TOROS
Morante: un torero mitológico
El genio sevillano se mostró como un originalísimo intérprete del toreo en Las Ventas a través de una obra de extraordinaria y de valiente factura menospreciada por el presidente Ignacio Sanjuán

Morante, exhausto tras su gran faena, se fuma un pitillo en la barrera de la plaza de toros de Las Ventas / Plaza 1
Volvamos a Morante. Siempre hay que volver a él como agua pura del manantial que beber. Pero resultó inadmisible que el presidente de la plaza de toros de Las Ventas, Ignacio Sanjuán Rodríguez, no concediera la oreja al genio sevillano el pasado miércoles en plena feria de San Isidro.
Y es que el resultado no pudo ser más deslumbrante. Morante había realizado su mejor faena en Madrid y se manifestó como un artista perfectamente granado, de una madurez creativa que le emparentaba directamente con algunos de los mejores toreros de la historia. ¿Cuándo volveremos a ver torear así?
Una obra de estas dimensiones y envergadura compositiva, que acometió con una factura plástica a través de la propia tensión atmosférica que proyectó su valor frente al ejemplar de Garcigrande, está fuera de todo marco. Incluso va más allá de cualquier despojo, presidente.

Ajustadísimo derechazo de Morante en la plaza de toros de Las Ventas / Plaza 1
Pero la imagen de Morante fumando un pitillo en el estribo de la barrera buscaba aislarse esforzadamente de esa incomprensión que había sufrido por parte de una persona (el presidente) frente a los 24.000 aficionados que abarrotaron los tendidos. Ese gesto de desahogo a través de sus caladas no era más que la extrema sumisión, la desmedida docilidad a una decisión tan insensata y grotesca por parte de Sanjuán y su capricho de intentar reducir la obra de Morante. En cualquier otra época, lo hubieran sacado en volandas de Las Ventas sin necesidad de pasear trofeos.
Con todo aquel sinvivir depresivo, sufriendo un sinuoso menoscabo de su capacidad creadora (y de autoestima), Morante no quiso dar la vuelta al ruedo aclamada por todos los aficionados ni ver a su segundo toro. Pero, ¿para qué más?
El público ya lo había visto todo y rápidamente tomó conciencia de las posibilidades inigualables que ofrecía este torero para demostrar la amplitud de conocimientos: cada vez toreaba más puro y cada vez más profundo para conformar uno de los episodios de mayor personalidad de su vida y mostrarse en plenitud.
Así que ahora Morante de la Puebla torea con una cara de Cristo crucificado, el mismo que pintó Diego Velázquez allá por 1600. Sufriente, pero sacando de sus entrañas la mejor versión de sí mismo, con una riqueza estilística en trance de extinción: sin sacar apenas las manos del cuerpo para elevar la dimensión de su tauromaquia.
Pero ahora mismo el valor y la quietud han pasado a ser los elementos en torno a los cuales se subordinaron el resto de todo su concepto del toreo, realizado con la magnificencia propia de los reyes.
Así que, en este mundo quimérico, tan lleno de indefensiones y penalidades, sacar conclusiones sobre la decisión del presidente siempre será intempestivo. Pero ver torear a Morante siempre será alegórico, enaltecido por la devoción a quien consideran uno de los mejores toreros de la historia.
Además, esa faena mitológica de San Isidro será olvidada por muy pocos. O por nadie de aquellos que la presenciamos en la plaza. Quizá sí por una persona. El tal Sanjuán. Allá él.
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