ESCÁNDALO EEUU

George Santos, el congresista republicano de EEUU que pone a prueba el sistema con sus mentiras

El congresista republicano George Santos bosteza durante la sesión de apertura del Congreso, el pasado 3 de enero

El congresista republicano George Santos bosteza durante la sesión de apertura del Congreso, el pasado 3 de enero

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Idoya Noain

Quien más quien menos ha decorado su currículo. Sucede también en política, en todas partes. Pero casi cualquier cosa, de plagios a másteres dudosos o capítulos en la biografía personal inflados a conveniencia o directamente inventados, palidece frente al caso en Estados Unidos de George Santos.

El flamante congresista de 34 años, elegido en las elecciones del pasado noviembre por un distrito de Nueva York como primer republicano abiertamente gay que llega a un escaño, ha mentido sobre prácticamente todo: formación académica, experiencia profesional, ingresos, propiedades, religión, raíces... En su farsa ha llegado de lo banal, como inventarse que fue campeón con un equipo de voleibol de una universidad a la que no acudió, a temas trascendentales y especialmente sensibles.

Aseguró en falso, por ejemplo, que sus abuelos eran judíos que huyeron de Ucrania a Bélgica y lograron salvarse del Holocausto, pero se ha sabido que nacieron en Brasil y que la familia era católica. Dijo también que su madre se encontraba en "su despacho" de las Torres Gemelas el 11-S y vinculó a secuelas de aquellos atentados su muerte por cáncer en 2016, pero la mujer ni tuvo oficina en el World Trade Center ni estaba siquiera en EEUU aquel día. Y dijo que cuatro de sus empleados habían muerto en 2016 en el tiroteo masivo en el club gay Pulse en Orlando (Florida), pero ninguna de las 49 víctimas trabajaba para las compañías en las que él ha afirmado que trabajó.

Revelaciones

Este Mr. Ripley de la política estadounidense, que también vivió con varios nombres, incluyendo Anthony Devolder (el apellido de su madre) o Zabrovsky, cada día enfrenta una nueva revelación que golpea en los cimientos de la fábula que sostiene su castillo de naipes. Si ya se había puesto en duda que hubiera tenido como había afirmado una organización benéfica de rescate de animales, esta misma semana se ha denunciado que se quedó 3.000 dólares que había recaudado en internet para el perro enfermo de un veterano del Ejército sin hogar (el perro murió poco después).

Se ha desvelado también que Santos, que se ha alineado con la extrema derecha y ha apoyado las políticas y leyes más duras contra la comunidad LGBTIQ, actuaba como drag queen bajo el nombre Kitara Ravache en Brasil, donde llegó a participar en concursos. Hay fotos, vídeos y testimonios, pero él lo niega.

A su caso le prestó atención antes de los comicios el 'North Shore Leader', un pequeño diario local de Long Island pero Santos, que ya se había presentado sin éxito a las elecciones para el mismo escaño en 2020, no fue propiamente investigado por sus rivales demócratas ni por la prensa nacional. Y el escándalo no estalló públicamente hasta que ya había sido elegido y 'The New York Times' abrió a finales de diciembre una cascada de artículos, seguidos por decenas más en medios de relieve, que han ido exponiendo con todo lujo de detalles sus mentiras. 

Investigaciones

Se han puesto en marcha investigaciones locales, estatales y federales, se ha reabierto en Brasil un caso por un fraude con robo en el que estuvo involucrado y enfrenta quejas ante el Comité de Ética del Congreso y ante la Comisión Federal Electoral. Y las sombras son especialmente oscuras sobre sus cuentas.

Nadie sabe cómo Santos, que según testimonios y documentos vivía frecuentemente con serios apuros económicos, incluso robó dinero a amigos, mintió sobre inexistentes propiedades inmobiliarias y trabajó para una compañía que fue acusada de una estafa piramidal con el clásico esquema Ponzi, logró de repente tener dinero para donar a su propia campaña 700.000 dólares.

En la de 2020 no tenía bienes reportados y solo informó de un salario de 55.000 dólares. Para la de 2022, aseguraba tener una fortuna de 11,5 millones de dólares gracias a la Devolder Organization, de la que salieron los fondos de la campaña pero de cuyos supuestos clientes no hay absolutamente ninguna información ni registro.

Aceptado por los republicanos

Santos, uno de los republicanos que han apoyado a Donald Trump y que estuvo el 6 de enero de 2021 en la manifestación en Washington que devino en el asalto al Capitolio, está poniendo a prueba los límites de lo aceptable en la política de EEUU. De momento, no obstante, está también dejando en evidencia las tragaderas del Partido Republicano y de su liderazgo, especialmente ahora que los conservadores tienen una débil mayoría de cinco escaños en la Cámara de Representantes en la que cada voto cuenta.

Aunque varios compañeros de la formación insisten en pedir que dimita, incluyendo los líderes locales en su distrito que han prometido dejar de trabajar con él, otros defienden que ha sido elegido por los ciudadanos y solo estos deben decidir si continúa. Y esta misma semana el congresista conseguía asientos en los comités de Pequeños negocios y Ciencia, Espacio y Tecnología. No tienen la relevancia de otros a los que aspiraba, pero le darán presencia y, también, acceso a información clasificada. Reflejan, además, su normalización, algo que no da demasiadas esperanzas de ayudar a la ya endeble confianza de los estadounidenses en su Congreso.

Su defensa

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En varias entrevistas Santos ha admitido que "embelleció" un currículo en el que incluyó en falso formación académica en un prestigioso colegio del Bronx y pasos por las universidades de Baruch y Nueva York, así como empleos inexistentes en Citigroup y Goldman Sachs (asegura ahora que solo trabajó "indirectamente" para las compañías). Ha ido confesando también algunas de las revelaciones, como que estuvo casado con una mujer. Pero se ha defendido también y en una entrevista en Fox dijo: "No soy un fraude, no soy un impostor, he cometido errores". Y sin un ápice de ironía, ha clamado contra los medios acusándoles de "inventarse alegaciones intolerables" sobre su vida. Ha prometido también no dimitir.

Es tentador reírse ante el creciente despropósito de su caso, pero son muchos los que alertan de que sería un error caer en esa trampa. Y lo ha dicho por ejemplo el cómico Jon Stewart, que durante años ha hecho del ácido y agudo humor político un arte. "No conviene confundir lo absurdo con la falta de peligro, porque gente sin vergüenza hace cosas vergonzosas", ha recordado.