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Carlos Ferrando, mucho más que un periodista del corazón: del bofetón de Penélope Cruz a la lluvia dorada de Fabio McNamara

Algunos desconocen que el murciano comenzó su carrera escribiendo columnas, haciendo crítica cinematográfica y ejerciendo de jefe de prensa de gente como Almodóvar

Carlos Ferrando, en 'Sálvame Deluxe'

Carlos Ferrando, en 'Sálvame Deluxe' / / Mediaset

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El pasado martes 13 de agosto, Carlos Ferrando, considerado por derecho propio como uno de los grandes nombres del periodismo de sociedad, cerraba los ojos a la vida. Lo hizo con 76 años y, sobre todo, la satisfacción de haber sido un gran disfrutón. En 2022, tras más de cinco décadas en el candelero, se animó por fin a publicar sus memorias, La delgada línea rosa, trufadas de anécdotas sobre sus columnas de Diario 16 (dirigido entonces por Pedro J. Ramírez), las miles de copas que se bebió siendo director de Bocaccio Madrid (que supuso su primer acercamiento a las estrellas) o su decepcionante paso por el programa Crónicas Marcianas (que "me quitó la ilusión de seguir en la tele"). Aunque puede que los más jóvenes desconozcan que este murciano de nacimiento, criado en Cataluña y madrileño de adopción, se curtió en el periodismo haciendo crítica cinematográfica.

Todo empezó cuando, a los 19 años, conoció a Terenci Moix en un bar de copas en Barcelona, y acabaron la noche en Bocaccio, donde hablando se empezaron a enterar de que ambos sentían admiración ciega por la estrella de la revista Esperanza Roy. "Quedamos un día para comer y en el segundo plato me dijo que si me atrevía a hacer unas líneas para la revista Fotogramas", relató Ferrando en su autobiografía. "Le expliqué mis intenciones de irme a vivir a Madrid y a él esto le hizo gracia. Habló con Elisenda Nadal y Jesús Ulled, matrimonio y dueños de la publicación, para decirles que tenía un candidato perfecto para escribir las cosas que iban a pasar en el show business madrileño [...] Enseguida me dijeron que probara en un par de números y, claro, a mí solo me dio por escribir de la Roy. Les encantó".

A mediados de la década de los ochenta, el periodista llegó a trabajar con Pedro Almodóvar, al que daba mucha cancha en Diario 16. Se conocieron después de que el director adjunto de su periódico le encargara una Nochevieja que hiciera un reportaje sobre una pareja que él desconocía hasta ese momento pero que estaba arrasando entre los más jóvenes: Pedro Almodóvar y Fabio McNamara. Dada la fecha, Ferrando se alquiló un esmoquin en Menkes y se plantó con su libreta y su boli en el local donde actuaban. Según escribió luego, se puso en primera fila para no perderse nada: "En un momento del show, Fabio McNamara sacó su aparato reproductor y nos regaló una bonita micción a los que estábamos más cercanos al escenario. Me puse a llorar, pero no me moví del sitio. No entendía nada de lo que me estaba ocurriendo [...] Mojado y todo, aguanté hasta el final. Algo me decía que estaba asistiendo a un cambio de época. Ese fue mi primer contacto con la Movida madrileña".

El mismo día de la publicación de la crónica, Pedro llamó al periódico y pidió el teléfono de Ferrando para comentarle que le había gustado lo que escribió. Algunas semanas después coincidieron en un club de ambiente y estuvieron copeando hasta el amanecer. Y al poco entablaron algo parecido a una amistad, hasta el punto de que el periodista se convirtió en el jefe de prensa de Laberinto de pasiones (1982) y Entre tinieblas (1983). Cuando ya no lo era, gracias a Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), elegida candidata oficial al Oscar a la mejor película extranjera, Ferrando tuvo oportunidad de estar presente en la gala de los famosos premios. En sus memorias rememoró que, para ir a Los Ángeles, le tocó "pedir dinero prestado a la exquisita peletera Elena Benarroch", buena amiga entonces del realizador. "Desde que llegamos a la ciudad de las estrellas, en abril de ese año, todo fue una fiesta continua [...] La señora Jane Fonda, bellísima y encantadora a rabiar, nos invitó a un almuerzo-cena en su propia mansión. Solo había una exigencia y era que no podía asistir ningún periodista. Así que Pedro me presentó como su asistente personal. Y coló".

No mucho después de aquel gran fiestón, el productor de cine Luis Sanz llamó a Ferrando para comentarle que le habían propuesto hacer una película con la Pantoja como absoluta protagonista, y que quería que él fuese el jefe de prensa del filme, titulado Yo soy esa y producido por el cantante Víctor Manuel. Fue tal su éxito en taquilla, entre otras cosas por el morbo que suscitaba ver a la viuda de España dándose el lote con José Coronado, que enseguida se pensó en otro largometraje para la tonadillera. Este segundo lo dirigió un realizador de primera, Pedro Olea, en una época en la que ya había aparecido en la vida de Isabel la locutora Encarna Sánchez. Tanto es así que la susodicha decidió encargarse de una parte de la prensa del filme. "No solo se encargó de llevar ese apartado, sino también de administrar la vida de la cantante", aseguró Ferrando, que esta vez solo pudo gestionar las entrevistas de los protagonistas masculinos.

Carlos Ferrando, conocido por su ironía y sarcasmo, se ganó un lugar en el corazón de muchos espectadores

Carlos Ferrando, conocido por su ironía y sarcasmo, se ganó un lugar en el corazón de muchos espectadores / .

Según contó el periodista, el trato que tuvo con Encarna fue laboral, nunca personal. Aun así, poco a poco empezó a descubrir que la almeriense se enteraba de ciertas cosas que él hacía, de personas con las que salía o de cenas a las que asistía. "¿Cómo era posible si no teníamos a nadie en común? ¿Cómo era posible que me odiara una persona a la que no conocía casi de nada? [...]. Decidido a conocer la raíz de ese odio, y esos métodos de trabajo, me puse a investigar y descubrí que la Sánchez había contratado a un estudiante de periodismo para que me espiara. Lo mandaba a que me siguiera a todos los sitios y que viera todos los programas en los que yo participaba para comprobar si decía algo de ellas. Un día, yo creo que ya el espía harto de seguirme, vino hacia mí y me contó lo que estaba haciendo". Una historia fácil de creer teniendo en cuenta cómo se las gastaba la armarizada comunicadora con aquellos que especulaban sobre su orientación sexual o hacían bromas vinculadas a su amistad entrañable con la intérprete de Marinero de luces.

Otra estrella a la que Ferrando pudo conocer de cerca es Penélope Cruz, de la que escribió que nada parecía presagiar que llegaría a ser una estrella mundial, pues "su voz era, desde el principio, tremendamente criticada. Era muy chillona". Varios años después de que la madrileña estrenase Jamón, jamón (1992), de Bigas Luna, y Belle Époque (1992), de Fernando Trueba, con la que llegó a viajar a Hollywood, se la encontró una noche en Archy, local del que también fue director, colgada del brazo de Nacho Cano, antiguo componente del trío Mecano. Y cuando la actriz estaba a punto de empezar su aventura americana, consiguió entrevistarla para el programa de Canal Sur Nocturno. En un momento de la charla, con el subidón, el periodista se envalentonó y le preguntó si seguía siendo la novia de Nacho Cano. "En ese momento, la dulce Pe me dio un tortazo tan sonoro que fui a parar al suelo desde la silla en la que estaba sentado", contaría luego sobre un momento que, en realidad, estaba previamente pactado. Ahora bien, la idea sobre el final era que ella le acariciara la cara como se hace en las secuencias de cine, pero lo cierto es que se le fue la mano. "En cuanto se apagó la cámara, se puso muy nerviosa por si me había hecho daño".

En otra ocasión fue él quien quiso darle una torta a una estrella, esta vez sin paripé actoral de por medio, por culpa de su devoción por Antonio Banderas, con el que el periodista llegó a trabajar en alguna que otra película, compartió noches de juerga y hasta terminó en un tren camino a Barcelona durmiendo juntos la mona. La historia en cuestión sucedió una noche de 1990 en la que Almodóvar invitó a ambos a una cena en el hotel Palace madrileño. Madonna celebraba su primer concierto en Madrid y el director manchego quiso juntar allí a todos los suyos para halagarla. Según apunta en La delgada línea rosa, la de Míchigan "iba de sobrada" y los miraba a todos "por encima del hombro", como bichos raros, aunque no quitó ojo de encima a Antonio Banderas, que ese día venía acompañado de su mujer Ana Leza. Le tiró los trastos de todas las maneras posibles, pero no consiguió el plácet del malagueño, quien, cansado de las ordinarieces de la reina madre del pop, le pidió a Ferrando que se fueran al cuarto de baño del Palace para relajarse… fumando.

"No quería estar con aquella insoportable", escribió al respecto. "No pasaron ni cinco minutos cuando Madonna irrumpió en la estancia en la que estábamos, gritando como una posesa. Antonio se apostó en la puerta para impedir que entrara y la otra, desde fuera del baño, chillaba y chillaba. No sé qué se debió creer que estábamos haciendo en el baño, pero la realidad es que se puso más ordinaria y más pesada aún si cabe. Nos cortó el rollo por completo”. Unos cuantos años después de este episodio, fue Ferrando quien se vio obligado a interpretar el papel de aguafiestas. Le pasó con Sara Montiel, a la que él siempre definió como la mayor estrella de su vida. Después de enviudar de Pepe Tous, la diva manchega dio un cambio radical a su existencia, e incluso pasó apuros económicos por falta de liquidez. Seguramente fue eso lo que la llevó a organizar un montaje con un superfan cubano, de nombre Toni Hernández, que en 2002 acabó en boda —celebrada en secreto para salvaguardar la exclusiva de turno—. "Estuve a punto de casarme con Sara Montiel", confesaría el periodista. "Cuando ella necesitaba dinero la primera opción fui yo, pero no lo podía consentir. La adoraba pero nunca estuvimos enamorados. Creo que Antonia me quiso, pero Sara me mintió siempre".

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