Casa Real británica

Un solemne y grandioso funeral de Estado despide a Isabel II

Jorge y Carlota, hijos de los príncipes de Gales, simbolizaron con su presencia en la Abadía de Westminster la continuidad de la monarquía británica | La reina es enterrada en el castillo de Windsor, junto a su marido, Felipe de Edimburgo, y sus padres y hermana

La reina Isabel II recibe su último adiós en Westminster.

La reina Isabel II recibe su último adiós en Westminster.

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Isabel II tuvo en su último adiós la despedida colosal esperada. El perfecto ceremonial, ensayado durante años, no defraudó a los adictos a las funciones orquestales de la monarquía británica. El 'farewell' contó con la mezcla de pompa y emoción que requería tan magno duelo. La nación quedó paralizada en una jornada de inacabables desfiles militares con soldados de brillantes uniformes, bandas de trompetas, tambores y melancólicas gaitas, oficios religiosos de hermosísimos coros y sermones laudatorios a la monarca desaparecida.

Carlos III y el resto de la familia real, incluidos algunos de sus miembros más jóvenes, fueron los indispensables protagonistas. En segundo plano quedaron jefes de Estado y cabezas coronadas, esta vez en calidad de extras, en lo que pareció una nostálgica superproducción de la era dorada de Hollywood.  

Después de cuatro días de un trasiego constante de ciudadanos ante la capilla ardiente, las puertas de Westminster Hall se cerraron al público a las 6.30 de la mañana. Cuando volvieron a abrirse, cuatro horas más tarde, el féretro de la reina partía hacia la abadía en un armón de artillería tirado por 142 miembros de la Marina Real. El mismo carruaje se había utilizado en el funeral de George VI, padre de la reina. Detrás, abriendo el cortejo, caminaba Carlos III, con sus hermanos, Ana, Eduardo y Andrés, este último despojado del uniforme militar. También lo hacían Guillermopríncipe de Gales y Enrique, en traje de calle, al que se le prohibió efectuar el saludo militar al paso del ataúd de su abuela. Su presencia y la de su esposa, Meghan Markletuvo un sabor amargo, reflejado en pequeños detalles, que en nada indican cualquier indicio de reconciliación.

Jorge y Carlota

Los ilustres invitados habían ido llegando al templo accediendo por diferentes puertas, de acuerdo con el estricto protocolo impuesto por los británicos. El mismo protocolo inapelable por el que familias reales desavenidas acabaron sentándose juntas. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, fue uno de los pocos dignatarios al que se autorizó a desplazarse en vehículo propio, pero sufrió un atasco. Biden y su esposa aparentemente llegaron tarde, lo que les obligó a esperar hasta poder sentarse. La mayoría de los dignatarios, incluidos el emperador y la emperatriz de Japón, así como los reyes de España, utilizaron el autobús.

En el automóvil que viajaba Camila, la reina consorte, junto a Catalina, princesa de Gales, iban también los dos hijos de esta, los asistentes de menor edad a las exequias. Vestidos ambos de negro, la presencia de Jorge, de 9 años, y Carlota, de 7, segundo y tercera en la línea de sucesión dinástica, fue una afirmación de continuidad y futuro de la monarquía británica. Los niños, que comenzaron la escuela cerca de su nuevo hogar en Windsor el día en que murió la reina, han ido participando de manera creciente en actos públicos de sus padres.

El funeral de Estado duró una hora y fue oficiado por el Dean, David Hoyle y el arzobispo de Canterbury, Justin Welby. En su sermón, el líder de la iglesia anglicana, evocó la entrega de Isabel II. "Las personas que aman servir son infrecuentes en cualquier ámbito de la vida. Los líderes que aman servir son aún más infrecuentes. Aquellos que sirven serán amados y recordados". La primera ministra, Liz Truss, leyó el pasaje 14.6 del evangelio según San Juan. "Yo soy el camino, la verdad y la vida".

Al término de la ceremonia el país guardó dos minutos de silencio, tras los cuales se escuchó el himno nacional. La procesión partió por el centro de las calles de Londres, con la familia real de nuevo caminando tras el féretro, que estuvo precedido por miembros a caballo de la Policía Montada de Canadá. Decenas de miles de personas contemplaron en silencio la comitiva fúnebre.    

Entierro en Windsor

A las tres de la tarde el convoy llegaba a Windsor y comenzaba la procesión final por el Long Walk, un camino de cinco kilómetros. Miles de personas se agolpaban en el recorrido hacia el castillo. Presentes estuvieron también la yegua Emma, la favorita de la reina, y sus dos últimos corgis, que ahora serán cuidados por el príncipe Andrés y Sara Ferguson.

Una vez instalado el féretro en la capilla de San Jorge, tuvo lugar el último oficio religioso. "En medio de un mundo que cambia rápidamente, frecuentemente perturbado, ella era la presencia tranquila y digna", proclamó el Dean Windsor, David Conner. Entre los 800 invitados se repetían muchos de los rostros de horas antes en la abadía.

Isabel II fue enterrada a primera hora de la noche en privado, en la capilla del Recuerdo, que forma parte de la de San Jorge. Allí yace al lado de su marido, Felipe de Edimburgo, su padre, el rey Jorge VI, su madre, Isabel, y su hermana, Margarita.

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