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DOCUMENTAL

"Si eres pobre es culpa tuya": la fe en las criptomonedas que retrata Gala Hernández López en '+10k'

Después de sus cortos documentales sobre los 'incels' y los extropianos, la artista e investigadora murciana, reconocida con un César el año pasado por el primero de esos cortos, cierra su trilogía sobre las comunidades masculinas en internet con una película sobre el universo 'cripto' que ha presentado estos días en el festival internacional de cine Márgenes

Gala Hernández López, fotografiada en la Cineteca de Matadero poco antes de la proyección de su película '+10k' en el Festival Márgenes.

Gala Hernández López, fotografiada en la Cineteca de Matadero poco antes de la proyección de su película '+10k' en el Festival Márgenes. / ALBA VIGARAY

Jacobo de Arce

Jacobo de Arce

Madrid

Gala Hernández López ha regresado a Berlín, donde tiene desde hace años su base principal, después de pasar la primera mitad del año en una universidad de Toronto realizando una residencia artística. La ciudad canadiense le ha sentado bien: allí ha terminado una nueva película que estrenará en enero. Su llegada a principios de año coincidió, además, con la toma de posesión de Donald Trump, un personaje que podría ser la personificación, o la caricatura, del mundo real pero casi distópico que retrata en su trabajo. En sus primeros días de mandato, el estadounidense amenazó con anexionarse a su vecino del norte, y a Hernández le sorprendió ver la reacción de sus nuevos vecinos. "Creían que podía pasar perfectamente. Y que si Trump decidía anexionarlos solo les quedaba rendirse inmediatamente". Había mucho temor, cuenta, por las reservas de agua de los Grandes Lagos, un tesoro en un mundo asediado por el cambio climático. Después, la cosa empezó a cambiar. Se despertó un sentimiento nacionalista que hasta hizo ganar las elecciones al candidato progresista y anti-Trump, quien en principio lo tenía todo en contra. "Y al café americano empezaron a llamarlo 'canadiense'. Si pedías un americano no te servían", cuenta divertida.

Hace ya tres años que la artista e investigadora puso en marcha una trilogía fílmica que explora las comunidades masculinas en internet y cómo la tecnología está contribuyendo a conformar quiénes somos, o quiénes son esos hombres jóvenes que forman parte de esas comunidades, en el mundo presente. Con La mecánica de los fluidos (2022), el primero de sus tres cortometrajes documentales que podríamos catalogar más bien como video-ensayos, la murciana se adentró en el mundo de los incels, esos hombres que militan en el odio a las mujeres porque no pueden acceder a ellas afectiva o sexualmente. La película le valió un premio César, los Goya franceses, al mejor corto documental en 2024. El segundo, for here am i sitting in a tin can far above the world (2024), ponía en cambio su foco en los extropianos, un movimiento de moda en Silicon Valley que confía en que tecnologías como la criogenización nos permitan acceder a la vida eterna, algo que hasta el momento se ha demostrado imposible.

Ahora acaba de presentar en el festival de cine internacional Márgenes, recién clausurado en Madrid, el que vendría a cerrar esa serie. +10k (2025), seleccionado por el Festival de Cannes, es una exploración desprejuiciada y empática, como es habitual en ella, del universo de las criptomonedas y los jóvenes fascinados por las posibilidades de enriquecerse que estas, teóricamente, les ofrecen. Durante su media hora de metraje nos acoplaremos a la vida de Pol, un chaval de clase trabajadora de Tarragona que dedica su tiempo a intentar hacer dinero con este tipo de activos financieros. De su mano asistimos a uno de esos macroeventos organizados en recintos deportivos en los que unos supuestos gurús dan consejos para sacar tajada, camuflando una actividad puramente especulativa con una jerga pseudofilosófica y muy cercana a la autoayuda. También le veremos en la intimidad de la casa donde vive con su abuela, que tuvo que hacerse cargo de su custodia después de que, recién nacido, se la retiraran a su madre. Cuando no está haciendo ejercicio, sus días transcurren delante de la pantalla, soñando con una vida mejor que pasa por ingresar al mes una cantidad superior a esos '10k' (10.000 euros) del título y tener un Lamborghini. Pol, con solo 21 años, necesita gritarle al mundo que ha triunfado.

Buen chico y especulador

"Pol es una buenísima persona, un santo", dice la cineasta, que es consciente de los prejuicios que pesan sobre este tipo de hombres a los que se ha dado en denominar 'criptobros', un término despectivo que a ella no le gusta. "Quiere muchísimo a sus amigos, a su novia, a su abuela. Y a esta la quiere ayudar de verdad, que pueda dejar de trabajar y tener unos últimos años de su vida más dignos". Él no tiene esa "mentalidad de estafador" que tantas veces asociamos a quienes especulan y en particular a quienes lo hacen con las 'criptos', asegura Hernández. El discurso de Pol, y también de sus amigos, insiste todo el tiempo en esa voluntad de hacer algo por los demás, empezando por sus seres queridos. Uno de los chavales de su pandilla, metido en el mismo mundo, habla en términos casi sociológicos de "salir del ciclo de pobreza". Varias generaciones de sus familias han tenido que partirse la espalda para, en el mejor de los casos, salir adelante, y ellos no quieren esa vida.

Aunque no todos los que participan en la economía cripto se encuentran en dificultades económicas (el milmillonario Trump es ahora uno de sus promotores), la precariedad, cuando no directamente la pobreza, sí que explica en parte la atracción que despierta en muchos jóvenes como Pol. El evento que recoge la película está lleno de gente que apenas roza los 20 años. Nunca vemos la imagen de los ponentes, solamente a esos espectadores embelesados por unas voces que, en la oscuridad de la sala, pronuncian discursos mesiánicos que recuerdan a los de las sectas. Hernández se encontró con que muchos de los que acudían no pretendían hacerse ricos, sino más bien redondear sus ingresos a fin de mes para poder afrontar unas vidas en las que todo es cada vez más caro. "Los chavales que participan en la película no han hecho estudios superiores y saben que van a tenerlo muy complicado para incorporarse al mercado laboral. Están condenados a tener trabajos temporales, precarios, manuales. Pol está diciendo: 'voy a buscarme la vida, voy a hackear el sistema. Porque lo que el sistema me propone es descargar camiones'".

Individualismo desmovilizador

El problema, explica, es que ese hackeo no es colectivo y, por lo tanto, político, sino que se hace desde el individualismo más radical. "No piensan en abolir el trabajo para, colectivamente, facilitar una transformación estructural de la sociedad. Lo que ellos piensan es: 'yo, fulanito, puedo no trabajar y hackear el sistema'. O, como dicen todo el rato en esas charlas los gurús: que tú no trabajes para ganar dinero, sino que el dinero trabaje para ti. Que no es otra cosa que especular". También ha podido confirmar que las jóvenes generaciones, e incluso alguna otra, han desacralizado el trabajo. "Ya no pensamos que el trabajo nos hará libres, o que sea lo que dé dignidad o un sentido a nuestras vidas". Pero eso no significa, vuelve a insistir, que sus fines sean revolucionarios. Muchos han comprado ese discurso, tan propio de la autoayuda, que sostiene que si no estás bien, o en este caso si no eres rico, es porque no te esfuerzas lo suficiente o no estás haciendo lo adecuado. "Si eres pobre es culpa tuya, dicen, y no que otros se estén enriqueciendo a tu costa. Esa es la tragedia, la erosión total de la conciencia de clase", sostiene Hernández.

Gala Hernández López, el día de su entrevista y del pase de su película en Matadero.

Gala Hernández López, el día de su entrevista y del pase de su película en Matadero. / ALBA VIGARAY

Para ella, las criptomonedas ejemplifican de un modo perfecto cómo en nuestra sociedad se está imponiendo lo que el sociólogo griego Aris Komporozos-Athanasiou ha denominado el homo speculans. "La actitud del especulador financiero ya no solo se limita a los mercados o al aspecto económico de nuestras vidas, sino que se ha extendido a todas las dimensiones de nuestra existencia. Especulamos con nuestra vida íntima y romántica, especulamos con nuestros amigos, especulamos en política... Es un síntoma de vivir en un mundo caracterizado por una incertidumbre enorme", explica. Que la propia acción de especular sea bien vista por una buena parte de la sociedad, ya sea con las criptomonedas o en otras esferas como la vivienda, le parece otro indicador de que algo no va bien. "A mí me daría vergüenza decir que genero dinero con dinero. Pero creo que, moralmente, ya todo nos da igual, hasta el punto de que no nos parece mal decir que especulamos".

Soledad y límites

En lo que Pol y sus amigos hacen ve, más allá de lo económico, una necesidad de tener una comunidad alrededor, de no sentirse solos. Están obsesionados con el éxito, pero Hernández cree que esta noción, en una cultura donde el reconocimiento se ha convertido en indispensable, nos determina a todos. Si su trilogía cinematográfica ha tenido por protagonistas a hombres, es porque estos son los que conforman esas comunidades que están constantemente desafiando a los límites, sexuales, biológicos o económicos, que teóricamente la sociedad les impone. Ellos, privilegiados al menos en el orden sexual, viven como nadie esa "fantasía de omnipotencia que tienes que generar como mecanismo de defensa frente a la impotencia real, a la fragilidad de la existencia". Pero reconoce que en este caso, el de las criptomonedas, es en el que su protagonista podría más fácilmente haber sido mujer, porque encontró a muchas en ese tipo de eventos.

De las que conforman su trilogía, esta es la cinta menos experimental a nivel formal. También llama la atención que no haya un narrador o narradora como en las anteriores. Son los protagonistas (Pol, sus amigos, los gurús cripto) los que hablan. También ella brevemente, pero como interlocutora de Pol. Si eligió no tener esa mediación fue para que nadie le dijera al espectador lo que debía pensar, sino que se enfrentara directamente con el discurso de los personajes. "No quería una voz en off reflexiva que te va diciendo, 'mira qué mal está esto'. Esa cosa pedagógica de explicarle al espectador cómo tiene que analizar, pensar, sentir... Pensé: 'qué pasa si le doy al espectador una inmersión en el mundo de un tío de estos'". Hernández defiende siempre que hay que escuchar a quienes no piensan como queremos. "Si me intereso por esta gente es precisamente porque creo en los matices. Y este diálogo de sordos, de extremos que no se escuchan, me parece de una pobreza absoluta, intelectual y humanamente hablando". Cree en el debate político, dice, y cree que la política es estar en desacuerdo. "Pero no podemos ignorar que existe gente como Pol. Hacerlo sería hundirnos como el Titanic".