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Un descenso a las caballerizas del Palacio Real

En la fachada norte del monumental edificio se encuentran sus cuadras, donde se entrena a los caballos con música y se conservan carrozas pintadas con oro

Interior de las caballerizas del Palacio Real de Madrid.

Interior de las caballerizas del Palacio Real de Madrid. / XAVIER AMADO

Víctor Rodríguez

Víctor Rodríguez

Nico y Nerón han sido los últimos en llegar y sumarse a Fénix, a Lucero, a Kaiser... Hasta doce caballos descansan en los boxes de la estancia, de suelo empedrado y paredes de piedra y de ladrillo, como el techo abovedado. En otro lugar hay otros ocho, hasta una veintena de equinos. En tiempos fueron muchos más, tenían su propio edificio, pero, claro, no había coches. Hoy su presencia se limita a unos contados y ceremoniosos actos oficiales.

Estamos en las Caballerizas Reales, unas dependencias en la fachada norte del Palacio Real no abiertas al público en las que se guardan los equinos de Patrimonio Nacional que acompañan determinados actos. Allí se les cuida, se les doma y se les entrena para que tiren con sobriedad de los carruajes según un estudiado protocolo que apenas ha variado desde tiempos de Carlos III, en el siglo XVIII: a mayor dignidad, más caballos en el tiro. Lo habrán visto singularmente en la presentación de cartas credenciales de los embajadores al rey que se celebra con pompa cada ciertos meses y en el que los diplomáticos son conducidos en carroza en un recorrido de apenas un kilómetro desde el Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, hasta el Palacio Real.

Un técnico de Patrimonio Nacional preparara a uno de los caballos.

Un técnico de Patrimonio Nacional prepara a uno de los caballos. / XAVIER AMADO

Las caballerizas serán uno de los espacios que muestre Reales sitios, espacio estrenado el pasado lunes en Telemadrid y que profundiza a lo largo de ocho episodios en los oficios y las personas que mantienen los palacios y monasterios de Patrimonio Nacional, de sastres a relojeros. El programa debutó con un episodio en que mostró la trastienda de la jura de la Constitución de la princesa Leonor el pasado octubre.

"Los embajadores tienen rango de príncipe extranjero", explica Carlos Jerónimo, encargado de las caballerizas, "de forma que su carruaje es tirado por seis caballos, emparejados en tres filas; el de su séquito, en cambio, es arrastrado por dos. Solo si en el carruaje viajan el rey o la reina se enganchan ocho caballos, el número máximo. Es una responsabilidad grande porque un solo caballo puede echar a perder todo el tiro".

Por ello pasan por un largo proceso de doma y siguen después un entrenamiento diario. Generalmente, desde que un caballo llega hasta que puede empezar a participar en las ceremonias pasa un periodo mínimo de un año. "Son todos animales de razas centroeuropeas, hannoverianos, alemanes, holandeses, porque por su estatura y su peso, de hasta 750 u 800 kilos, son los que mejor se adaptan a la función de tiro", prosigue Jerónimo. No es solo que tengan que hacer moverse al carruaje, aclara, "es que tienen que ser capaz de sujetarlo porque ellos son el freno, las berlinas que se utilizan, del siglo XIX, no tienen freno. Y pesan alrededor de 3.000 kilos".

Entrenados con música

Esa es la razón de que los equinos más fiables sean los últimos del tiro, los que más cerca van de la carroza y el cochero, y no los primeros, contrariamente a lo que se podría pensar. "Hay que tener en cuenta, además, que van a tener que hacer un recorrido con gente, con ruido, por lo que tienen que estar muy acostumbrados", continúa el responsable de caballerizas, al frente de un equipo de once personas. "Una parte importante de ese entrenamiento es habituarles a esos sonidos y, para ello, les ponemos música". Todos los días los caballos son enganchados a algún carruaje y pasean durante más de una hora saliendo por el Patio de las Caballerizas hacia los contiguos Jardines del Campo del Moro.

Un tiro de seis caballos durante su entrenamiento diario por los jardines del Campo del Moro.

Un tiro de seis caballos durante su entrenamiento diario por los jardines del Campo del Moro. / XAVIER AMADO

La cuadra se encuentra en sus dependencias actuales desde 1938. Originalmente las Caballerizas Reales se ubicaban en un imponente edificio próximo construido por Francesco Sabatini, el mismo arquitecto que concluyó las obras del Palacio Real o la Puerta de Alcalá, y que además de establos y cocheras tenía habitaciones para casi medio millar de personas entre trabajadores y familias, pero fue derruido en tiempos de la II República. Solo posteriormente se decidió recuperarlas en su ubicación de ahora, entonces unos antiguos almacenes del palacio.

Allí se encuentran no solo los boxes para cada caballo, con su nombre y una pizarra en la que anotar los cuidados específicos que precisa cada uno, sino también las salas donde se guarda y se realizan los trabajos de conservación y mantenimiento de la guarnicionería, el conjunto de correas y herrajes con que los caballos se enganchan a los carros. Colgadas junto a buriles, martillos y demás herramientas en perfecto orden, se puede ver decenas de piezas. "Son todas históricas, de la época de Isabel II", avanza Jerónimo, "lo único que se ha hecho es sustituir el cuero".

Distintas piezas en el taller de guarnicionería.

Distintas piezas en el taller de guarnicionería. / XAVIER AMADO

Todas históricas y todas cosidas a mano, algunas con más de un millar de puntadas. Si el protocolo para enganchar los caballos en el tiro data de tiempos de Carlos III el trabajo artesanal en esta sala se rige por unas normas solo algunos años posterior, el Manual del Guarnicionero de 1800, apunta el responsable de las caballerizas. Como en otros talleres de Patrimonio Nacional (sastrería, relojería, jardinería, restauración, encuadernación...), aquí se forman a lo largo de dos años personas provenientes del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE). Difícilmente llegan a los niveles de excelencia del pasado, cuando un guarnicionero solo llegaba a ser considerado tal después de 30 años cosiendo, pero desde el organismo público presumen de que salen con trabajo, pues son oficios que apenas se pueden aprender en otro lugar.

En carroza del siglo XIX

Conocidos los caballos y las guarniciones, solo faltan los carruajes. La colección de Patrimonio Nacional, junto a la de Portugal la más importante de Europa, lo que prácticamente equivale a decir del mundo, abarca más de un centenar, pero la mayoría son objetos de exposición. Los mejor labrados, auténticas obras de arte, se pueden ver hasta agosto en la Galería de las Colecciones Reales, en la muestra En movimiento. Vehículos y carruajes de Patrimonio Nacional. Cuatro de esas joyas, sin embargo, siguen en uso. Y se conservan también en las caballerizas del Palacio Real.

No son los únicos vehículos de los que tiran estos caballos. El armón de artillería en que el féretro de Adolfo Suárez fue conducido desde el Congreso de los Diputados hasta Cibeles durante su despedida con honores de Estado tras su muerte en 2014 lo arrastraban caballos de Patrimonio Nacional. Pero son estas cuatro berlinas las que se utilizan para la presentación de cartas credenciales, dos, coupé, para embajadores, impulsadas como se ha dicho por seis caballos y con guarnicionería de gala, y otras dos con dos caballos y guarnicionería de media gala, para su séquito.

Berlina de 1841 que aún se usa en la ceremonia de entrega de cartas credenciales.

Berlina de 1841 que aún se usa en la ceremonia de entrega de cartas credenciales. / XAVIER AMADO

De fabricación francesa e inglesa, se encuentran impecablemente mantenidas y exactamente igual que en el siglo XIX, salvo por un detalle: la goma negra que rodea sus ruedas para hacer que la llanta no entre en contacto directo con el suelo. El resto es tal cual, incluida la pintura con pan de oro en los exteriores. La más antigua, mandada construir por Francisco de Asís de Borbón, el marido de Isabel II, en 1841, fue completamente restituida a su aspecto original en 2004 para la boda de los actuales reyes, aunque la lluvia impidió usarla. Entre las curiosidades de estos vehículos está el sistema de suspensión por medio de correas que permite que el habitáculo no esté directamente unido al chasis "como si flotara o estuviera volando", relata Jerónimo. O el hecho de que la puerta no se pueda abrir desde dentro: los príncipes no abren, a los príncipes se les abre.

'A la federica'

Se guardan allí también, en armarios con vitrinas, las ropas con que cocheros, postillones, lacayos y palafreneros se visten para la ceremonia a la federica. "Se conoce así porque, al parecer, Carlos III lo importó tras verlo en la corte de Federico de Prusia", relata Guillermo Castañón, productor ejecutivo de WinWin, la empresa que ha realizado para Telemadrid Reales sitios. "Cuando visten todo llegan a llevar encima siete kilos", añade.

Armario con los uniformes de los cocheros y lacayos.

Armario con los uniformes de los cocheros y lacayos. / XAVIER AMADO

Es la sastrería de Patrimonio se ocupan de mantener estos uniformes a punto, en cuyas casacas los galones y botones son los mismos que ya portaban en el reinado de Isabel II, entre 1833 y 1868. Están también en la misma sala junto a los carruajes los sombreros de tres picos, las fustas de cocheros y postillones, elaboradas con materiales como pelo de bigote de ballena o piel de canguro, toda la pasamanería con que se ornamentan los coches y los penachos rojos y azules con que se adorna a los caballos. Están hechos, dice Jerónimo, con plumas de gallo chino porque son un material excepcional para mantener el color. Los últimos se elaboraron hace 25 años y las plumas llegaron por valija diplomática.