TEATRO
‘Los brutos’: el derecho a la transformación y el brillo de un chaval de clase obrera
El guionista Roberto Martín Maiztegui debuta en la dirección con una historia de barrio, éxito y desclasamiento protagonizada por Francesco Carril

Francesco Carril en 'Los brutos'. / Cedida
Ya está, le dice al camarero del restaurante, tráiganos tres de corzo, y su hermana pega un grito y su madre se levanta de la mesa, pero ella las convence de que hay que comerse ese corzo que está en el plato, como si fuera una especie de rito. Y eso hacen las tres mientras recuerdan que el padre murió tras estrellarse con su moto, en la carretera de Extremadura, con uno de esos animales. Desde ese día en el restaurante, su madre y su hermana han vuelto a poner en casa las fotos del padre, se están reconciliando con aquello, dice, pero a ella le pasa que ese corzo se le aparece en la puerta del Viena Capellanes de la Calle Velázquez y que ha vuelto a verlo en el VIPS de Goya. Y es entonces cuando se da cuenta de que verá siempre a ese animal. Aunque se lo coma. Y que quizá lo único que pueda aliviarla un poco es contarlo. O mejor aún, escribirlo.
Quien cuenta esta historia en su primer día en la Escuela de Cine es Olivia y quien la escucha sin parpadear es Nito, que está a su lado en clase y se da cuenta, justo en ese momento, de que ese lugar le va a cambiar la vida. Le cambiará tanto que dejará atrás los toldos verdes de su barrio, Aluche, la peluquería ilegal que su vecina Maricarmen montó en casa, la primera chica de la que se enamoró, el yonki con alma de poeta que le pegaba palizas o ese banco del parque en el que cantaba a Camarón con su amigo Isra, al que también dejará atrás cuando entre en esa escuela de cine y lleguen la ambición, la traición, los guiones de series de éxito y unos sandwichitos de Mallorca que compartirá con la productora italiana que ha llegado a su piso de diseño para que le hable de la película que está escribiendo, una peli honesta que ojalá premien en un festival, una peli en la que Nito volverá a ese barrio en el que empezó a imaginar que podía ser otro, al que ya no sabe si pertenece y con el que aún sueña, como si fuera aquel corzo que persigue a Olivia.

Un momento de 'Los brutos', que se puede ver en el Valle-Inclán. / Cedida
Esa película en la que Nito mirará hacia atrás para contarse a sí mismo vivirá dentro de una obra de teatro escrita y dirigida por Roberto Martín Maiztegui llamada Los brutos, con Francesco Carril, Ángela Boix, Emilio Tomé, Olivia Delcán y Javier Ballesteros, un montaje que se acaba de estrenar en la Sala Francisco Nieva del Teatro Vallé-Inclán del Centro Dramático Nacional, con escenografía de Mónica Boromello, luces de David Picazo, espacio sonoro de Sandra Vicente y vestuario de Sandra Espinosa.
Honrar o no ese lugar del que venimos
En escena habrá una mesa con cinco sillas de skay marrón, el banco de un parque, unas butacas de cine y dos maquetas: una de casi tres metros de altura construida con fachadas de casas de barrio obrero y junto a ella, una réplica de la ECAM, la Escuela de Cine de Madrid. Es el universo que convocará Francesco Carril, en la piel de Nito, un chaval de clase trabajadora y chándal de Adidas convertido en guionista de éxito, un tipo “que se ha alejado de todo aquello que le pertenecía, de sus amigos, su novia y su familia, un mundo que ya no existe y que él está dispuesto a poner en pie, aunque sea en la ficción, porque Los brutos cuenta el ascenso social del personaje, el descubrimiento de su vocación y cómo la escritura le lleva a alejarse de toda la gente que le rodeaba en su juventud pero, a la vez, la escritura es también la fórmula que él encuentra para resucitarlo y no perderlo del todo”, explica su autor.
Guionista de series como La ruta o Nos vemos en otra vida y coautor junto a Pablo Remón de Sueños y visiones de Rodrigo Rato, Martín Maiztegui debuta en la dirección con una obra “sobre todo eso que intentamos dejar atrás y nos persigue”, una historia de ascenso y desclasamiento, casi un género en el terreno literario y cinematográfico, pero poco frecuente en el teatro actual. Naza, la primera chica de la que se enamora Nito siendo un adolescente, dirá: “Todos soñamos con las cosas que vivimos, ¿no? Así que he pensao… Hostia puta, la de cosas que no podremos ni soñar, la de cosas que no nos podemos ni imaginar”. Y en esas palabras Martín Maiztegui colocará parte de los cimientos de su historia, el vínculo entre la clase social y nuestra capacidad de imaginar(nos): “La imaginación me interesaba muchísimo porque me parece que en el cine, el teatro o el arte hay una barrera de clase muy grande. Ya estudiar en la escuela de cine vale no sé cuánta pasta, pero hay otra barrera previa que es la de poder imaginarte a ti mismo siendo guionista, director de cine, de teatro… Darte a ti mismo esa posibilidad e imaginar que puedes ser eso”.

Olivia Delcán y Francesco Carril en 'Los brutos'. / Cedida
Martín Maiztegui, que también se crio en Aluche, recuerda que ya desde que era un niño empezó a imaginarse en el mundo del cine: “Mis padres me apoyaron mucho, pero en sexto de primaria tenía un profesor que se llamaba Antonio Buendía y en una reunión, mi padre le dijo ‘el chico quiere dedicarse al cine’ y ese profesor le contestó, ya, bueno, pero Almodóvar solo hay uno. Y yo recuerdo a mis padres diciendo, bueno, vamos a ver qué pasa. Es decir, tienes que hacer un esfuerzo muy grande para imponerte a ti mismo y a los demás, para darte esa posibilidad, esa validez”.
El derecho a la transformación y el brillo
“Lo que hace Nito es traer al presente todo ese mundo del pasado, pero no para recrearse en él ni para rendirle un homenaje poético, sino para que veáis quién soy, para que veáis en quién me he convertido”, dice Francesco Carril, que llevaba sin hacer teatro desde que estrenó Los farsantes, de Pablo Remón, hace tres años. En este tiempo, Carril ha estrenado películas como Un amor (Isabel Coixet), Volveréis (Jonás Trueba) o Todo lo que no sé (Ana Lambarri), y series como Los años nuevos (Rodrigo Sorogoyen). “Después de Los farsantes, una experiencia que fue maravillosa, decidí darme unos años porque me entró miedo. Miedo de no saber ya qué dar, de no saber qué hacer e incluso ver de lejos la posibilidad de no divertirme. Para mí era fundamental volver después de estos años con alguien en su primera vez y en una sala pequeña, es muy emocionante y lo estoy disfrutando mucho. Lo echaba de menos”.
Carril interpreta un personaje que se irá alejando del lugar del que viene a medida que se acerque al mundo de la creación y la cultura. “Yo lo he vivido también y, de repente, casi te parece que hasta ese momento habías vivido otra vida. Yo entré en la RESAD con 18 años y para mí aquello era un estar en el mundo completamente distinto, esa sensación de que te estás haciendo mayor, de que estás creciendo. Cuando estábamos ensayando la obra pensaba que no conservo amigos del colegio, no conservo amigos ni siquiera de la carrera. Esto me da mucho que pensar, claro, y es algo que también le va pasando a Nito en su viaje, cuando deja atrás a gente muy importante en su vida. Pero creo que en la mía esto ha ocurrido de una manera muy natural, no ha sido una decisión. Tampoco creo que sea una decisión en el caso de Nito, sino una pulsión”.

Las protagonistas de 'Los brutos', de Roberto Martín Maiztegui. / Cedida
¿Debemos honrar el lugar del que venimos, aunque ese lugar no nos guste o nos incomode? ¿Debemos jurar lealtad a la persona que fuimos como si eso fuera una demostración de coherencia, de honestidad? ¿Cuánto tiene de éxito o de fracaso seguir siendo los mismos? ¿Es ese lugar del que venimos el paraíso de la certidumbre en tiempos de nostalgia reaccionaria? Dice la escritora Alana S. Portero que “tenemos derecho a la fantasía de la transformación y al brillo” y, en el fondo, Los brutos reclama precisamente eso: “Para mí es fundamental esa lectura, la de darte la posibilidad de cambiar de vida, de imaginarte otra vida y de ponerla en práctica. El lugar del que vienes no puede ser una cárcel y está muy bien vista la coherencia, pero debemos tener el derecho a ser incoherentes y salir pitando siempre de donde queramos”, explica Martín Maiztegui.
Lejos de idealizar esa identidad e imaginario de clase obrera, Martín Maiztegui construirá un personaje con aristas, con el que empatizar y al que despreciar, un tipo tierno y trepa al mismo tiempo que echará la vista atrás para contarse a sí mismo y hacer de ese viaje una película que, por fin, le coloque en un lugar de prestigio y reconocimiento. Pero el autor tampoco convertirá al resto de personajes en parias o en víctimas, no habrá paternalismo ni condescendencia. Emilio Tomé, que interpreta en escena al mejor amigo de Nito, sostiene que “aun sabiendo que va a escapar del barrio para cumplir sus sueños, Isra es uno de los principales impulsores de ese movimiento y le dice a su colega, tío, sueña más grande, tú puedes hacer lo que quieras. Y eso me parece muy interesante porque en esta obra los perdones y las culpas no son sólo en una dirección, sino que están entrecruzados y son ambiguos”.
Tomé concluye: “En todo este viaje de Nito es como si el autor de la obra dijera: hay un dolor en mi camino y este dolor quiero mostrarlo, quiero mirarlo de frente. No es mira cómo me arrepiento, mira todo lo que traicioné, mira lo hijo de puta que soy, sino mira todo lo que traicioné, mira lo hijo de puta que soy, pero lo volvería a hacer una y otra vez porque no me queda otra”.
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