ESCENA
Irene Escolar: "Nos hacemos daño porque el mundo es profundamente hostil y nos sentimos muy solos"
La actriz se mete en la piel de una toxicómana en 'Personas, lugares y cosas', de Duncan Macmillan, un retrato de la adicción dirigido por Pablo Messiez que acaba de estrenar el Teatro Español

Irene Escolar en un momento de 'Personas, lugares y cosas', que está ahora mismo en cartel en el Teatro Español. / Cedida
"Vemos lo que ella ve", escribe el autor británico Duncan Macmillan al inicio de su obra Personas, lugares y cosas, y esa acotación brevísima contiene un universo entero que inaugura una mujer joven interpretando a Nina en la escena final de La Gaviota de Chèjov, drogada y desubicada, sin poder apenas articular su texto. Cuando su nariz empiece a sangrar, saldrá a escena una sastra que le limpiará la sangre, le cambiarán el vestido de época por un chándal y una sudadera, y el escenario se llenará de técnicos que vaciarán todo el espacio y las luces serán intermitentes y sonará música electrónica y aparecerá más gente y ella, que ya no es Nina sino Emma, bailará como si no hubiera un mañana y se tragará una pastilla que alguien colocará en su lengua y empujará a uno de esos tíos que se ha pegado mucho a su cuerpo y se quedará sola en ese escenario desnudo, con el teléfono pegado a la oreja mientras intenta encenderse un cigarro y hablar a la vez con su madre, a la que pide que recoja todas las drogas que encuentre en su casa y las meta en una caja de plástico transparente. Minutos después le dirá al hombre que la encuentra fumando en la puerta del centro de rehabilitación que se ha metido speed y medio gramo de cocaína y que se ha bebido un Rioja caro y algo de ginebra, y que a eso hay que sumarle el Valium, el Orfidal y las benzodiacepinas que consume para controlar la ansiedad.
Y todo eso que vemos es lo que ve Irene Escolar, que será Nina y después Emma, una actriz que ingresará colocada hasta las trancas en ese centro donde vivirá el viaje que va de la intoxicación a la rehabilitación, y que tal vez no diga nunca su nombre real en ese círculo de sillas verdes (y coro griego) donde comparte terapia con muchos otros porque quizá no haya dejado nunca de interpretar un papel. Actuar, dice, "me da lo mismo que me dan las drogas y el alcohol, pero los buenos personajes son mucho más difíciles de conseguir".
Irene Escolar, que llevaba tres años sin subirse a un escenario después de trabajar en Finlandia, de Pascal Rambert, asume este viaje no solo como protagonista, también como productora artística e impulsora de este proyecto junto a Alicia Calôt y Mogambo Producciones, de Ignacio Salazar-Simpson. En escena estará acompañada de un equipo extraordinario: Pablo Messiez en la dirección y adaptación del texto, Max Glaenzel en la escenografía, Carlos Marquerie en el diseño de luces, Silvia Delagneau en el vestuario, Óscar G. Villegas en el espacio sonoro y diez intérpretes más que serán terapeutas, enfermeros o adictos: Javier Ballesteros, Manuel Egozkue, Sonia Almarcha, Claudia Faci, Tomás del Estal, Brays Efe, Daniel Jumillas, Blanca Javaloy, Mónica Acevedo y Josefina Gorostiza. La obra se estrenó el pasado martes en el Teatro Español, coproductor del espectáculo, y estará en cartel hasta el 11 de enero de 2026. Después, el montaje llegará al Teatro Calderón de Valladolid e iniciará gira por España.

Irene Escolar encarna en 'Personas, lugares y cosas' a una actriz presa de las adicciones. / Cedida
"A mí me mandaron el texto hace siete años —explica la actriz a este diario—, y pensé que había algo animal en él, me gustó mucho todo el juego con la realidad y la ficción, las capas que tenía y todo ese mundo más onírico. Querían que lo hiciera en España, pero yo tenía 30 años y sentí que había algo de mi recorrido que todavía no estaba en el sitio donde tenía que estar para poder sostener dos horas y media en un escenario. Lo dejé pasar, pero el texto volvió a mí, desde otro lado, y yo ya había hecho muchísimas cosas más, entre ellas Hermanas y Finlandia, de Pascal Rambert, y una vez que trabajas con él sientes que hay pocas cosas que te puedan resultar más difíciles o más aterradoras. Como aquello lo había podido sostener, me dije, venga”.
Ese ‘venga’ fue hace cuatro años y Escolar cuenta que tuvo claro desde el principio que quería levantar el proyecto con un equipo "desde cero" y junto a Alicia Calôt, "amiga desde hace mucho y una productora maravillosa. Vengo ya de muchos procesos y quería que este tuviera que ver con la humanidad, con lo lúdico y con la alegría, porque si no, ¿para qué? Que eso estuviera desde el inicio y pudiéramos rodearnos de un equipo que admiráramos y que nos estimulara creativamente. Ha sido el proceso donde he sido más feliz en mi vida, donde las cosas han salido mejor, donde todo el mundo cada día en la sala de ensayos me daba las gracias porque se sentían alegres, seguros y felices de estar ahí. Creo que eso tiene que ver con la manera con la que Ali y yo concebimos la manera de tratar a la gente y con toda la humanidad que tiene Pablo Messiez, que lo ha impregnado todo. Eso es lo que más feliz me hace".
La actriz, que asistió durante meses a un centro privado de terapias de desintoxicación, explica también que su trabajo de documentación se ha nutrido de lecturas. Algunas de ellas, como La huella de los días, de Leslie Jameson, han inspirado el proceso de construcción de su personaje. Otras, su manera de afrontar su oficio y de vincularse a los demás: "El poeta americano John Berryman escribió un relato confesional llamado Soy alcohólico y decía que después de haber pensado que quería ser el mejor toda su vida, algo que probablemente le había llevado a querer consumir, un día, saliendo de ese proceso, se dio cuenta de que quería una vida creativa dedicada a querer a los demás. Me pareció precioso y pensé: es esto, esta es la vida creativa que yo quiero también. Y eso es lo que he sentido en este proceso, que había algo de querer a los demás y de poder ofrecerles algo que pudiéramos armar juntos. Si supieras lo bonito que es el ambiente de esta compañía, lo felices que estamos todos".

Además de protagonizarla, Irene Escolar coproduce la obra. / María Verano
P. Empecemos por esa primera escena, quizá la más difícil de toda la obra, cuando Emma llega colocadísima a la clínica de desintoxicación. ¿Cómo construye a esa yonqui sin llegar al histrionismo o la caricatura?
R. Creo que es lo más difícil que he hecho nunca. Hemos estado muchísimos meses probando muchas cosas, hemos hablado con mucha gente que sabe mucho, han venido a los ensayos personas con adicciones para ver si se lo creían o no… Y nos hemos puesto en ese sitio, que es un estado completamente alterado y sí, sobreactuado. Era un salto sin red. Tú tienes que empezar una obra, que es lo más difícil que hay, e ir a muerte con esa energía y si no te lanzas ahí con eso y estás en este estado no va a funcionar el proceso de desintoxicación de ella. Yo no he encontrado ningún referente en la ficción ni en el audiovisual ni en el teatro de una mujer intoxicada de speed, de cocaína, de alcohol y de benzodiazepinas. De nada, ni siquiera de cocaína. Tú no ves a mujeres en ese tipo de estado. Está [la película] Réquiem por un sueño o [los trabajos de] Gena Rowlands o Victoria Abril, pero el alcohol es otra cosa. Pablo me ha ayudado mucho y lo hemos trabajado al milímetro a partir de videos de personas intoxicadas, gestos físicos y corporales que yo he copiado directamente. Ha sido un currazo y asumo el riesgo de hacer eso, pero creo que o iba a muerte o no tenía ningún sentido. Hemos intentado ser lo más finos posible y son muchos cambios de dirección, hay mucha tensión en el cuerpo, mucha desubicación, mucho ir de un estado a otro sin transición, es muy difícil.
P. Es que, además, toda la obra pasa por el cuerpo
R. Pablo Messiez trabaja así, con el cuerpo y con el espacio, y hemos dedicado mucho tiempo a eso porque yo tenía que empezar en ese estado tan alterado para luego ir sacándolo todo, hasta que ella al final tiene una ligereza y un estar casi que flota, pero teníamos que apostar por eso tan extremo al principio. También había algo de soltar el control, de arriesgar, empezar con La gaviota y el monólogo al teléfono y estar sosteniendo esto los 25 primeros minutos porque si no, no hay obra. Y no hay obra porque tiene que haber ese riesgo, tienes que decir: pero qué pasa aquí, qué es esto.
P. ¿Han visto alguna función las personas que estaban en el grupo de terapia al que asistió durante meses para documentarse?
R. Sí, vinieron 30 personas al ensayo general. Estaban todos llorando a moco tendido y [se pusieron] de pie los primeros. Ha sido lo más emocionante que he vivido. Me ayudaron mucho con el tema de la intoxicación y yo iba muy protegida porque sabía que todas estas cosas no me las estoy inventando. También hay algo de tener ensayos peligrosos para luego poder hacer una representación segura que me parece muy bueno porque, si no, no habríamos llegado ahí. Me mandaron un ramo de flores el día del estreno en el que me decían: gracias por representarnos a todos. Y yo empecé a llorar. Lo más bonito ha sido eso, la verdad.

La protagonista acude a sesiones de terapia contra la adicción. / Cedida
P. Es cierto que toda la obra gira en torno al consumo problemático de drogas, pero creo que Macmillan está hablando, sobre todo, del daño y el dolor que nos provoca el mundo en que vivimos y cómo sobrellevar todo eso
R. He leído otras obras suyas y creo que él tiene un tema muy grande con su madre, pero sobre todo con el suicidio, con quitarse de en medio, con salirse del mundo. La droga, y eso me lo han repetido mucho en los grupos, es un síntoma, el problema viene cuando empieza a tener consecuencias negativas en tu vida, pero la cosa es qué hacer para sobrevivir en este mundo en el que estamos y todos buscamos la manera. No es aleatorio que España sea el país donde más benzodiacepinas se consumen y yo creo que Emma también tiene un problema con eso, hay algo de anestesiarse porque si no, no sabemos cómo estar. Evidentemente no hay una negación del placer que te dan las drogas porque eso sería tratar a la gente de estúpida y esto no se divide en buenos y malos, los que se salvan y los que no, los que saben y los que no, los que son responsables y los que no. Todo eso no me interesa nada. Billie Holiday, que también tuvo un consumo problemático muy grande con las drogas decía, sí, sí, son maravillosas, el placer es imposible negarlo, pero el problema es lo que viene después, cuando te pasas. De hecho, la función termina con un por qué, por qué nos hacemos daño, y nos hacemos daño porque el mundo es profundamente hostil y nos sentimos muy solos. La obra habla de una intoxicación con el mundo, de cómo está la sociedad y de cómo a mi personaje le afecta toda esa hostilidad. Y al final todo es una búsqueda del amor, Emma busca que alguien se sienta orgullosa de ella, alguien que la ame y que le dé un sentido a estar aquí. El primer terapeuta al que le di este texto, que ha vivido muchos casos de personas con adicción, me dijo que lo único que realmente puede salvar a una persona que está en ese estado es el amor.
P. Un amor que aquí se traduce en la escucha
R. Exactamente. Y eso es lo que pasa en los grupos y lo que pasa en el teatro, es lo que pasa no en todos, pero sí en muchos procesos creativos, que para mí también ha sido una tabla de salvación. Ese paralelismo entre los grupos de terapia y los grupos de ensayos, los grupos y las familias que armamos, son espacios donde uno se siente a salvo, escuchado y sostenido. Hay algo ahí que tiene que ver con sostenerle la mirada al otro. Cuando tú entras en un grupo de estos ves a gente normal, con profesiones normales, que se sienta en ese círculo y se transforman en gente que deja el móvil, que no está a otra cosa, que está mirando a otra persona a los ojos, algo que ya casi no ocurre en la vida. Y, además, ahí no pueden mentir. Yo viví una reunión increíble donde vino por primera vez una persona y empezó a hablar y de pronto uno de ellos levantó la mano y dijo: mira, creo que nos estás mintiendo y aquí no te hace falta porque lo vamos a saber, a nosotros no nos tienes que mentir porque te entendemos y porque hacemos lo mismo que tú. Y ella se puso a llorar y empezó a contar la historia de verdad.
P. Hay algo en esta obra que tiene que ver también con el desvalimiento y la orfandad que aparecen cuando esos grupos se disuelven, ya sea tras una terapia o después de hacer una película o una obra de teatro
R. Totalmente. Yo empecé muy joven y de pronto encontraba familias todo el rato, una familia aquí, otra allí, y eso se acababa y mantenías vínculos con la gente, pero esa sensación de acogimiento dejaba de existir y tenías que volver a aprender otra vez cómo era tu vida. Tú no sabes la cantidad de años que han pasado hasta que he podido entender esto. Aún me cuesta a veces. Ella busca un cobijo, un sostén, y creo que esta obra también habla de esta sociedad en la que estamos donde todo tiene que ver con la compulsión loquísima que nos han metido por todos lados.
P. Macmillan establece un paralelismo entre las drogas y la actuación, como si compartieran una adicción similar que no tengo muy claro si es más literaria que real
R. Es real. Tiene que ver con la dopamina, la adrenalina y el cortisol que se te suben a lugares que no te puedo explicar porque es completamente físico y genera un enganche muy grande. Es muy difícil bajarse y salirse de ahí y hay un síndrome de abstinencia también muy fuerte. No es ninguna bromita o idealización, no, el nivel de chute que te sube cuando sabes que te quedan dos horas y pico por delante, con 800 personas en el teatro, esa especie de electricidad colectiva… Lo que a mí me pasa es como si me hubiera metido algo, como un pico de felicidad.
P. En la última escena de la obra, cuando Emma vuelve a casa de sus padres, pensé que esa primera acotación de Macmillan, "vemos lo que ella ve”, había estado vigente durante toda la historia y que todo ha sido una representación desde el principio, lo que hace de la obra un ejercicio metateatral brillante
R. Yo también creo que está todo dentro de su cabeza. Muchas veces he pensado que el final, ese momento con sus padres, es lo único que es real, pero no lo sé. Lo que sí creo es que tiene que ver con que ella todavía no se ha recuperado y no ha terminado de ser sincera en ese grupo. Y eso es muy real porque solamente tres de cada 10 personas que tienen un consumo problemático van a salir de ahí. Yo muchas veces pensaba, pero ¿esto cómo acaba? ¿Cómo le das a esto un final si no lo hay? Pero hay algo en ese monólogo final de reconocer que quizás solamente estar vivo, estar aquí y las cosas más pequeñas… Pero tengo muchas dudas, siempre pienso que va a recaer, no creo que sea un final feliz.
P. Quizá la clave esté en el personaje de Claudia Faci, vestida durante toda la función como si fuera la Irina Arkadina de La gaviota, de Chéjov, como si ella simbolizara la actuación en sí, como si fuera la señal de que todo ha sido teatro
R. Totalmente, me encanta. Yo a veces pienso que Claudia Faci es mi personaje de mayor, son pequeños símbolos que ha ido dejando todo el equipo, eso que yo intuía que podían hacer Pablo Messiez, Carlos Marquerie, Max Glaenzel y Silvia Delagneau, darle este vuelo de capas meta que yo sentía que tenía el texto.
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