MADRID

El 'Rastro de la miseria': recoger basura por las noches y venderla por las mañanas en las colas del hambre

Mercadillo de personas sin hogar frente a las colas del hambre del comedor Ave María, en Madrid.

Mercadillo de personas sin hogar frente a las colas del hambre del comedor Ave María, en Madrid. / ALBA VIGARAY

  • Los dueños de los tenderetes que se montan cada mañana desde 2014 frente al comedor Ave María venden lo que encuentran en los contenedores de Madrid: ropa, toallas, utensilios de cocina, radios de antena y muchos zapatos

  • Todo lo que ofrecen son chollos que algunos comerciantes del Rastro compran para revender los domingos por el doble de precio en sus puestos con licencia

  • El sueldo diario de estos mercaderes, que varía cada jornada, no suele superar los 50 euros

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Entre las plazas de Jacinto Benavente y Tirso de Molina, en un recoveco que por las tardes se llena de personas que acuden a ver el último 'taquillazo' en los Cines Ideal y que los fines de semana copan los jóvenes que acuden a la discoteca que está en la acera de enfrente, se reúnen cada mañana decenas de personas en situación de vulnerabilidad, muchos de ellos sin hogar. Caminan hasta allí a las primeras horas del día para recibir el café y el montadito que les ofrecen los trabajadores del comedor Ave María, lugar que hace siglos formó parte del convento de la Trinidad.

Justo al lado de las colas del hambre más cercanas a la Puerta del Sol, varios comerciantes colocan sobre sábanas o cartones los tesoros que han encontrado en la basura. Sus días transcurren a la inversa que los de la mayoría de personas. Sus horarios laborales se podrían comparar con las jornadas de muchos oficinistas, pero estos vendedores ambulantes las desarrollan con doce horas de diferencia: desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana hurgan entre los desechos de los contenedores para rescatar algo que pueda interesar a sus clientes habituales.

Así es como encuentran ropa, toallas, utensilios de cocina, radios de antena y muchos zapatos, pero también los objetos que realmente parecen que no interesan a nadie y que, en realidad, son los que mejor se venden: cabezas de muñecas despeluchadas, relojes del siglo pasado o bisutería. Mohamed, de 62 años, lleva un año en las calles de Madrid, donde llegó desde Tetuán, Marruecos. En su humilde puesto, ofrece una cazuela desgastada por la base, un molde de bizcocho nuevo con el cierre defectuoso y una pequeña atornilladora eléctrica. Le retiraron el 1 de junio el pasaporte, después de que un hombre que le había robado un bote de crema Nivea le acusase de haberle amenazado con un arma blanca: "No tenía ni un cuchillo", alega. 

Mercadillo de personas sin hogar frente a las colas del hambre del comedor Ave María, en Madrid./ ALBA VIGARAY


Lleva ya unas horas en ese páramo que, desde las 9:30 horas, vigila un furgón de la Policía Municipal. Con un pedazo del bocadillo de tortilla francesa que le han dado en el comedor aún en la boca, explica que la paga que reúne cada mañana de lunes a viernes es escasa: "Un día 10 euros, otro día 20 o 50 euros". Hoy no alcanzará esa cifra. Por los tres artículos que vende pide seis euros en total. Será más, al menos, que las jornadas en las que abandona la plaza de Jacinto Benavente sin haber metido moneda alguna en su carterita azul y naranja, que algún día perteneció seguramente a un niño.  

Todo en este mercadillo, que comenzó a colocarse en 2014, es extremadamente barato. El pasado viernes, un joven del Sahel ofrecía unas zapatillas de fútbol sala Puma Ducati de talla de hombre por cinco euros. En portales de ropa de segunda mano, este calzado se anuncia por unas ocho veces más. Para sus principales clientes, quienes hacen la cola, el coste resulta justo. No pueden gastar mucho más en cambiar sus prendas más desgastadas. "Les viene muy bien que pongamos estos puestos", asegura uno de los vendedores. Ellos son los principales clientes de este 'Rastro de la miseria', pero no los únicos.

Mustafa, conocido como El saharaui, se encarga de mantener la paz en la plazuela. Es quien mejor conoce el funcionamiento del mercadillo y el que lo explica con más claridad. A los otros visitantes habituales del tenderete los divide en dos categorías. Por un lado, los "marroquíes", apunta, que compran lo que les resulta interesante y lo guardan en trasteros, hasta que, "una vez o dos al año, envían esas cosas a Marruecos y las revenden". Por otro, los comerciantes del Rastro que se celebra los domingos a unos pasos de allí, según explica este hombre sereno, que trabajó hace años como educador en un centro de menores. Estos vendedores del Rastro se dejan caer por la plaza para ver si esa mañana las personas sin hogar que allí se amontonan han encontrado algo en su ruta nocturna. Lo adquieren a precio de bazar y lo venden "por el doble", dice optimista Yamal, un palestino que supera la cincuentena. "Hay personas que se dedican a comprar antigüedades, que a uno le parecen absurdas, pero que ellos se llevan", indica El saharaui.

Mercadillo de personas sin hogar frente a las colas del hambre del comedor Ave María, en Madrid./ ALBA VIGARAY


"Se dedican a antigüedades. Hay algunos que siempre están aquí y, si ven una cosa rara, se la llevan. Un reloj antiguo, que uno lo trae pensando que no va a costar nada, y te lo compra alguien. Un teléfono antiguo. Un día me asomé a un puesto en el que un hombre vendía una cosa de metal, parecida a un cenicero con tapa. Le escuché y le estaba pidiendo a un interesado 15 euros por la pieza. Finalmente, fui testigo de que el tipo se lo compró por ese dinero", señala Mustafa.

Para los comerciantes del Rastro y los marroquíes que hacen acopio de pertenencias, los precios de este mercadillo son un auténtico chollo.  

Vigilancia

Mustafá ha vendido "poco". Los agentes de la Policía Municipal ya le han llamado dos veces la atención y ha tenido que retirar su tenderete. "Ahora estarán tomando un café, pero en un segundo bajan y te amenazan. Muchos son autoritarios", asegura. 

La labor de la Policía Municipal se orienta más a evitar peleas, que, "al parecer, no son infrecuentes", pero también vigilan que los comerciantes no monten el mercadillo, señalan desde el Área de Gobierno de Seguridad y Emergencias del Ayuntamiento de Madrid. En el momento en el que EL PERIÓDICO DE ESPAÑA hablaba con los vendedores, se produjo algún conato de riña por entrar antes al comedor o contra algunas personas que querían robar las pertenencias de los vendedores mientras hacían declaraciones.

"No pasa nada, están vigilando a la gente que está vendiendo. No quieren que hagamos el mercado más grande. Si la Policía está aquí ya no puede haber peleas, está bien que haya vigilancia. También hay peleas con la gente que trabaja aquí y les molestan y les insultan", justifica Amal, un joven africano cuyo nombre en árabe significa "tener esperanza". Antes era uno de los vendedores de este particular Rastro; ahora, trabaja en la construcción por las noches.

Abandona la conversación para recuperar su sitio en la fila. Se coloca el primero, al lado de la puerta, y frena a un hombre que se acercaba al trabajador del comedor que anuncia el cambio de turno para abalanzarse sobre él y poder entrar así antes que los demás.

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Los dos Equipos de Calle del Samur Social de la zona acuden con regularidad desde hace años a la plaza Jacinto Benavente, debido a la presencia de 11 hombres y una mujer sin hogar que pernoctan y pasan el día allí, todos ellos conocidos y en seguimiento por parte del Área de Gobierno de Familias del Consistorio madrileño. 

A pesar de que el Samur Social lleva ofreciéndoles plazas en la red de personas sin hogar, este grupo de personas, "con una importante trayectoria en la calle", lo ha rechazado de manera sistemática, sostienen desde la concejalía que dirige Pepe Aniorte, de Ciudadanos, aunque sí que han aceptado apoyo para la tramitación de prestaciones económicas, gestión de documentación o de la Tarjeta Sanitaria, y han sido derivados durante el invierno a los alojamientos de la Campaña Municipal contra el Frío.

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