COLOMBICULTURA
Aún hay palomas mensajeras en Madrid y vuelan más de 1.000 kilómetros sin descanso: "Volverán al ejército más pronto que tarde"
Fernando Martínez tiene 150 ejemplares en su casa y es el presidente del Club Fondo Madrid, una de las seis agrupaciones colombófilas que quedan en la capital

Fernando Martínez tiene 150 de estas aves en su casa y es el presidente del Club Fondo Madrid. / DAVID RAW

El vecino de arriba tiene decenas de palomas dentro de casa. ¿Se imagina? Es la realidad de algunos madrileños pues, a día de hoy, existen, al menos, 160 palomares ubicados en viviendas de quienes practican la colombofilia. Se trata de adiestrar a estos animales para que sean capaces de regresar al lugar donde nacieron desde cualquier parte del mundo. “Ahora tengo 150. Las conozco a todas, sé su carácter y cómo es su forma física”, dice Fernando Martínez (79), presidente de Club Fondo Madrid, una de las seis agrupaciones deportivas que resisten en la capital. Nació en Las Palmas de Gran Canaria, lugar de España donde hoy se concentra la mayor parte de aficionados, y participa en competiciones regionales, nacionales e internacionales: “Llegamos a soltarlas en medio del océano, a 1.300 kilómetros del palomar. Sólo llegan unas pocas, la élite. El resto se pierden, se topan con cables eléctricos o son víctimas de las aves rapaces. De cada 100 pichones que crió al año, a lo mejor llegan al final de la temporada 10 de ellos”. Cuando llega el momento de competir, Martínez las transporta desde su casa al club en transportines donde, tras chequearlas, vuelven a introducirlas en cajas: “Las precintamos y llevamos al punto de suelta”
Con apenas siete años, vio cómo su hermano mayor se hacía con su primera paloma. “Lo viví desde el primer momento de mi infancia porque en Canarias hay mucha afición, siempre la ha habido, desde que las soltaban en el Sáhara español. En nuestro barrio había siete palomares, todos organizados por niños. Competíamos entre nosotros. No teníamos coche, así que las transportábamos en cestas hasta la Federación para que las examinaran antes de competir”, recuerda. A los 17 años, Fernando se mudó a Córdoba para estudiar veterinaria y la colombofilia pasó a un segundo plano: “Me distancié de Las Palmas, aunque seguía teniendo mis animales allí”. Una década después y tras aterrizar en la capital para realizar su tésis doctoral, retomó lo que había dejado tiempo atrás: “Alquilé una casa y, en ese ático, instalé un pequeño palomar, desconocido para la vecindad. Lo tenía reconocido por el ejército ya en Canarias, así que solo tuve que presentar el documento. Así me inicié en la estructura madrileña y conocí a mis contrincantes deportivos”. Su primera andadura en uno de estos clubes no fue satisfactoria y, tiempo después, fundó la agrupación de la que hoy es presidente, junto a otros cuatro entusiastas, especializada en la suelta de fondo.

Existen cuatro tipos de competiciones: velocidad, semifondo, fondo y gran fondo, con vuelos de hasta 1.300 kilómetros. / DAVID RAW

Un portamensajes atado a la pata de una de las palomas de Fernando, momentos antes de soltarla. / DAVID RAW
La colombofilia contempla cuatro tipos de competiciones: velocidad, en las que las palomas recorren entre 200 y 300 kilómetros; semifondo, entre 300 y 500 kilómetros; fondo, de 500 a 900 kilómetros; y gran fondo, con vuelos de hasta 1.300 kilómetros. “Hay campeonatos internacionales donde se sueltan 30.000 palomas en algún punto de Europa, normalmente en mar abierto. Cada ejemplar debe regresar a su casa”, explica. Sus estudios en veterinaria, dice, le han permitido entender mejor este deporte, así como el proceso de aprendizaje de estas aves: “Tienen la capacidad de volver al palomar deportivo, desde el punto de suelta. La tierra posee un magnetismo y este pájaro cuenta con un receptor del mismo en su oído medio, llamado magnetosoma. Se trata de un corpúsculo magnético en el soma de las células y les permite orientarse. También lo hacen algunos peces, como atunes o caballas, que migran de un sitio a otro”. Como colombófilo, Martínez ha ido seleccionando a los mejores para cada tipo de carrera: “A través del cruce, mejoramos la raza. Debemos tener una genética aprobada”.
160 colombófilos en Madrid
Cada día, estas palomas vuelan entre 30 y 45 minutos. Después, todas regresan. Cuando da comienzo la campaña, en el mes de febrero, las sueltas individuales comienzan. Cada día desde un punto más lejano que el anterior. “Vamos anotando cómo llegan, cuánto tardan, los kilómetros que son capaces de recorrer sin perder la orientación, etcétera. En condiciones favorables, una paloma puede llegar a volar 1.000 kilómetros seguidos. No es lo mismo que tenga el viento en contra, que entonces sólo alcanza 800 metros por minuto, a que tenga el viento de cola, que viene como un obús a 1.600 metros por minuto”, sostiene. El canario cree esencial la separación por sexos durante los meses de entrenamiento, especialmente cuando se trata de palomas jóvenes: “A partir del primer año de vida, desarrollan su actividad sexual. Es interesante unir un macho y una hembra justo antes de competir, bien para reproducirlas o simplemente para motivarlas a la hora de regresar”. Este deporte es un proceso de selección en sí mismo que, según el colombófilo, cumple todas las medidas de bienestar animal. “Los animalistas no tienen nada que reprocharnos. Aquí las palomas están cuidadas. Si alguna no funciona, la dejo reposar un año. Hay que permitirles desarrollar sus capacidades y siempre intentar que vuelvan”, suma.

Fernando alimenta a sus animales a base de grano y grit, partículas arenosas que permiten triturar los alimentos. / DAVID RAW

Fernando asegura que "los animalistas no tienen nada que reprocharnos, pues aquí las palomas están cuidadas". / DAVID RAW
La Federación Colombófila de Madrid, incluida a su vez en la Real Federación Colombófila Española, controla los seis clubes y sus más de 160 palomares en la capital. “Cada vez somos más. En 1979, cuando empecé en Madrid, éramos 35 en toda la Comunidad. Y a día de hoy somos más de 160. El 60% son extranjeros, rumanos en su mayoría. El impulso de la colombofilia aquí ha sido gracias a ellos, que tiene allí una afición enorme. Hay alguna mujer, pero el porcentaje es mínimo, al igual que ocurre con los jóvenes. Es complicado, ya que hay que tener una sensibilidad y una pasión innatas. Tiene sus intríngulis. Quien quiera unirse debe instalar un palomar en su casa, así que se limitan las posibilidades, ya que en zonas urbanas hay quienes no entienden la existencia de estos”, relata. Fernando alimenta a sus animales a base de grano y grit, partículas arenosas que permiten triturar los alimentos. Y si algún ejemplar se pierde durante alguno de los entrenamientos, lo “más normal” es que a los pocos días aparezca de nuevo en casa. “La gente se da cuenta de que no es callejera porque va anillada y la entregan a un colombófilo. Sabemos dónde está censada cada una”, insiste.
Una práctica ancestral
En Canarias, su tierra natal, surgieron las dos primeras sociedades fundadoras, en Tenerife y Las Palmas: “Desde siempre se han volado palomas de una isla a otra. Incluso los pescadores que iban al Sáhara las enviaban con mensajes para sus familias. Eran 300 kilómetros que este ave hacía con facilidad”. La colombofilia, dice, se remonta a la época de los egipcios, que la usaban cuando aumentaba el caudal del Nilo: “Soltaban una y en menos de una hora llegaba a El Cairo. Por carretera tardaban un día entero en llegar. Hay indicios de que la paloma mensajera fue una herramienta de comunicación en esta cultura. Luego vinieron los persas, romanos y árabes, que continuaron con esta costumbre en el Mediterráneo. Aunque la federación nacional se fundó en 1894, el primer palomar militar tuvo lugar en Guadalajara, en 1876. Además, en España, los primeros palomares particulares estaban en la zona del levante, de Barcelona a Almería, por la cercanía con puertos y conexiones: “Entonces, Alfonso XII modernizó el ejército e incluyó la telegrafía alada dentro de su estructura de comunicación. La Real Federación estuvo directamente entroncada con la milicia y debíamos estar a su disposición”.

El 60% de los colombófilos en Madrid son extranjeros, la mayoría de origen rumano. / DAVID RAW

Una anilla con geolocalizador en la pata de una de las palomas mensajeras de Club Fondo Madrid. / DAVID RAW
El país distribuyó sus palomares por todo el territorio y los mensajes se transmitían de paloma a paloma en un tiempo récord. Tarifa, Córdoba, Oviedo, Jaca, Badajoz, Valladolid y Tetuán se convirtieron en puntos estratégicos: “En la Guerra Civil, las conexiones entre las vanguardias y las retaguardias del ejército se comunicaban así. Había palomares móviles que tenían una especie de transmisión por campos magnéticos. Para un soldado, 20 kilómetros era un mundo, pero para ellas era un paseo. En la Primera Guerra Mundial también, estos pájaros fueron la principal herramienta comunicativa. En definitiva, el hombre, a través de la historia, se ha reunido con sus iguales para competir y enfrentarse. Con los móviles, la colombofilia ha dejado de ser algo funcional, aunque más pronto que tarde, volverán al ejército. Ahora es algo meramente deportivo”.
Hasta el año 2010, dice, la tutela militar se mantuvo. Desde entonces la disciplina quedó huérfana y, al ser un deporte, pertenece al Consejo Superior de Deportes, del Ministerio de Cultura. A ojos de Fernando, los colombófilos como él tienen la obligación de “mantener la pureza de la paloma mensajera”. Su supervivencia, dice, no depende de estructuras administrativas, sino del conjunto de aficionados que, como él, crían cientos de pichones al año: “Somos conscientes de que tenemos un animal en la mano, que no se preocupe nadie”.