LUCHA CONTRA EL ACOSO ESCOLAR
Cuando el recreo es un infierno: policías municipales enseñan a los niños cómo detectar y frenar la lacra del acoso escolar
La Policía Municipal lleva a cabo una serie de actividades en los colegios madrileños para visibilizar la lucha contra el acoso y movilizar a toda la comunidad escolar

Marta Muñoz y Santi Vallejo, agentes tutores de la Policía Municipal, en charla sobre 'bullying' en el colegio Montpellier. / Alba Vigaray / t

Al principio, cuando entran, lo hacen animados, hablando unos con otros entre cierto bullicio. La presencia de dos policías uniformados impone, pero no lo suficiente para acallar las charlas y cuchicheos del cerca de medio centenar de niños y niñas que va llenando la sala. Primero los de una clase, seguidos de la siguiente, y se van sentando en los taburetes y mesas altas hasta aborrator la mitad del amplio laboratorio del colegio Montpellier, en el Barrio de la Concepción. Tienen entre 10 y 11 años, y en sus voces y expresiones se mezcla el inevitable alboroto que siempre provoca saltarse una clase y la seriedad del tema de la charla que están a punto de recibir: el acoso escolar.
Los dos policías de uniforme son Marta Muñoz y Santi Vallejo, agentes tutores de la Policía Municipal de Madrid, especializados en menores, asignados a la Sección de Convivencia y Prevención. Entre sus múltiples cometidos se encuentran estos talleres que ofrecen en los centros escolares que lo solicitan para ayudar a concienciar y aportar herramientas contra el bullying a alumnos, padres y docentes. "Necesitamos vuestra ayuda", es el mensaje principal que quieren que cale allá donde van, para ponerle freno a esta lacra todavía tristemente muy presente en las aulas pese a los años de lucha y el 'Me too' contra el bullying despertado por el reciente suicidio de Sandra Peña.
Cuando empieza la presentación, los niños dejan de hablar, y ya no vuelven a hacerlo salvo para responder a las preguntas que les plantean los agentes. La primera, directo al grano, es: "¿Qué es el acoso?". Tímidamente, algunas manos aventuran una respuesta: "Es cuando un niño o niña se siente mal por algo que le ha hecho otro", apunta Dani; "es cuando un niño o más niños o niñas le hacen algo malo a otro todos los días", añade Vega, condensando entre ambos algunas de las claves del acoso: un maltrato deliberado, continuado en el tiempo y en el que se produce una situación de inferioridad por parte de la víctima.
El bullying, completa Santi valiéndose de las palabras de otro niño de una charla anterior, implica "machacar a alguien todo el tiempo hasta hacerle sentir tan pequeño que no tiene fuerzas ni para pedir ayuda". Es que un niño o niña llore y tiemble los domingos por el pavor de volver al colegio al día siguiente, que psicomatice el miedo hasta el punto de sentirse mal físicamente. Hacerse muy, muy pequeño queriendo desaparecer sin poder. Entre vídeos, diapositivas y breves explicaciones, los dos agentes invitan a todos los presentes a reflexionar, a poner una balanza todo ese daño frente a la retribución efímera de quienes lo causan: "unas risas", tan solo. Tan poco.
Pero también de quienes, con su aquiescencia o su silencio, se convierten en cómplices necesarios. "No os vamos a pedir que lo impidáis, pero sí que os impliquéis, que seáis valientes y lo contéis", les retan los agentes. Y es que, actuar ante el acoso supone ayudar a dos personas, quien lo sufre y quien lo provoca, tratan de inculcarles, reforzando la idea de que la violencia casi siempre nace también del sufrimiento: "Una persona feliz no ataca", repiten en más de una ocasión. Para contrarrestar esta espiral, les hablan de la importancia de aprender a comunicar sus sentimientos, a compartir la mochila emocional antes de que se convierta en una carga demasiado pesada. Y, sobre todo, de cuidar y proteger la autoestima.

Un momento de la charla en el laboratorio del centro. / Alba Vigaray / t
Para ponerlo en práctica, proponen a todos los presentes un ejercicio: que cierren los ojos y, en la intimidad de sus cabezas, le pongan una nota del 1 al 10 a cuánto se quieren. "Si te has puesto menos de un 8,5, tienes que hablarlo con tus padres y con tus amigos", sentencia Santi, pues, como dicta el tópico, tan manido como cierto, para poder querer bien a los demás, primero hay que quererse a uno mismo. "Tenemos que aprender a tratarnos bien" - a los demás y a nosotros-, "pues cuesta lo mismo, pero resulta mucho más gratificante", resume Marta. La charla concluye con un vídeo que refleja cómo pequeños actos de bondad cotidiana desinteresada contribuyen a vivir una vida mejor, propia y ajena, que los casi medio centenar de niños presentes en el laboratorio ven sin pestañear, ya ninguno alborotado, pero la mayoría emocionados.
"Lo mejor de esto es ver sus caras al final", admiten los dos policías municipales tras la presentación. "Si conseguimos conectar emocionalmente con ellos y que les llegue el mensaje, aunque sea durante un tiempo, ya merece la pena", explican. Sucede con cierta frecuencia, cuentan, que durante las presentaciones, algún niño o niña, víctima de acoso, se derrumba y se echa a llorar. "Una vez, una niña se acercó a mí al acabar y me dio un abrazo delante de toda su clase, dándome las gracias", recuerda Santi, "es muy gratificante y mola".
Las charlas con los alumnos son solo una parte de la labor que llevan a cabo los agentes tutores, creados en enero de 2002 en una iniciativa pionera a nivel nacional. También celebran encuentros con los padres, a quienes buscan implicar y acompañar en la lucha contra esta problemática, y con los profesores, quienes "hacen un trabajo increíble día a día, casi siempre mucho más allá de sus trabajos y sus responsabilidades", recalcan. Volviendo a los niños, con ellos establecen también un sistema de mediadores, seleccionados por el resto de compañeros, que tienen la misión de lidiar de forma autónoma conflictos que puedan surgir en las aulas antes de que deriven en situaciones más problemáticas.
"Entendemos que el 'adultismo' ahí no funciona", apunta Marta, y que "si los niños y niñas quieren solucionar sus problemas y sus propios compañeros les ayudan, tenemos mucho terreno ganado". Para ello, se les da a los escogidos formación específica durante cuatro sesiones, se les ofrece un espacio donde ejercer la mediación y una vez al año se revisan los casos trabajados. Al principio cuesta, como pasa siempre con las novedades, pero "estamos convencidos de que a la larga esto funciona", aseveran los agentes.
Todo ello forma parte del programa 'Zonas libres de acoso', que persigue dos grandes metas: visibilizar la lucha contra el acoso y movilizar a toda la comunidad escolar para que se oponga activamente a él. Una vez que los colegios solicitan formar parte, los agentes tutores se reúnen con la dirección, analizan la realidad del centro y pactan un plan de actuación a medida que se evalúa periódicamente. Cuando se constata que el colegio ha implantado y mantiene de forma efectiva estas medidas, la Policía Municipal lo declara oficialmente 'Zona Libre de Acoso', entregándole un diploma acreditativo que se revisa cada dos años.
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