TEATRO
Pablo Remón estrena en el CDN 'El entusiasmo', una obra sobre el desencanto de su generación y la crisis de la mediana edad
El autor y director narra la búsqueda del entusiasmo perdido de quienes nacieron en los 70, con Francesco Carril al frente del reparto

Marina Salas, Natalia Hernández y Raúl Prieto, en 'El estusiasmo'. / GERALDINE LELOUTRE
Está justo en ese momento de la vida en el que le parece un planazo asar chuletones, chorizos, hamburguesas, alcachofas o puerros en la barbacoa que ha descubierto en las zonas comunes de la urbanización de Sanchinarro en la que vive. Ese momento en el que ha decidido tener una amante a la que pone música de John Maus y habla de Hegel mientras piensa que, tal vez, debería hacerse un tatuaje o ponerse un pendiente de aro en la oreja o comprarse una moto eléctrica de color naranja. Se llama Toni y está en casa de su hermano, borracho, y se acuerda de cuando su padre los llevaba al Mediamarkt los sábados por la mañana a comprar una lavadora y él leía El proceso, de Kafka, porque él era un adolescente atento a lo sensible y a la historia de la literatura universal, no a las comparativas de potencias y centrifugados. Toni le habla a su hermano de su mujer, de su amante, de la novela que quiere escribir y no escribe y de las ganas que tiene de salirse de su vida. Y se fuma un porro en la terraza de su hermano y allí, de madrugada, aparece en el cielo una avioneta como aquellas que sobrevolaban la playa soltando balones de Nivea cuando eran críos, una avioneta con un cartel al viento en el que Toni lee: "Te están estafando".
Y Toni se quedará mirando el cartel y se acordará otra vez de su padre, al que no quiere parecerse ni muerto, de cuando se fueron de crucero por las islas griegas y el último día, ese en el que se hacía una especie de fiesta de fin de curso, su padre cantó una jota, la Jota de los labradores, con sus subidas y bajadas, con su compás de tres por cuatro y su rima asonante, y Toni se recordará como un adolescente empequeñecido por el bochorno y la vergüenza que no supo distinguir el entusiasmo en su padre, ese brillo que él ya no tiene, que ha perdido, y que busca como un demente mientras escucha por las noches un tecleo compulsivo al otro lado del tabique de su dormitorio, como si alguien estuviera escribiendo su vida. Toni, al que da vida Francesco Carril, levantará los brazos y se quedará quieto mientras suena esa jota en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional en una de las imágenes más portentosas de esta obra llamada El entusiasmo, escrita y dirigida por Pablo Remón, que se estrena este viernes y en la que comparte escenario con Raúl Prieto, Natalia Hernández y Marina Salas.

Marina Salas, en escena. / GERALDINE LELOUTRE
Todo eso sucede en una puesta en escena con luces de David Picazo, vestuario de Ana López Cobos, sonido de Sandra Vicente y un espacio diseñado por Mónica Boromello hecho de aglomerado, ese material, dicen en una web de materiales de construcción, fabricado “a partir de residuos de carpintería que se trituran y aglomeran, materiales fáciles de trabajar, pero con una textura basta y porosa”. El mismo material, tal vez, del que está hecha la vida de cualquiera y también la de Toni, su hermano, su psiquiatra, su vecina, su amante, su mujer, sus dos hijos o su padre, personajes que interpretan los cuatro actores en ese otro escenario presente en la obra: el de la-crisis-de-la-mediana-edad, un marco que elige Remón para hablar, en el fondo, de la sensación de estafa que atraviesa a su generación, la de quienes crecieron en los años 70 y 80, la Generación X, aquellos que creyeron que tenían derecho a todo y han tenido que volver a casa de esos padres a los que no querían parecerse porque no pueden pagar el alquiler.
Autor y director de obras como La abducción de Luis Guzmán, El tratamiento, Sueños y visiones de Rodrigo Rato, Doña Rosita, anotada (Premio Nacional de Literatura Dramática), Barbados o Los farsantes, Pablo Remón (Madrid, 1977) firma una de sus obras menos cómicas y más ambiguas, con estructura de muñeca rusa y varias obras dentro de una sola, con escenas largas en las que el conflicto no es evidente, una especie de comedia de puertas con falsos finales y un humor amargo que no busca la carcajada. Dice que le ha costado nueve o diez meses escribir este texto, bastante más que otro anteriores y que en El entusiasmo flota algo de esa escritura chejoviana en la que se sumergió durante meses para escribir Vania x Vania, estrenada en 2024. Que aquí quería alejarse de lo que ya sabe que funciona y que El entusiasmo es una obra con personajes un poquito pirandellianos y en busca de autor, personajes que “quieren hacer cosas pero están condenados a repetir lo mismo, y esa es la sensación que puedes tener con determinada edad, cuando las opciones se limitan mucho y sientes que no puedes romper por ningún lado. ¿Cómo rompes?”. Personajes que parecen hablar entre ellos pero que solo monologan y dan vueltas sobre lo mismo, en bucle, y agotados muchas veces. “Es una obra un poco lavadora”, dice.
— ¿Una lavadora neurótica?
—Sí, mucho.
Mantén tus sueños ardiendo
Remón abre el montaje con aquella canción de Suicide que decía: "Come on baby, you gotta keep those dreams burnin’" ("Vamos nena, tienes que mantener esos sueños ardiendo") y de eso trata la obra, de un intento acelerado por recuperar el entusiasmo cuando ya no quedan ni las cenizas de aquellos sueños. “La obra está contando una historia de pareja pero no es solo eso, hay más cosas por debajo. Probablemente tiene más que ver con lo social, en un sentido generacional, y también con una crisis existencial”, explica a este diario en una conversación tras un ensayo general.

Panorámica de la escenografía de 'El entusiasmo', de Pablo Remón. / GERALDINE LELOUTRE
“Quizá nos prometieron que podíamos tenerlo todo, pero creo, además, que nuestra generación está entre dos mundos, por eso en la obra está tan presente la figura del padre. Un padre que no podría haber tenido una crisis generacional, por muchos motivos. Y, por otro lado, yo veo a las generaciones más jóvenes mucho más políticas, más concienciadas, con otras ideas respecto a la pareja, por ejemplo, pero nosotros, aunque queramos estar ahí, resulta un poco impostado porque llegamos tarde, sobre todo los hombres, porque nos han educado de una determinada manera y por mucho que quieras separarte de eso, no es automático, no es tan fácil. De ahí probablemente venga la sensación de estafa respecto a esa idea de que podemos hacer lo que queramos, tener la pareja que queramos y además ser padres y triunfar laboralmente. Esa es la estafa porque no nos da para la pareja, para la familia y para el trabajo. No nos da. Cuando tienes 30 años a lo mejor sí te lo crees, pero con 40 y pico eso empieza a ser más difícil de sostener”, explica el director.
Una sensación que, tal vez, asoma cuando uno empieza a sentirse en la cuerda floja o ve caer a sus amigos. “Y se caen porque pierden el trabajo y de repente su vida se vuelve precaria o se quieren separar pero no pueden porque no tienen dinero. Ese tipo de cosas, que vivo bastante, me perturban mucho y me pregunto si esto es nuevo para mí por el hecho de llegar a esta edad o si es algo nuevo generacionalmente”, dice Remón. A su lado, Francesco Carril, que ha trabajado en muchas de sus obras y que en escena suele asumir sutilmente el rol de su alter ego, cree que esa idea de estafa “también te lleva mucho a mirar al futuro, porque cuando te das cuenta dices: ¿Qué hago con esto ahora? ¿Cómo sigo? Te importa relativamente menos el pasado y te proyectas mucho en el futuro, y es bonito porque la obra no empieza con eso, sino que vas llegando ahí poco a poco y te dices: ¿Y si toda mi vida ha sido una equivocación? Y esa pregunta, que parece que está en pasado, también está mirando al futuro”.
Las réplicas a esa pregunta estarán en manos de los distintos personajes que interpretan en escena Natalia Hernández, Marina Salas y Raúl Prieto, que será el hijo, el hermano o el psicólogo de Toni. “Creo que, de alguna manera, esos personajes le van colocando un espejo y le muestran sus contradicciones o sus paranoias para que vea dónde se está estancando, cómo va dando vueltas y perdiéndose en un continuo... como si asistieran a Toni y le dijeran: ‘A ver, mírate, ¿crees que esto es normal?’. La dificultad es que no se desarrollan en sí mismos, sino que están al servicio del personaje de Francesco”. Prieto, que vive su primera vez con Remón, explica que “es muy bonito verle trabajar construyendo esas imágenes porque muchas veces, cuando estamos diciendo los textos, lo que hace es cerrar los ojos para ver si nuestra voz va construyendo la imagen que él tiene en su cabeza. Es como ver a un poeta con su imaginario”.

Raúl Prieto, en escena. / GERALDINE LELOUTRE
También a Raúl Prieto, nacido en 1976, le resuena esa idea de desencanto y sensación de estafa generacional que late en la obra: “Nos prometieron el oro y el moro y ha resultado ser mentira porque el capitalismo, al final, ha impuesto su realidad. Hemos sido herramientas de un sistema que está ahogando a la mayoría y son muy pocos los que están a flote. A lo mejor se ha empezado a destruir ese estado del bienestar con el que crecimos, estamos viendo que es muy difícil tener una vivienda digna y en muchas cosas hemos vuelto atrás, a pesar de estar mejor preparados que nunca. Hay unos pocos manejando el cotarro, privatizándolo todo, destruyendo el sistema que supuestamente nos iba a hacer felices y eso es una completa estafa”.
Francesco Carril añade que, en su caso, El entusiasmo es una obra que también le “ha atravesado mucho porque voy a cumplir 40 años en unos meses y lo siento como una edad importante, un momento en el que piensas que, de alguna manera, has conseguido ciertas cosas, en el que empiezas a hacer un poco de balance y a ver lo que te gustaría tener, lo que no has mirado o lo que has mirado menos, y también piensas en el futuro y dónde quieres ponerte tú. A Toni lo veo como un tipo que está en un limbo. A mí me gusta el concepto de limbo, ni en un lado ni en otro, y me gusta la sensación de estar atravesando un puente. Es decir, ¿a mí qué me ha pasado a veces con las crisis de edad? Cuando dices, joder, antes era una cosa y me he convertido en otra, pero no me he parado a mirar qué pasaba entre una y otra. Creo que él está ahí, en ese puente, dándose cuenta de lo que ha sido y hacia dónde va”.
En paz con la mediocridad
Natalia Hernández/Olivia es periodista en El País. Toni es profesor en la universidad y autor de un libro de relatos y de una novela que no acaba de escribir (aunque esto quizá no sea cierto). La pareja de El entusiasmo tiene estudios universitarios, ha leído a Hegel, a Derrida, a Spinoza, a Didi-Huberman o a Bukowski, gente que seguramente creyó que eran clase media y que cambiaron el estudio en Malasaña por un piso en un PAU a las afueras: “Esto es un agujero negro, un triángulo de las bermudas del que no se sale. De Sanchinarro no se sale vivo, Toni”, dirá ella.
“Hay algo ahí un poco diletante porque hablan de filosofía, pero no tienen ni puta idea, como yo, que puedo haber leído cuatro libros. O quieren escribir una novela porque parece que todo el mundo puede escribir. Son personajes que no están ni en un sitio ni en otro, esa bisagra generacional (entre la de sus padres y la de sus hijos) también es existencial. Es eso de no querer ser solo padre o solo lo que sea y necesitar una ambición que no se sabe muy bien de dónde sale ni por qué y que tiene que ver mucho con la autoexplotación o con algo que te ilusiona mucho en la vida. Ahí está la ambivalencia. Ese sueño de Toni de escribir una novela. ¿Eso qué es? ¿De dónde sale? No va a vivir de ser novelista… así que es más la ilusión o la posibilidad de otra vida que el objeto en sí. No es la novela, es la posibilidad de ser otro. Y tiene ver con todo eso que hemos leído, con esa especie de superioridad moral. La obra también está mirando eso”, explica Remón.

El reparto de 'El Entusiasmo', de Pablo Remón, en escena. / GERALDINE LELOUTRE
Al contrario que su generación, el director cree que “nuestros padres no tenían ningún conflicto con eso. Somos normales, tenemos vidas normales, pero a mí lo que me interesa es la cantidad de gente que no está en paz con eso, con una cierta mediocridad. Una vez le hicieron una entrevista a Juan Luis Arsuaga en El País y el titular era: La vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado. Fue lo más visto del periódico en meses. La gente se identifica mucho con eso y me parece interesante. Es como si hubiera un fantasma de otra vida rondándote, algo que no es real del todo, que te acompaña, pero según va pasando la vida se va volviendo más difícil sostener esa ficción porque la novela o lo que sea no existe… La realidad se va imponiendo y ahí es donde están los personajes de la obra”.
Entre ellos, también su padre, una presencia habitual en la escritura de Remón, pero con el que parece hablar en El entusiasmo más que en cualquiera de sus obras anteriores. En ese sábado viendo lavadoras en Mediamarkt o en esa jota aragonesa que canta en un crucero, Remón parece rendir homenaje a esa generación a la que quizá miraba por encima del hombro ese adolescente que leía a Kafka. “Mis abuelos eran analfabetos y mi padre no nació en la pobreza pero sí en un pueblo perdido, en una casa donde no hubo cuarto de baño durante más de 20 años. Eran los años 40 y trabajaban en el campo, pero a mi padre se le daba mal y le mandaron a estudiar. Acabó siendo ingeniero y en esa época, los años 60 y 70, cuando te sacabas esa carrera automáticamente empezabas a trabajar en el ministerio porque no había muchos ingenieros. Murió joven y en los últimos años de su vida había ido subiendo hasta el grado más alto y ganaba un cierto dinero, aunque tampoco tanto, y tenía chófer porque se pasaba el tiempo yendo de una obra a otra. Yo veía en él esa vergüenza de tener chófer y me recordaba mucho a lo que escribe Javier Cercas en Anatomía de un instante cuando dice: ‘No soy mejor que mi padre y ya no voy a serlo’. He pensado mucho en que a él no le dio tiempo a pasar de esos 25 años sin cuarto de baño a tener un chófer. Es un salto demasiado grande y yo notaba que no lo tenía colocado y no quería volver al pueblo, le daba vergüenza”.
***
Después de tantas palabras, alguien dirá que quiere prenderle fuego a todo. Que quiere romper cosas. Que haya consecuencias. Y en unas manos aparecerá una caja de cerillas y es posible que se refieran a ese lugar en el que los vasos no se rompen si los tiras contra la pared porque son de plástico, pero quizá no solo estén hablando del teatro.
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