LIMÓN & VINAGRE | José Luis Martínez-Almeida

José Luis Martínez-Almeida, el ilustrado que vive en el lío

El alcalde de Madrid, Jose Luis Martínez-Almeida, interviene durante la inauguración de la XX edición de la feria IMEX-Madrid.

El alcalde de Madrid, Jose Luis Martínez-Almeida, interviene durante la inauguración de la XX edición de la feria IMEX-Madrid. / Carlos Luján / Europa Press

Los de provincias tenemos siempre la sensación de que Madrid está sobrerrepresentado en la agenda informativa, en los medios, en la tele, en la actualidad

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Los de provincias tenemos siempre la sensación de que Madrid está sobrerrepresentado en la agenda informativa, en los medios, en la tele, en la actualidad. Por si fuera poco, sus dirigentes, alcaldes o presidentes, de continuo se meten, se rozan o se rebozan en líos, escándalos, áticos, chanchullos, cremas, mascarillas, comisiones, Eurovegas y demás. Asuntos siempre de muchos bigotes que acaban proporcionando, todavía más, un plus de presencia madrileña en los medios. Una hiperpresencia en los noticiarios no del Madrid que nos gusta, que es el noctámbulo, el de las coctelerías y Lhardy, el de los poetas, los museos, incluido el del jamón, el de los paseos por la Gran Vía y el de la hospitalaria gente. No. De ese otro Madrid, el de la convergencia de los pícaros, autóctonos o foráneos, si es que en Madrid hay foráneos.

Su alcalde actual no es la excepción que confirma nada. Vive en el lío. Es un abogado del Estado, por los cuatro costados, sus dos abuelos lo eran, que resulta ser uno de los últimos vestigios del casadismo. Pablo Casado lo eligió en detrimento del sucesor natural de Aguirre, cuyo nombre no recuerdo y que, como diría Umbral, ahora no voy a levantarme a mirarlo. Corría enero de 2019, aunque enero siempre corre poco, y Casado quiso dar la sorpresa.

A fe que la dio, incluido a sí mismo: Ayuso y Almeida eran su apuesta. La primera lo ha matado, el segundo sobrevive arrinconado en un extremo del péndulo. Hagan memoria: no hace tanto estaba en el lado contrario de ese mismo péndulo: tenía buena imagen, lo invitaban al Hormiguero, caía simpático e iba de tío enrollado (que no liga) y que resultaba la persona ideal para ser el portavoz del Partido Popular nacional.


/ EFE/ Chema Moya

La cara ideal del partido. El PP tenía cara de Almeida. Ya no. En cuanto las hostilidades entre Ayuso y Casado pasaron a ser sin fogueos, Almeida se quitó de en medio, tomó partido por sí mismo, intentó nadar y quemar la ropa. La de portavoz. Seré solamente alcalde de Madrid, proclamó en inusual degradación de tan estupendo y envidiado cargo. La maniobra, recular y no elegir bando fue juzgada por tres escuelas de pensamiento. Cada una de ellas lo adjetivó de una manera: cobarde, cagón o prudente.

Que conste que el que suscribe tiene como síntoma de inteligencia rehuir los vanos enfrentamientos, las bullas y peleas. Siendo este una virtud no menor para sobrevivir en política. Almeida es listo e inteligente, no solo empollón, aunque tiene tendencia a despreciar la nuestra, nuestra inteligencia, afirmando que es Sánchez el que lo odia, el que ha montado todo esto de las comisiones pornográficas (el adjetivo es mío) y que hasta el abogado de la contraparte solo está movido por la inquina hacia él y por la militancia pesoística. Ese relato solo se lo compramos a Ayuso. 

No despojemos a Sánchez de ninguna mala intención, pero tampoco lo hagamos culpable de la muerte de Paquirri. Almeida se ve ahí porque avaló a Alberto Luceño como intermediario en el comercio de mascarillas ante el Gobierno Chino por petición del propio empresario. Una información contenida en el sumario de la causa, donde aparece un cruce de correos electrónicos entre la Administración y el comisionista.

El alcalde de Madrid trata ahora de que las comisiones arreglavidas que se apalancaron Luceño y Medina (no sabe uno si suena a frutería o a modistos) parezcan poco menos que una estafa al Consistorio y no un negociazo con aquiescencia consistorial, legal o no pero poco ético e impresentable.

Madrid, capital de la comisión. Con permiso de Piqué. Almeida seguirá penando en canutazos periodísticos. Quitándole tiempo a sus aficiones que son no saber qué hacer con Madrid Central, leer, montar en moto y estar con sus sobrinos, que son los hijos que el diablo le da a los que no tienen vástagos. 47 años y todo el pasado por delante. Educado en el Opus, niño de ICADE, lo raro es que no conozca bien, que no reconozca, el proceder de esos calaveras de buena familia que viven de las revistas, la entrepierna y las comisiones. O sí. Avaló: poca altura de miras.

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