UNA PRÁCTICA HABITUAL

Tiendas que rajan ropa y calzado en buen estado para que no lo coja nadie: "No podemos donarlo"

  • La zapatería valenciana Ulanka tiró a la basura zapatos devueltos por clientes y en buen estado, pero rajados por la mitad para evitar que alguien los cogiera

  • "La crítica que nos hacen es una gilipollez, porque no podemos donar un zapato que esté usado", asegura la encargada de la tienda

Tiendas que rajan ropa y calzado en buen estado para que no lo coja nadie: "No podemos donarlo"

Dvdlclt en Twitter

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Una zapatería del centro de Zaragoza tiró la semana pasada a la basura una caja llena de botas en buen estado pero con una enorme raja en el centro para evitar que alguien las viera y se las quisiera llevar. David, un joven historiador residente en la ciudad, no pudo evitar sacar fotografías y compartirlas en su cuenta de Twitter. "Qué generosos en Ulanka, que dejan zapatillas para que la gente las coja", dijo. "Ay no, que las rajan para que nadie pueda llevarse artículos a casa que están en perfecto estado. Objetivamente, esto es una barbaridad. No he sido el único que lo ha visto, había varias personas alucinando con la situación".

Ulanka es una cadena valenciana perteneciente al grupo Yorga, propietario, además, de las enseñas Coolway, Musse&Cloud y Legit Sneaker House. No es una empresa pequeña: cerró 2021 con 20 millones de euros de facturación. Preguntados por su política de destrucción de productos devueltos o con pequeñas taras, remiten directamente a la tienda. Responde al teléfono Elena, la encargada, que vio las imágenes cuando se viralizaron. "Las vimos y nos reímos. Esos zapatos estaban usados y desgastados", dice. "La crítica que nos hacen es una gilipollez, porque no podemos donar un zapato que esté usado. Los zapatos que se han tirado no son nuevos con algún desperfecto, son zapatos usados. La gente los ve y dice tonterías".

Aunque en las fotografías no se aprecia que se haya dado un gran uso a los zapatos —las suelas, la mejor forma de verlo, están limpias y prácticamente nuevas—, la encargada insiste en que son productos que no pueden donarse y explica el motivo por el que los rajan antes de tirarlos.

"Los clientes los devuelven porque se les han roto o les ha salido un desperfecto. Nosotros lo guardamos todo y a la hora de tirar la basura los rajamos. Los tenemos que rajar porque si no la gente los coge de ahí y los trae de vuelta a la tienda", relata. No es un empleado el que los raja, sino "el supervisor general". "Viene, revisa la situación y los va rompiendo para que no vuelvan a traérnoslos. Porque eso nos ha pasado", añade.

Ulanka cuenta, de acuerdo a esta empleada, con otro mecanismo para los productos con taras: las tiendas Supermira de Valencia, que funcionan como 'outlet'. "Hace años las taras y los descoloridos se llevaban a ONGs, supongo que ya no porque se pueden vender", dice. Tras la viralización de las fotografías en Twitter, Elena pidió a la central que hiciera algo, pero le respondieron que no era necesario porque no es una red social importante para su negocio.

Más empresas destructoras

La compañía valenciana no es la única que rompe productos en buen estado. Tal y como desveló EL PERIÓDICO DE ESPAÑA en octubre del año pasado, Amazon destruye cada día en España miles de productos sin vender: procedentes de devoluciones, con alguna pequeña tara o tan baratos que no merece la pena retornarlos al vendedor original. La multinacional estadounidense reconoció entonces que la gestión de devoluciones y productos no vendidos es "un desafío", al tiempo que fuentes solventes de la industria reconocieron que la destrucción es muy habitual.

"Hay marcas textiles que llevan a sus propios guardias a ver cómo se destruye la ropa para que no la birle ningún trabajador y no termine en mercadillos", indicaron esas mismas fuentes. En el caso de Amazon, de la destrucción se encargan varias empresas de residuos a las que llegan hasta cinco tráilers diarios con todo el material.

A raíz de las fotos de Ulanka, otros trabajadores del textil han compartido su testimonio con este diario. Más allá de la política de "invendibles" (productos que consideran difíciles o imposibles de vender) de cada una, a los trabajadores les disgusta presenciar o tener que participar en la destrucción. María (nombre ficticio), una empleada de una tienda Décimas de Madrid, denuncia haber presenciado cómo se rompen zapatillas o camisetas en buen estado y muestra un vídeo con varias deportivas rajadas y camisetas hechas jirones. En el vídeo, revisado por este periódico, se observa que en la caja a la que van las prendas rotas está la dirección del almacén de esta empresa en Azuqueca de Henares. [Se ha decidido publicar solo capturas para preservar la identidad de la persona empleada].

Zapatilla rajada. / Cedida


"Si se rompen zapatos o camisetas es porque son taras. Viene un cliente, se compra un par de zapatillas, a lo mejor la derecha le aprieta un poco más que la izquierda y se considera una tara. Es invendible porque si se lo vendemos a otro cliente se considera que va a decir lo mismo", relata.

"Y se considera que si esas zapatillas invendibles se las queda cualquier persona —por ejemplo, un empleado—, todo el mundo va a esperar a que haya taras para llevarse las cosas gratis. Hemos roto camisetas que tenían un agujerito más grande de lo normal de quitarles la alarma. El encargado tampoco está muy de acuerdo con esta política porque no se atreve a cortar las cosas. El otro día me pidió que lo hiciera yo y le dije que me tendría que echar. Prefiero robarlas a romperlas. Si me mandas romperlas, me las meto en la mochila y me las llevo a casa o a la iglesia de turno. Me parece muy injusto, moralmente es una mierda". La destrucción no se realiza a diario, sino una o dos veces al año, cuando hay que hacer inventario. Según su relato, a veces las zapatillas rotas van a la basura; otras, se las lleva una empresa "para destruirlas más".

Zapatilla rajada. / Cedida


Camiseta rota. / Cedida


Consultados, desde Décimas aseguraron que la información es incorrecta. "Todos los productos que muestran alguna tara en nuestras tiendas se llevan a nuestro almacén central para su posterior comprobación. Algunos de estos productos se devuelven al proveedor. Si no se devuelven, pero se consideran invendibles, se destruyen a través de una empresa especializada que nos garantiza el certificado de destrucción. También hay productos que donamos a ONG's que nos entregan un certificado de donación", explicaron por escrito. Posteriormente, este diario remitió las capturas de los productos destrozados y de la dirección del almacén que aparece en el vídeo, pero al cierre de esta edición la empresa no había dado nuevas explicaciones.

Laura G. comparte una historia similar de Women's Secret, cadena en la que dejó de trabajar hace un año. En su último año como empleada, explica, las taras vendibles se enviaban al 'outlet' y el resto de taras ("costuras abiertas, tirantes sueltos, botones, manchas...") se mandaban a la central. Pero "en años anteriores era mi encargada la que tenía que cortar las prendas una a una y tirarlas". "Le dijimos de llevarlo a alguna asociación y nos dijo que no se podía porque había que hacer papeleo". Tendam, el grupo al que pertenece la empresa de lencería, asegura por correo electrónico que "los excedentes que son aptos para una reutilización a pesar del defecto o tara se canalizan mediante donaciones" y "los no aptos se recogen y procesan con empresas de reciclado autorizadas. Esta es la práctica en todas nuestras marcas con anterioridad a la entrada en vigor de la ley".

La ley a la que se refieren en Tendam es la de residuos, aprobada en el Congreso el pasado mes de abril, por la cual "queda prohibida la destrucción o su eliminación mediante depósito en vertedero de excedentes no vendidos de productos no perecederos tales como textiles, juguetes o aparatos eléctricos, entre otros, salvo que dichos productos deban destruirse conforme a otra normativa o por protección del consumidor y seguridad".

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Sin embargo, según explican desde el Ministerio de Transición Ecológica, esta ley solo establece un marco general a través del cual cada comunidad autónoma interpreta y sanciona. Y algunas partes de la norma chocan con las competencias de comercio, que varían según la comunidad.

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