedo permitírmelo. Emprender ha sido una odisea y Hacienda me ha puesto todas las dificultades posibles. Podría tener un negocio similar en otro país y forrarme, pero en España son todo gastos. No nos lo ponen nada fácil a los autónomos, sobre todo a las empresas que estamos empezando”. 

Pese a todo, ella es feliz. Mucho más que hace unos años, cuando trabajaba en el mundo del visual merchandising, confiesa. “A día de hoy no está pagado tener un trabajo que te guste y te permita vivir bien. Me apasiona lo visual y siempre ha sido mi vocación, pero este trabajo es muy creativo y relajante. Me dejo la piel, literalmente, con cada cazadora y tengo que ir al fisioterapeuta semanalmente, pero es muy reconfortante. La gente se va feliz”, concluye. No hay una sola cazadora que no se venda. Y, si se queda estancada en el puesto, María vuelve a empezar la transformación. Una nueva prenda ha nacido.