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¿Adiós a la globalización? La pandemia y la guerra impulsan el aislamiento y la inflación

  • La UE promueve menos interdependencia energética y de productos chinos, y la producción en puertos cercanos o ‘nearshoring’. Rusia y su área de influencia se aíslan de Occidente

  • La inflación se ha empezado a producir en parte por la ruptura de las cadenas globales de valor, apunta Javier Santacruz

  • Analistas como Susanne Gratius consideran que la pandemia ha frenado la globalización, pero que esta continuará

Un empleado da a un cliente su comida en un restaurante de la versión rusa del antiguo McDonald’s este 12 de junio de 2022.

Un empleado da a un cliente su comida en un restaurante de la versión rusa del antiguo McDonald’s este 12 de junio de 2022. / KIRILL KUDRYAVTSEV

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Primero fue Donald Trump con su mandato Buy American, “comprar americano”, y la subida de aranceles a bienes y servicios extranjeros; luego llegó la pandemia, que restringió el movimiento de personas y rompió las cadenas logísticas y de valor mundiales. Ahora, la invasión de Ucrania desgaja del mundo al país agresor, Rusia, y a sus aliados.

El mundo vive una tormenta perfecta que aísla a unos bloques de otros. Larry Fink, el poderosísimo responsable del fondo de inversión Blackrock (el mayor gestor global, con diez billones en activos), cree que la era de la globalización se ha acabado. “La invasión rusa de Ucrania ha terminado con la globalización que hemos experimentado las últimas tres décadas”, dijo en una carta a sus clientes. “Ha dejado aisladas a muchas comunidades y personas, y mirando hacia dentro. Y eso ha provocado el aumento del extremismo y la polarización que vemos en nuestras sociedades”. 

Uno de los efectos de esta desglobalización son las presiones inflacionistas. Por un lado, por el alza dramática de los precios de la energía. Esto ha provocado la decisión política en Europa de romper las dependencias de la energía de países como Rusia. Más independencia, menos interdependencia.

Por otro lado, a menor importación de productos extranjeros baratos, más inflación. “En los últimos 15 años, las cadenas globales de valor habían avanzado tanto que había excesos de oferta en todos los mercados (de bienes y servicios, de materias primas…) El tráfico de mercancías y servicios y la innovación tecnológica hacían que los precios no pudieran subir, siempre estaban presionados a la baja”, explica a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA Javier Santacruz, economista y analista financiero. “Ahora, la guerra y la pandemia están acelerando el proceso de desglobalización y rompiendo esas cadenas de valor”.

Con la pandemia llegaron la restricción de los viajes, el cierre de puertos chinos por la política de "covid cero" ordenada por el Partido comunista, los problemas con las flotas de camiones por el alza de los precios de la gasolina… 

Globalización desde los noventa

La globalización empezó a mediados de la década de los noventa, con la mayor negociación comercial de la historia de la humanidad. 123 países se reunieron en la llamada Ronda Uruguay de 1994. Acordaron eliminar trabas al comercio (desde la compraventa de lavadoras a los servicios bancarios o de telecomunicaciones, entre otros), reducir los subsidios agrícolas, respetar los derechos de propiedad intelectual o permitir el libre acceso a productos de los países en vías de desarrollo, como prendas de ropa. El 1 de enero de 1995 nacía la Organización Mundial de Comercio. 

“Ahora estamos dando marcha atrás 30 años y nos estamos colocando en un punto parecido al de 1994, según todos los indicadores, tanto comerciales como tecnológicos o de movilidad de empresas”, apunta Santacruz. 

El frenazo a la globalización comenzó con el discurso de investidura de Donald Trump en 2016. El republicano trufó su mandato de medidas proteccionistas, aranceles a productos extranjeros, cierre de fronteras a la inmigración y su famoso “Buy American”, dar prioridad a lo estadounidense. 

Luego llegó el Brexit, que sacó a Reino Unido de un área compartida con la Unión Europea. Menos interdependencia, menos globalización. 

Más tarde, la pandemia que obligó a media humanidad a encerrarse en sus hogares durante meses y paralizó el turismo y los viajes de negocios. 

Ahora, y quizá más importante que todo lo anterior, el repliegue de China. La política de “covid cero” que lleva forzando durante más de dos años el Partido Comunista ha reducido los intercambios con el exterior. Entrar y salir del país es un suplicio. Grandes puertos como el de Shanghái han quedado bloqueados durante semanas. Se han producido tantas disrupciones logísticas a nivel global (por ejemplo el conocido como “gran atasco” de los barcos contenedores) que muchos países y la propia Unión Europea se han replanteado si es políticamente aceptable depender de China como fábrica del mundo.

En los planes económicos de Bruselas se insta a fomentar la producción en ‘costas cercanas’ (‘nearshoring’ en oposición al ‘offshoring’). Se trata de no depender de los productos que se fabrican lejos y sobre los que no se tiene el control. 

Otro de los factores que están imponiéndose en las políticas públicas es la intención de reducir el uso de carbono. La lucha contra el cambio climático encaja mejor con la producción local, en oposición a las grandes cadenas de transporte por mar y la producción poco respetuosa con el medio ambiente en países en vías de desarrollo. 

¿Vuelta atrás o simple frenazo?

No todo el mundo está de acuerdo con la idea de que se esté produciendo una desglobalización. “Creo más bien que no la hay. Estamos viviendo muchos cambios e incertidumbres, sí; y la pandemia, si fue un proceso de desglobalización, ni siquiera podíamos viajar”, apunta a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA la profesora de Relaciones Internacionales de la UAM Susanne Gratius. “Pero la invasión rusa de Ucrania y las sanciones tiene más bien un efecto en Europa y Estados Unidos”. 

Gratius apunta a que, en términos de comunicaciones, estamos más cerca que nunca; y a que la globalización financiera y de comercio continúa y continuará. “En términos políticos, seguimos teniendo foros de diálogo. Y tenemos mucha migración, aunque están aumentando los populismos que la atacan”, afirma. En un contexto de inflación, dice, los empresarios y los consumidores no van a permitir que el grueso de los productos se fabriquen en el propio país, porque son habitualmente más caros.

Sí admite el impacto del aislamiento de China como ralentizador de la globalización. Pero Pekín no tiene más opción que seguir fomentando su inclusión en las cadenas de valor globales porque “un 40% del PIB chino depende del comercio internacional”, concluye. Fuera del discurso eurocentrista, India, China, Brasil, Rusia incluso, siguen aumentando el comercio. 

Industria militar europea 

La decisión de Vladímir Putin de invadir Ucrania ha aislado al país de buena parte del mundo. Han salido centenares de empresas occidentales, incluida la icónica McDonald’s, que ha sido sustituida por una versión rusa. Mientras, una ola de nacionalismo cultural confronta la identidad del país con la de Europa.

Pero el presidente ruso también ha provocado una carrera la modernización de los ejércitos europeos, y eso implica grandes sumas de dinero para comprar armamento en Europa y EEUU. Alemania va a gastar 100.000 millones de euros en dos años para mejorar sus Fuerzas Armadas, y países como España quieren invertir el doble de lo actual antes de que llegue 2028. Todos ellos pretenden comprar preferentemente productos de la industria militar europea.

La "slowbalization"

El 20 de julio de 2001, el joven Carlo Giuliani murió mientras protestaba contra la cumbre del G8 de Génova. La policía le disparó y luego le pasó por encima con un vehículo. Giuliani era uno más de las decenas de miles de activistas de toda Europa que se habían dado cita en la ciudad italiana para protestar contra la globalización. 

Se convirtió en un símbolo de los movimientos contra las instituciones globales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial o el propio G8. Era una amalgama de movimientos anticapitalistas, miembros de ONG en defensa de los derechos de los países en vías de desarrollo y agricultores contra los abusos de las multinacionales, los transgénicos y las macrogranjas, como José Bové. 

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Dos décadas después, las crisis vividas en los últimos años han puesto contra las cuerdas el movimiento aparentemente siempre en expansión de la globalización del comercio de bienes, mercancías, finanzas, personas…

Ahora, el debate está en si esa globalización contra la que luchaba Giuliani se ha parado solo temporalmente; si se está frenando sostenidamente (“slowbalization”) o si la historia volverá a dar un giro pendular y el mundo se encamina hacia una dinámica de bloques, de proteccionismo y aumento de aranceles.