IGUALDAD DE OPORTUNIDADES
Los cinco camareros con discapacidad que atienden la primera cafetería inclusiva en Barajas: "En otros sitios somos el eslabón débil y se aprovechan de nosotros"
Envera Gastro, el primer establecimiento municipal de Madrid regentado por personas con discapacidad intelectual, se encuentra en el Centro Cultural Gloria Fuertes

Emilio y Luz en la cocina de Envera Gastro, la primera cafetería municipal atendida por personas con discapacidad en Madrid. / ALBA VIGARAY

“Un Bitter Kas y una Coca Cola, por favor”. Mientras Emilio echa hielo en los vasos y sirve los refrescos, Luz prepara al otro lado de la pared un sándwich mixto para la mesa de enfrente. Pese a ser las 15:00 horas, momento en el que comienza su turno, hay varios estudiantes esperando desde hace unos minutos en la puerta del local. Ubicada en el 179 de la Avenida de Logroño, en pleno distrito Barajas, se encuentra Envera Gastro, la primera cafetería municipal gestionada por personas con discapacidad intelectual. “Mi madre está contenta no, lo siguiente”, confiesa Emilio con una sonrisa. Junto a otros cuatro compañeros, compone el equipo que en apenas unas semanas, se ha ganado el cariño de todo el barrio. “Somos como las piezas de un puzzle, encajando nuestras fortalezas y debilidades. Lo que mejor se le da a uno, pueden aprenderlo el resto. Interactuar entre nosotros es lo más importante porque, cuanto mejor le vaya a un compañero, mejor me va a mí y, por tanto, a la empresa”, añade. A sus 34 años, cuenta con experiencia tanto en el sector hostelero como en el textil.

Luz y Emilio son dos de los cinco camareros de Envera Gastro, la primera cafetería municipal de Madrid gestionada por personas con discapacidad intelectual. / ALBA VIGARAY
Luz también. Tiene 33 y, desde que dejó Venezuela hace ya ocho, no ha dejado de trabajar. “Estuve contratada en un colegio en Madrid y en varios restaurantes, por lo que tengo algo de experiencia”, comenta. Su madre es su mayor apoyo y, pese a vivir en su país de origen, a unos 7.000 kilómetros de distancia, llama a su hija cada día para desearle una buena jornada. “Está muy contenta porque yo le digo que estoy super feliz. Si yo estoy bien, ella no tiene de qué preocuparse. Me pregunta cada mañana, porque siempre vengo antes de mi hora para ayudar a mis compañeros”, relata. Los nervios que sintió el primer día, durante la inauguración, han desaparecido casi por completo. Sólo a veces, cuando el aforo de la cafetería está casi completo, regresan a su estómago: “Ese día estaba inquieta, pero cogí el ritmo de trabajo muy rápido y ahora estoy encantada. Me defiendo muy bien en la cocina y ayudo en la barra a mis compañeros. Compartimos el trabajo porque somos un grupo y trabajamos como tal. Los clientes se van muy contentos”.
Contra los prejuicios
Los prejuicios han acompañado a Emilio toda su vida. Tal y como él mismo relata, hay quien le ha dicho “que no llegaría a nada” o “que nunca me iba a sacar la ESO” por su discapacidad: “Es verdad que me ha costado un poco más que al resto, pero lo he sacado". Una vez finalizó la secundaria, estudió un grado en Turismo y, pese a considerarse un novato, está reciclando sus conocimientos en hostelería: “En este trabajo sí me tratan bien y se preocupan por mí. En otros sitios somos el eslabón débil y se aprovechan de nosotros”. Su familia, conocedora de su discapacidad desde hace poco, se enorgullece de verlo crecer cada día. “Hay determinadas discapacidades con las que te tachan y dan por hecho cosas que no son. A lo mejor nosotros no podemos seguir un camino recto, pero nuestra naturaleza puede convertirse en una virtud porque tenemos que buscarnos la vida”, defiende. Hay cosas que el resto de personas no pueden ver, o eso dice. Personas como Luz o Emilio son capaces de buscar un camino paralelo, diverso y repleto de alternativas.

Luz llegó a España hace ocho años y, desde entonces, no ha dejado de trabajar. / ALBA VIGARAY
“Tal vez no es lineal o tardas un poco más, pero acabamos consiguiéndolo todo. En mi caso, me he vuelto muy creativo. Aquí dentro lucho con mi discapacidad porque hay tareas que son mi talón de Aquiles, pero me permite superarme y trabajar en ello. Estoy limando asperezas”, suma. Si algo se dificulta más de lo normal, estos cinco camareros cuentan con una unidad de apoyo, compuesta por un trabajador social, un psicólogo y un preparador laboral. Este último se encarga de que cada empleado se encuentre cómodo en su puesto, de que se desenvuelvan con confianza en sus tareas y de que tengan cubiertas sus necesidades sociales. “Es imprescindible que sepan cómo llegar, que tengan el abono transporte siempre en regla o que sepan firmar algunos documentos”, expresa Virginia Ródenas, directora de Comunicación, Relaciones Institucionales y RSC de Envera. Se trata de una organización sin ánimo de lucro en funcionamiento desde hace casi medio siglo, cuando un grupo de empleados de la compañía aérea Iberia, decidieron unir sus fuerzas para sacar adelante a sus hijos e hijas con discapacidad intelectual.
Una sociedad diversa
“Esos niños llegaban a este mundo con el pasaporte a ninguna parte que otorgaba el Estado. Era un documento de servicios sociales de apoyo social a subnormales”, lamenta Ródenas, que ha sido testigo de los avances de la organización. Los descendientes de estos trabajadores comenzaron tejiendo los calcetines que se daban a los pasajeros en los vuelos de largo radio y hoy, entre otras cosas, seleccionan la tornillería de los motores de aviones, gestionan los billetes defectuosos, el acceso de mascotas o armas a bordo. “Incluso se encargan de tramitar el transporte de órganos o células madre”, revela. A día de hoy, Envera atiende a más de 5.000 personas con discapacidad y a sus familiares, dando trabajo a 1.400 personas como Emilio o Luz: “El 85% de ellos tienen discapacidad, en la mitad de casos intelectual, que es la de más difícil inserción laboral”. Gracias a la agrupación, más de un millón y medio de personas pueden volar cada año. Sin embargo, los tabúes no han desaparecido de nuestra sociedad y Virginia todavía lucha por erradicar el uso de términos como minusválido o deficiente.

Emilio atiende la barra de Envera Gastro, donde trabajan otras cuatro personas con discapacidad intelectual. / ALBA VIGARAY
“Se creen que somos incapaces de hacer algo”, dice: “De la misma forma que nos hemos acostumbrado a hablar en femenino, deberíamos esforzarnos en este campo. Mucha gente se acerca a nosotros con miedo y al final se dan cuenta de que somos iguales que ellos”. La cafetería, reabierta gracias a la Junta Municipal tras la jubilación de los anteriores propietarios, está condicionada a los horarios del Centro Cultural Gloria Fuertes en el que se encuentra emplazada. “Como nadie se presentó al concurso para regentarla, nosotros planteamos este proyecto, que tiene mucho que ver con el aeropuerto por la cantidad de pilotos, técnicos de vuelo y controladores que viven por aquí”, razona, asegurando que siempre han sentido el apoyo de instituciones y administraciones con las que han trabajado.
“Esta cercanía nos lleva a sentirnos próximos, parte de lo mismo: una sociedad diversa y global que debe avanzar de la mano para que nadie se quede atrás”, concluye Virginia. En algunos contextos ese viaje ya ha comenzado, pero en otros, la inclusión sigue siendo deficitaria. “Ojalá hubiera más inclusión. Hay muchas personas con discapacidad que necesitan trabajar y es muy complicado conseguir un puesto de trabajo. Hay que humanizarse un poco”, cree Luz, que solicita un mayor apoyo a iniciativas como esta. Emilio, por su parte, va un paso más allá: “Que nos tengan más en cuenta, que no nos señalen. Yo no puedo hacer planes de futuro, vivo el aquí y el ahora. Queremos vernos mejor en muchos ámbitos de la vida. A nivel laboral, económico, familiar… Y sobre todo no encasillarnos, sentirnos útiles y seguir avanzando”.