QUÉ FUE DE
Ana Curra, la estrella punk y ex Pegamoide a la que le propusieron ser ‘la Madonna española’
La artista conducía el coche en el que su novio Eduardo Benavente perdió la vida en primavera del 83. Tras años de lutos y adicciones, vuelve a estar en el candelero

Ana Curra, en una foto de archivo. / Cedida
Con solo 21 años, Eduardo Benavente contaba ya con una trayectoria profesional intensa. Después de pasar por un par de bandas de vida efímera y poca trascendencia se convirtió en batería de Alaska y los Pegamoides, que al poco publicarían su primer single con Hispavox y triunfarían en las listas de éxitos. Ennoviado con la teclista del grupo, Ana Curra, acabó montando una banda paralela, Parálisis Permanente, dedicada al post-punk. Aquella, tras la disolución de Alaska y Los Pegamoides en 1982, entró a formar parte de ese segundo grupo que editó un LP titulado El acto y consagró a su novio como uno de los nombres de referencia de la Movida madrileña. Pero los planes de la pareja se vieron truncados en mayo de 1983, cuando una tormenta les sorprendió mientras se dirigían juntos a Zaragoza, camino de un bolo, y el Seat Ronda en el que viajaban, conducido por Curra, se salió de la carretera en una curva y dio varias vueltas de campana. Ella resultó herida, pero Eduardo, que en el momento del choque iba medio dormido en el asiento del copiloto y salió disparado a través del parabrisas, falleció mientras lo trasladaban al hospital.
Al dolor de la pérdida de su chico se sumó la actitud de la familia del músico, que llegó a denunciar a Curra al considerarla responsable de lo sucedido. "Nosotros llevábamos un coche de alquiler y teníamos un seguro", ha contado al respecto. "Dijeron que la aseguradora había quebrado y que había que acudir al fondo de garantía. La familia de Eduardo fue a por mí para poder cobrar la indemnización. Aquello me pareció una traición y una falsedad. Eso es algo que me destrozó", contó en una entrevista en la que también apuntó que el sufrimiento emocional que padeció en esa época la empujó a engancharse a la heroína. "Entre que yo seguía sin estar bien, ya no me quedaban muchas fuerzas para seguir tirando del carro y que, para entonces, ya estábamos todos bastante metidos en las drogas, se terminó. Las drogas eran la única forma de anestesiar los dolores de cada uno y todos arrastrábamos la misma problemática".
Aquel duro acontecimiento marcó un antes y un después en la vida de una mujer que ya entonces tenía una biografía digna de biopic. Nacida en San Lorenzo de El Escorial (Madrid) en 1958, de pequeña estudió piano clásico y en la adolescencia se enamoró de un estudiante de Derecho que acabaría siendo su perdición. "Yo, una chica del pueblo normal y corriente, tan jovencita, yendo a un colegio de monjas, estaba encantada de que un chico mayor, y tan guapo, se hubiera fijado en mí", ha contado. "Pero con el tiempo empecé a sufrir abusos por su parte, me amedrentaba con aislarme de las amigas, no me dejaba salir con nadie, quería que dejara el piano, me fue anulando... Una vez hasta me partió la nariz porque había levantado la mirada del suelo [...] Estaba atemorizada, le tenía mucho miedo, estaba totalmente controlada por él, y encima yo daba por hecho que eso era lo normal". A los 15 años, tras ser violada por aquel, viajó a Londres para abortar, y el viaje fue su primer contacto con el punk. A su vuelta se instaló en la capital española, donde por las mañanas estudiaba Farmacia (hizo hasta cuarto en la Complutense) y por la tardes salía por bares de la movida madrileña como el Penta.
Un día que paseaba por el Rastro quedó cautivada por las pintas de tres muchachos que estaban vendiendo allí discos y fanzines. Se trataba de Alaska, Carlos Berlanga y Nacho Canut, que ya entonces integraban un grupo punk llamado Kaka de Luxe, embrión de Alaska y los Pegamoides. Y no mucho después, durante un concierto de los Zombies en una sala madrileña, Berlanga se acercó a ella para ficharla como teclista de su banda. "Venía con una formación clásica que me ha abierto unos mundos increíbles, pero que también me había castrado al ser tan purista y rigurosa", contó ella al respecto. “A mí me sorprendió mucho que toda esa gente, sin tener ni puta idea, se subiera a un escenario y tocara. Para mí fue un choque, sí, pero lo envidiaba, lo admiraba, enseguida fui consciente del valor de lo que estaban haciendo [...] El ambiente que se respiraba en el grupo era de pura diversión, de estar viviendo el momento a tope sin darle importancia a nada más". Con Pegamoides, Curra conoció el éxito comercial, se embarcó en giras extenuantes e incluso puso a prueba su capacidad para componer temas —suya es la canción Quiero ser santa—.
También fue entonces cuando se enamoró hasta las trancas de Benavente, quien al decir de ella la ayudó a ganar confianza en sí misma y fue quien la animó a crear otro grupo, Seres Vacíos, que durante unos meses coexistió con Pegamoides y Parálisis Permanente. Después de perder a su amado, nuestra protagonista pasó un tiempo alejada de la música y luego emprendió su carrera en solitario, esta vez con un sonido algo más comercial. Su discográfica, Hispavox, quiso lanzarla como la Madonna española, pero ella nunca estuvo por la labor de venderse. "Aun siendo coetánea mía, no veía que tuviera nada que ver con ella, además no me gustaba nada. Quizá luego con el tiempo sí he valorado que es una artista que ha ido aprendiendo, una mujer que se ha hecho a sí misma y siempre ha sido muy trabajadora... pero también muy ambiciosa y eso, por ejemplo, yo no lo he sido nunca". En aquellos años, Curra no se mordía la lengua a la hora de opinar públicamente sobre otros artistas. O sobre los abusos de las discográficas, lo que molestó bastante a su sello, con el que dejó de trabajar al poco tiempo.
Alrededor de la misma época comenzó un romance con el fotógrafo Alberto García-Alix, que la eligió como musa para varias de sus grandes imágenes, y compaginó al leonés con el poeta madrileño Ángel Álvarez Caballero, El Ángel, con quien grabó el disco Polvo de Ángel. Pero El Ángel murió de sida en 1994 y, a raíz de este nuevo varapalo, la artista volvió a anestesiar su sufrimiento con la heroína. Durante un tiempo trató de reinventarse, llegando incluso a organizar festivales de poesía, y luego pasó una década alejada voluntariamente de los focos. Por suerte nunca dependió de los escenarios para poder llenar la nevera de su casa en la madrileña zona de Goya. Después de acabar su carrera de piano, Curra había conseguido una plaza como profesora en el Conservatorio de El Escorial, donde durante décadas dio clases a niños y jóvenes. Ahora, al borde de los 67 años, acaba de estrenar jubilación. "Doy gracias todos los días por levantarme, sentir que estoy viva y que tengo ganas", ha confesado recientemente a la revista Icon. "No hay cosa que más terror me dé que una depresión, una falta de ilusión o que me falte la chispa de la vida; teniendo eso ya tienes el noventa por ciento de todo. Al final es tener salud, y eso es lo importante. Por otro lado, esa urgencia de vivir forma parte de mi carácter".
De donde no se ha jubilado, ni tampoco parece que tenga intención de hacerlo, es de la música. En estos últimos años ha seguido ofreciendo conciertos, incluso rescatando en directo El acto, el único disco grabado con Parálisis Permanente, y también haciendo canciones como Hiel, dedicada a los muertos por el covid o la recién estrenada Activista de la idiotez, que aborda el tema de Gaza. "Para mí sería un desgaste convertirme en una persona lerda y lela que no se inmuta por nada. No me queda más remedio que conmoverme, incluso exigirme a mí misma cuando veo que entro en una ínfima posibilidad de aburguesamiento, de conformismo o de acostumbrarme a este tipo de cosas, dándome una bofetada y movilizándome", ha dicho la cantante, que a principios de 2026 publicará un disco homenaje a Parálisis Permanente que llevará por título Ana Curra y los 13 Apóstoles.
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