MÚSICA

Daga Voladora, la joya oculta del 'underground' madrileño: "Hubo un día en que algunos 'indies' se dieron cuenta de que querían vivir de su música. Y que si metían un 'lolololo' era más fácil"

Cristina Plaza, ex componente de Clovis y Los Eterno, publica un nuevo álbum que consolida un proyecto en el que conviven en armonía la independencia sin concesiones y una divertida aproximación a lo popular

Cristina Plaza publica su tercer álbum como Daga Voladora.

Cristina Plaza publica su tercer álbum como Daga Voladora. / Ricardo Roncero

Jacobo de Arce

Jacobo de Arce

Cristina Plaza es tipo muy particular de músico, una palabra que ella elige utilizar en masculino para no confundirla con la actividad, con el arte que aquí nos ocupa. Lo es porque, a pesar de que lleva más de dos décadas dando vueltas por la escena independiente madrileña siendo parte de grupos como Clovis, Los Eterno o Gran Aparato Eléctrico, es una de esas raras artistas a las que es mucho más fácil encontrarse como público en un concierto que subida a un escenario.

Estos días acaba de publicar Los manantiales (Lovemonk), su tercer disco como Daga Voladora y un álbum fantástico que tiene a sus fans mordiéndose las uñas para verla interpretarlo en concierto. Sin embargo, el día que nos encontramos para esta entrevista no tiene todavía ni la primera fecha a la vista, algo que desafía todas las leyes fundamentales de la promoción. “Quizá algo a la vuelta de verano”, cuenta, como si ni siquiera se lo hubiera planteado hasta que se lo pregunta el periodista. Así que le toca explicarse. “Yo con Clovis lo pasaba muy mal. Cuando tenía que tocar en directo me entraban los siete males, hasta que un día dije: pues ya está, si esto no es para mí qué le vamos a hacer, no toco”. Para regocijo de sus seguidores, apenas unos días después de esta charla anuncia por fin en redes un primer concierto, el 5 de julio en el Rincón del Arte Nuevo. Se diría que no le ha quedado más remedio.

Así las cosas, es normal que Cristina-Daga Voladora se considere una artista de estudio. Más o menos. “Hago música de estudio, sí, pero no tengo ni estudio. ¡Tengo un ordenador!”, apunta con una sonrisa, como justificándose. Cuando recuerda cómo grabó un tema en la cama, cantando al micrófono cubierta por una colcha que hacía de tienda de campaña, dan ganas de llamar a lo suyo bedroom pop, si no fuera porque ese es un género muy xennial que a ella le ha pillado mayor. Igual que los artistas de ese estilo, Plaza ha grabado de un modo bastante casero todos los instrumentos y voces de su nuevo disco, que no son precisamente pocos. También ejerce como su propia productora, y eso que tiene en casa a uno de los más prestigiosos del indie español: Fino Oyonarte, su pareja, componente de Los Enemigos y con ella de Clovis, fue quien afinó, por ejemplo, el sonido del ahora celebradísimo Super 8 de Los Planetas. Pero no. Aquí todo lo hace ella, salvo tocar el saxo y la mezcla final, que esa sí queda en manos de Fino. “Todo lo que yo pueda controlar, prefiero controlarlo”, dice categórica.

Daga Voladora es el proyecto actual de Cristina Plaza.

Daga Voladora es el proyecto actual de Cristina Plaza. / Ricardo Roncero

Los Manantianes es un disco-joya en el que se da una alquimia perfecta entre la fuerte personalidad de Plaza y un montón de influencias que ella reconoce sin empacho: Stereolab, Broadcast, Ana D, Kiki d’Akí, Galaxie 500, Cate Le Bon, Vainica Doble... Como el dúo formado por Carmen Santonja y Gloria van Aerssen, ella también consigue un equilibrio entre la vanguardia y lo popular, o dicho de otra manera: que todo se entienda y casi le pueda gustar a cualquiera, pero que al mismo tiempo suene encantadoramente raro. Dice que su primer impulso fue hacer un disco de rock, pero de un rock especial, a la manera de Espanto, su grupo referente en España, "que hacen canciones de tres acordes aunque luego las lleven a otro lugar". Si la cosa al final no ha quedado tan rock es “porque luego me di cuenta de que yo no lo soy”. Respecto a la coctelera de influencias, muchas cosas del disco recuerdan efectivamente a otros, pero todo es al mismo tiempo muy Daga Voladora. Como un collage en el que los recortes utilizados ya no importan porque la obra final tiene sus propios trazos.

Antes de Los Manantianes, Cristina Plaza había publicado ya otros dos álbumes bajo el mismo nombre. El primero salió en casete, se tituló Chium Chium y lo publicó el sello americano OSR a principios de 2016. Un año más tarde salía el siguiente, Primer Segundo, editado ya aquí por Gramaciones Grabofónicas. Después, un par de temas sueltos y hasta hoy. Aquellos dos álbumes ya apuntaban en la dirección de este, pero ambos tienen un punto mucho más lo-fi y amateur, y se nota el importante paso dado con el tercero.

Aunque ya había ido apuntando cosas y grabando ideas en notas de voz a lo largo de varios años, Plaza esperó a que se terminara uno de sus empleos para poder centrar toda su atención en este disco. En lo de trabajar y salir adelante, la artista dice seguir la filosofía de beatniks como Kerouac, de los que admira (“aunque fueran unos hijos de puta”) esa cosa de deslomarse una temporada y después subirse a un tren de mercancías para irse a otra parte y vivir con poco, haciendo lo que les da la gana. De hecho, ella no llega a dejar del todo claro de qué vive. Lo único seguro es que no es de ser artista: menciona, vagamente, temas de comunicación, redes sociales, industria musical o televisión. En una canción del álbum, Quise ser, se enumeran una serie de cosas ("pintora expresionista", "actriz revelación") que podrían haber sido sus propias alternativas. “Mi problema es que yo quiero ser todo. Una vida no es suficiente”, explica. Más en serio, asegura que le habría encantado escribir novelas u obras de teatro. Todavía no lo ha hecho, pero sí que acaba de terminar un cómic, porque también dibuja. Se lo ha autoeditado y se puede encontrar en la tienda madrileña La Integral.

Un musical para otro Madrid

Los Manantiales se abre con una canción, Cristinópolis, que concibió como un musical. “Mi sueño es escribir uno, con canciones y con gente saltando por ahí. Soy súper fan de los buenos musicales, los clásicos del cine: Fred Astaire, Gene Kelly... ”. El que ella se ha inventado es una especia de carta, con recado incluido, para Madrid. “Cristinópolis se me ocurrió porque este barrio [se refiere al suyo, Ópera] da mucho asco. Vivo desde hace 25 años en el centro de Madrid y la degradación de esta zona por el turismo y la masificación me tiene muy disgustada. Así que un día me empecé a imaginar qué haría yo si fuera alcaldesa de Madrid: fuera palomas, fuera patinetes y fuera gente, básicamente. Quitaría esto, pondría lo otro… De esa pequeña chorrada, casi una canción protesta, me pareció que era buena idea hacer un musical. Al menos probar”.

Yo siempre he sido súper defensora de Madrid, de las que decía: ‘si no te gusta Madrid, nadie te ha invitado’. Y ahora me da mucha vergüenza ajena"

En la canción, con un compás muy sencillo, unos teclados básicos y unos silbidos muy de musical de la Metro, se le oye decir: “Cristinópolis / Ven a verme cuando quieras / Ni una bici en las aceras / Todas van por su carril”. Una utopía frente a una ciudad que a menudo parece en guerra contra la bicicleta. “Yo siempre he sido súper defensora de Madrid, de las que decía: ‘si no te gusta Madrid, nadie te ha invitado’. Y ahora me da mucha vergüenza ajena. Antes no entendía la rabia que le tenía todo el mundo a Madrid, ahora sí. Que me confundan con una votante de Ayuso... ‘Los de Madrid, los de las cañitas’. Se me revuelve el estómago”.

Cristina Plaza, Daga Voladora, y su relación de amor-odio con Madrid.

Cristina Plaza, Daga Voladora, y su relación de amor-odio con Madrid. / Ricardo Roncero

Por si había alguna duda, Cristina Plaza es 100% madrileña. Se crio en Moratalaz, estudiando en colegios fundados por cooperativistas progres en ese distrito de la capital como el Siglo XXI y el Montserrat, que tiene como exalumnos ilustres a Pablo Iglesias e Irene Montero. “Los que estamos cambiando el mundo”, dice con sorna. En el cole empezó a estudiar música a los 6 años. Se le daba bien y un profesor le dijo a sus padres que debía ir al conservatorio, pero ella, culo inquieto, prefería las cabriolas de la gimnasia rítmica. Aunque su formación musical no fue a más, sí lo hizo su afición: además de la música clásica que sonaba en su casa, escuchaba a Kiko Veneno, a Pata Negra, a Extremoduro o a Los Enemigos. También se recuerda grabando en casete sus propios programas de radio (hasta hace no mucho tuvo un podcast de actualidad musical, Misa de ocho). Al indie llegó sin ser muy consciente. “Un amigo me grabó una cinta de Los Planetas y no le hice mucho caso”. Hoy en día la banda de Granada son buenos amigos.

Que el disco se llame Los Manantiales se debe a todas esas influencias que se mencionaban antes, “los manantiales de los que bebo: cojo este riff, esta melodía, este trozo de letra...”. Pero no es inocente que tenga un nombre tan vinculado a la naturaleza: en el verano de 2022 alquiló una casa en una aldea entre Madrid y Ávila y se fue allí para aislarse más de un mes y ponerse a fondo con sus canciones. Hay más alusiones campestres en las letras del disco: el bosque, el ciervo, la rama… Pero todo es más bien fantasía, dice. Plaza no pertenece a esa estirpe creciente de los neorurales: en el campo aguanta lo justo, hasta que le empiezan a picar los bichos. El disco lo terminó ya de vuelta en la ciudad, en el rincón que alquiló en un taller de instrumentos musicales. El mítico local que hubo en su momento en el edificio donde vive en Ópera, en el que durante años ensayó una parte del indie más ilustre (ella misma con Clovis, La Bien Querida o Single entre otros), ya no está disponible.

Apocalípticos e integrados del 'indie'

A pesar de que ella conoce a muchos de los que forman esa comunidad, la del tan manoseado indie español, musicalmente no ha dejado de ser una outsider, manteniendo siempre un perfil bajo mientras muchos crecían. ¿Cómo se produjo esa transformación en una música que en 1994 escuchaban mil personas en todo el país y ahora llena WiZinks o Metropolitanos? “Fue el lolololo”, responde enseguida quien ha sido testigo de primera línea. “Hubo un momento en que alguna gente se dio cuenta de que quería vivir de su música. Y que si metía un lolololo era más fácil que la peña lo corease. Si luego además contratabas al productor de La Oreja de Van Gogh, podías llegar todavía a más gente”.

Quizá suene clasista o snob, pero es que no estoy segura de querer gustarle a ciertas personas. En cambio, hubo un montón de gente que dijo: ¿por qué no?”.

Ella encarna el ejemplo contrario. “Quizá suene clasista o snob, y puede que sea un prejuicio, pero es que no estoy segura de querer gustarle a ciertas personas. En cambio, hubo un montón de gente que dijo: ¿por qué no?”. Recuerda un momento concreto en que un miembro de una de esas bandas del indie de masas que hoy llenan festivales le dijo que una canción de Bisbal molaba. “Me quedé muerta”. Y así, dice, pasamos “de Penélope Trip cantando en wachi wachi y con un mundo propio a una fórmula en la que son todos indistinguibles. Y no hablo solo de las fotos”. Risas de nuevo.

Portada de 'Los manantiales', con la pintura de Javier de Juan y el arte de Beatriz Lobo.

Portada de 'Los manantiales', con la pintura de Javier de Juan y el arte de Beatriz Lobo. / Lovemonk

Hablando de imagen, para la portada de Los Manantiales escogió una pintura de Javier de Juan, referente artístico de la Movida. “Cuando era pequeña mi padre compraba la revista Madriz, de la que de Juan fue uno de los fundadores, y yo llevaba la carpeta forrada con dibujos de aquellos artistas”, recuerda. Cuando en plena grabación del disco se encontró con una de sus obras en una marquesina de autobús, se dio cuenta de que por ahí tenía que ir la imagen del álbum. Contactó con él, fue a su estudio a elegirla y de incorporarla y completar la portada del disco, que solo se publica en vinilo, se ocupó la ilustradora Beatriz Lobo. El underground pop de los 80 se encontraba así con el underground de 40 años después. Una forma de acercarse a la creación en la que Plaza, aquí Daga Voladora, sigue militando con toda la sorna del mundo, pero también con el más insobornable de los compromisos.