LIMÓN & VINAGRE | Gerard Piqué

El fútbol es un waka waka

El fútbol es un waka waka

Todo esto empezó en mala hora no con los futuristas, sino con los que reivindicaron desde finales de los años sesenta el fútbol como parte integrante de la cultura popular

4
Se lee en minutos
Alfonso González Jerez

El fútbol es un asunto de una enorme, inescrutable complejidad para todos aquellos (y somos muchos millones) que todo lo que sabemos al respecto es que el balón es redondo. Está claro, sin embargo, que para ser una persona tolerable en este país -no un pringado elitista, ni un pedante hundido bajo el peso de las gafas, ni un huevón agorafóbico- conviene disponer de unos mínimos conocimientos futbolísticos.

Desde hace más de medio siglo el fútbol es intelectual, narrativa y poéticamente homologable a cualquiera de las bellas artes, una tradición cultural tan digna y sutil como los gnósticos. Un gol de Messi, de Maradona o de Pelé es más hermoso que la Victoria de Samotracia. Todo esto empezó en mala hora no con los futuristas, sino con los que reivindicaron desde finales de los años sesenta el fútbol como parte integrante de la cultura popular.

Defenderlo y apalabrarlo era defender y apalabrar un rito dominical y purificador de las clases medias y trabajadoras. Los equipos se constituían como expresión de una patria, una sensibilidad cultural, una identidad nacional, regional o local a menudo despreciada o malherida. Ya se sabe: eso de que el FC Barcelona, por ejemplo, representaba el ejército simbólico de Cataluña, cohesionaba al pueblo catalán y -en el colmo de la majadería hermenéutica- lo conectaba con lo que pudo haber sido y no fue. Que estas cosas las escribiera uno de los periodistas más inteligentes y cultivados de España en el siglo XX no demuestra otra cosa que la espantosa toxicidad del fútbol como fenómeno social.

Tal vez se pudo soñar el fútbol así hace media eternidad, pero en realidad ahora no es sino un sórdido negocio que, como cualquier estafa -las elecciones, la televisión, las dietas- se basa en la manipulación emocional.

Gerard Piqué, defensa del FC Barcelona, es un ejemplo quintaesenciado del fútbol poscontemporáneo. Un joven con sonajero de plata, nieto de un vicepresidente del Barça y socio desde su nacimiento, simpático con sus iguales en clase y poder y sobrado e irritado con el resto de la puñetera humanidad, siempre adorándolo, persiguiéndolo, fotografiándolo.

¿Es que no se puede ser millonario en paz? ¿Es que no puede uno matrimoniar con Shakira, una estrella universal que defrauda a Hacienda, sin que los periodistas se pasen el día al acecho? Son las preguntas que, a buen seguro, se hace Piqué desde su acolchada mismidad.

¿Es un buen futbolista? Difícil pregunta. Depende de a quien consulte usted. Algunos jugadores, incluso algunos periodistas, afirman que Piqué solo es un buen centrocampista claramente sobrevalorado. Que Sergio Ramos es mucho mejor. Otros aseveran que es un genio ordenando espacios, una suerte de Marie Kondo que corretea sobre la hierba como un gamo sensual y voluptuoso.

La futbología está esmaltada de un sociolecto incomprensible. Finalmente, resulta tan difícil averiguar la jerarquía de Piqué como puntuar a los poetas del dolce stil novo. Un compañero de redacción me saca de dudas: “Actualmente, la calidad futbolística de un jugador está en relación directa con lo que cobra. Piqué es muy bueno y punto”. Después me recita la larga ristra de competiciones (copas del mundo, eurocopas, ligas, copas del rey) que forman parte de su palmarés, pero me surge otra duda: ¿hasta qué punto un jugador se puede atribuir todos esos éxitos si los consigue un equipo? Mi compañero me mira con lástima y mueve la cabeza.

Piqué, por supuesto, también es empresario. En alguna parte hay que meter la pasta. Y más o menos bien asesorado las inversiones (restaurantes, videojuegos) no le han salido mal. Al leer y escuchar las conversaciones del escándalo que ahora protagoniza se puede apreciar claramente como hace Piqué negocios, con el entusiasmo cínico y la despreocupación moral de un pijo que se siente invulnerable.

Noticias relacionadas

El futbolista, según las informaciones aparecidas en prensa, habría sido beneficiado con una comisión multimilllonaria a través del Grupo Kosmos para trasladar la Supercopa de España a Arabia Saudita con la Federación Española de Fútbol como intermediaria y beneficiaria. Veinticuatro millones de euros es la cifra. Que Piqué sea incapaz de detectar el obvio conflicto de intereses -es un jugador en activo de uno de los equipos participantes- ilustra sobre su personalidad y no solo proyecta perfectamente lo que actualmente es el fútbol de competición.

Piqué no es un artista, no es un deportista excepcional, no es un patriota que vibra con sus colores, no es un gran empresario, no es ninguna de esas máscaras que utiliza para continuar con su lucrativa carrera y afianzar para él y su familia una posición inexpugnable en la élite de futbol internacional. Incluso si se debe llamar a un rey exiliado se le llama o se le manda un wasap. Aquí arriba, en el Empíreo, nos conocemos todos y todos sabemos de qué va esto. Piqué nos ha enseñado que el fútbol es hoy una multinacional de comisionistas. Le debemos un agradecimiento por abrir el terso cadáver de la competición y permitirnos vislumbrar durante un segundo la gusanera. El fútbol es eso, puro waka waka, como nos susurró Shakira en el Mundial de Sudáfrica.