DEPORTES

50 años de ‘Viven’: de sobrevivir a la tragedia de Los Andes a dar charlas motivacionales

Fotomontaje de cuatro de los supervivientes del accidente en sus conferencias, superpuestos sobre una fotografía del avión accidentado en Los Andes en 1972. 

Fotomontaje de cuatro de los supervivientes del accidente en sus conferencias, superpuestos sobre una fotografía del avión accidentado en Los Andes en 1972.  / EPE

  • El 13 de octubre de 1972 un avión que transportaba a un equipo uruguayo de rugby se estrelló en la cordillera camino de Chile

  • 16 de los 45 pasajeros sobrevivieron 72 días a 4.000 metros de altura sin agua y se vieron abocados a alimentarse de sus compañeros fallecidos para no morir

  • Desde hace años muchos de ellos dan charlas sobre superación, resistencia, motivación, liderazgo y trabajo en equipo

  • "Hay un montón de gente que tiene su propia montaña y es peor que la nuestra", revela a EPE uno de ellos, Roy Harley

  • “Al finalizar el proceso tras un trauma, lo que a uno le sale es hablar del aprendizaje que ha tenido a otras personas", asevera un psicólogo

13
Se lee en minutos

Dice Pedro Algorta, ex gerente de la cervecería Quilmes y ex directivo de empresas como Campofrío o Cepas Argentinas, que se pasó 35 años sin hablar de aquellos 72 días. Sólo a sus amigos más cercanos y a su familia hacía las confesiones más íntimas sobre aquel viaje de ida y vuelta al infierno blanco. “Era un tema privado. Yo esos 35 años pude ser una persona común y corriente”, admitía ante cientos de personas el 15 de febrero de 2013. Lo hacía en la ciudad argentina de Corrientes durante una charla TED, los ciclos de conferencias impartidos por científicos, empresarios, deportistas o cualquier otro profesional que haya conseguido en su carrera un logro, más o menos extraordinario. Una proeza. Como la de Algorta y 15 de sus compañeros.

“Yo aquí en Corrientes estuve trabajando tres años haciendo una vida normal, por eso me parecía tan importante venir a contarles que yo me caí en Los Andes”, explica en el inicio de su conferencia, en la que viste una camisa azul marino y donde permanece iluminado en todo momento sobre un escenario totalmente oscuro que recorre de un lado al otro. Habla pausado, y relata lo que vivió con la frialdad de alguien que lo ha revivido durante mucho tiempo. Y lo ha analizado desde diferentes ángulos. Desde diferentes lugares.

Pedro Algorta es uno de los 16 de la autobautizada como ‘La Sociedad de la nieve’, los supervivientes del fatídico vuelo 571 de la Fuerza Aérea de Uruguay que transportaba el 13 de octubre de 1972 al club de rugby Old Christians y a algunos de sus familiares. Viajaban desde Montevideo a Santiago de Chile para jugar un partido amistoso. Al atravesar Los Andes, el avión, que transportaba a 40 pasajeros y cinco tripulantes, chocó contra un risco de la cordillera. El piloto, debido al mal tiempo y a un exceso de confianza, según la investigación posterior, había tomado una decisión errónea, mortalmente errónea: comenzó el descenso de forma precipitada. “Pasamos Curicó [puerto situado en la precordillera chilena]”, se le escuchó antes de morir cuando estaban bastante lejos de ese punto. Del impacto se desprendieron las dos alas del avión y la cola, pero el resto de fuselaje se deslizó por un glaciar casi un kilómetro hasta topar contra el hielo a casi 4.000 metros de altura. 33 personas salieron con vida. Pero entonces comenzó el viaje más difícil.

Su historia ya la conocen. Tuvieron que sobrevivir como pudieron. Soportar temperaturas cercanas a los 40 bajo cero sin la ropa adecuada. Cuando se acabaron los pocos víveres que llevaban, comer los cigarrillos, las fundas de los asientos, los cinturones de cuero, la pasta de dientes, y como último recurso, los cuerpos de los compañeros que habían muerto, algunos por las heridas sufridas en el accidente. No tenían tampoco agua. Vivían constantemente en lo incierto. El desasosiego no les abandonaba ni de noche, ya que pasados 17 días una avalancha arrumbó la suerte de campamento que habían montado alrededor del fuselaje, dejando otros ocho fallecidos.

“Estaba sepultado por la nieve, el aire dejó de pasar, traté de salir pero me sentía cansado. Me empecé a dormir, a entregar, y cuando estaba ido un compañero me sacó la nieve de la boca, llegó el oxígeno a los pulmones, y me volvieron las ganas de vivir. Esos días fueron tremendos [...] Nos tuvimos que acostumbrar a vivir en la incertidumbre. Estábamos totalmente perdidos y abandonados”, recuerda Algorta en su conferencia sobre resistencia titulada ‘Todos somos supervivientes’. Uno de los momentos más terribles, recuerda, fue sin duda cuando escucharon por una pequeña radio que tenían y que habían reparado usando material del avión que se abandonaba su rescate. Habían pasado 12 días desde el accidente. Y ya por entonces no les quedaba nada que comer.

- Así, poco a poco, desde el instinto de supervivencia más simple, nos dimos cuenta de que teníamos el cuerpo de nuestros compañeros como una ofrenda para que nos pudiéramos alimentar. Y así fue como sin pensarlo demasiado, sin grandes discusiones, empezamos a alimentarnos y una vez hicimos aquello habíamos cruzado una línea, pero habíamos encontrado una vuelta a la montaña, íbamos a estar más fuertes para que nos vinieran a buscar o nosotros enviar una expedición para que nos encontraran.

Los supervivientes del milagro de Los Andes, en una fotografía tomada poco después del accidente. 

/ EPE

La charla de Algorta se produce ante un silencio sepulcral de la sala. Allí se habla de muerte, de vida, de resistencia, de superación, de manejo de la incertidumbre, de sacrificio, “del sentido de grupo” como medio de supervivencia y de la casi ilimitada capacidad humana para, en el momento más complicado, cuando no queda esperanza, sacar un último hálito de fuerza para que gente común pueda conseguir “lo extraordinario”, en este caso sobrevivir 72 días en las peores condiciones inimaginables.

La historia de la selección uruguaya ha inspirado multitud de novelas y de películas. El aclamado director español Juan Antonio Bayona va a estrenar antes de finales de este año un ambicioso filme sobre aquella gesta titulado 'La sociedad de la nieve'. Aparte de publicar libros sobre aquel milagro en las alturas, muchos de los supervivientes comenzaron a dar charlas motivacionales para transmitir lo allí aprendido.

Una misión suicida

Fernando Parrado es uno de ellos. Fue junto a Roberto Canessa y Antonio Vizentin el que, en una misión casi suicida, subió los riscos de otros mil metros de altura que rodeaban el glaciar en busca de ayuda. Parrado había perdido en aquel accidente a su madre y su hermana. El amor que sentía por su padre “y por la vida” fue un determinante para darle fuerza cuando tenía el alma rota. Tras el rescate, terminó de formarse y se convirtió en uno de los empresarios de más éxito en Uruguay. “Es mejor decidir, y cometer un error, que no decidir. Siempre hay tiempo para volver atrás”, es una de las frases más repetidas en sus charlas, que le llevaron a 2010 a ser elegido el mejor orador del mundo por el World Business Forum.

Parrado quizá es el más influyente, pero hay más. Canessa, que también tuvo un papel vital en que la expedición se salvara, fue el primero en dar conferencias, al año prácticamente del accidente. Pero también las dan, además de Algorta, Carlos Páez, Antonio Vizentin, Eduardo Strauch, Gustavo Zerbino, o Roy Harley, entre otros. Rondan entre las 12 y las 24 charlas al año, en todos los puntos del planeta, pero sobre todo en Latinoamérica. Les contratan fundaciones, grandes empresas, asociaciones... Según fuentes del sector, el caché mínimo de sus ponencias se sitúa entre los 3.000 y los 6.000 euros, pero en el caso de Parrado, por ejemplo, es bastante más. “Es que es un excelente orador, da muy buenas ponencias”, razonan en una importante agencia de conferenciantes que pide mantenerse en el anonimato al ser preguntada sobre el autor del best-seller ‘Milagro en Los Andes’.

El superviviente Roy Harley durante una de sus conferencias. 

/ ROYHARLEY.UY

Algunos, como Roy, tardaron décadas en dar el paso de compartir aquella experiencia. Mientras para algunos, como a Algorta, parece que le ayudó a exorcizar viejos fantasmas, para otros, como Roy, fue una forma más de mantenerse activo cuando el mundo de la empresa decidió que era momento de que se retirara [ingeniero mecánico, fue otro empresario de éxito y durante años trabajó de gerente de planta de la importante multinacional química holandesa AkzoNobel].

“Yo en el 2015 tenía 65 años y quería seguir trabajando, me veía con fuerzas”, relata a EL PERIÓDICO DE ESPAÑA Harley en conversación telefónica desde Uruguay, “y un día me encontré tomando mate sin saber qué hacer”. En un primer momento admite que pensó en dar ponencias “como solución económica, porque tengo tres hijos y seis nietos y me gusta ayudarlos”. Carlos Páez le ayudó a montar la charla, pero una vez empezó y se dio cuenta del público que acudía, y empezó a conocer casos “tremendos”, su motivación fue otra muy distinta:

- He aprendido que hay un montón de gente que tiene su cordillera y es peor que la nuestra. Hay gente que tiene enfermedades terribles, hijos con problemas tremendos, en la droga… Yo me doy cuenta de que cuando cuento lo que vivimos, y que al final la vida se puede recomponer, que no hay que perder la esperanza y al final se sale, es brutal como la gente se reconforta. Sienten como una persona de 20 años pensó que se moría y, sin embargo, está enfrente de ellos, sano. Yo cierro la charla con una fotografía con mis hijos y mis nietos. ¡Pero yo salí pesando 37 kilos de la montaña! Es el símbolo de que la vida puede continuar.

Los supervivientes, fotografiados desde el helicóptero que les rescató.

/ EPE

Los mensajes que lanzan en sus charlas los supervivientes de ‘La sociedad de la nieve’ son muy similares, aunque todos se diferencian, tienen sus aristas, sus matices. En el caso de Roy trata de unir su experiencia en “la montaña” con su experiencia profesional y sus “aprendizajes” en una charla preparada al milímetro durante mucho tiempo. Al fin y al cabo, lo que vivieron en los Andes se parece mucho al trabajo en una empresa, “gente trabajando tras un objetivo”.

Uno de esos aprendizajes es “no subestimar nunca a la gente ni a uno mismo”. Relata este ingeniero que perdió a dos de sus mejores amigos en aquel accidente que si le hubieran preguntado antes de partir de Mendoza (Argentina) -donde el avión hizo una parada debido al mal tiempo- por una lista de quién sobreviviría si hubiera un accidente de entre todos los pasajeros “yo me habría equivocado en casi todos”: “Uno tiende a subestimar, pero el ser humano tiene una fuerza y una capacidad interior que desconoce”. Otro de sus ítems es que hay que aprender “a no quejarse”, que si uno lo pasa mal por algún motivo debe tratar de “superarlo o esquivarlo y seguir”, relata Roy, que sigue bendiciendo cuando por la noche, después de ir a correr, puede darse una ducha -uno de los mayores problemas que tuvieron en la Cordillera fue la deshidratación por falta de agua- y acostarse en unas sábanas limpias.

Otro de los cénit de las charlas suele ser cuando los conferenciantes recuerdan la expedición final -tras once sin éxito- de Canessa, Vizentin y Parrado, “los más fuertes”, cuando ya no quedaban esperanzas, y afrontaron una pared de mil metros de altura pensando que podría estar al otro lado Chile pero “cuando llegan allí se encuentran un macizo brutal; no habíamos cruzado las altas cumbres, seguíamos en Argentina”.

En ese momento, Canessa y Parrado le dicen a a Vizentin que vuelva, que comunique al grupo que lo más seguro es que no lo conseguirán. Que ya no se verán más. Y que si es así, si no volvían, debían intentarlo por el otro lado. “Lo de estos dos fue heroico”, recuerda todavía exaltado Roy 50 años después sobre una hazaña que acabó con el avistamiento de Sergio Catalán, un arriero chileno que paseaba a sus ovejas cuando vio a los dos supervivientes, enjutos, ya casi desfallecidos. Fue a buscar ayuda y al día siguiente llegaron los servicios de rescate.

Fotografía del equipo de rugby Old Christians antes del accidente. 

/ EPE

“Canessa y Parrado decidieron morir caminando”, asegura en su charla Algorta, que insiste mucho, como el resto, en que “esa caminata increíble” de dos de sus compañeros llegando a Chile “fue un trabajo de todos. Eran nuestras piernas también las que les llevaban. Trabajamos para que tuviéramos esa posibilidad”, recuerda sobre como todo el grupo les dejaba a ellos las mejores prendas, el mejor calzado y procuraban que se alimentaran mejor. Eran su única esperanza. “Fue un éxito del grupo, ese trabajo no salió de la cabeza de ensayar, sino que surge del instinto individual, ese instinto nos decía que para que uno se salvase nos teníamos que salvar todos juntos”.

En sus conferencias Algorta tiene presente cierta sensación de “enojo” que tuvieron cuando fueron rescatados y la gente les había dado por muertos: “No volvíamos de la muerte, sino de la vida, de haber estado viviendo muy bajito […] aunque esta historia era mucho más difícil para los chicos que no volvieron. No eran ni mejores ni peores que nosotros. Solo podemos agradecer en silencio que ellos murieron para que nosotros viviéramos”.

Roy, por su parte, recuerda que el padre de uno de los fallecidos le echó en cara a los dos años que tuvieran que recurrir a alimentarse de los fallecidos, y en aquellas, de joven, no le contestó. “En aquel momento no pude, me quedé callado, pero muchas veces pensé en qué le respondería, le habría preguntado ‘¿qué habrías hecho tú?’ No teníamos alternativa, estábamos en un glaciar de hielos eternos. Nos moríamos, nos moríamos, claramente nos moríamos...”, explica Roy, que para tratar de que no influya lo ocurrido -en la inmensa mayoría de casos todos reconocen sus proeza- a sus hijos no les dio su apellido. “Me interesa que la gente me aprecie, les aprecie, por ser una persona, no por lo que hice hace 50 años”.

Fernando Parrado, durante una conferencia en Dallas en 2017.

/ PARRADO.COM

El hecho de contar públicamente lo ocurrido, lo que aprendieron de aquello, forma parte del otro viaje que emprendieron cuando un helicóptero les rescató de la cordillera. Según psicólogos expertos en superación de traumas, el hecho de hablar de ellos es una fase de la sanación, precisamente. “Ocurre siempre, al finalizar el proceso lo que a uno le sale es hablar del trauma, exponer el aprendizaje a personas que no lo han vivido y al compartirlo en sociedad otras personas pueden llegar a otros estados, otros niveles de experiencia”, sostiene Rafael Gómez, psicólogo especializado en la superación de experiencias duras.

Noticias relacionadas

Y es que al superar la montaña, su montaña, ellos alcanzaron un conocimiento que otros no tienen. “Lo que les ha ocurrido se convierte en un acontecimiento valioso para su desarrollo personal y un conocimiento profundo de sí mismos. Pasa igual en el duelo, la última fase el dolor se transforma en una experiencia profunda de conocimiento personal y también de vida”, afirma Gómez, que estima que cuando alguien habla de algo que nadie ha experimentado “y la sociedad es consciente de que alguien lo puede vivir forma parte de la historia de la misma sociedad. Se suele decir, de hecho, que cuando uno ha pasado una experiencia dolorosa, es como que todo el mundo se beneficiase del aprendizaje que obtiene de ello”.

El próximo día 13 de octubre ‘La Sociedad de la nieve’ volverá a juntarse junto a sus familiares y amigos, como cada año, en Montevideo, donde el arzobispo oficiará una misa. Y volverán a recordar aquellos días como la experiencia vital más brutal de sus vidas, aunque, como dice Antonio Vizentin en sus charlas, “no es una historia de éxitos, sino de muchos fracasos y solo un éxito”. “Un éxito que conseguimos agarrando la conciencia de que o nos salvábamos todos o moríamos todos. Todos estábamos dispuestos a sacrificarnos, a dar el 100%. El hombre soporta muchas cosas en la medida que tiene una esperanza y así hubo un egoísmo individual en el sentido de que cada uno tenía la obligación de cuidarse para poder darle cosas al grupo que permitieran que todos nos salvásemos”.