LIBROS
'Villanueva 41': las tribulaciones de la colección de arte de Pedro Rico, el primer alcalde madrileño de la Segunda República
El Ministerio de Cultura detalla en un libro la odisea vivida por la colección incautada primero por la Junta de Patrimonio Artístico, apropiada después por el franquismo y devuelta recientemente en parte a sus legítimos propietarios

Un camión de la Junta Superior del Tesoro Artístico traslada un Goya de la iglesia de San Francisco el Grande para su protección durante la Guerra Civil. / Cedida
En 1969, Max Aub viajó —que no regresó— por primera vez a España desde el final de la Guerra Civil. Lo que vivió durante esas semanas fue relatado por el escritor en La gallina ciega. Diario español, un volumen de recuerdos en el que, entre otras cosas, refería sus esfuerzos por recuperar de los fondos de la Universidad de Valencia parte de su biblioteca. Los libros habían sido robados por los franquistas de su vivienda junto con otros bienes, como cuadros u objetos decorativos que, a esas alturas, lucían ya en casas de antiguos amigos o miembros del régimen. A esos sí que los tuvo que dar definitivamente por perdidos.
"Vamos a visitar al Rector. Me recibe cordialmente dentro de un contexto frío; normal. Accede en principio a que me me devuelvan mis libros. Pide que haga un escrito, con la lista. Quedamos de acuerdo. Volvemos a la Biblioteca. Bajo a ver los libros, organizo el trabajo. Mimín va a comprar unos cuadernos y empiezo a sacar volúmenes", recordaba Aub, consciente de que sería imposible recordar los seis o siete mil libros que conformaban su biblioteca y, al mismo tiempo, admirado cómo se había realizado el expolio. "La gran mayoría estaban en los estantes de la derecha de mi despacho. Los demás han desaparecido. Casi todo el teatro de la época, pero no las revistas. En cambio, a mi mayor sorpresa, intactas las cuarenta y cuatro cajas, en cuarto, que contienen mi colección de comedias sueltas del siglo XVI". Después de largas negociaciones, la Universidad aceptó reintegrarle los libros, a excepción de aquellos que no estuvieran en los fondos de la Biblioteca Universitaria. Una decisión que Aub no dejaba de calificar de curiosa aunque, concluía "estoy de acuerdo".
El caso de Aub es uno de los muchos que prueban cómo la apropiación y robo de bienes de los derrotados de la Guerra Civil fue un uso habitual durante la postguerra. Si bien se pretendió envolver el hecho con un artificio legal, como la creación de tribunales al efecto y diligencias que documentaban los bienes expoliados, lo cierto es que, en muchos casos, se trató de una vulgar rapiña.

Milicianos y militares republicanos posan con los camiones frente al Museo del Prado con piezas procedentes de la Real Armería. / Cedida
Aunque el régimen franquista argumentó —y el Ministerio de Cultura lo refrenda en su reciente publicación Villanueva 41— que desde mayo de 1939 se procedió a devolver a sus propietarios las obras incautadas, distribuyendo entre distintas instituciones culturales aquellas que no fueron reclamadas, el argumento resulta endeble, cuando no una burla para aquellos que, exiliados, encarcelados, represaliados o muertos, difícilmente podían reclamar su patrimonio, cuando ni siquiera disfrutaban del derecho de vivir seguros, en libertad y en paz en su propio país.
Fue en esas "distintas instituciones culturales" —frase que abarca desde almacenes, despachos de prebostes del régimen o salas de museos—, los lugares donde muchos de esos bienes "no reclamados" recibieron la llegada de la democracia. De hecho, más de cuatro décadas después, algunos de ellos continúan allí, a consecuencia de la desidia y dejadez de los diferentes gobiernos constitucionales que, en todo este tiempo, no han encontrado un momento, no ya para perseguir y castigar los crímenes cometidos durante la dictadura, sino para, sencillamente, reintegrar los bienes a sus legítimos propietarios.
El alcalde Rico
El 12 de abril de 1931 Pedro Rico fue elegido alcalde de Madrid. Dos días después, tras la huida de Alfonso XIII y su familia de España, sumó a su cargo el adjetivo de republicano, compartido con aquellos que ostentaron ese puesto durante la Primera República.
Nacido en Madrid en 1888 y formado en leyes en la Universidad Central de la capital, Rico fue militante republicano en diferentes formaciones. Entre ellas, el Grupo de Acción Republicana de Manuel Azaña, con el que compartía su condición de masón, organización en la que alcanzó el grado 33. Cosmopolita y castizo, Rico había viajado por diferentes países europeos, algunos tan alejados de la tradición cultural española como Letonia, Estonia, Finlandia, Suecia y Noruega, al tiempo que disfrutaba de la oferta de ocio local, compuesta por corridas de toros, veladas en los numerosos teatros de la capital y noches en los no menos abundantes bares y locales nocturnos.

Página interior de 'Villanueva 41'. / Yeyei Gómez
Durante su gobierno municipal, la capital experimentó grandes transformaciones. Por ejemplo, la recuperación de la Casa Campo para el pueblo, la construcción del Mercado de Olavide, la del Hipódromo de la Zarzuela, la inauguración del Museo Sorolla, la creación de comedores sociales, la construcción de nuevos colegios públicos, la concesión de becas escolares, la edificación de viviendas sociales, la mejora del transporte público y la obtención de un estatus legal especial para Madrid, que reconociera su condición de capital y los costes que ello suponía.
Tras perder la alcaldía en 1934 a consecuencia de las medidas represivas derivadas de la revolución de Asturias, Rico continuó su actividad política y en 1936, después de presentarse como diputado en las listas del Frente Popular, recuperó la alcaldía de la capital. No obstante, el estallido de la Guerra Civil hizo que su gestión ya no fuera tan exitosa como la desarrollada en tiempo de paz. De hecho, en una decisión impropia de su cargo, Rico decidió abandonar la ciudad cuando el gobierno republicano se trasladó a Valencia. Aunque los controles de carretera le impidieron continuar el camino, una vez de regreso en la ciudad, pidió refugio en la embajada de México, de la cual huyó oculto en el maletero de un coche a Valencia, antes de poner rumbo a Francia, donde llegó en 1937.
Pocos meses después, el 9 de junio de 1938, la Agrupación Socialista Madrileña se incautó de la vivienda de Pedro Rico, sita en la calle Villanueva, 41. Tras inventariar el contenido, se le hizo entrega a la Junta de Incautación —organismo constituido para preservar el patrimonio cultural amenazado por los bombardeos y el pillaje— de todo el archivo personal de Pedro Rico, de dos dibujos y de 23 pinturas que fueron enviados al depósito que la Junta tenía en el Museo Nacional del Prado.
Finalizada la guerra, las autoridades franquistas procedieron a devolver las obras incautadas a sus propietarios con esa discrecionalidad y arbitrariedad que caracteriza a toda dictadura. No obstante, en el caso de Rico, que además fue condenado en 1941 en rebeldía por su pertenencia a la masonería, las obras permanecieron en el depósito del Prado, de donde fueron robadas. Aunque en 1946 cuatro de las obras fueron recuperadas, ninguna de ellas fue restituida a su propietario. Tampoco a sus hijos. Tampoco a sus nietos que, en 2021, se vieron en la necesidad de iniciar un proceso judicial para que los cuadros les fueran devueltos.
Dar explicaciones
El pasado mes de junio, en un acto solemne celebrado en el Museo del Prado, Francisca y Pedro Rico recibieron siete de los 23 cuadros incautados a su abuelo en la Guerra Civil. Unos meses antes, en septiembre de 2024, el Ministerio de Cultura, a través de la Dirección General de Patrimonio Cultural y Bellas Artes, editó el libro Villanueva, 41, en el que se relatan las tribulaciones sufridas por las obras de Pedro Rico.
El trabajo, disponible en formato físico y descarga gratuita desde la web del ministerio, es, en cierta manera, una suerte de descargo institucional que busca explicar el porqué de la demora en la restitución de unos bienes sobre los que se llegó a afirmar que habían sido usucapidos por el Estado —adquisición de la propiedad de un bien después de poseerlo durante un determinado plazo de tiempo—, olvidando que el origen de dicha posesión a partir de 1939 no era pacífica sino fruto de un acto de rapiña y violencia institucional sostenida durante décadas.
"El proyecto Villanueva 41 surge de la voluntad de difundir el proyecto de investigación que se había emprendido desde la Dirección General de Patrimonio Cultural y Bellas Artes en relación con las incautaciones y la protección del patrimonio cultural durante la Guerra Civil española y sobre el caso de Pedro Rico en particular", comentan desde la propia Dirección general, al tiempo que puntualizan que, si bien toda esa información ya se había difundido a través de otro tipo de formatos, como exposiciones, congresos y ponencias, en esta ocasión se eligió un formato que combina el texto con historietas breves.
"El cómic y la ilustración permitían integrar de una forma orgánica los documentos de archivos en la historia y generar una publicación en la que el texto y las imágenes fueran de la mano para contar una investigación en la que había certezas, pero también hipótesis", explican desde la Dirección General, destacando cómo este lenguaje permitía llenar aquellos huecos que los documentos no explicaban, "pero sobre los que podíamos imaginar cómo fue o cómo podría haber pasado. En este sentido, las creaciones de Yeyei Gómez integran perfectamente los textos, las fotografías, los documentos y el cómic, al mismo tiempo que generan un producto en el que todo está imbricado y que se puede leer de muchas formas diferentes".

Página interior de 'Villanueva 41'. / Yeyei Gómez
"Conocía la historia de las incautaciones del Tesoro, el Salvamento del Prado y las investigaciones del profesor Arturo Colorado sobre las obras de Pedro Rico", recuerda Yeyei Gómez, que encontró especialmente atractivo el proyecto, tanto en lo que se refiere al contexto histórico como a las condiciones de trabajo. "El Ministerio me facilitaba todo el material de archivo y los textos, pero como el contenido del libro aún no estaba cerrado, teníamos la posibilidad de ir dándole forma a su estructura. En referencia a los cómics, me encargué del guion, de la selección de escenas y, luego, también dejaban en mi mano tanto la parte gráfica y todo el diseño editorial porque, aunque esté especializada en dibujo, mi formación inicial es de diseño gráfico".
Los buenos resultados de la experiencia han hecho que el Ministerio de Cultura haya seguido explorando este lenguaje. Ejemplo de ello es La puerta de la memoria, un trabajo de Carla Berrocal sobre los Archivos Estatales que, a diferencia de Villanueva 41, no es mixto, sino que apuesta completamente por el cómic.
"Cada proyecto es diferente, tiene unas necesidades diferentes y cada artista es elegido en función de esas necesidades. En el caso de Villanueva 41, los textos parten del propio equipo de la Dirección General, ya que son el fruto de una investigación coral y los textos de los cómics son aportados por Yeyei Gómez, a partir de documentos de prensa, archivo y otro tipo de fuentes. En el caso de La puerta de la memoria, Carla Berrocal visitó los diez archivos estatales y, tras entrevistar a sus directores y directoras y su personal, pudo sintetizar su contenido haciendo un ejercicio de cómic periodístico", explican desde la Dirección General, antes de confirmar que el cómic es "un formato que ha venido para quedarse".
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