QUÉ FUE DE...
Así se forjó la leyenda del compositor Manuel Alejandro: de tocar en bares de mala fama a ser el padrino de Alejandro Sanz
El autor de canciones como Yo soy aquel o Señora acaba de plasmar su historia en un libro que repasa el camino que recorrió hasta llegar a convertirse en un icono

El compositor Manuel Alejandro. / EFE / EPA / CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH
Yo soy aquel, Soy rebelde, Como yo te amo, Se nos rompió el amor, Dueño de nada, Si tú te atreves, Manuela, Porque me gusta a morir... Son solo algunas de los cientos de canciones que Manuel Alejandro escribió para estrellas de la música como Julio Iglesias, Raphael, Rocío Jurado, Isabel Pantoja, El Puma o Luis Miguel. Todos ellos desfilan por las páginas de su libro de memorias Vibraciones y elucubraciones de un escribidor de canciones, que plasma el difícil camino recorrido por una leyenda que comenzó en garitos de tercera, acompañando al piano a un joven Raphael, y acabó obteniendo la admiración del mismísimo Gabriel García Márquez, quien cantaba emocionado sus canciones, que se sabía de memoria.
Manuel Álvarez-Beigbeder Pérez, conocido universalmente como Manuel Alejandro, nació en 1933 en Jerez de la Frontera. Esta era la tierra de su padre, Germán A. Beigbeder, gran practicante católico y prolífico compositor de sinfonías, oratorios y sonatas. En el libro explica que en su caserón rara vez imperaba el silencio, pues un piano vertical sonaba ininterrumpidamente: "Interminables horas pasaba nuestro padre con sus composiciones y la lectura de infinidad de partituras. Partituras que conformaban a lo largo del día el noventa por ciento del maná, que, además, del flamenco, alimentaba y sigue alimentando mi espíritu".
A los siete años empezó a estudiar piano, con la vista puesta en una futura carrera como músico clásico. Con 16 ya daba conciertos, sobre todo con su hermano José María. Pero justo a esa edad se fracturó el codo del brazo derecho, lo que le obligó por una larga temporada a retirarse de estudiar piano e incluso de escribir, "pues las operaciones y sus correspondientes periodos de escayolados [...] exigían que me cubrieran hasta las yemas de los dedos para que carecieran del más mínimo movimiento por varios meses, y fueron cinco intervenciones en tres año". Aquella lesión le dejó el brazo maltrecho y de algún modo truncó su camino.

Manuel Alejandro con Raphael. / ARCHIVO
Cualquier otro padre en aquellas circunstancias le hubiera retirado de la música y habría hecho lo posible por iniciarlo en cualquier otra disciplina. Pero el de Manuel Alejandro pensaba que el suyo no serviría para otra cosa, así que retiró definitivamente del instituto a su hermano José María y a él y los puso en manos de un maestro nacional, don Constantino Amores, para seguir los estudios de bachiller sin obstaculizar los que él les iba a seguir impartiendo de las materias musicales necesarias para el compositor. Para que no dejara de tocar el piano totalmente, le puso a Manuel Alejandro en el atril la partitura del concierto para la mano izquierda de Ravel.
Cuando comenzó a estudiarlo, Constantino le dijo que el compositor francés se lo había escrito al pianista austríaco Paul Wittgenstein, que perdió un brazo en la Segunda Guerra Mundial y era hermano del filósofo, y esto le llevó a leer el Tractatus. "Fue en aquellos años de cuidados postoperatorios, alejado de amigos y deportes para ayudar a la pronta recuperación de las intervenciones, y dedicado al estudio y la lectura [...] cuando comenzó a surgir en mí una pregunta: ¿era más bella la música con palabras y las palabras más bellas con la música…? [...] cuando descubrí [...] que la palabra se ensanchaba, cobraba sentimiento y vida posando en una bella melodía, y esa melodía se volvía sublime acunando la palabra; cuando empecé a adivinar el coqueteo y hasta el amor apasionado que viven la melodía y el verso, y el verso y la melodía… y que culmina en lo que llamamos canción".
Ruidos especiales
Su padre seguía emperrado entonces en prepararle para los exámenes en el conservatorio de Sevilla de las materias ya iniciadas. Pero él, entre ejercicio y ejercicio, había empezado a escribir melodías que podrían ser futuras canciones. Como vio que el tema se le daba bien, decidió acercarse a conocidos que sabía que escribían sus propios temas, principalmente por ser alumnos de Germán. Al poco se fue a Madrid, donde su padre, consciente de que su porvenir se dibujaba incierto, le preparó para opositar a director de bandas de la Armada. En la preliminar prueba, en el reconocimiento médico, el tribunal comprobó que la fractura de su brazo le impedía hacer movimientos básicos de la vida castrense, así que le dio pasaporte.
Después de aquello se cruzó por la calle con Remedios de la Peña, profesora de Solfeo en el conservatorio, quien le ofreció trabajar con su equipo en Radio Madrid, donde ella dirigía los montajes musicales de las radionovelas que allí se emitían. Al día siguiente, nuestro protagonista se encontraba haciendo 'ruidos especiales', que era su misión en aquellos seriales radiofónicos, y pronto habló con su padre para decirle que esa sería la plataforma ideal para ir estrenando canciones al interpretarlas como partes esenciales de aquellas radionovelas y que España las cantaría.
Remedio no fue la única persona que le echó un cable. Un día, tras salir de la emisora, se encontró con Julián Pemartín, un político jerezano que en aquel momento era director del Instituto Nacional del Libro y, entre otras cosas, había cofundado la Falange de José Antonio, único partido político tolerado en aquella dictadura. Como conocía a su padre, le dijo que fuera a ver a Jesús Suevos, director del NO-DO, y de esta forma consiguió trabajo componiendo para los documentales del famoso noticiero.
En esa época, por mediación de un tío suyo, tuvo ocasión de empezar a compaginar varios minijobs: llevando y trayendo del colegio a los niños de unos amigos, limpiando en el Estadio de Chamartín o pegando carteles de la empresa del susodicho en lugares estratégicos de la ciudad. Aunque al tercer mes no aguantaba el ritmo y abandonó. Se hizo entonces con un viejo acordeón que se puso a tocar en la plaza de Isabel II. Y no mucho más tarde consiguió colocación como pianista en bares de mala fama donde tocaba canciones francesas, italianas y boleros, tratando de buscar su estilo. Nunca cejó en el empeño de vivir de escribir canciones y, de hecho, solía ofrecer sus temas a todo cantante, por lo general novato, que iba acercándose a aquel bar.
"Alguno comenzó a ser oído en alguna compañía discográfica, que, muy rara vez, confiaban en cantantes que no vinieran avalados por las grandes editoriales que manejaban el cotarro; clanes poderosos que mantenían a pinchadiscos y programas radiofónicos célebres, los únicos que ponían en órbita las canciones que iban a triunfar”" A él también le acabó llegando su oportunidad cuando en el verano de 1959 se celebró el primer Festival de la Canción de Benidorm. “Se presentaron más de cuatro mil canciones, seleccionaron veinte y la mía obtuvo el cuarto premio; pero de las diez premiadas, salvo la mía, todas eran de autores totalmente conocidos de aquella época, autores que estaban triunfando, lo que fue una inyección de optimismo en un momento de absoluto desaliento, de tirar la toalla”.
A Alguna vez, que así se llamaba la canción, y que quedó cuarta, le correspondieron 20.000 de las antiguas pesetas que a él le parecieron una fortuna. Además tuvo la suerte de que se la cantaran las dos máximas estrellas del momento, el catalán José Guardiola y la chilena Mona Bell. Desde entonces, aquellos principiantes cantantes, al contarles lo del festival, acudieron con más frecuencia al bar donde Manuel Alejandro trabajaba, pensando que no estaban equivocados y que una canción suya los llevaría al estrellato.
Divorcio y Purificación
"Ellos contaban en las disqueras y editoras que las canciones eran de un premiado en Benidorm y, al final, surtió efecto. Comenzaron a enviarme emisarios y fueron sucediéndose los encuentros". El más poderoso de los editores le ofreció por ejemplo adaptar canciones del italiano y el francés al español. En la oficina de aquella editorial musical trabajaba entonces la que iba a ser el definitivo y gran amor de su vida: Purificación Casas, que ejercía de taquimecanógrafa. Ella tenía 18 años; él, 31. En ese momento estaba casado con la madre de sus tres hijos varones, de quien se separaría cuando todavía no era legal el divorcio en España.
Con Purificación, explica en el libro, "llegué a escribir las mil canciones de mi vida, y las más bellas que jamás se escribieron: nuestras hijas Alejandra, Marian, Beatriz y Viviana. Con sus dedos como alas de ángeles volando por aquella ruidosa máquina que me sonaba celestial. Entre aquellas adaptaciones, un día le dicté una propia que me salía a borbotones de mi alma: ‘Yo soy aquel que por quererte ya no vive… el que te espera… el que te sueña… aquel que reza cada noche por tu amor…’. Y me dio su vida para que la amara y la mimara el resto de la mía"”. Hasta marzo de 2021, fecha en la que Purificación murió a causa de la covid-19.
El escribidor, como se define, recuerda en su autobiografía que en España, en aquel tiempo en que comenzaba, no soplaba el viento a favor del estilo melódico de sus canciones. “Entre los conductores y pinchadiscos de programas radiofónicos y de televisión, abundaba una pasión desmedida por lo que llegaba del mundo sajón; por los grupos y solistas nuestros que los repetían o los imitaban; y también, en español o incluso en lenguas vernáculas, por la llamada canción protesta o de cantautor, al pensar que venían a ajustarle las cuentas al dictador y a borrar con celeridad del panorama la canción que había sido, y todavía era, el leitmotiv que había mantenido a aquel régimen, la llamada canción española o copla (cuando en realidad era lo que daba la mata)”.
En dos años, tres cantantes se atrevieron a grabar canciones suyas, un puertorriqueño llamado Víctor Mojica; una jovencita española que llegó a llamarse Karina, y el chileno Fernando Montenegro (al que en 1961 le escribió la primera canción que ya fue versionada multitud de veces por nuestra América, Te voy a contar mi vida, y que en España se llegó a conocer por Raphael al poco tiempo). Muchos se preguntan si Raphael hubiera sido el mismo sin Manuel Alejandro y este el mismo sin Raphael. Es un hecho que el compositor ha firmado la mayor parte de sus éxitos. Pero también lo es que, antes del Yo soy aquel, el de Linares ya había conseguido un primer puesto en Benidorm con una canción de Mario Sellés y durante su recorrido tuvo éxito apoteósicos como Mi gran noche o Escándalo.
Canciones como trajes
En el libro lo describe como un cantante de pop al que los comunicadores españoles no sabían cómo considerar debido a “sus ademanes y sus anticuadas y simples baladas españolas”. Y recuerda que, antes de que se erigiera en el primer ídolo del pop en España, los dos pasaron por salas y garitos de tercera “donde mis temblorosas manos acompañaban en un desafinado y pequeño piano de pared a su voz y sus gestos incomprendidos, pero que el que los entendía los hacía suyos para toda la vida: ahí están. En los garitos, adorado por asiduas modestas meretrices de tercera, si aplaudían entusiasmadas, sus celosos chulos se nos encaraban violentos”.
También cuenta en su Vibraciones y elucubraciones de un escribidor de canciones que ha pasado por más de una decepción que le hace dudar de la fuerza, del éxito, de una canción por sí sola o sin el intérprete y sin el momento adecuados. Pone como ejemplo Soy rebelde, que le escribió a una mexicanita novata llamada Sola, en la que su sello tenía puestas todas sus esperanzas. "Pasó sin pena ni gloria hasta que un señor llamado Rafael Trabuchelli, productor, se fijó en la canción y prácticamente obligó a una cantante que tenía en su elenco de Hispavox, con un hilo de voz, pero una monada de criatura. Se llamaba Jeanette, ya en auge en aquel momento, y la grabó y ahí tienen la canción recordada por todos". Algo parecido sucedió con Manuela, en principio cantada por otro novato, Miguel Ángel, que había sido solo merecedora de un segundo lugar en un festival de Benidorm (“la canción podría haber pasado como una más, pero en aquel festival la estrella invitada era Julio Iglesias, que después de oírla me estaba llamando y diciéndome que la quería grabar, lo que hizo que fuera también éxito en medio mundo”).
A lo largo de varias décadas, Manuel Alejandro se dedicó a escribir temazos para artistas que sentían esas canciones como "trajes hechos a medida". Un puntal de su trayectoria fue Rocío Jurado, a quien le acercó su amigo el famoso mánager Paco Gordillo. “Si hubiese educado su voz, [Rocío] hubiera llegado a ser una Callas o una Tebaldi. Tenía, además de ese temperamento avasallador, unas cualidades vocales únicas; y es lo que hacía que sus colegas, las estrellas de América, la admiraran y tuvieran en cuenta sus éxitos en España, que versionaban raudos ante la incomprensible ausencia de sus grabaciones en aquel territorio, lo que hizo que no llegara a imperar en aquel continente”.
Manuel Alejandro también compuso muchas letras para dos artistas mexicanos, José José y Emmanuel. "Yo estoy vivo gracias a América", comentaba al respecto a nuestro periódico. "Me era difícil sacar la cabeza en España, por mi estilo. Creo que una de las cosas que ayudó a que a Jeanette la ensalzaran era que su padre era inglés. Si no, sabe Dios lo que hubiera pasado. Emmanuel, el Puma, José José, Luis Miguel… creo que ahí están mis grandes canciones. Suponían el setenta por ciento de mi obra, y lo que hacía aquí era el treinta por ciento restante".
La ruptura del estilo de canción en que militó toda su vida la llevó a cabo, "principal y curiosamente", su querido Alejandro Sanz. El autor de 93 años señala que llegó a ejercer de testigo y padrino de su bautismo, "mientras gimoteaba en los brazos de la madrina", su amiga María José Guil, hoy viuda de Isidoro Álvarez, quien fue presidente de El Corte Inglés. "Si cuando comenzaba su camino, mis canciones les hubieran seguido influenciando, como demostró con el Aprendiz que le escribió a Malú, me hubiera dejado en el banquillo antes de tiempo; y él no se sabe por qué Vía Láctea hubiese volado… pero hubiese llegado a cualquier firmamento, como llegó". Se encontraron justo a tiempo de ser el sevillano quien cantara la última canción que en vida le dedicó a su esposa, Y ya te quería. "Hoy he ganado un hijo que llama a sus hermanas ‘hermadrinas’, y nos deseamos cada noche amaneceres felices… y es una benéfica inyección saber que, en él, tan querido, continuarán, con otros mimbres, esas canciones que empezaron a crecer conmigo".
Recientemente ha sido nombrado hijo predilecto de Jerez, de Cádiz y de Andalucía. También recibió en su día un Grammy Latino a su carrera y la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes. Y, aun así, todo se antoja poco para un hombre considerado responsable de las canciones que se convirtieron en la educación sentimental de varias generaciones y que, según apuntó hace unos días, volvería a dedicarse a lo mismo si pudiera gozar de otra vida. “Creo que no valía para otra cosa. Y si saliera mi misma esencia, la seguiría. Y se dedicaría a lo mismo. Me ha ido muy bien, soy muy feliz, siempre lo he sido escribiendo mis canciones, sintiéndolas hasta llegar a llorar, a emocionarme muchas veces”.
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