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Putin, el estalinista posmoderno

Nunca desde el mandato de Stalin un líder del Kremlin ha acumulado tanto poder ni la disensión se ha vuelto tan peligrosa

El presidente de Rusia, Vladimir Putin.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin. / Agencias

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La escena ha sido comparada por analistas como Mark Galeotti con las reuniones de Ernst Stavro Blofeld, el malvado al frente de la organización criminal Spectra en las películas de James Bond, con sus servidores. El pasado lunes, el presidente ruso Vladímir Putin se reunió con los integrantes de su Consejo de Seguridad, un órgano que incluye al jefe del Gobierno, los ministros más relevantes y personajes de peso como la presidenta del Consejo de la Federación, Valentina Matviyenko. 

Ante las cámaras de televisión, el mandatario debía en teoría- debatir con sus consejeros más próximos la posibilidad de reconocer la independencia de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk. En la práctica, se convirtió en un ejercicio de aclamación acerca de una decisión que ya estaba tomada, un ejercicio que sirvió al líder del Kremlin para testar la lealtad de los miembros de su sanedrín y humillar públicamente a aquellos en los que no detectaba un nivel satisfactorio de lealtad. “El verdadero drama de esa sesión fue (comprobar) como en esa sesión los hombres más poderosos de Rusia -y una mujer- bailaban al son de Putin…. No había margen para disentir, Putin era como un Blofeld sin su gato, evaluando fríamente a sus subordinados e imponiendo su voluntad a todos”, escribe Galeotti en ‘The Moscow Times’. 

Sus hombres de más confianza, con los que compartió pasado en el KGB, como el director del Servicio Federal de Seguridad, Aleksándr Bortnikov, o su predecesor en este órgano y actual secretario del Consejo de Seguridad, Nikolái Patrushev, fueron los más entusiastas. Repitieron a pies juntillas la versión de las “provocaciones” por parte de Ucrania o sus supuestos objetivos de “destruir” a la Federación Rusa, un país mucho más grande y con muchos más recursos. 

Prohibido disentir

Hubo quien intentó expresar alguna duda, como Serguéi Narishkin, al frente del Servicio Exterior de Seguridad, la inteligencia exterior, quien llegó a abogar por dar una última oportunidad al Gobierno de Kiev de “cumplir con los Acuerdos de Minsk”. La desaprobación del máximo mandatario ruso fue ostensible para todos: “¿Aprueba o no aprueba, Serguéi Yevguénievich?”, preguntó en tono asertivo. El responsable comenzó a tartamudear al comprobar que había cometido un paso en falso, y llegó incluso a cometer un lapsus, confundiendo incluso el reconocimiento de la independencia de ambos territorios por parte de Moscú con la anexión de los mismos por la Federación Rusa, un extremo que supondría una escalada aún mayor de la que existe actualmente. Tras ser corregido por su patrón, Narishkin recuperó su asiento. 

Por último, un grupo de ministros a los que se considera como ‘moderados’ o conscientes de lo que las hostilidades acarrearían para Rusia en términos de sanciones, como el primer ministro Mijaíl Mishustin o el titular de Exteriores, Serguéi Lavrov, guardaron un sepulcral silencio cuando el presidente preguntó si en la sala había alguien que se posicionaba en contra. “Si Lavrov no puede decir de forma abierta lo que sabe acerca de las intenciones de Occidente, si Mishustin no puede hablar acerca de los costes (para el país) y Dmitri Kozak acerca de la verdadera situación sobre el terreno, ¿qué podemos esperar?”, se pregunta Galeotti. 

Reminiscencias estalinistas

Hay que remontarse a los tiempos de Stalin en los años 50 para revivir en la historia de Rusia o de la Unión Soviética una situación semejante, en que los colaboradores del líder máximo teman decir la verdad a su superior y no se atrevan a llevar la contraria. Ni siquiera durante los mandatos de los sucesores del dictador georgiano, aún durante la era soviética, se ha producido semejante acumulación de poder en manos de una sola persona. Nikita Kruschev, Leónidas Brezhnev, Yuri Andrópov o por supuesto Mijaíl Gorbachov contaban con un Politburo cuyos miembros gozaban de la capacidad de cuestionar las decisiones tomadas por los líderes sin ser reprendidos por ellos o temer por sus puestos.    

En declaraciones a este diario, Vladímir Kará Murzá, un opositor que ha sobrevivido a dos tentativas de asesinato por envenenamiento, calificó recientemente a la Rusia de Putin como una suerte de “estalinismo posmoderno”. Y es que durante el mandato de Putin, el país ha revivido episodios de su trágico pasado que muchos consideraban como “superados”, como la rehabilitación de la propia figura de Stalin, responsable de la muerte de millones de personas en los campos de concentración, la recuperación de los juicios amañados contra los disidentes soviéticos, en este caso contra los opositores seguidores de Alekséi Navalni, o la conquista de territorios mediante la fuerza. 

Muchos observadores aún pensaban que el instinto de conservación de Putin primaría sobre sus ansias de revancha contra Occidente por haber perdido la guerra fría. A estas alturas, muchas de estas voces deben estar admitiendo con gran amargura que se han equivocado en sus pronósticos.   

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