UCRANIA

Cambiarse las gafas para entender el mundo

Se abre un mundo en el que va a ser cada vez más difícil que los principales países se pongan de acuerdo para abordar los problemas globales

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Cumbre de la OTAN en Bélgica el 25 de febrero de 2022.

Cumbre de la OTAN en Bélgica el 25 de febrero de 2022. / NATO/dpa

La guerra de Ucrania es una patada en el tablero geopolítico global. Es todavía pronto para afirmar que el 24 de febrero de 2022, día de la brutal invasión rusa a Ucrania, quedará marcado en los libros de historia al mismo nivel que el 9 de noviembre de 1989 (caída del muro de Berlín), o del 1 de septiembre de 1939, cuando Alemania invade Polonia y comienza la Segunda Guerra Mundial.

Pero lo que sin duda podemos decir es que se abre una nueva etapa en las relaciones internacionales. Será un periodo en el que la cooperación multilateral y el respeto a las reglas van a dar paso a la rivalidad, el antagonismo, el conflicto y, en ocasiones, la guerra. Va a ser un mundo mucho más inseguro, donde los estados gastarán más en defensa (y, por tanto, menos en otras cosas, a menos que suban los impuestos, algo también bastante probable). Asimismo, va a ser un mundo con menor globalización e interdependencia, y donde casi todos seremos más pobres.

Al igual que la integración de las economías crea riqueza -aunque a veces esa riqueza esté mal repartida-, la desintegración la destruye, y cada vez será más habitual que algunas de las decisiones que adopten las grandes potencias no tengan sentido desde el punto de vista económico, pero sí desde el geopolítico. El Brexit y la guerra comercial entre Estados Unidos y China fueron pequeños ejemplos de este sin sentido económico, y la invasión rusa, que destruirá la economía ucraniana, parte de la rusa y tendrá duros efectos sobre el resto del mundo, es un nuevo y mucho más terrible ejemplo.

Por último, se abre un mundo en el que va a ser cada vez más difícil que los principales países se pongan de acuerdo para abordar los problemas globales. Si se ha instado al personal de las Naciones Unidas a no emplear el término guerra o invasión para referirse a la actual masacre en Ucrania causada por los ataques rusos para no herir la sensibilidad de Putin, imagínense lo difícil que va a ser consensuar comunicados de los organismos de cooperación internacional, reformar instituciones de gobernanza económica como la Organización Mundial del Comercio o avanzar en los compromisos de lucha contra el cambio climático o de fiscalidad global. La rivalidad geoestratégica, la desconfianza y el miedo lo van a contaminar todo.

En este contexto, para entender el tablero internacional, será útil sustituir las gafas del enfoque liberal-institucionalista de las relaciones internacionales, que llevamos puestas desde hace décadas (y que esperemos que al menos continúen sirviendo dentro de una Unión Europea, que seguirá apostando por la integración económica y la cooperación basada en normas), por las del enfoque realista, que afirma que las relaciones entre grandes potencias son estructuralmente antagónicas y están determinadas por los equilibrios de poder y el miedo al adversario.

En otras palabras, para cada vez más ámbitos globales, la ley de la selva va a sustituir al derecho internacional. Se podrán encapsular episodios de cooperación puntuales (como ya sucedió durante la guerra fría con el tratado de no proliferación nuclear de 1970), pero más nos vale a la mayoría de los ciudadanos de occidente, que creíamos que tras el fin de la guerra fría el binomio capitalismo y democracia sería incontestable y que la visión compartida del mundo llevaría a la prosperidad, adaptarnos a los nuevos tiempos y dejar de predecir el comportamiento de los estados sobre la base de la racionalidad económica. 

Pero como la economía global sigue siendo muy interdependiente y su desintegración irá por barrios, los países van a emplear sus vínculos económicos como armas arrojadizas (ya lo estamos viendo con las sanciones de Occidente a Rusia, que seguramente están aquí para quedarse, y con la respuesta de Putin en forma de bloqueo de exportaciones de algunos productos críticos, que por el momento no incluyen el gas y el petróleo a la ultra-dependiente Europa).

Esto supone que la globalización financiera, energética y alimentaria van a pasar a ser herramientas esenciales – que se añadirán a la disuasión militar o nuclear – en el arsenal con el que cuentan los países para mantener lo que la escuela realista de relaciones internacionales llama el equilibrio de poder, que significa que la única razón por la que un país no ataca a otro es por el miedo a las represalias, tradicionalmente militares y ahora también económicas; y no porque sea ilegal o moralmente reprobable. 

Como es difícil adaptarse a las nuevas realidades o dejar atrás los marcos mentales que nos han resultado útiles en el pasado para interpretar las relaciones internacionales, los próximos años van a ser especialmente peligrosos. En algún momento daremos por consolidado un nuevo orden internacional en el que sepamos a qué atenernos. Pero, por el momento, muchas de las viejas maneras de operar ya no sirven, las nuevas todavía se están formando y algunas alianzas o rivalidades están aún por definir (¿serán Rusia y China estrechos aliados en el futuro? ¿Se intensificará la cooperación transatlántica? ¿con quién se alineará la India?). 

Por suerte, España participa de este movimiento de placas tectónicas de la geopolítica desde una posición periférica (y, en esta ocasión, bastante privilegiada) y dentro del oasis que constituye la Unión Europea. Pero la casa grande que es Europa tiene que desempolvar rápidamente los libros de la escuela realista y aprender a jugar como una potencia carnívora en el mundo.

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