Guerra en Ucrania

La ciudad ucraniana de Lviv, desbordada por el aluvión de desplazados

La última gran urbe antes de Polonia se convierte en una ciudad abarrotada en la que ya casi no hay sitio en el que alojarse

Despedida en la estación de Lviv.

Despedida en la estación de Lviv. / REUTERS/Kai Pfaffenbach

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El sufrimiento empieza cuando es la hora del desayuno. La media docena de huéspedes que han abandonado temprano el hotel Edén de Lviv ya han sido remplazados por otros, y las únicas dos habitaciones libres ya están de nuevo ocupadas. Pero ni el cartel de no free rooms, escrito así, en inglés y en un papel blanco pegado afuera sobre la verja de entrada, interrumpe el goteo insistente de desdichados que siguen intentándolo.

Detrás del mostrador de la recepción, Halyna Melnyk, la mánager del albergue, los ve llegar arrastrando sus equipajes, uno tras otro, en búsqueda de hospedaje. Le hacen todos la misma pregunta. "¿Tiene sitio para esta noche?", dice. La respuesta tampoco cambia. "Lo siento, no hay", les responde Halyna, clavando inmediatamente después sus ojos negros en el suelo o hacia el techo. "Solo puedo ayudar indicándole donde están los refugios más cercanos, porque todos los hoteles de la ciudad están llenos", se justifica, al deslizar apresuradamente sus dedos sobre la pantalla del teléfono en el que tiene la información.

"De verdad, lo siento mucho, quisiera ayudarles pero no podemos hacer más. Anoche no tuvimos más remedio que colocar unos colchones en el suelo para evitar que, con el frío que hace, una familia se quedase a la intemperie", cuenta, al añadir que, por la gran cantidad de desplazados que han llegado en estos días a Lviv, a veces también falla la cobertura telefónica. "Y es que tampoco hay apartamentos libres, y los que lo están, tienen unos precios muy altos", confiesa, al explicar que en sus once años de experiencia laboral nunca había visto algo parecido. "En tiempos normales, esta es una época de baja temporada en Lviv", observa. Una búsqueda rápida por las páginas de reservas y varias llamadas telefónicas confirman la realidad.

Crecer al ritmo de la guerra

La presión sobre la ciudad de Lviv, la última gran ciudad ucraniana antes de la frontera con Polonia, ha crecido al ritmo de la guerra. Cada mañana y cada tarde, decenas de centenares personas descienden aquí de los trenes y autobuses que proceden de las localidades más azotadas por el conflicto bélico iniciado por el presidente ruso, Vladímir Putin. Algunos, en los últimos días, llegan gracias a que han podido abandonar la guerra durante las volátiles treguas establecidas para las primeras evacuaciones de civiles -desde el distrito de Kiev, y la martirizada Sumy, entre otras ciudades- mediante los corredores humanitarios pactados entre Ucrania y Rusia. Otros, los que ya llevan horas o días en la ciudad, están a la espera de seguir con su viaje hacia la Unión Europea.

Es una marea enorme de seres humanos que recorren las antaño sosegadas calles de esta ciudad de 700.000 residentes, apiñándose en sus autobuses urbanos, enfilándose por las ahora atascadas vías del centro de Lviv. Los protagonistas de una crisis humanitaria que crece cada día, y ya ha provocado que en dos semanas huyeran de sus casas más de dos millones de ucranianos, la mitad de los desplazados por las guerras que surgieron por el desmoronamiento de Yugoslavia en los noventa.

Los locales han modificado sus vidas -al menos de momento- para atenderles. En el corazón de la ciudad, se ha abierto un centro de acogida para entregarles un pase temporal de desplazados internos. En teatros, escuelas y oficinas públicas se han improvisado refugios que sirven de techos en los que resguardarse. Una tragedia que tiene su epicentro precisamente en la estación de trenes de Lviv, donde los desplazados se agolpan en los andenes, en los túneles subterráneos y en la plaza que está delante, donde la Cruz Roja y otras organizaciones les atienden en tiendas de campaña azules y teñidas por el diluido humo que procede de maderas quemadas en bidones.

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Allí se extiende este hormiguero en forma de filas interminables de caras cansadas, de bebés con fiebre que lloran, jóvenes que han escapado con sus hermanos, mujeres que viajan sin sus maridos, y operadores humanitarios que se afanan para atender a toda esta marea de desventurados. Sus relatos son escenas de terror. "Nos fuimos hace tres días, después de que las bombas destrozaran mi casa en Bila Tserkva (centro)", cuenta Viktoria, una maestra de 51 años, que viaja junto a sus hermanas, y sus sobrinos Angelica, de 19 años, e Igor, de un año. "Durante días nos quedamos sin electricidad y sin comida, hasta que finalmente nos dieron la noticia de que habían alcanzado un acuerdo para un corredor", explica Andy, un universitario nigeriano que en Ucrania estudiaba Economía gracias a un programa de intercambio. "Queremos ir a la frontera con Rumanía", dice Artem, de 27 años y originario de Dnipro.

Pero, aun en medio del caos, nadie grita en la estación de Lviv. El bullicio solo lo quiebra, a ratos, algún voluntario que comunica con un altavoz las últimas informaciones sobre algún viaje, o para indicar dónde se puede comer y beber. Bebida y comida son gratuitos para los afectados. No podría ser de otra manera. El olor a café ya no sale de la cafetería al lado de la estación, está cerrada y no atiende a nadie, ni a los locales ni a los recién llegados. A su lado, otras escenas son elocuentes. Un grupo de voluntarios que hace una cadena humana en una escalera para transportar cajas con ayuda humanitaria, y unos soldados, poco más que adolescentes, que se sacan fotografías con sus novias antes de convertirse en los únicos pasajeros que, desde aquí, van en dirección contraria.