CONFESIONES

"Algunos salen desnudos. Otros te prohíben usar el ascensor”: así hablan los repartidores de sus clientes

Repartidores de Glovo esperan delante de un restaurante en Barcelona

Repartidores de Glovo esperan delante de un restaurante en Barcelona / Ángel García

  • Varios repartidores relatan sus peores momentos con clientes, entre los que están que abran la puerta en pañal o manden al repartidor por la puerta de servicio

  • "Está el clasismo tradicional y paternalista, que te pide cosas pero te da propina, y está el déspota, de hazlo o te califico mal", critica el repartidor Fernando García

  • Algunos clientes llegan a pedir a los 'riders' que les bajen la basura cuando salgan a la calle tras entregar el pedido

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"Pasan muchas cosas. Una vez un señor muy mayor salió a recibirme vestido solo con un pañal. No era época de calor: creo que lo hizo adrede. Otra vez dos hombres me esperaron completamente desnudos en la escalera. Y me ha pasado dos veces que salgan chicas desnudas o en ropa interior. Creo que es porque piensan que voy a ser un hombre y quieren insinuarse, porque no me cabe en la cabeza que le des tan poca importancia a tu intimidad como para mostrarte así a una persona desconocida".

Asunción lleva cinco años trabajando como repartidora en España —primero en Glovo y Deliveroo, ahora en paquetería— y ha visto de todo. Es venezolana con doble nacionalidad española y, como muchos de sus compatriotas, vino a nuestro país en busca de un futuro mejor.

"Me doy cuenta de que muchos españoles cambian la actitud cuando escuchan mi timbre de voz. Te arrancan el pedido de la mano y te cierran la puerta. Es un racismo estúpido", cuenta en conversación con EL PERIÓDICO DE ESPAÑA. "Pero también hay gente que te pregunta de dónde eres, les dices que de Venezuela y te dice: qué lástima que estés pasando por esto. Es gente humilde que se da cuenta de que la mayoría tenemos preparación académica y trabajamos repartiendo porque es lo único que conseguimos. Hay cosas malas, pero también gente muy buena. El otro día un señor con párkinson de un barrio de clase media-alta me pidió ayuda para instalarle un microondas y me ofreció agua, café o cerveza".

Un repartidor de Deliveroo circula en bicicleta

/ REUTERS

El trabajo de repartidor ha aumentado de forma espectacular en los últimos años, con el auge de las apps de comida a domicilio y del comercio online. Según datos de Adigital, la asociación que representa a empresas como Glovo, Uber y Stuart, en 2020 había casi 30.000 repartidores en España.

Es un empleo precario, que durante mucho tiempo ha vivido al margen de la legalidad —y así lo han certificado diversas sentencias que reconocían el vínculo laboral entre repartidores y plataformas, que insistían en contratarlos como autónomos y depauperar su labor— y que desde hace menos de un año cuenta con su propia ley, la llamada Ley Rider, que exige a las empresas contratar a sus repartidores (aunque no todas lo han hecho: Glovo, por ejemplo, sigue tirando de autónomos).

Sobre repartidores y su relación con las empresas se ha escrito mucho. Pero hay otra perspectiva menos abordada: la de los clientes.

¿Cómo reciben a los repartidores en sus casas? ¿Qué trato les dan? ¿En qué barrios dejan más propinas? ¿Piden alguna vez favores? ¿Cómo respaldan las empresas al repartidor si el cliente abusa de su posición o amenaza con dejar una mala reseña?

"Después de traer la comida, bajar la basura"

Recientemente, el repartidor Fernando García compartió en Twitter el ticket de un pedido de Burger King en el que el cliente daba dos órdenes al repartidor: bajar la basura después de dejar la comida y no utilizar el ascensor. "Es solo para los vecinos", indicaba el comprador, que gastó un total de 11,95 euros en su pedido.

"El ticket no es mío, es de un compañero. Yo trabajo en Glovo, pero ahí a veces también pasa", dice García a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA. "Estas son las mierdas que tenemos que aguantar".

Dicen los repartidores consultados que situaciones como estas no son muy frecuentes.

"Son anécdotas más o menos soportables. En Londres se producen muchos asaltos a repartidores y en Latinoamérica es peor. Esperemos que no llegue aquí", dice uno de ellos. Asunción, la única mujer repartidora que ha participado en este reportaje, lo vive de otro modo. "Con que te pase una vez de cada quince, te amarga", dice.

"Llevo tres años en esto y me ha pasado una docena de veces", apunta García. "Que bajes la basura, que te pares a comprarles tabaco o una cerveza... Hay gente que te lo pide con amabilidad y propina. Y si me dan propina lo haré o no. Pero hay gente déspota que se cree que un repartidor es su mayordomo personal. Una cosa es que me pidas un favor y me lo pagues aparte, otra que seas un déspota que me da órdenes".

Repartidor de Just Eat en Barcelona.

/ ELISENDA PONS

Una derivada perversa de este despotismo es la puntuación.

"Con Glovo no hay que subir los pedidos sin ascensor, pero cuando no lo haces te ponen el pulgar abajo. Así que si no lo subes te baja la puntuación", relata un repartidor a preguntas de este diario en un grupo de Whatsapp. "En este caso, subí la comida cuatro plantas sin ascensor y cuando llegué le dije al cliente: déjame por lo menos un pulgar arriba. Me dijo que me fuera a la mierda, que para eso me pagaba cinco euros. Así que le dije que se bajara conmigo y me llevé la comida a la segunda planta. Dio un portazo y bajó por la escalera gritando. Saqué la cámara para grabarlo y se calmó un poco, pero en el vídeo se puede ver la reacción".

EL PERIÓDICO DE ESPAÑA ha podido revisar ese vídeo, en el que el cliente —un joven de ascendencia asiática— baja en chándal al portal diciendo "no te voy a matar, pero los cinco euros te los estoy pagando yo. ¿Me entiendes?". Acto seguido, coge la bolsa con la comida y se vuelve para dentro, mientras el repartidor le explica que los cinco euros no se los está pagando a él, que es autónomo, sino a Glovo.

"A mí alguno me ha pedido que haga algo y me ha amenazado con ponerme una mala calificación si no. Hazme tal o te pongo carita triste", ejemplifica García. "Al final, está relacionado con las empresas. Si yo tengo un contrato fijo y un cliente se pone estúpido, puedo responderle y estoy más protegido. Pero si soy falso autónomo, me pueden cerrar la puerta el día que quieran si el cliente pone una queja o se la inventa. Sabemos que la empresa se va a poner de parte del cliente. Los derechos laborales protegen de estas cosas".

Un grupo de repartidores de varias plataformas que llevan comida a las casas de Vigo.


/ MARTA G. BREA

Preguntados por esta cuestión, desde Glovo aseguran que "las valoraciones son únicamente informativas" y que la sección de comentarios del pedido va dirigida al restaurante, no al repartidor. "Los usuarios pueden añadir o quitar ingredientes del plato o menú que han seleccionado, intolerancias alimentarias o alergias", dicen fuentes de la empresa. Es decir, no es este un espacio para dar órdenes al repartidor. Burger King no ha respondido a una solicitud de información.

Subir 70 kilos y no usar el ascensor

Uno de los temas más candentes es el de los ascensores. Afecta tanto a repartidores de paquetería como de comida. Este es el testimonio de un repartidor de Amazon Prime Now que trabaja a través del programa Flex, la plataforma para autónomos de Amazon.

"Yo no reparto paquetería normal, sino compra de supermercados Dia, que tiene un acuerdo con Amazon. Hay clientes que piden compras con garrafas de agua, cajas de ocho litros de Bezoya, etc. A algunos les llevas perfectamente 70 kilos de compra", dice, pidiendo respetar su anonimato.

"Tienen una entrada exterior y otra interior. Se niegan a abrirnos la de la calle y para entrar por la otra puerta hay que subir muchísimas escaleras con todo el peso. Cuando llegas a la puerta interior quieren que les metas la compra en la cocina. Si no lo haces, pueden decirte que la devuelvas y tener que bajarla otra vez por la escalera. Tenemos obligación de dejar la compra en la puerta y no entrar en propiedad privada, salvo causas excepcionales".


/ Archivo

Muchos edificios antiguos del centro de las ciudades cuentan con puerta separada para el servicio. Los repartidores se encuentran con asiduidad a clientes que les piden usarla.

"Son portales de barrios pijos. La puerta principal está decorada con forja y vidriera y luego tienen un pasillito por detrás", dice García. "Te dicen que vayas por atrás, por la puerta de servicio o por el montacargas. A veces te lo dice el portero, que se cree que el repartidor está en una escala más baja que él".

"Fui a entregar a Nuñez de Balboa [en la zona del barrio de Salamanca de Madrid] y el portero me atajó para decirme: ustedes no pueden subir por el ascensor, deben subir por el de servicio", relata con disgusto Asunción. "Bajas, entras por una puerta a la izquierda, caminas un pasillo que parece de película de terror y a la derecha está el otro ascensor, lleno de polvo. Cuando salí le dije al portero: he ido por donde van los que no somos gente. Y me respondió: no se trata de eso. Son apartamentos de 450 metros y el servicio está en la cocina, así que no se puede atravesar todo el apartamento".

Asunción, cuya experiencia indica que en los barrios ricos los clientes no dejan nunca propina a diferencia de los más humildes ("me han llegado a dar 20 euros de propina en Canillejas"), se sintió especialmente molesta porque el portero tratara de justificar la situación.

"Entiendo que no subas por el ascensor normal cuando llevas una carga pesada, pero que a una persona con una bolsita o paquete de El Corte Inglés le digan que dé la vuelta y entre por la parte sucia... ¿Qué idea de civilización tienen estas personas?", se pregunta. "Los perros entran por la puerta normal del edificio, pero los repartidores no pueden. Entiendo que haya clases sociales porque hay quien tiene más dinero, pero esto es un ser humano humillando a otro".

"Clasismo es una palabra muy bonita y que se usa muy poco", concluye Fernando García. "Está el clasismo tradicional con un punto paternalista —te pido cosas, pero te doy propina— y ahora está el déspota 2.0, de hazlo o te califico mal. Está relacionado con la propia aplicación. Fíjate lo que vendía Uber frente al taxi: tu propio chófer. Que te sientas marqués por diez segundos. Lo que hacen es promocionar esta actitud".

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